
La provincia de Buenos Aires, por su densidad geográfica y por la masividad de votantes, siempre fue el corazón neurálgico del movimiento fundado por Juan Domingo Perón. También es el territorio donde el peronismo juega su interna partidaria como la madre de todas las batallas. Y no fue la excepción hace 50 años.
Gremialista, vicegobernador y gobernador, Victorio “el Tano” Calabró, como le decían sus amigos, tuvo un largo recorrido sindical y político en la provincia de Buenos Aires. Pertenecía a la UOM, pero no respondía ni a José Rucci ni a Lorenzo Miguel, sino que era un oportunista por naturaleza.
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Para las elecciones de 1973, el sector sindical había impulsado la fórmula integrada por el conservador rosista Manuel Anchorena y el metalúrgico Luis Guerrero, pero ambos fueron impugnados por Juan Domingo Perón. Fue entonces cuando el líder justicialista definió una nueva fórmula, que resultó victoriosa: Bidegain–Calabró.
En nombre de la CGT, el dirigente metalúrgico reclamó varios ministerios para el sector sindical. Sin embargo, el nuevo gobernador se negó, lo que desató un conflicto sin retorno entre ambos sectores del peronismo. En medio de esa disputa, Perón le solicitó a Bidegain cambios en el gabinete. Calabró, por su parte, aseguró que la gobernación estaba llena de funcionarios marxistas.
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El 19 de enero de 1974, la Guarnición Militar de Azul fue atacada por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), un hecho que precipitó la crisis política del gobierno bonaerense. Tres días después, el martes 22 de enero, el ministro del Interior de Perón, Benito Llambí, convocó al gobernador Bidegain a una reunión en la Casa Rosada para exigirle la renuncia en nombre del Presidente. “Bidegain se equivocó porque le coparon la gobernación los montoneros”, aseguró Juan De Stéfano, sindicalista de los Metalurgicos y ministro de gobierno del gobernador Calabró. “Cuando se tomó el Regimiento de Azul, Perón lo echó por televisión”, agregó.
De esta forma, el 24 de enero de 1974 “el Tano” llegó a ser el nuevo gobernador de la provincia. Por sugerencia del líder radical Ricardo Balbín, el Presidente decidió no intervenir la provincia y permitir que el poder quedara en manos del vicegobernador, lo que consolidó el ascenso político del dirigente sindical. “Perón no nos quería dar la gobernación porque éramos dirigentes gremiales. Nos la dio por recomendación de Balbín”, comentó De Stéfano. Antonio Caló, exsecretario general de la CGT y de la Unión Obrera Metalúrgica, también evoca aquellos días: “Calabró fue un traidor a la UOM y al peronismo. Soñaba con ser presidente”.
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A los pocos meses, tras la muerte de Juan Domingo Perón ocurrida el 1° de julio de 1974, Isabel Perón asumió la presidencia. Calabró comenzó a cuestionar su gestión y, gradualmente, desarrolló un proyecto político propio, cada vez más distante del gobierno nacional, con aspiraciones presidenciales para 1977. Durante el año siguiente, la relación entre el gobernador bonaerense y el gobierno nacional se fue deteriorando, en medio de la crisis y división que atravesaba el justicialismo.

El pacto del gobernador con los militares
Sin un armado político sólido dentro del peronismo, Victorio Calabró comenzó a apoyarse en sectores militares que ya conspiraban contra el gobierno de Isabel Perón. En ese contexto, sus adversarios políticos lo acusaron de mantener vínculos con grupos como la Concentración Nacional Universitaria y de promover acciones violentas contra dirigentes peronistas leales al gobierno nacional, entre ellos el intendente de La Plata, Rubén Cartier, quien reclamaba la intervención de la provincia. “El Tano” jugaba a fondo cuando el intendente de La Plata fue asesinado por una patota del CNU en 1975 mientras se dirigía a ver al gobernador de La Rioja, Carlos Menem.
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En marzo de 1976, el nuevo ministro de Economía Emilio Mondelli lanzó un plan económico que fue rechazado por el gobernador bonaerense, quien lo calificó como un “engaño creado para pagar deudas y matar de hambre a los obreros”. En ese clima de creciente tensión política, Calabró impulsó numerosos paros en el sector norte del conurbano bonaerense, una medida que chocaba con los intereses del gobierno nacional.
La situación enfureció al sector verticalista del peronismo. El 14 de marzo de 1976 se realizó un último intento para desplazarlo de la gobernación y, con el aval del dirigente sindical Lorenzo Miguel, Calabró fue expulsado de la Unión Obrera Metalúrgica, de las 62 Organizaciones Peronistas y del Partido Justicialista, aunque no todos los sectores del movimiento estuvieron de acuerdo con esa decisión.
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Los voceros del entonces gobernador rechazaron las acusaciones y sostuvieron que la ola de protestas también se produjo en provincias como Córdoba, Santa Fe y Mendoza, donde Calabró no tenía injerencia directa. Además, señalaron que en las manifestaciones en la provincia de Buenos Aires participaron gremios que no estaban vinculados con la UOM.
Por esos días, el ministro del Interior, Roberto Ares, también realizaba declaraciones a la prensa que reforzaban la impresión de una posible intervención. Ares incluso facilitó un encuentro entre el gobernador y la jefa de Estado, aunque más tarde calificó su gestión conciliadora como un fracaso, a pesar de que —según afirmó— “habíamos arribado a una acción coherente y efectiva en favor de una solución adecuada”.
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Mientras crecían los pedidos de intervención federal, Calabró contaba con la protección de sectores militares, entre ellos el general Eduardo Viola. Según distintos testimonios de la época, cada vez que Isabel tenía listo el decreto para intervenir la provincia, el Ministerio del Interior —primero bajo Ángel Federico Robledo y luego Roberto Ares— le advertía que no intervenga la gobernación de Buenos Aires porque los militares se oponían. “Pero la verdad es que no teníamos poder político para tomar la decisión”, recuerda Osvaldo Papaleo, quien fuera el último secretario de prensa del gobierno de Isabel.

El fracaso de la intervención
Pese a la determinación de Isabel y del sector verticalista del justicialismo, la intervención finalmente no se concretó por dos razones. Por un lado, el peronismo no lograba reunir el número necesario de votos en el Congreso, ya que la oposición tampoco estaba dispuesta a acompañar la medida. Por otro lado, tampoco resultaba viable avanzar con una intervención por decreto.
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El gobernador estaba decidido a permanecer en su cargo. “Hay muchas formas de resistir la intervención”, aseguraban desde su entorno. Mientras que Isabel podría recurrir a la Policía Federal, Calabró contaba con el respaldo de la Policía Bonaerense. La Presidenta, en ese caso, debería convocar al Regimiento 7 de Infantería, pero cualquier intento de desplazarlo por la fuerza podía derivar en una grave crisis institucional e incluso en un derramamiento de sangre.
“Al único que le voy a entregar las llaves de la provincia de Buenos Aires es a las Fuerzas Armadas”, manifestó Calabró. Y no mintió: el 24 de marzo se las entregó y se retiró a su casa en el barrio de Belgrano, donde nunca más fue llamado, mientras que muchos de sus adversarios terminaron pagando con largos años de cárcel y encierro.
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“Hasta luego, muchachos. Que tengan suerte”, sentenció Calabró ante los periodistas apenas una semana antes del golpe.
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