Al Pacino y los secretos de “El padrino”: la desconfianza de los productores y el almuerzo con Marlon Brando para aliviar tensiones

Hace 54 años se estrenó el filme de Francis Ford Coppola que se convirtió en una pieza legendaria del cine. El actor, que encarnó a Michael Corleone, fue puesto en duda hasta que una escena le aseguró el papel

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Primer plano de Al Pacino como Michael Corleone, con traje oscuro y una mancha en la mejilla. Fondo borroso de vegetación y un muro de piedra
Alfredo James Pacino, tal el nombre completo del actor, tenía 31 años cuando se estrenó "El Padrino" (Paramount)

El 14 de marzo de 1972, hace 54 años, la sala del tradicional Loew’s State Theatre ubicada en Times Square de Nueva York se vistió de lujo para la premiere mundial de un film que haría historia. Aquella noche sólo unas centenas de personas pudieron ver la película que se convertiría en una leyenda colosal del séptimo arte. Aquel día inolvidable se estrenó El Padrino (The Godfather), la obra cumbre que reescribiría los códigos del drama familiar, el crimen organizado y el sueño americano.

Marlon Brando, con cabello gris, de pie, mira hacia abajo a Al Pacino, sentado en un sillón, ambos vestidos con trajes oscuros en una habitación con poca luz
"El Padrino". Marlon Brando y Al Pacino. Vito y Michael Corleone (Paramount)

Días después, el 24 de marzo, la película dirigida por Francis Ford Coppola y en cuyo elenco brillaban Marlon Brando, Al Pacino, Diane Keaton, Robert Duvall y James Caan, entre otros, se estrenaba en el circuito comercial de cine de Estados Unidos.

A más de medio siglo de aquel estreno, vale la pena mirar cómo fue aquel hito de la cinematografía, a través de los ojos de Al Pacino, quien dio vida a Michael Corleone, uno de los hijos de Don Corleone, el padrino encarnado por Marlon Brando.

En el libro Sonny boy en el que Pacino escribió sus memorias, el eximio actor que hoy tiene 85 años, explicó cómo fue aquella experiencia de 1972 cargada de miedos, rechazos corporativos y redención artística.

Al Pacino, Marlon Brando, James Caan y John Cazale en "El Padrino". Vito Corleone y sus hijos varones (Grosby Group)
Al Pacino, Marlon Brando, James Caan y John Cazale en "El Padrino". Vito Corleone y sus hijos varones (Grosby Group)

La historia de cómo un inexperto actor de teatro del sur del Bronx llegó a protagonizar la película más esperada de su tiempo es una epopeya impensada. Todo comenzó una tarde cualquiera, con el sonido de un teléfono. La voz del otro lado pertenecía al hombre que torcería su destino para siempre: el joven director Francis Ford Coppola, quien le informó que iba a dirigir la adaptación al cine de la exitosa novela de Mario Puzo: El Padrino.

Pacino llegó a pensar que el director deliraba: “¿De qué estaba hablando? ¿Cómo le dieron El Padrino?”. Hollywood solía confiar semejantes proezas a veteranos, no a realizadores de vanguardia. Pero el asombro se convirtió en profundo estupor cuando Coppola le confesó que lo quería a él como Michael. “Pensé: ‘Ahora sí se pasó de la raya’. Empecé a dudar de si realmente estaba al teléfono. Tal vez era yo el que estaba sufriendo un ataque de nervios”, recordó el actor, consciente de que las probabilidades de que eso sucediera eran muy pocas.

Diane Keaton con sombrero de paja y vestido naranja de lunares blancos sentada frente a Al Pacino, quien viste un uniforme militar, en una mesa exterior
Diane Keaton y Al Pacino en "El Padrino". En la película fueron marido y mujer. En la vida real padecían la rigidez de la filmación y se ayudaban como amigos (Paramount)

El sinuoso camino hacia la consagración estuvo minado de rechazos. Paramount, el estudio detrás del rodaje, no quería saber nada con Al Pacino. Los ejecutivos barajaban nombres que cortaban el aliento y garantizaban un éxito de recaudación: Jack Nicholson, Robert Redford, Warren Beatty o Ryan O’Neal. Ignoraban que Puzo había descrito a su personaje (Michael) como un hombre de aspecto delicado, morocho y de apariencia inofensiva.

La hostilidad corporativa era feroz. Llegaron a rechazar a actores formidables como James Caan y Robert Duvall, e incluso le bajaron el pulgar inicialmente al intocable Marlon Brando. Frente a eso, Pacino debía someterse a infames pruebas de cámara y volar a California, algo que rechazaba por su profunda fobia a los aviones. Fue su aguerrido representante, Marty Bregman, quien resolvió el conflicto con vehemencia: “Te vas a subir a ese maldito avión”, le ordenó, dándole una petaca de whisky para que soportara el viaje.

