
Las tres cartas nunca se leyeron en público. Prince, Paris y Blanket Jackson las doblaron, las metieron dentro del ataúd de su padre y nadie más supo qué decían. Esa noche del 7 de julio de 2009, cuando el féretro fue sellado en el Gran Mausoleo de Holly Terrace del cementerio Forest Lawn de Glendale, California, Estados Unidos, los únicos testigos fueron los familiares más cercanos. Sin cámaras. Sin fans. Sin micrófonos.
Unas horas antes, el mundo entero había estado allí. Frente al féretro de Michael Jackson que yacía cerrado.
El estado Staples Center de Los Ángeles fue el escenario usado para el homenaje público. La elección no fue casual: era el mismo estadio donde Michael Jackson había ensayado la noche anterior a su muerte para la gira This Is It, 50 conciertos programados en el O2 Arena de Londres que nunca pudieron realizarse.
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El 25 de junio de 2009, Jackson regresó a su mansión de Carolwood Drive, en el barrio de Holmby Hills, exhausto tras un ensayo. Su médico personal, Conrad Murray, lo esperaba. Jackson llevaba meses sin poder dormir y reclamaba Propofol, un anestésico quirúrgico. Murray se había negado durante semanas a suministrárselo. Esa madrugada, Jackson tomó por su cuenta Valium, Lorazepam, Versed y Ativan. A la mañana siguiente, Murray cedió y le administró el Propofol por vía intravenosa.
Minutos después, Murray volvió a la habitación. Jackson estaba en la cama, inmóvil. Sin respiración. Sin pulso. El médico llamó al 911, pero ya era tarde. A las 12:26, el Rey del Pop murió de un paro cardíaco por sobredosis de Propofol. Tenía 50 años. A las 14:26 fue declarado muerto oficialmente en el hospital Ronald Reagan UCLA Medical Center. Doce días después, el Staples Center abrió sus puertas para despedirlo.
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Las entradas para asistir al funeral que se llevó a cabo hace 17 años, no se compraron. Se sortearon. Unas 17.500 personas fueron elegidas entre aproximadamente 1,6 millones que se inscribieron para tener la posibilidad de ir a la despedida del ídolo. Otras 11.000 siguieron el acto desde dentro del estadio y 6.500 más lo vieron en pantallas gigantes instaladas frente al Nokia Theatre, ubicado cruzando la calle.

En los alrededores del estadio, la policía de Los Ángeles estimó que había unas 50.000 personas sin entrada. Las advertencias hablaban de que podría llegar a congregarse hasta un millón de personas. No ocurrió nada de eso. Unos 3.200 efectivos policiales fueron desplegados en el centro de la ciudad y en Forest Lawn, donde por la mañana se realizó el servicio privado para la familia.
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El alcalde Antonio Villaraigosa reconoció que la ciudad, en plena crisis presupuestaria, debería afrontar una factura de seguridad de varios millones de dólares. Llegó a habilitar un sitio web para que los fans pudieran contribuir con donaciones por PayPal.
Uno de los 17.500 que ganó el sorteo fue Kenny Gray, de 42 años, que había llegado en tren desde el barrio Skid Row, donde vivía en situación de calle. “Me siento bendecido. Crecí con Michael”, dijo en una entrevista realizada cuando ingresaba al estadio.
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El día había comenzado mucho antes del mediodía. Cerca de las ocho de la mañana, unos 200 familiares y allegados se reunieron en la casa de los padres de Jackson en Encino. Una caravana de 16 limusinas y autobuses negros, escoltada por la policía, los trasladó al cementerio Forest Lawn en las colinas de Hollywood, donde se realizó el servicio privado en el Hall of Liberty.
El plan original era trasladar el féretro desde Forest Lawn hasta el Staples Center en helicóptero. Se descartó a último momento por considerarse demasiado peligroso ante la multitud congregada. La caravana entonces entró a la ciudad por tierra y generó embotellamientos en ambos sentidos: los conductores en el carril contrario frenaban para ver pasar el cortejo.
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A las 10:34 de aquella mañana, el ataúd fue colocado en el centro del escenario del Staples Center. Era de bronce macizo, bañado en oro de 14 quilates y forrado en terciopelo azul. Había costado 25.000 dólares. Encima tan solo se podía ver un ramo de flores rojas.

Los hermanos de Jackson ingresaron como portadores del féretro. Cada uno llevaba corbata dorada, un guante blanco con lentejuelas y anteojos de sol.
El acto fue abierto por el pastor Lucious W. Smith, de la Friendship Baptist Church de Pasadena. Luego, Smokey Robinson tomó el micrófono para leer los mensajes de quienes no estaban presentes.
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El primero fue el del líder sudafricano Nelson Mandela que decía: “Michael fue un gigante y una leyenda de la industria musical. Lloramos junto a los millones de fans de todo el mundo”. Luego se leyó el de la cantante Diana Ross que señalaba que: “Michael fue un amor personal para mí, una parte invaluable de mi mundo... Michael quería que estuviera presente para sus hijos, y voy a estarlo si alguna vez me necesitan”.

