
Fue la mayor masacre de civiles desatada por fuerzas estadounidenses en el siglo XX. El escenario fue Vietnam, una gran tragedia épica según el título de la fantástica obra del historiador Max Hastings. Murieron quinientos cuatro civiles desarmados, todos ancianos, mujeres, chicos y bebés. No cayó muerto ni un solo guerrillero del Vietcong, las fuerzas comunistas del norte que luchaban contra las de Vietnam del Sur que contaban con la ayuda estadounidense.
La matanza se tapó, o se intentó ocultar. Un año y medio después, la prensa la dio a conocer. De los veintitrés militares involucrados en la masacre y juzgados por ella, fue condenado uno solo, el teniente William Calley: recibió una sentencia de cadena perpetua, pero fue indultado de inmediato por el presidente Richard Nixon. La bruma del tiempo no ha logrado borrar nombres, apellidos, responsabilidades; como siempre sucede en estos casos, la cifra de civiles asesinados fue rebajada a trescientas cuarenta y siete personas y el episodio, en medio de aquella gran guerra que duró una década y arrasó con poblados enteros de Vietnam, todavía pelea por no ser olvidado. Lleva el nombre de la aldea donde sucedieron los crímenes: My Lai.
A las siete de la mañana del 16 de marzo de 1968, hace cincuenta y ocho años, tres compañías de la 11ª. Brigada de Infantería de la 23ª. División, al mando del capitán Ernest Medina, iniciaron una operación de “búsqueda y destrucción” de fuerzas del Vietcong en la región de Son My, distrito de Son Tinh, provincia de Quang Ngai, en el centro de Vietnam. El despliegue de las tropas americanas había quedado bajo la dirección del teniente coronel Oran Henderson, que sería absuelto en el juicio que se siguió por la masacre, y del general de división Samuel Koster, un veterano de la guerra de Corea.
Según la inteligencia militar, el sitio era asentamiento del 48° Batallón del Vietcong y las tropas americanas esperaban encontrar una fuerte resistencia: un destacamento entero de tropas estadounidenses había sido aniquilado semanas antes en el poblado de Son My, del que formaba parte My Lai. La 11ª. Brigada de Infantería había sido advertida que los comunistas habían tomado el control de la zona y que los vietnamitas civiles habían huido. El día anterior al despliegue de las fuerzas americanas, el capitán Medina dijo a sus hombres que cualquier persona que hallaran en My Lai debía ser tratada como un combatiente, o como un simpatizante del Vietcong, y que los soldados eran libres de disparar contra cualquiera; además, se les ordenó destruir los cultivos, quemar las casas y acabar con el ganado.

La compañía C, “Charlie” de la brigada, estaba al mando del teniente Calley, de veinticinco años, que aterrizó en helicópteros junto a sus hombres: allí no había guerrilleros comunistas; la información de inteligencia era falsa, o equivocada. La aldea estaba habitada sólo por mujeres, ancianos chicos y bebés, todos aterrados y refugiados en sus cabañas, por las bombas que habían caído antes de la llegada de las tropas aerotransportadas. Entonces se inició una ola de terror que duró casi cuatro horas.
Medina envió a sus hombres a arrasar el norte del poblado: algunos aldeanos intentaron escapar, pero fueron asesinados; las tropas arrojaron granadas al interior de las chozas de los habitantes y mataron a quienes intentaban escapar de esa trampa; violaron y asesinaron a las jóvenes del poblado, rodearon a los civiles, a muchos los ataron juntos, madres e hijos, como un gran paquete, y los asesinaron a balazos.
La 1ª. Sección de la compañía C, al mando de Calley, arrasó la zona sur de My Lai; dispararon contra los civiles o les clavaron sus bayonetas, también violaron a las mujeres y destruyeron los cultivos y el ganado. Con el correr de las horas, las tropas reunieron a los sobrevivientes y los llevaron a una gran acequia de desagüe, seca: Calley empezó a disparar y ordenó a sus hombres hacer lo mismo. Una mujer había recibido tantos disparos que sus huesos habían saltado en astillas; otra fue muerta con disparos de fusil M16 junto a su bebé; otra criatura fue muerta a bayonetazos, varios ancianos fueron lanzados a los pozos de agua, a los que se arrojaron luego granadas de mano. Una sobreviviente revelaría luego: “(…) Cuando las ametralladoras callaron, algunas personas se levantaron. Yo vi a mi padre. Quise decirle que se tumbara, que no se moviera, pero tuve miedo y me callé. Lo vi caer en la segunda ráfaga, y aún hubo una tercera. Yo seguía allí doblada, apretando tanto a mi hija, que temí que se hubiera ahogado. Al rato, cuando ya no se oía nada, fui apartando los cuerpos para salir. Dos mujeres que también remontaron la zanja fueron vistas por los soldados: las persiguieron y las mataron. A nosotras no nos vieron”.