Fotografía en blanco y negro de Francis Ford Coppola, Marlon Brando y Al Pacino en un exterior. Pacino ata su zapato
El director Francis Ford Coppola junto a Marlon Brando y Al Pacino. Un intervalo en el rodaje de "El Padrino"

El clima en los estudios Paramount era caótico. Los ejecutivos se trenzaban en salvajes peleas a los gritos. El nerviosismo era tan abrumador que el peluquero convocado por Coppola para hacerle a Pacino un auténtico corte de los años cuarenta sufrió un infarto fulminante en el set al enterarse de la enorme magnitud del proyecto.

Para sobrevivir a esa locura donde todos competían por el papel, Pacino adoptó una postura zen, repitiéndose a sí mismo: “Esto también pasará”. Pero, más allá de todo, el actor contaba con un arma secreta: la férrea voluntad de Coppola. “Francis me quería. Él me quería y yo lo sabía. Y no hay nada como cuando un director te quiere”, recordó con gratitud.

Un hombre con chaqueta marrón y corbata rayada está sentado en un sillón de cuero oscuro. Otro hombre se ve al fondo detrás de un escritorio
Al Pacino Y Robert Duvall. Michael Corleone y Tom Hagen, el consigliere de la familia (Paramount)

El realizador le otorgó un salvavidas invaluable al emparejarlo en el casting con Diane Keaton. Tras conocerse y tomar algo en un bar del Lincoln Center en Nueva York, ambos conectaron instantáneamente, y el brillante sentido del humor de ella se volvió el antídoto perfecto contra la agobiante presión de las audiciones.

A eso se sumó una revelación familiar de carácter casi místico. Al llamar por teléfono a su abuela para anunciarle que finalmente interpretaría a Michael Corleone, la mujer le reveló un impactante secreto de sangre: “¡Ay, Sonny, escuchá! El abuelo nació en Corleone, de ahí era él”.

El joven, que solo sabía que su abuelo había huido de Sicilia por motivos que se mantenían en secreto, comprendió en el acto que el mismísimo destino lo empujaba hacia ese oscuro papel de hijo de un mafioso. Para prepararse a conciencia, emprendió interminables caminatas solitarias por Manhattan, diagramando cómo llevar a la pantalla la imperceptible evolución de un muchacho despistado hasta convertirse en un despiadado líder del crimen organizado.

Al Pacino como Michael Corleone de pie en un balcón de hierro forjado, mirando hacia adelante, con persianas verdes abiertas en un edificio de piedra antiguo
Al Pacino como Michael Corleone en una escena de "El Padrino" filmada en Sicilia, Italia (Paramount)

Su plan actoral consistía en anular deliberadamente cualquier rasgo de carisma inicial para edificar, poco a poco, un enigma explosivo. Para empaparse del realismo más crudo y dejar atrás los clichés de Hollywood, su colega Al Lettieri lo llevó a merendar a la casa de unos verdaderos jefes criminales. Allí, en una casa de los suburbios, bebiendo licores en fina porcelana, el chico italoamericano de los bajos fondos comprendió la macabra dualidad, elegante pero letal, de quienes viven implacablemente al margen de las leyes de la sociedad.

Sin embargo, el aterrizaje en el inicio del rodaje en Staten Island se transformó velozmente en un auténtico sufrimiento. Durante las interminables jornadas de la emblemática escena de la boda, el equipo técnico lo miraba de reojo con inmensa desconfianza y los fuertes rumores sobre su inminente y humillante despido no dejaban de circular por los pasillos.

Póster de 'El Padrino' con Marlon Brando en primer plano, Al Pacino a su izquierda, y un montaje de escenas urbanas y de personajes
Uno de los tantos afiches de "El Padrino". Al Pacino ocupaba el segundo lugar en el cartel, luego de Marlon Brando

Los furiosos ejecutivos de la productora seguían detestando por completo su silenciosa actuación al revisar el material. A tal punto llegaba la insoportable y asfixiante desazón que Pacino y Diane Keaton, convencidos plenamente de estar filmando a ciegas el más bochornoso bodrio de la historia del cine comercial, ahogaban sus penas emborrachándose todas las largas noches de regreso en Manhattan. La extrema tensión estalló por completo la noche en que Coppola lo convocó con urgencia al famoso restaurante Ginger Man. Allí, frente a todos y mientras cortaba un bife, el director le espetó sin ningún tipo de anestesia: “Sabés lo que significás para mí, la fe que te tenía... Bueno, no estás a la altura”. Ese ultimátum lo forzó a revisar de inmediato las escenas filmadas en la sala de proyección, confirmando que su particular actuación, tan extremadamente centrada en la invisibilidad, generaba enormes dudas.

Para salvar su cuello de la guillotina corporativa, Coppola reestructuró silenciosamente el extenuante plan de rodaje, adelantando de forma estratégica la inolvidable del restaurante italiano, donde el hasta entonces inofensivo joven Corleone ejecuta a sangre fría al narcotraficante Sollozzo y al corrupto policía McCluskey. Fue una jornada verdaderamente infernal de 15 largas horas, encerrados en un minúsculo salón, mal ventilado y repleto del humo de los cigarrillos, junto al consagrado actor Sterling Hayden.

