
La vida pasa mucho más lentamente por los pueblos del interior que por las enormes ciudades. Camina a paso manso por las mañanas, no corre enloquecida. Espera sin ansiedades bajo el sol ardiente o bajo un cielo estrellado. Y siempre tiene a mano el horizonte para aferrarse a él con fuerza.
Con algunos amores puede pasar algo parecido a lo que ocurre con nuestra existencia. Arrancan temprano, tienen paciencia, no atraviesan desasosiegos estruendosos y pueden mantenerse en pie durante las décadas que tengamos por delante.
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El amor de Avelino, al menos para él, nació cuando tenía solamente 8 años. Fue una tarde en la que escuchó sobre la existencia de una “nena” que ni siquiera vio ni supo el nombre.
Al modo de las novelas de García Márquez su historia de amor se fue manifestando sin tantas comas ni dos puntos. Anduvo marcada por la calma de la siesta o el huracán de polvo que se levanta sin previo aviso, cuando sopla el Pampero que viene del sur, seco y frío.
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No hay en este relato de Avelino, así su nombre, estridencias ni conflictos, solo una cadena de minutos, de horas, de días y de años que, como un destino inexorable, van alineándose uno detrás de otro. La felicidad se reveló dócil y conquistable.
Hoy, al filo de sus 71 años, Avelino está más aferrado a la dulzura de sus recuerdos que al futuro incierto con la mujer de su vida. No por traiciones o conflictos sino por los desvaríos de la salud.
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Ella es Nena. O mejor dicho, Clara. Aunque, pisando los 71, ya no está tan segura de quién es y es Avelino quien se ocupa de recordárselo.

Caramelos ajenos en la dulce infancia
Avelino nació el 30 de abril de 1955 en un pueblo pequeño de la provincia de Santa Fe. Clara ya estaba en este mundo desde el 13 de noviembre de 1954, pero él no lo supo hasta unos pocos años más tarde.
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Fue el tercer hijo varón de sus padres y justo fue su llegada al mundo que despertó en su madre la depresión posparto. Eso le deparó a los más chicos de la familia una niñez compleja.
“En esa época se decía que se le había dado vuelta la sangre. No se hablaba de depresión posparto. No se sabía tanto como ahora. Mi infancia fue terrorífica. Mis hermanos mayores se fueron enseguida de casa para estudiar o trabajar. Un día, yo tenía 8 años y estaba muy enojado por algo y escondido bajo la mesa del comedor, cuando mi hermano más grande que trabajaba en Ika llegó de visita. Apenas me vio así le dijo a mamá que me llevaría con él a pasear. Tenía que entregar un auto en un pueblo cercano. Era un Bergantín verde. Me sacó de debajo de la mesa y allá fuimos. Iba en el asiento de atrás muy contento cuando en el piso descubrí una caja de caramelos Chupa Chupa de dulce de leche, unos que tenían un palito. Le dije a mi hermano lo que había encontrado y él me respondió muy tranquilo: ¡Comelos! Empecé a comérmelos. Llegamos para entregar el auto y en una casa nos atendió un señor grandote, con anteojos oscuros, y una mujer muy pituca. Mi hermano enseguida me mandó al frente y les avisó que me estaba comiendo la caja de caramelos que había en el auto… El señor que era el dueño del auto le respondió muy tranquilo: ¡No hay problemas! Los Chupa Chupa son de la Nena, dejáselos. En mi barrio no había nenas, yo no veía muchas. ¡Éramos casi todos varones! ¿Quién era la Nena, esa que era la dueña de los caramelos? Estuvimos un buen rato en esa casa, pero no vi a ninguna nena. Un poco después ese señor le pidió a su chofer que nos llevara a mi hermano y a mí de vuelta a mi pueblo”.
