
A las 7:14 del 11 de junio de 2001, Timothy James McVeigh fue declarado muerto en la penitenciaría federal de Terre Haute, Indiana. Habían bastado cuatro minutos desde que el primer fármaco ingresó a su cuerpo por una aguja intravenosa insertada en su pierna derecha. Sus ojos permanecieron abiertos todo el tiempo.
Esa condena fue la primera ejecución llevada a cabo por el gobierno federal de los Estados Unidos desde 1963. En los años intermedios, cientos de ejecuciones se habían realizado a nivel estatal, con Texas muy por delante del resto. El caso de McVeigh —autor de un atentado terrorista que dejó 168 muertos— devolvió al Estado federal al centro de un debate que el país creía haber dejado atrás.
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McVeigh nació en Pendleton, Nueva York, una pequeña localidad al norte del estado. Veterano de la Guerra del Golfo Pérsico, sirvió en el Ejército de los Estados Unidos y desarrolló durante esos años una desconfianza profunda hacia el gobierno federal que, con el tiempo, se convirtió en odio declarado.
Dos episodios lo marcaron. El primero fue el asedio de Ruby Ridge, Idaho, en 1992, donde agentes federales mataron a la esposa y al hijo de un separatista blanco. El segundo fue el ataque del FBI al complejo de la secta Rama Davidiana en Waco, Texas, en 1993, que dejó alrededor de 80 muertos.
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Para McVeigh, el Gobierno de Estados Unidos era un “matón” que debía recibir una lección. Eligió el segundo aniversario del asedio de Waco para actuar. Cargó una camioneta con una bomba y la estacionó frente al edificio federal de nueve pisos en Oklahoma City. Detonó el artefacto cuando el edificio estaba lleno de gente. “Lo hice por el bien mayor”, diría después.

El 19 de abril de 1995, la explosión derrumbó la cara norte del Edificio Federal Alfred P. Murrah. Murieron 168 personas, entre ellas 19 niños que ese día estaban en la guardería del complejo, ubicada justo encima del lugar donde McVeigh había estacionado la camioneta con los explosivos. Otras 500 personas resultaron heridas.
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Fue el ataque terrorista de mayor magnitud en suelo estadounidense hasta ese momento. McVeigh contó con dos cómplices para preparar la bomba, aunque ambos fueron juzgados y condenados por separado. Él siempre insistió en que la decisión final había sido exclusivamente suya.
Ante quienes dudaban de que hubiera actuado solo, McVeigh tomó prestada una frase de Jack Nicholson en la película A Few Good Men, que había visto por cable en prisión: “No podés manejar la verdad, porque la verdad es que fui solo yo”.
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Los periodistas Lou Michel y Dan Herbeck, del diario The Buffalo News, entrevistaron a McVeigh en prisión durante 75 horas y obtuvieron su primera confesión pública. El resultado fue el libro American Terrorist: Timothy McVeigh and the Oklahoma City Bombing, publicado en 2001.
En esas entrevistas, McVeigh no mostró arrepentimiento. A los bebés muertos los llamó “daño colateral” y admitió haber calculado la hora de la explosión para que el edificio estuviera lleno. Reconoció no haber visto la guardería, pero insistió en que el Gobierno debía ser desafiado. “Una vez que le rompés la nariz al matón”, dijo, “no vuelve más”.
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En las cartas que envió al diario The Buffalo News durante los meses previos a su ejecución, McVeigh se describió a sí mismo como un soldado en guerra contra el Gobierno federal y calificó el atentado como una “táctica legítima”. Aunque admitió, en retrospectiva, que hubiera preferido usar su habilidad como tirador para concentrarse en asesinatos selectivos de policías y funcionarios del Gobierno.
“Lamento que esas personas hayan tenido que perder la vida”, escribió al diario. “Pero esa es la naturaleza de las cosas”. La disculpa no fue plena ya que tenía condicionales.
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Crocker Stephenson, periodista retirado del Milwaukee Journal Sentinel que cubrió el atentado durante semanas, dijo: “Escribía proclamas todo el tiempo que lastimaban de nuevo a tanta gente”.
Tras la condena, McVeigh fue trasladado a la prisión de máxima seguridad ADX Florence, en Colorado, conocida como Supermax. Allí compartió un pabellón especial con otros tres asesinos: Theodore Kaczynski, el Unabomber; Ramzi Ahmed Yousef, condenado a 240 años por su participación en el atentado al World Trade Center de 1993; y Luis Felipe, líder de una banda callejera que supuestamente ordenó asesinatos desde la cárcel, incluida una decapitación.
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Cuando un admirador le envió un recorte periodístico con las fotografías de los cuatro, McVeigh escribió con entusiasmo sobre la imagen: “¡El Equipo (Brigada) A! T.J.M.”.
Los cuatro reclusos hacían ejercicio al aire libre en jaulas separadas por unos tres metros, lo que les permitía conversar. McVeigh trabó mayor relación con Kaczynski, con quien intercambió ideas filosóficas. El Unabomber, en una carta de once páginas dirigida a Michel y Herbeck, reconoció que McVeigh “tenía excelentes habilidades sociales” e ideas que “parecían racionales y sensatas”. Cuestionó la elección del blanco. “El atentado fue una mala acción”, escribió Kaczynski, “porque fue innecesariamente inhumano”.
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En prisión, McVeigh llegó a considerar la posibilidad de tener un hijo mediante inseminación artificial con esperma sacado de contrabando. Desistió cuando concluyó que la vida en los Estados Unidos “sería un infierno” para cualquier hijo suyo.
McVeigh también anticipó su propia ejecución con una mezcla de cálculo y provocación. La describió como “un suicidio de lujo a manos de la policía”. Esperaba que las familias de las víctimas exigieran ver la ejecución por circuito cerrado de televisión y amenazó con responderles exigiendo que se transmitiera por cadena nacional. Llegó a mencionar programas como 60 Minutes o la señal de CNN como escenarios posibles. Le molestaba que el Congreso le impidiera ser enterrado con honores militares en un cementerio de las Fuerzas Armadas.