Desde el aire, uno de los helicópteros de apoyo, un Hiller OH-23 Raven, sobrevolaba la zona de la matanza. Al mando iba el oficial Hugh Thompson, lo secundaban el artillero Lawrence Colburn y el jefe de equipo Glenn Andreotta. Lo primero que vio Thompson fue civiles heridos por toda la aldea. Lanzó entonces granadas de humo para que fuesen localizados y evacuados. Pero lo que vio luego lo llenó de terror. “Vimos a una chica joven de unos veinte años tirada en el pasto. Estaba desarmada y herida en el pecho. La marcamos con humo porque vimos un escuadrón no muy lejos. El humo era verde, lo que significa que era seguro acercarse. Rojo habría significado lo contrario. Volábamos a dos metros del suelo y a no más de seis metros de distancia cuando el capitán Medina se acercó, la pateó, dio un paso atrás y la mató. Lo hizo justo en frente de nosotros. Cuando vimos a Medina hacer eso, algo hizo clic. Eran nuestros muchachos los que mataban a esa gente”.
Thompson aterrizó entonces su helicóptero entre los soldados, que todavía disparaban, y los aldeanos que intentaban huir; ordenó a sus hombres disparar contra sus compatriotas si seguía la matanza. Ya casi no había más gente a la que disparar. Cerca del mediodía, los hombres de la Compañía C se sentaron a almorzar no muy lejos del sitio de la matanza.
De regreso a su base, Thompson denunció a sus superiores la masacre de civiles en My Lai. Las autoridades iniciaron una investigación más bien superficial que llegó a la conclusión de que la operación había sido un éxito y que el informe de Thompson era falso. El 24 de abril, un mes y una semana después de la matanza, el coronel Oran Henderson comandante de la 11ª. Brigada de Infantería informó que en My Lai sólo habían muerto veinte civiles y por accidente, a causa del bombardeo inicial previo al aterrizaje de las tropas, o por el fuego cruzado entre sus fuerzas y los guerrilleros del Vietcong.

El general William Westmoreland, comandante en jefe de todas las fuerzas desplegadas en Vietnam, felicitó a la unidad por su “acción sobresaliente”. El teniente coronel Frank Barker, jefe de la “Fuerza Operativa Baker” a la que pertenecía la compañía C de la 11ª. Brigada, dijo que sus hombres habían matado a ciento veintiocho vietcongs, aunque no había capturado a ninguno vivo y no había en sus manos una sola arma enemiga. “La muerte de esas mujeres y niños –dijo Baker– resulta trágica, pero se produjo a raíz de los combates”.
La tapadera oficial de la masacre de My Lay tenía dos inconvenientes. El primero, había testigos que no estaban dispuestos a callar ni a olvidar; el segundo: había fotos, y eran terribles. Entre quienes no querían callar estaba el soldado Ronald Ridenhour, un artillero de helicópteros de la 11ª. Brigada que conocía la matanza, aunque no había participado de ella, por el testimonio de sus camaradas. Las fotos habían sido tomadas por el sargento Ron Haeberle, de la compañía C, Charlie, encargado de documentar la misión en My Lai y de plasmar en fotos los interrogatorios a la población de la aldea, interrogatorios que jamás existieron. Lo que nadie sabía, era que Haeberle, que usó rollos blanco y negro, usó su cámara personal, con negativos color que capturaron el despiadado drama con una fuerza y una claridad innegables. Esas tomas jamás fueron entregadas al Ejército y, más tarde, aparecieron en diarios y revistas, el primero, el Cleveland Plain Dealer y, luego, en Life, que en principio se había negado a publicarlas.