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Noticias de “la Nena”
“Mi padre era matricero y un día de esos, dos años después, me mandó de nuevo a ese pueblo para llevar una caja con un molde a un lugar. Me dejó en el colectivo y me indicó con mucho cuidado como llegar: te bajás en el próximo pueblo, caminás dos cuadras y, justo en la esquina, vas a ver una puerta en la ochava. Le decís a quien te reciba que tu papá le manda el molde para fundición. Cuando llegué, me bajé del colectivo y apenas levanté la vista me quedé sin aire: ahí no más vi que estaba la casa a la que habíamos ido con mi hermano, la del Bergantín donde había encontrado los caramelos de la Nena. Dejé el encargo de mi papá y volví caminando mirando la vereda de enfrente para ver si, por casualidad, salía la Nena y la veía. No había nadie ni salió ninguna chica”.
Avelino volvió a su pueblo medio desilusionado por no haberla podido ver.
Pasaron dos o tres años más. Con 12 años Avelino comenzó a trabajar en su tiempo extra como lavacopas en una confitería. Se hizo amigos más grandes con quienes comenzó a salir de parranda. Cuando cumplió los 14, uno de sus amigos mayores que ya manejaba, lo invitó para ir a los carnavales del pueblo de al lado. El pueblo de la Nena.
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Era febrero del 69 y en la comparsa del Topo Gigio iba una chica casi de su edad con una remera rayada roja y blanca y un pantalón colorado. Pero ellos, Avelino y la Nena, no se conocían. Esa misma noche, cuando se dio el momento del baile sacó a una chica bajita a bailar. Era la misma de la comparsa del Topo Gigio. Hablaron un poco y los fines de semana que siguieron volvieron a verse porque Avelino comenzó a frecuentar la plaza del pueblo: “Quería verla así que tomaba el colectivo de las 18.30 y me volvía en el de las 23. Un día le dije que quería acompañarla a su casa y empezamos a caminar cuando me di cuenta que habíamos llegado a la casa del Bergantín. Me quedé helado. Era la misma de mis 8 años y la misma que había vuelto a ver a los 10”, cuenta tan conmovido como entonces.
-¿Vos vivís acá en esta casa?
-Sí
-¡No puede ser! Yo soy el que se comió tus caramelos
-¿¿??
-¿No me creés? Mirá, en el garaje hay un Bergantín verde. ¿O no?
-Ahora hay un Falcon.
-Bueno, te digo más: el living tiene cuatro puertas y una mampara. Viven allí una mujer pituca y un señor con anteojos oscuros.
-¿Vos cómo sabés todo eso?
-Ya te dije que soy el que se comió tus Chupa Chupa.
¿Me equivoqué en algo? Te digo algo más: también hay una habitación con una mujer postrada.
-Ya no está más, se murió.
“En ese momento pensé con total seguridad: esta chica, la Nena es para mí”, recuerda con una sonrisa.
Quién era esa chica
La pareja dueña del Bergantín, Antonio y María, no tenía hijos propios, pero ya habían criado a varias chicas. Nena (en realidad Clara es su nombre aunque Avelino se refiera a ella muchas veces como Nena) fue la menor de las que llegaron a vivir con ellos.
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“El día que fui por primera vez no la conocí porque había ido a visitar a sus padres biológicos. Yo no tenía idea lo que significaba criar a alguien. Antonio y María la habían conocido en el hospital cuando visitaban a un amigo y donde Clara estaba porque le habían amputado el dedo gordo del pie derecho después de una infección que se generó por un accidente con la cadena de la bicicleta. Ellos la vieron medio vulnerable, sus padres eran unos humildes puesteros de campo sin recursos, y se empezaron a ocupar de ella. Conocieron a sus padres en el hospital y cuando llegó el momento del alta se les ocurrió proponerles un trato: ellos podrían criarla, mandarla al colegio que tenían a media cuadra de su casa para que estudiara, se ocuparían de vestirla y de llevarla al médico cuando hiciera falta. Como si fuese una hija, pero ellos podrían verla cuando quisieran. Los padres de Nena lo pensaron y terminaron aceptando porque tenían seis hijos más. Por esto Antonio y María la llevaban todos los fines de semana al campo para que estuviera con su familia. La relación de las dos partes fue siempre muy buena y la Nena siempre sintió que tuvo dos buenas familias”.