Primer plano de un hombre joven de cabello oscuro con uniforme militar verde oliva y corbata clara, con insignias en la solapa y hombro, mirando a la derecha. Fondo borroso
Michael Corleone, interpretado por Al Pacino. La película estrenada en 1972 fue inmediatamente un suceso (Paramount)

En el esperado clímax de la accidentada jornada nocturna, sin usar profesionales dobles de riesgo y dominado ciegamente por la adrenalina, Pacino intentó saltar audazmente hacia un auto en pleno movimiento, falló el cálculo y cayó de espaldas al áspero asfalto del Bronx, torciéndose el tobillo.

Recostado e inmóvil en la calle, sintió un inmenso alivio, rezando a Dios para que esa dolorosa lesión fuera el milagro esperado que lo liberara de una buena vez por todas de aquel rodaje que sentía como una insoportable prisión. No obstante, inyectado con analgésicos y cortisona, logró continuar la jornada manteniéndose de pie. Cuando los implacables directivos de Paramount observaron por fin su desempeño actoral en esas secuencias, decidieron finalmente conservarlo en el rol estelar de la película.

El Padrino se convirtió en una pieza de culto de la industria del cine

Garantizada su permanencia en el set, Pacino debió lidiar con una leyenda del cine: Marlon Brando. Coppola, siempre hábil para trabajar la psicología de grupo, forzó a Pacino a compartir un íntimo almuerzo privado con Brando antes de una de las escenas. “¿Querés decir que tengo que almorzar con él? En serio, me daba muchísimo miedo. Era el actor vivo más grande de nuestra época”, llegaría a admitir Pacino, abrumado ante alguien a quien consideraba de la misma estirpe inalcanzable que ídolos como Cary Grant o Clark Gable.

En una modesta sala de hospital en la calle 14, donde filmaban, se produjo ese almuerzo. Mientras Brando le hacía preguntas sobre sus orígenes, se devoraba una porción de pollo a la cazadora con las manos. Pacino quedó totalmente pasmado al observar cómo Brando, con impunidad absoluta de estrella, se limpiaba la abundante salsa roja de los dedos frotándolos contra las sábanas blancas de la cama donde se habían sentado para comer y conversar.

Al Pacino, con traje a rayas y corbata, sentado en una silla de cuero oscura. Manos entrelazadas sobre el escritorio con objetos borrosos y un reloj en la pared
Al Pacino en la piel de Michael Corleno, quien heredó la conducción de la familia mafiosa luego de la muerte de su padre (Paramount)

Fue exactamente en ese extraño contexto cuando Brando, con una mirada paternal, le auguró con la sabiduría de los grandes: “Sí, pibe, todo va a estar bien”. Ese inolvidable gesto de calidez quedó grabado a fuego en Pacino.

El rodaje no solo forjó a Pacino como actor dramático, sino que le enseñó de primera mano el descomunal peso emocional que recae sobre un artista de raza. El punto de máxima revelación ocurrió al atardecer en el cementerio de Long Island, tras filmar el funeral de Don Vito Corleone.

Mientras caminaba aliviado hacia su tráiler, creyendo que la ardua jornada había terminado con éxito, escuchó un llanto estruendoso y desgarrador a lo lejos. Al acercarse entre las lápidas, encontró a Francis Ford Coppola llorando amargamente como un niño desconsolado. “No me dejan hacer otra toma”, le confesó de pronto Coppola aniquilado por las rígidas restricciones impuestas por el estudio. Fue una tremenda demostración de pasión que le dio a entender al joven Pacino que aquel proyecto cinematográfico albergaba algo verdaderamente enorme.

Primer plano de un hombre joven con cabello oscuro rizado y patillas, vestido con una chaqueta negra, mirando fijamente con expresión seria
Al Pacino en 1971, un año antes del estreno de "El padrino". En una escena de la película llamada "Panic in Needle Park " que en Argentina fue exhibida como "Pánico en el parque"

El rotundo éxito tras el estreno modificó su vida cotidiana y privada de un plumazo. Semanas después de la llegada del film a los cines, el furor fulminó para siempre su preciado anonimato, el último escudo protector de su juventud en el barrio. De golpe, mujeres mayores lo frenaban en la calle para besarle con enorme devoción las manos y tratarlo como un Padrino de la vida real. La constatación definitiva de su fama mundial ocurrió un día cualquiera, mientras esperaba en una vereda neoyorquina que cambiara un semáforo y cruzó su mirada de forma casual con una joven pelirroja desconocida. Ante su tímido saludo, ella retrucó con una firmeza que le heló la sangre: “Hola, Michael”. En ese segundo, comprendió lo que había perdido para siempre: “Oh, Dios mío. No estoy a salvo”, pensó con terror.

Aquella obra estrenada el 14 de marzo de 1972 le había otorgado a Pacino un merecido lugar en Olimpo del cine, pero a su vez le había quitado su, hasta entonces, apacible vida. Después vendrían la segunda y tercera parte de El Padrino. Pero esa es otra historia.

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