El soldado Ridenhour, que había escuchado relatos espantosos sobre la matanza de boca de sus camaradas, envió cartas en las que relataba cuánto sabía a al menos treinta miembros del Congreso, al Pentágono y al presidente Richard Nixon. El Ejército inició una nueva investigación, interna y secreta, en la que intervino hasta el comandante de la 23ª. División de infantería. Según narra Hastings en su imprescindible trabajo sobre Vietnam, ese oficial “redactó un memorándum para el jefe de la administración militar que encubría totalmente los hechos, afirmando que las relaciones entre los soldados de la ‘América’ (apelativo corriente de la 23ª División) y el pueblo vietnamita es excelente”. Quien firmaba el documento era el entonces comandante Colin Powell, que con los años sería el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas y Secretario de Estado del presidente George W. Bush.

Los testimonios de la masacre llegaron a oídos del periodista Seymour Hersh, un documental sobre su vida se emite en estos días por Netflix. Hersh ubicó a Ridenhour quien accedió a ser entrevistado. La historia de la masacre se publicó primero en un pequeño servicio de noticias, Dispatch News Service, y luego, el 13 de noviembre de 1969, un año y ocho meses después de los hechos, la imprimió el St. Louis Post-Dispatch. Una semana más tarde, el 20 de noviembre de 1969, un diario de Cleveland, The Plain Dealer, publicó las estremecedoras fotos de la matanza tomadas por Haeberle.
El primero de los sorprendidos por la noticia fue el presidente Nixon. No lo estaba por la brutalidad que mostraban las fotos de My Lai, sino porque el caso había aparecido en los diarios. Cuenta el historiador Anthony Summers en Nixon – The Arrogance of Power (Nixon – la arrogancia del poder): “Nixon le pidió a su secretario de prensa que condenara el asesinato masivo como un crimen ‘horrible para la conciencia’ y prometiera que el caso ‘sería tratado de acuerdo con las estrictas normas de la justicia militar’. Pero entre bastidores, ordenó al ejército que espiara al joven veterano que había sacado a la luz semejante atrocidad y le había escrito a él y a otros políticos para informarlos de ella. El presidente estuvo refunfuñando con un asesor durante horas por la negativa publicidad que le había dado el caso y afirmó: ‘Quienes está detrás de todo esto son esos malditos judíos de New York’”.
No era propaganda. La investigación de Hersh denunciaba que el Ejército había tapado el incidente hasta que el soldado Ridenhour escribió a los congresistas, a varios periódicos y a la Casa Blanca. En 1970, otra investigación del Ejército liderada esta vez por el general William Peers, conocida como “Informe Peers”, recomendó un consejo de guerra para treinta y cuatro militares, algunos de alto rango, acusados de encubrir la masacre de My Lai. Su recomendación no fue atendida.

El teniente Calley fue por fin a juicio el 17 de noviembre de 1970 en Fort Benning, Georgia. Fue acusado de asesinato premeditado de ciento dos civiles survietnamitas, hombres, mujeres, niños y ancianos. Soldados de su propia unidad testificaron que Calley no sólo había ordenado los disparos, sino que participó de la masacre, que había empujado incluso a grupos de civiles a una zanja para ejecutarlos después con su arma reglamentaria. Tres meses después, el 29 de marzo de 1971, el jurado militar lo encontró culpable. En Nixon – Alone in the White House (Nixon – Solo en la Casa Blanca), cuenta el historiador Richard Reeves: “Los jurados, todos ellos habían servido en Vietnam, rechazaron los argumentos de la defensa del teniente y su propio testimonio: ‘Ellos eran el enemigo. Tenían que ser destruidos. Esa fue mi orden, señor. Esa fue la orden del día, señor’”. Dos días después, el 31 de marzo, la corte marcial condenó a Calley a cadena perpetua con la accesoria de trabajos forzados.