El 10 de junio de 2001, un día antes de la ejecución, McVeigh fue trasladado desde su celda a la habitación contigua a la cámara de ejecución dentro de la misma penitenciaría de Terre Haute. Cuando el agua de la ducha salió fría al principio, bromeó con los guardias que eso era “un castigo cruel e inusual”. Recibió la extremaunción católica, algo que sorprendió a su abogado Nathan Chambers, dado que McVeigh se había declarado agnóstico.
Para su última comida pidió dos bochas de helado de menta con chips de chocolate. Por la noche miró televisión hasta las 21, apagó el aparato y trató de dormir, pero estuvo inquieto y se movió en la cama durante horas. A las 3 McVeigh volvió a encender el televisor. A las 4:30, sus abogados lo visitaron por última vez y se fueron 20 minutos después.
A las 7 comenzó el procedimiento para ejecutarlo. La penitenciaría no tenía espacio suficiente para todos los familiares de las víctimas que querían presenciar la muerte de McVeigh. Por eso, 232 familiares en Oklahoma City siguieron la ejecución a través de un circuito cerrado de televisión instalado especialmente para la ocasión.
Otros, como Ginny Moser y su marido Cal —sobrevivientes del atentado— se levantaron a las 2:15 y condujeron hasta el Centro Federal de Transferencia de Oklahoma City. Llegaron cerca de las 4:10 y fueron trasladados en un micro hasta el lugar de observación. Los esperaba una sala con sillas plegables, pantallas grandes y televisores colgados del techo. Había café, agua, jugos y fruta. Cal eligió una manzana. Ginny tomó la mitad de un café.
Diez periodistas fueron admitidos como testigos directos en la cámara de ejecución. Kevin Johnson, de USA Today, que había entrevistado a McVeigh años antes durante el proceso judicial, describió el contraste entre aquel hombre y el que vio sobre la camilla. “Durante el juicio era muy animado, casi arrogante”, recordó. “Para cuando llegó a la camilla, parecía que la vida ya se le había escapado casi por completo. Había bajado de peso. Su tez era grisácea. Sus ojos estaban un poco hundidos”.

Stephenson recordó que sobre McVeigh había una sábana blanca, particularmente blanca, y que su piel parecía apergaminada. Tenía la cabeza rapada, aunque el pelo había crecido un poco durante ese día.
McVeigh recibió una inyección de tres fármacos en secuencia: tiopental sódico para dejarlo inconsciente, bromuro de pancuronio para paralizar los músculos voluntarios y cloruro de potasio para inducir el paro cardíaco. No pronunció últimas palabras ni respondió cuando se le ofreció la oportunidad de hablar. En cambio, distribuyó entre los presentes una transcripción manuscrita del poema del siglo XIX “Invictus”, del poeta británico William Ernest Henley, que abre con la estrofa: “De la noche que me cubre, negra como un pozo de polo a polo, doy gracias a los dioses que sean por mi alma inconquistable”.
Stephenson, que se declaró personalmente en contra de la pena de muerte, dijo: “No podía imaginar a una persona que mereciera más ser ejecutada que Timothy McVeigh”.
Mientras adentro se cumplía la sentencia, afuera de la penitenciaría de Terre Haute se había congregado una mezcla inusual de personas llegadas de distintos puntos del país. Hilmas Kenster, veterano del Ejército, viajó desde Columbus, Ohio, para rezar por McVeigh frente a la prisión. “El Señor quería que yo le diera mi testimonio y orara con él antes de que muriera”, explicó.
Harold Smith, un exempleado postal desocupado, manejó 15 horas desde Albany, Nueva York, para protestar contra la ejecución. Antes de llegar a Terre Haute, pasó por Pendleton, el pueblo natal de McVeigh, en un intento fallido de encontrarse con su padre. Aunque se oponía a la pena capital, Smith dijo que también rezaba por las familias de Oklahoma City. “Espero que cuando esto suceda les traiga el cierre que necesitan”, declaró.
Bryan Bergert pasó horas frente a la prisión instando a los automovilistas a oponerse a la pena de muerte. “No creo que tenga sentido matar a alguien por matar a otras personas”, dijo. “Me parece fundamentalmente incorrecto”. Pero los conductores que pasaban estaban divididos. Algunos tocaban bocina en apoyo a los manifestantes. Otros frenaban para debatir en el acto. “Se merece lo que le pasa”, dijo, según las crónicas de entonces, una mujer que detuvo su auto. “Apoyamos la pena de muerte al cien por ciento”, agregó.

Las encuestas de la época mostraban que la mayoría de los estadounidenses, incluso quienes habitualmente se oponían a la pena de muerte, apoyaban la ejecución de McVeigh. Más de mil periodistas de todo el mundo se desplazaron hasta Terre Haute para cubrir las últimas horas del autor del peor ataque terrorista que se había producido en suelo estadounidense hasta ese momento. Meses después serían derribadas las Torres Gemelas en Nueva York.
McVeigh había expresado el deseo de que sus cenizas fueran esparcidas, aunque el lugar elegido cambió con el tiempo. En algún momento consideró el predio del complejo de los Rama Davidianos en Waco, en línea directa con las motivaciones que lo llevaron a cometer el atentado. También evaluó el memorial del atentado en Oklahoma City, pero descartó la idea por considerarla “demasiado vengativa”. “No soy así”, dijo. El destino final de sus restos nunca fue revelado públicamente.
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