
Eran las 3.20 de la madrugada del jueves 18 de marzo de 1976 cuando el timbre del teléfono sobresaltó a Vinicius de Moraes, que acababa de dormirse en su habitación de un apart hotel del centro porteño. En la sala, Renata Suchsseim y Marta Santamaría todavía estaban despiertas, conversando. Todavía semidormido, el poeta agarró el tubo y se lo llevó a la oreja. Las mujeres lo escucharon decir dos cosas: “¡Oi, Toquinho!” y, después, “¡Merda!”. Colgó y se quedó parado en el lugar, como ausente.
-Vina, ¿qué pasa? – le preguntó Santamaría.
PUBLICIDAD
-Tenorinho… Tenorinho desapareció – le contestó Vinicius como un fantasma.
A mediados de marzo de 1976 los días del gobierno de María Estela Martínez de Perón estaban contados y eran pocos. Pocos sabían con exactitud la fecha del golpe que la derrocaría, pero a nadie se le escapaba que era inminente. En el centro porteño, la avenida Corrientes, con los cines, los teatros y los restaurantes abiertos, mantenía una falsa rutina de normalidad a pesar de la ominosa presencia de los Ford Falcon con chapas patente difusas y sujetos de ojos avizores en su interior que la recorrían a una velocidad que apenas superaba el paso de hombre en busca de sus presas.
PUBLICIDAD
En la cartelera de espectáculos sobresalía la serie de tres recitales de Vinicius de Moraes y Toquinho en el Gran Rex, última escala de una exitosa gira que había incluido presentaciones en Punta del Este y Montevideo. A los dos monstruos de la música brasileña los acompañaban “Azeitona” en el bajo, “Mutinho” en la batería y Francisco Tenorio Cerqueira Junior, un pianista que a los 35 años ya era considerado uno de los mejores exponentes de samba-jazz. “Manos de oro, autor de notable talento y enorme futuro”, había escrito sobre él Ruy Castro, uno de los más reconocidos críticos de la bossa nova y la cultura carioca.

La madrugada de ese jueves 18, después del recital a sala llena, y de la cena tardía en un restaurante, los integrantes de la banda prolongaban la velada en el apart hotel Normandie, en Rodríguez Peña 320. Se les habían sumado Renata Schusseim y la poeta Marta Rodríguez Santamaría, por entonces novia de Vinicius. A las tres de la mañana, Tenorinho –como sus compañeros llamaban al pianista– comprobó no sin desazón que se había quedado sin cigarrillos. Por suerte estaban en el centro, cerca de la avenida Corrientes, donde había kioscos que no cerraban nunca. Debía caminar unos pocos metros para encontrar uno.
PUBLICIDAD
-Voy a comprar tabaco – dijo antes de salir.
Tenorinho salió a la calle y es posible imaginarlo: un hombre flaco, de barba y pelo largo, con aire de artista o de intelectual, que camina por una vereda de Rodríguez Peña y desemboca en la avenida de las luces en busca de un kiosco abierto. Es posible que no haya imaginado que en la Argentina de 1976 esa imagen, la suya, coincidía con el estereotipo del militante de izquierda o, traducido a la jerga represiva, la de un “delincuente subversivo”, un “extremista”.
El pianista con pinta de subversivo llegó a la avenida Corrientes divisó un kiosco y empezó a caminar hacia él. No llegó. Lo interceptó una patota de cuatro hombres armados que bajaron de un Ford Falcon y lo subieron a la fuerza. El quiosquero, desde unos cuarenta metros, vio toda la escena. Ni se le ocurrió intervenir, ni siquiera gritar: en la Argentina del terrorismo de Estado que antecedió al golpe la gente común no hacía esas cosas. Era demasiado peligroso.
PUBLICIDAD
Casi al mismo tiempo que el joven pianista salía a la calle, Vinicius de Moraes anunció que se iba a dormir y Toquinho se fue a otra de las habitaciones del apart. Estaba cansado. En ninguno de los relatos de lo ocurrido esa noche queda claro quién le avisó del secuestro a Toquinho, el guitarrista y coequiper de Vinicius. Un segundo después, éste lo llamó a Vinicius, intuía que solo él podía hacer algo por Tenorinho.

Vinicius en acción
Toquinho no se equivocaba. Además de poeta y músico, Vinicius de Moraes tenía experiencia diplomática. Después de recibir la llamada y lavarse la cara, se puso en acción: pidió una guía de teléfonos y llamó a todos los hospitales de la ciudad sin ningún resultado. La mañana siguiente buscó un abogado y presentó un habeas corpus. Se comunicó con un ex yerno, que era cónsul brasileño en Buenos Aires y le pidió que se moviera rápido. Sabía que para Tenorinho el tiempo podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
PUBLICIDAD
Hizo todo lo que estuvo a su alcance. Ese mismo día fue también a la Embajada de Brasil y se reunió con el embajador, Joao Baptista Pinheiro, que le prometió que pediría información en las más altas esferas del gobierno. Más tarde llamó a todos los periodistas y políticos que conocía, para que la desaparición de Tenorinho tomara estado público. Intuía que eso podía ayudar a encontrarlo.
No paró un minuto en todo el día y esa noche, agotado, se derrumbó. “Todos estábamos en shock. Vinicius estaba reflexivo y ensimismado, era parte de su personalidad reaccionar así cuando algo lo desbordaba. No había respuesta y la tristeza era abismal”, recordaría muchos años después Marta Rodríguez Santamaría.
PUBLICIDAD
La última esperanza del poeta era que Toquinho hubiera sido detenido porque había olvidado su pasaporte en la habitación –lo habían encontrado esa misma noche, en el cajón de la mesita de luz– y que estuviera en una comisaría. Que allí pudiera aclarar la situación y ser liberado. Se había anoticiado que la policía podía tener detenida a una persona durante 48 horas por averiguación de antecedentes.

