
Aunque el caso policial se resolvió de inmediato, los motivos que llevaron a Andrew Cunanan a matar a balazos al modisto Gianni Versace en la puerta de su mansión de Miami siguen siendo un misterio. Es un secreto que Cunanan se llevó a la tumba una semana después cuando, acorralado por la policía, se suicidó de un tiro en la frente en una casa flotante de Miami Beach en la que se había escondido. Por la relevancia de la víctima, el asesinato de Versace hizo a Cunanan tristemente célebre y dejó en un segundo plano el raid de muertes que había perpetrado antes y que lo colocó entre los diez criminales más buscados por el FBI. También puso en primer plano un dato escandaloso: Cunanan pudo haber sido detenido en varias ocasiones sin que la policía, por llegar tarde o por pura impericia, lograra hacerlo.
Porque el crimen del modisto italiano fue el último –y el más resonante– de un hombre que venía encadenando muertes y dejaba rastros por todas partes. Los carteles de búsqueda impresos por los agentes federales mostraban tres fotografías de su rostro y un texto que lo describía a la perfección, aunque indicaba que “podría llevar gafas graduadas. Se sabe que cambia de color de pelo y de peso” y que “a menudo se presenta como un tipo rico”. Además, daba su altura exacta, el color de sus ojos, el de su pelo original y hasta su último peso conocido. “Está armado y es extremadamente peligroso”, advertía también en letras más grandes.
En los días previos al asesinato de Versace, las autoridades habían recibido llamados de ciudadanos preocupados que decían haberlo visto y más de una vez indicando el lugar donde estaba. Así y todo, se les había escapado, una y otra vez, mientras iba dejando un reguero de cadáveres. Todo fue muy rápido, porque había empezado a matar menos de tres meses antes de dispararle al modisto y de manera brutal, a martillazos. Concretado ese primer crimen, que pareció romper un dique en un cabeza, ya no pudo parar.

Un mentiroso incurable
Nacido en agosto de 1969 en National City, California, Andrew era el menor de los cuatro hijos de Modesto Cunanan, un estadounidense de origen filipino, y Maryanne Schilacci, hija de inmigrantes italianos. Cuando llegó al mundo, Modesto no estaba ahí para recibirlo porque estaba peleando en la guerra de Vietnam con su unidad del Cuerpo de Infantería de Marina. El marine volvió a casa cuando Andrew tenía unos pocos meses, pidió y se dedicó a trabajar como corredor de bolsa, una ocupación con la que no demoró en hacerse rico, aunque muchas veces sus operaciones no fueran totalmente limpias.
En 1981, cuando Andrew terminó los estudios primarios, la abultada billetera que se había forjado le permitió a Modesto inscribirlo en la exclusiva The Bishop’s School del barrio de La Jolla, en San Diego. Sus calificaciones dan cuenta de un estudiante brillante, para nada tímido y con grandes iniciativas, y en los archivos de la escuela quedó guardado un test que le adjudicaba un cociente intelectual de 147, correspondiente a una “inteligencia superior”. Andrew parecía tener un futuro muy prometedor.
Sin embargo, el chico tenía sus defectos que también eran muy evidentes. Sus compañeros de colegio no tardaron en descubrir que era un gran mentiroso con una inventiva audaz, que contaba historias fantásticas sobre su familia y su vida personal, a la que describía como rodeada de lujos y privilegios. A todos les decía que estaba destinado a hacer grandes cosas, que solo era cuestión de tiempo. También era hábil para cambiar de apariencia, una capacidad que más tarde le serviría para ocultarse de la policía y los agentes del FBI.
El futuro brillante que parecía tener la vida de Andrew cambió abruptamente cuando su padre fue acusado de malversación de fondos y debió huir más rápido que ligero a Filipinas para no ir a parar con sus huesos a la cárcel. Modesto no solo se fue, sino que desde el mismo momento de su partida cortó para siempre toda relación con su mujer y sus cuatro hijos. El menor de los Cunanan quedó desolado y su desesperación creció todavía más cuando, ese mismo año, su madre descubrió que era gay. Mujer de rígida religiosidad y ávida lectora de La Biblia, Maryanne lo echó ipso facto de su casa. Andrew se fue, pero antes le pegó un terrible empujón a su progenitora, que tuvo que ser atendida en el hospital con un hombro dislocado. Hasta ese momento, nunca se había mostrado violento.
Cuando la vida familiar se derrumbó, Andrew, que estaba estudiando Historia en la sede de San Diego de la Universidad de California, dejó de ir a las aulas y se mudó a un departamento del Distrito Casto en San Francisco, donde pasaba las noches en bares y discotecas para homosexuales.
No tenía dinero y para ganarse la vida empezó a vender su cuerpo a hombres mayores, preferentemente ricos, que pudieran costearle sus gustos. Le iba bastante bien, pero también comenzó a consumir drogas, lo que lo llevó a perder la clientela. Se dedicó entonces a traficar al menudeo y, cuando se le presentaba la ocasión, desvalijar a alguno de los pocos amantes que le quedaban. Corría 1996 y acababa de cumplir 27 años. Poco o nada quedaba de aquel joven prometedor.