“Ella ya tenía 14 y yo 13 cuando empezamos a salir. La Nena estaba en secundaria, pero yo le mentí y le dije que tenía 15 para que no me rechazara. ¡No iba querer salir con un chico de primaria! Era absurdo”, relata divertido Avelino, “Esa mentira aguantó hasta que el hermano de 18 años me descubrió y la Nena se enteró. Igual seguimos de novios y todos aceptaron muy bien nuestra relación. A veces ella los sábados a la noche como tenía auto, chofer y muchas amigas y hermanos iba a bailar a otros lados. Yo era más de confitería, no me gustaban tanto los bailes y no me importaba que ella se divirtiera porque le tenía toda la confianza. La Nena tenía un cuerpo impresionante, era para mí bellísima. En esa época se usaban los minishorts y ¡le quedaban geniales! Nunca me dio celos que se los pusiera, porque le quedaban muy bien. Es esa época para algunos eso era un escándalo”, cuenta Avelino, con infinita ternura, sobre su adolescencia.
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La relación fluyó. Se amaban. El noviazgo se asentó y “¡terminó siendo mi esposa porque nos casamos por civil el 20 de septiembre de 1974 y por iglesia el sábado 21. ¡Teníamos 18 años!”.

La asistencia también es amor
Nena y Avelino tuvieron primero tres hijos varones y, al final, nació la mujer que hoy vive en México. Ellos terminaron viviendo en Entre Ríos y ya tienen una familia que incluye siete nietos.
“Con mi mujer teníamos una relación envidiable, una conexión maravillosa. Ella siempre estaba sentada en mi falda… Es difícil describir lo perfecto que era. Fue así hasta que apareció el maldito Alzheimer. Pero no fue de pronto, fue paulatino y me desorientó. Clara en los últimos veinte años de su trabajo se dedicó al cuidado de ancianos y en especial de aquellos que tenían Alzheimer. Siempre me contaba cómo era la enfermedad y de sus complejidades. No sé por qué pero yo, cuando me tocó, no me la vi venir”.
A los 58 años Avelino la acompañó a ver a un ginecólogo porque tenía muchos sangrados y la menopausia no era como lo esperado. “El médico dijo que había que operar y sacarle todo, sería mejor. Ella le preguntó si eso le iba a dejar alguna secuela y él le dijo que solamente podría llegar a necesitar un psicólogo por el cambio hormonal. A mí me llamó un poco la atención el tema pero no pregunté mucho más. Al año de la operación empezaron a suceder cosas raras. Cuando ella llegaba del trabajo y me encontraba en la computadora, se enojaba. Era algo que había hecho toda la vida: sentarme en mi compu a leer los titulares de los medios. No era algo novedoso. Pero ahora le había empezado a caer mal. No entendí qué le pasaba y me confundían sus cambios de humor. Un día, para ver qué pasaba, la esperé con la compu apagada, la televisión prendida y despatarrado en el sillón. Entró, me saludó muy bien y no me dijo nada y me ofreció hacer unos mates. Me pareció más extraño todavía y le pregunté todo bien. Así que me animé y le pregunté directamente: -Clara, ¿por qué te molesta cuando estoy en la computadora pero si me ves tirado sin hacer nada mirando televisión no te enoja nada? No supo qué responderme. Quedó ahí. Después hubo otras cosas. Empezó a tener celos de la nieta. ¡Celos de que pasara tiempo con ella! Lo dejé pasar. A veces les preguntaba a los chicos ¿qué le pasa a su madre? Ellos no sabían a quién creerle. Un día discutimos porque yo me había puesto una remera azul. Me preguntó por qué la tenía puesta y yo me la quedé mirando. No podía comprender qué le molestaba. Otro día le molestó algo de mi teléfono. Eran