Tras Robinson, Mariah Carey y Trey Lorenz abrieron las actuaciones musicales con I’ll Be There, el clásico de los Jackson 5. Después llegaron Lionel Richie con Jesus Is Love, Stevie Wonder con I Never Dreamed You’d Leave in Summer y Jennifer Hudson con Will You Be There, del álbum Dangerous de 1991. John Mayer tocó Human Nature en guitarra. Usher, con anteojos de sol, cantó Gone Too Soon.
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Jermaine Jackson abandonó su lugar en la primera fila para subir al escenario y cantar Smile, presentada como la canción favorita de su hermano. Lo hizo entre lágrimas.
Queen Latifah recitó un poema que Maya Angelou escribió para la ocasión: “Vivió con pasión y con compasión. Lo tuvimos. Lo conociéramos o no, él era nuestro y nosotros éramos suyos”.
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Berry Gordy, fundador del sello Motown Records y mentor de Jackson desde los tiempos de los Jackson 5, lo llamó “El más grande artista que haya existido jamás. Subió la vara y después la rompió”.
La actriz Brooke Shields dijo: “Tenía 13 años cuando nos conocimos y desde ese día nuestra amistad no paró de crecer. Teníamos un vínculo, quizás porque los dos sabíamos desde chicos lo que era vivir bajo los reflectores”.
El cierre fue cuando Paris-Michael Katherine Jackson, que por entonces tenía 11 años, tomó el micrófono frente al ataúd de su padre: “Desde que nací, papá fue el mejor padre que uno pueda imaginarse. Solo quiero decirle que lo amo muchísimo”.

Más de 16 cadenas de televisión en Estados Unidos transmitieron el acto en vivo. Unas 50 salas de cine en todo el país también lo proyectaron. A nivel internacional, lo emitieron BBC2 en el Reino Unido, TF1 en Francia, RTL en Alemania, Nine en Australia y NHK en Japón.
Se instalaron pantallas gigantes frente al O2 Arena de Londres —donde Jackson debía haber dado sus conciertos— en el O2 World Arena de Berlín y sobre los Campos Elíseos de París. En Suecia, varias ciudades organizaron sus propios memoriales con velas en las plazas centrales. También se transmitió por Internet.
El entonces presidente de los Estados Unidos Barack Obama interrumpió su visita a Rusia para dar sus condolencias. “No tengo ninguna duda de que fue uno de los mejores artistas de nuestra generación, quizás de cualquier generación. Como Elvis, como Sinatra, como los Beatles, se volvió parte central de nuestra cultura”, dijo en aquella ocasión.

Entre los presentes en el Staples Center estuvieron Kobe Bryant, Magic Johnson, Wesley Snipes, Spike Lee, Chris Brown y el reverendo Al Sharpton. El joven galés Shaheen Jafargholi, que estaba previsto para actuar en la gira de Londres, cantó Who’s Loving You. Kenny Ortega, director y coreógrafo de This Is It, también estuvo en el estadio.
Michael Joseph Jackson nació el 29 de agosto de 1958 en Gary, Indiana. Fue el séptimo de nueve hijos de Katherine y Joseph Jackson. Cantó desde antes de aprender a leer.
En marzo de 1983 apareció en el especial televisivo Motown 25: Yesterday, Today, Forever. Cantó Billie Jean, hizo un giro y se deslizó hacia atrás. El público tardó unos segundos en entender lo que había visto. Era el Moonwalk. Desde esa noche, nadie volvió a disputarle el apodo de Rey del Pop.

Thriller, producido por Quincy Jones y lanzado en 1982, vendió 70 millones de copias en un año. El videoclip del tema que le da nombre duró 17 minutos, costó medio millón de dólares y transformó MTV en una plataforma donde, por primera vez, un artista afroamericano obtuvo rotación continua. Fue tal el éxito que hasta el entonces presidente de Estados Unidos Ronald Reagan lo recibió en la Casa Blanca.
La primera denuncia contra la estrella llegó en 1993. Jordan Chandler, de 13 años, acusó a Jackson de abuso sexual. El caso se resolvió fuera de los tribunales con un acuerdo de 23 millones de dólares. La imagen pública de Jackson no volvió a ser la misma.
En 2003 surgió una segunda denuncia, la de Gavin Arvizo, también de 13 años. Hubo allanamientos en Neverland y testimonios de empleados. El caso fue a juicio en 2005 y el jurado absolvió a Jackson de todos los cargos.

En 2019, el documental Leaving Neverland presentó los testimonios de Wade Robson y James Safechuck, quienes describieron abusos. “Me decía que si alguien se enteraba, los dos iríamos presos. Y que nuestras vidas estarían arruinadas”, declaró Robson.
Para cuando murió, Jackson debía más de 300 millones de dólares. Había hipotecado el catálogo de los Beatles que había comprado para sostener sus gastos. Una farmacia de Beverly Hills le reclamaba 100.000 dólares en medicamentos. Un banco saudí lo perseguía. Los amigos se habían ido.
En 1984, una explosión pirotécnica durante el rodaje de un comercial de Pepsi le quemó el cuero cabelludo con quemaduras de segundo y tercer grado. El dolor nunca desapareció del todo y por eso tomaba analgésicos. La autopsia confirmó que tenía vitiligo, tal como él mismo había declarado en una entrevista con la periodista Oprah Winfrey en 1993. Los cirujanos que lo atendieron contaron más de una docena de procedimientos estéticos y reconstructivos a lo largo de su vida.

Su maquilladora, Karen Faye, fue una de las últimas en verlo en los ensayos de This Is It. “No era el hombre que conocía”, dijo.
Esa misma noche del 7 de julio, mientras los noticieros del mundo todavía repetían las imágenes del Staples Center, el cuerpo de Jackson fue trasladado en silencio al Gran Mausoleo de Holly Terrace. Forest Lawn de Glendale, al norte de Los Ángeles, es el cementerio donde también descansan los grandes actores estadounidenses Clark Gable y Humphrey Bogart.
Jackson vestía un traje brillante, con el rostro maquillado y guantes blancos. Dentro del ataúd, junto a su pecho, estaban las tres cartas de sus hijos. El mausoleo se cerró al público. No hubo cámaras.
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