Eso decía la ley, pero en marzo de 1976 en la Argentina esa ley era papel pintado. El 24 de ese mes las fuerzas armadas dieron el golpe de Estado y pocos días después, impotente y desolado, Vinicius de Moraes regresó a Brasil. Francisco Tenorio Cerqueira Junior, Tenorinho, nunca apareció.
PUBLICIDAD
Pese a sus contactos políticos y diplomáticos, Vinicius no sabía que desde hacía tiempo los aparatos represivos de la Argentina, Chile, Bolivia, Uruguay y Brasil trabajaban de manera coordinada en la represión ilegal contra la disidencia política y social en todos esos países. Intercambiaban información e incluso, para entonces, empezaban a trasladar detenidos de un país a otro.
El embajador brasileño Joao Baptista Pinheiro nunca le dijo a Vinicius que sus gestiones ante sus contactos argentinos habían tenido una respuesta. Una fuente de la Armada le dijo que lo tenían detenido, pero no ofreció devolver al pianista –para entonces estaba muerto– sino pasarle la información que habían obtenido de él. “Los militares brasileños conocían la suerte de Tenorio, pero la estaban ocultando. Hay documentos encontrados en los archivos de la policía política brasileña, el DOPS (Dirección de Orden Política y Social), que refieren a un mensaje dirigido por la Esma a la embajada brasileña informándola sobre el fallecimiento del pianista, secuestrado y torturado desde el 18 de marzo. Porque una vez que reconocieron que se habían equivocado de persona, ya no podían dejarlo libre. Habría sido un escándalo”, confirmó años después la periodista Stella Calloni, que investigó a fondo el funcionamiento del Plan Cóndor.
PUBLICIDAD
“Lo mató Astiz”
Pasaron 37 años sin que se supiera públicamente qué había pasado con Tenorinho luego de su secuestro en plena calle. La información la brindó en marzo de 2013 un represor argentino por entonces radicado en Brasil, Claudio Vallejos (a) “El Gordo”, antiguo integrante de los grupos de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada y uno de los autores materiales de la desaparición de Tenorinho la madrugada del 18 de marzo de 1976.
El represor Vallejos había escapado a Brasil pocos meses después de la recuperación de la democracia en la Argentina, cuando aún no regían las leyes de impunidad conocidas como de “Obediencia Debida” y de “Punto Final”, para evitar que la Justicia lo llamara a declarar por los crímenes de lesa humanidad cometidos en la Escuela de Mecánica de la Armada. En el país vecino se las rebuscó como pudo para sobrevivir, casi siempre al margen de la ley, hasta que fue detenido por estafas en 2012. Ese mismo año aceptó a cambio de dinero una larga entrevista con periodistas de la revista brasileña Senhor, donde contó con pelos y señales su pasado como represor en la ESMA. Tanto fue lo que contó, que la revista tuvo que dividir la entrevista y publicarla en dos entregas sucesivas.
En diciembre 2013, Vallejos repitió su confesión ante la Comisión de la Verdad, creada por la presidenta Dilma Rousseff, con la seguridad de que, protegido por la ley de amnistía brasileña, no debería responder por sus crímenes en el marco del Plan Cóndor. No imaginaba entonces que la Justicia argentina pediría su extradición. “El Gordo” relató que la madrugada del 18 de marzo estaba participando de un operativo en el centro de Buenos Aires cuando recibió la orden de ir a buscar con la patota que integraba a un sospechoso que tenían en una comisaría, un tipo con “aspecto medio de subversivo”. Lo trasladaron a la Esma donde, según sus dichos, “llegó con vida y sin ser golpeado”.
Confirmó también que la inteligencia brasileña estaba al tanto de la suerte corrida por el pianista. “El 20 de marzo de 1976, el oficial Rubén Chamorro, jefe de la Esma, pidió autorización para establecer contacto con un agente brasileño, cuyo código de guerra era 003, letra C y pertenecía al Servicio de Información Naval de Brasil, para que le informase qué grupo de tareas estaba interesado en brindar informaciones sobre la identidad y vínculos políticos de Francisco Tenorio Cerqueira Junior”, contó Vallejos en la entrevista.