Una muerte tras otra
El 27 de abril de 1997 empezó a matar y ya no se detuvo. Su primera víctima fue uno de sus clientes, Jeffrey Trail, un ex oficial de la Marina. Lo mató a martillazos en su departamento de Minneapolis y después envolvió el cadáver y lo escondió en un placard. Seis días después, el 3 de mayo, mató al novio de Trail, un hombre llamado David Mason. Le pegó dos tiros, uno en la cabeza y otro en la espalda, cargó el cuerpo en un auto y lo tiró en las orillas del Lago Rush, cerca de Rush City, en Minessota. Fue su segundo muerto.
Un día después conoció en un bar gay a Lee Miglin, de 72 años, empresario inmobiliario de Chicago. El hombre lo llevó a su departamento, donde Cunanan lo redujo, lo ató de pies y manos, lo torturó y le envolvió la cabeza con una bolsa de plástico. Lo mató apuñalándolo veinte veces con un destornillador y después lo degolló con una sierra. Así lo encontró la policía al día siguiente, cuando el asesino ya estaba lejos, al volante del Lexus de Miglin. La cuenta ya sumaba tres.
Era un asesino despiadado, pero también desprolijo. En todos los casos, Cunanan dejó sus rastros en las escenas de sus crímenes, como restos de ADN y huellas digitales, y también la policía encontró registros de joyas de los muertos que habían sido cambiadas por dinero en diferentes casas de empeño. Al vender las joyas dio su verdadero nombre y las descripciones de los dueños de esos locales permitieron elaborar un retrato robot. El FBI lo incluyó en la lista de los criminales más buscados de los Estados Unidos y distribuyó carteles con su identikit por todo el país.
Nada de eso detuvo a Cunanan. El 9 de mayo volvió a matar, esta vez en Pennsville, Nueva Jersey. La víctima fue el guardia de seguridad William Reese, de 45 años. En este caso, no hubo ninguna motivación sexual de por medio: sabiendo que el Lexus de Miglin era buscado por la policía, Cunanan decidió robarle la camioneta de Reese para poder abandonar el auto y continuar su fuga. Cuando la esposa de la víctima llegó a la casa, encontró a su marido con un balazo en la cabeza y un Lexus verde en el lugar donde antes estaba estacionada la camioneta. Otra desprolijidad más.

Un asesino en Miami
Su siguiente destino fue Miami donde llegó en la camioneta de Resse y la dejó abandonada. Se refugió en una habitación de un hotel de mala muerte, el Normandy Plaza. Para entonces había afiches policiales con su rostro y también fotos publicadas por Time y Newsweek. Pasaba el día encerrado y solo salía de noche, para visitar bares gays. “Era un buscavidas. Lo supe al verlo. Lo puse en contacto con algunos hombres entrados en años, viejos con pasta. Se lo montaban en mi propio cuarto. Me saqué un dinerito con esa movida. Me di cuenta de que se estaba escondiendo, su cara me resultaba conocida, pero yo no sabía que era un asesino”, contaría después Ronnie Holston, que vivía en el mismo hotel.
Pudieron atraparlo el 7 de julio, cuando fue a una casa de empeños para vender una moneda de oro que le había robado a Miglin. Presentó su pasaporte auténtico, dio la dirección del hotel y firmó con su nombre. La encargada, como obliga la ley, envió la documentación a la Policía de Miami, pero ningún agente le prestó atención. Al día siguiente, el mozo de un restaurante lo reconoció como el hombre que buscaba el FBI y llamó a la policía. El agente que lo atendió le preguntó dónde estaba y envió un patrullero, pero cuando los policías llegaron Cunanan ya se había ido.
Lo vieron y lo reconocieron también en una disco gay llamada “Twist”, donde entabló conversación con otro parroquiano. Cuando el hombre la preguntó a qué se dedicaba, contestó: “Soy un asesino en serie” y se rio. Carlos Vidal, otro cliente, escuchó el diálogo y al mirar a Cunanan su cara le resultó conocida y le comentó al barman: “No me extrañaría que ese tipo fuera el asesino en serie que andan buscando”. Sin embargo, no llamaron a la policía. “Había visto su cara en los informativos, pero, en aquel momento, la posibilidad de que fuera él me parecía increíble”, explicó después Vidal.
Así, con el correr de los días fue visto en uno y otro lado, siempre dentro de Miami, pero nunca se montó un operativo a fondo para capturar a uno de los asesinos más buscados por el FBI. Mientras tanto, Andrew Cunanan estaba vigilando a quien sería su última víctima.