discusiones que nunca habían existido. Yo sentía que había algo raro en esas reacciones inusuales de Clara. Pero como eran cosas aisladas, que pasaban cada tanto y el resto estaba bien, no hice nada. Pero otra vez ocurrió que se me rompió el auto y fuimos con ella y mi hijo a comprar los repuestos. Al llegar al mecánico ella se bajó y dijo que iba a comprar algo en otro negocio, pero demoró mucho. No volvió. Al final le dije a mi hijo: acá pasa algo raro, voy a ir a ver dónde está. No la encontré en ningún local. Salimos con el auto a buscarla y la hallamos a doce cuadras. Cuando nos vio se subió contenta como si nada hubiera pasado. Ese mismo día con mi hijo caímos que pasaba algo: se había perdido. Yo pensé que podía ser por la operación y lo que había dicho el ginecólogo, que tuviera una depresión. La gota que colmó todo fue el día que vino y me anunció que se quería divorciar. No tenía un motivo. Ella iba y volvía del trabajo, no tenía a nadie, no había problemas solo lo que te cuento. Era muy extraño. Hablé de nuevo con los chicos que no entendían cuál de los dos estaba más chiflado. Yo quería ir a un psiquiatra, pero al final no conseguimos y terminamos en el psicólogo. Ella ahí habló y largó lo que quería decir. Cuando me tocó a mí y hablé me di cuenta de que el profesional la miraba mucho a ella. Conté sus cambios. Quedó muy sorprendida por lo que yo dije y a la segunda cita no quiso ir. Ajá, me dije, acá pasa algo. Terminamos con mi hijo mayor llevándola al neurólogo. Primero fui yo solo y luego ella. Le hicieron un estudio y salió claramente que tenía problemas cognitivos. Eso fue hace tres años. Pero el comienzo de todo había sido con 60 años y ahora tiene 70. Pienso que si yo me hubiera dado cuenta antes de lo que le pasaba quizá podríamos haber frenado un poco el Alzheimer. Igual sé que no hay mucho más para hacer. Gracias al remedio ahora disminuyó la velocidad de la enfermedad. Pero bajó muchísimo de peso y me cambió la vida. Porque tuve que modificar nuestra casa por su seguridad, poner cámaras y a veces llave para que no se escape en una distracción mía. Me da muchísima lástima verla así. No puedo creer cómo la destruye esa enfermedad. La casa se me está viniendo abajo y yo tuve que aprender a lavar la ropa y a cocinar. Clara me dice las recetas, porque se las acuerda, pero no puede hacerlas. Así es la enfermedad. Los vecinos están al tanto y sus hijos están atentos. A veces le da su comida a nuestros perros salchichas y me cuesta frenarla porque quiere salir siempre a caminar. ¡Sale con el perro a upa! Siempre soñé con llegar a los cincuenta años de casados… y llegamos. Aunque no sé si ella entendió que era un aniversario y me vio como un desconocido… qué triste ¿no?”.

El voto matrimonial que alguna vez recitaron cuando tenían 18 años dice así: “...en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad, todos los días de mi vida, hasta que la muerte nos separe”.
La fórmula contempla con sabiduría las vicisitudes con las que los enamorados pueden tropezar en su camino. Para Avelino y Clara eso se volvió una certeza. Cada vez que ella tiene un tropezón, él la levanta. Quizá por eso precisamente, es que esta sea la parte más sublime de su bella historia de amor. Avelino está siempre de pie, como un ancla, sosteniendo a la Nena y recordándole cada día quién es ella, cómo la amó y cómo todavía la ama.
*Escribinos y contanos tu historia. amoresreales@infobae.com
* Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas
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