En su confesión, el represor relató que Tenorinho fue torturado, aunque aseguró que él no había participado en los interrogatorios. Y también proporcionó la fecha en que lo asesinaron, el 25 de marzo, y quién fue su ejecutor: “(Alfredo) Astiz lo mató en el sótano de la construcción vieja de la Esma pero no sé dónde lo enterraron”, dijo.
Vallejos murió en el Hospital de Bernardo de Irigoyen, en Salta, en junio de 2021. Cumplía prisión domiciliaria por su precaria condición de salud. Poco antes de morir, en las últimas, confesó: “Maté a por lo menos treinta personas y perdí la cuenta de aquellos que torturé y aquellos que torturé y terminaron muertos”.
En Buenos Aires, donde fue secuestrado y asesinado, se recuerda a Tenorinho con una placa en la fachada del hotel Normandie. Debajo de su nombre su puede leer esta inscripción: “Aquí se hospedó este brillante músico brasileño, víctima de la dictadura militar argentina”.
En 2008, el director brasileño Walter Lima Junior produjo la película Os desafinados, donde incluyó a manera de homenaje la historia de Francisco Tenorio Cerqueira Junior. Otro cineasta, el español Fernando Trueba –director de Belle Époque y El olvido que seremos, entre otras obras– estrenó en 2023 el docudrama de animación para adultos They shot he piano player (conocido en español como Dispararon al pianista) sobre la vida, el calvario y la muerte de Tenorinho. La película apareció en la lista de las diez mejores películas españolas de ese año votada por los críticos cinematográficos de ese país. “No quise hacer una película sobre un desaparecido. Era más importante reconsiderarlo y valorarlo como músico”, explicó Trueba en una entrevista publicada por el diario madrileño El País con motivo del estreno.
La tragedia de Tenorinho se cerró el 13 de septiembre de 2025, cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense informó que el pianista brasileño fue identificados mediante el cotejo de huellas dactilares. “Si bien su cuerpo no fue recuperado, se sabe que fue enterrado en el cementerio de Benavídez, provincia de Buenos Aires, sin identidad”, dice el comunicado.
Dos días después de su desaparición, el 20 de marzo de 1976, el cadáver de un hombre había sido encontrado en un terreno baldío en el cruce de la calle Belgrano y la Panamericana, en el partido de Tigre. “En ese momento se inició un expediente, le tomaron las huellas dactilares y le hicieron una autopsia, que determinó que había muerto por impactos de bala. Lo enterraron sin identificar en el cementerio de Benavídez”, sostuvieron desde el EAAF.
Antes de publicar el anuncia, fue notificada su familia en Brasil por la Comisión Especial de Muertos y Desaparecidos Políticos (CEMDP) y por el fiscal Ivan Marx, consejero de la Comisión. Voceros del equipo antropológico, explicaron: “Hay que aclarar que no se encontró el cuerpo. Las huellas como NN del expediente judicial no nos coincidían con ningún desaparecido argentino y por eso generamos la hipótesis de identidad con Tenorio por la fecha de desaparición y la fecha de aparición del cuerpo. Sí se supo que estuvo enterrado en Benavídez pero luego fue pasado a osario común, por eso el cuerpo nunca fue recuperado”.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Fue 23 veces campeón argentino de natación y ahora, con 65 años, volvió al aula junto con su hija para recibirse de guardavidas
Alejandro Lecot compitió a nivel olímpico, pero hoy estudia anatomía y reanimación cardiopulmonar con chicos de 18 y 19. “A veces siento que es un jardín de infantes. Por un lado es medio incómodo, pero por otro, te rejuvenece”

La foto acertijo: ¿Quién es esta niña con su hermana en brazos que huyó de su tierra con su familia cuando tenía apenas 16 meses?
Creció lejos del país que la vio nacer y encontró en la música el camino para convertirse en una de las voces latinas más reconocidas del mundo. Su historia guarda capítulos de dolor, una historia de amor que nació entre canciones y una carrera que atravesó generaciones

El célebre vals criollo que Édith Piaf convirtió en un himno francés: una visita a Buenos Aires y una melodía que engañó al mundo
En 1953, la diva parisina escuchó en su visita a la Ciudad de Buenos Aires una canción que la conmovió, se trataba del vals peruano-argentino titulado “Que nadie sepa mi sufrir”. De regreso a Francia, descartó la idea de hacer una traducción literal y le encargó a un poeta una reversión. La historia de “La Foule”, a 63 años de la partida física de Piaf

El empleado postal que fue despedido del trabajo y volvió para vengarse: una espada japonesa, un traje de ninja y cuatro muertos
Joseph Harris había perdido su empleo y culpaba a sus superiores por lo ocurrido. Armado con ametralladoras, granadas y una espada, atacó a su ex jefa y compañeros. La investigación lo vinculó también con el asesinato de un agente de inversiones y las agresiones sexuales sufridas por su familia. La defensa alegó que padecía graves trastornos mentales, pero lo declararon culpable

Una porción de pizza, un laberinto y cuatro fantasmas del folclore japonés: la historia del juego que cambió la forma de entretener
Toru Iwatani quería atraer a las mujeres y las parejas a un mundo dominado por disparos y extraterrestres. Lo que salió de esa idea en 1979 se llamó Pac-Man y terminó generando millones de dólares