El asesinato de Versace
La mañana del martes 15 de julio de 1997, como todos los días, el Gianni Versace salió bien temprano de su mansión y caminó hasta un café donde solía desayunar y comprar revistas. Volvió, también caminando, a las 8.40 sin prestarle atención al hombre joven que estaba parado en la vereda opuesta a la suya, vestido con un pantalón corto y una remera, una gorra de beisbol y llevando una pequeña mochila al hombro. Cuando el modisto estaba a metros de la puerta de su casa, una mujer llamada Mersiha Colakovic, que estaba llevando a su hija a la escuela, vio al hombre joven cruzar la calle y dirigirse hacia donde estaba él. Fue la única testigo del crimen.
El asesino llegó junto a Versace cuando este metía la llave en la cerradura de la puerta de hierro de la mansión. El modisto no pudo verlo, porque Cunanan se le acercó desde atrás y sin mediar palabra, como se suele decir en las crónicas policiales, desenfundó la pistola y le disparó dos veces. Una bala lo impactó en el cuello, la otra le entró en la cabeza. Le disparó tan de cerca que el cañón del arma quedó tatuado en su piel de la víctima.
El sonido de los tiros alertó a las personas de la casa, que salieron rápidamente para ver qué ocurría. El primero en ver a Versace en el piso fue su pareja, Antonio D’Amico, que lo abrazó y comenzó a gritar: “¡No! ¡No!”. Gianni Versace falleció de muerte cerebral, aunque su corazón seguía latiendo en la ambulancia que lo trasladaba al hospital. Perpetrado el asesinato, Andrew Cunanan se alejó corriendo, sin que nadie se atreviera a detenerlo. Cuando la policía llegó, se había esfumado. Entonces sí se montó un monumental operativo para encontrarlo y capturarlo.

Lo ubicaron ocho días más tarde, el 23 de julio, escondido en una casa flotante de Miami Beach que utilizaba como refugio. Lo rodearon y lo intimaron a entregarse. Como única respuesta, el asesino en serie se suicidó disparándose en la frente con la misma pistola que había utilizado para matar a Madson, Reese y Versace, una Taurus PT100 de calibre 40 Smith & Wesson. Con su muerte también mató cualquier posibilidad de saber con certeza qué razones lo habían llevado a asesinar a su última víctima.
El caso fue cubierto por los medios de todo el mundo y hubo teorías para todos los gustos: que Cunanan envidiaba el éxito de Versace, que había sido su pareja ocasional, que le había contagiado el HIV e incluso que era un sicario contratado por la mafia italiana para que lo asesinara.
Quien arriesgó la hipótesis más fundamentada –y solo sobre el crimen del modisto– fue Bill Hagmaier, jefe de la unidad dedicada a abusos infantiles y asesinos en serie del FBI. “Aunque Versace no fuese ‘personalmente simbólico’, era el homosexual rico, con una vida de éxito y una aceptación pública que Andrew Cunanan nunca podría tener”, dijo y lo comparó con John Hinckey, el hombre que había intentado matar al presidente Ronald Reagan: “La única posibilidad que tenía de hacerse famoso era mediante la misma vía que intentó John Hinckley”, sentenció.
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