El día de la sentencia, alguien escuchaba el fallo palabra por palabra: era el presidente de Estados Unidos. Nixon pasaba unos días en “La Casa de la Paz”, una residencia con vista al mar en la ciudad costera de San Clemente, California, conocida como “La Casa Blanca del Oeste”. Lo acompañaban, y para discutir la sentencia a Calley, dos hombres que eran su mano derecha: R.H. Haldeman (Harry Robin) y John Ehrlichman; además, junto a ellos se sentaban John Connally, un ex gobernador demócrata de Texas que se había pasado al bando republicano, y el siempre avizor Henry Kissinger. El presidente ya tenía posición tomada sobre el caso Calley: Estados Unidos no podía perdonar acciones como las de My Lai, pero todos aquellos que servían al país en una guerra merecían el beneficio de la duda, a menos que hubiese un claro incumplimiento de las órdenes. “Mantengamos los ojos en la pelota dijo Nixon a sus colaboradores en San Clemente –afirma Reeves–. La ‘pelota’ no era la justicia militar, ni siquiera mantener la moral de los militares, algo que Nixon consideraba importante; era mantener el apoyo público a la guerra. ‘Veamos si esta vez –dijo el presidente– podemos estar del lado del pueblo, en lugar de hacer siempre lo que es cauteloso, correcto y eficiente’”.
Nixon obedecía a su instinto. La condena a Calley había despertado una ola de protestas en gran parte de la sociedad americana que veía al teniente como un mero chivo expiatorio: había sido el único condenado de un total de veinticinco procesados, absueltos todos por diferentes razones, incluidos errores técnicos durante el proceso. Cuenta Hastings en Vietnam, una tragedia épica: “Cuando el capitán Medina fue absuelto, el juez le deseó ‘feliz cumpleaños’. El comandante nacional de la Asociación de Veteranos de Guerras Extranjeras se lamentó: 'Por primera vez en nuestra historia, hemos juzgado a un soldado por cumplir con su deber‘. (…) Durante las marchas en Fort Benning, los reclutas cantaban: ‘Calley, Calley, es uno de los nuestros”. La emisora de la AFN de Saigón, la radio de las fuerzas armadas, emitía varias veces al día una canción que cantaba un grupo vocal de Alabama que se llamaba ‘La compañía C’ y que decía: ‘Me llamo William Calley y soy un buen militar / juré cumplir con mi deber hasta ganar / Pero ahora necesitan una cabeza de turco / y sin saber por qué me toca pagar’. Pidieron a la radio que prescindiera de aquel disco”.

Tres días después de la sentencia, Nixon intervino y ordenó que Calley fuese trasladado de la prisión militar a una especie de arresto domiciliario en los cuarteles de Fort Benning, mientras se apelaba la sentencia. Una semana después de su intervención, el 8 de abril, Nixon recibió una carta de cuatro páginas del joven oficial del Ejército que había sido el fiscal en el consejo de guerra contra Calley. Era el capitán Aubrey W. Daniel III y la carta decía: “Qué chocante es que tantas personas en esta nación no hayan comprendido el problema moral: es ilegal que un soldado estadounidense ejecute sumariamente a hombres, mujeres, niños y bebés desarmados y que no oponen resistencia. Pero mucho más espantoso es ver a tantos líderes políticos de la nación que no han comprendido el problema moral o que, habiéndolo comprendido, lo han comprometido por motivos políticos. Usted ha sometido al sistema judicial de este país a la crítica por estar sujeto a influencias políticas”. En menos de tres año, la sentencia se redujo primero a veinte años, después, el secretario del Ejército la redujo a diez y, en 1974, tras pasar tres años y medio en arresto domiciliario, Calley fue puesto en libertad por un juez federal e indultado por el presidente Nixon.
William Calley se refugió luego en el silencio. Nunca aceptó entrevistas, ni escribió sus memorias. En 2009, a sus sesenta y seis años, accedió a hablar ante una pequeña audiencia en el club comunitario “Kiwani” de Columbus, Georgia. Allí dijo entonces: “No hay día en que no sienta remordimientos por lo que ocurrió aquel día en My Lai”. Para los oídos de buena voluntad, de muy buena voluntad, eso sonó a una disculpa. Calley nunca pidió perdón, nunca se mostró arrepentido, jamás negó haber participado en la masacre, pero siempre dijo que había cumplido órdenes.
Murió el 28 de abril de 2024 en Gainesville, Florida. Su muerte recién se dio a conocer tres meses después, en julio. Tenía ochenta y dos años.
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