La vida disparatada de Larry de “Los Tres Chiflados”: el accidente que lo subió al escenario y la fortuna que dilapidó con alegría

Larry Fine, que en verdad se llamaba Louis Feinberg, tituló sus memorias como “Golpe de suerte”, cuando ya pasaba sus últimos días internado en una clínica a causa de una hemiplejía. El niño que se salvó de la muerte, el encuentro fortuito con los hermano Moe y Shemp Howard y otros golpes de suerte -y no tanto- en la vida del pelado con rulos del mítico trío humorístico

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La vida de Larry Fine,
La vida de Larry Fine, nacido Louis Feinberg en Filadelfia, estuvo marcada por la complejidad personal y una permanente lucha por equilibrar su historia

Su vida también fue un disparate. Era un tipo complejo que debió enfrentar una vida compleja. Las otras dos alternativas eran más piadosas: pudo ser un tipo complejo que debió enfrentar una vida simple o, la opción más generosa, pudo ser un tipo simple que tuvo que plantarle cara a una vida compleja. Complejidad al cuadrado es letal. Sin embargo, así fue la vida de Larry Fine, que hizo reír a varias generaciones con un humor simplote, inverosímil y absurdo que, es una apuesta, todavía podría rendir buenos frutos en pleno siglo XXI: competencia no le falta. Al humor.

Larry Fine no se llamaba así, se llamaba Louis Feinberg. Junto a los hermanos Moe y Curly Howard, formaron un trío de desatinados que pretendían arreglar el mundo cuando no eran capaces de ver más allá de sus narices: una mezcla sabia y delicada entre Chaplin, el Gordo y el Flaco y el circo más basto de aquí, a la vuelta de la esquina.

Los hermanos Moe y Curly Howard tampoco se llamaban así, eran Moses y Jerome Horwitz, a Curly (Rulitos), el apodo le venía al pelo, nunca mejor dicho, porque era completamente calvo. Moe, Curly y Larry armaron aquella maravilla que se dio en llamar Los Tres Chiflados. Tres muchachos judíos que le echaron sal, pimienta, pólvora y ají picante a una industria, la de Hollywood, que todavía vestía pañales. Después, o antes y durante, se agregaría otro hermano Howard, que era Horwitz, Shemp, por lo que el trío pasó a tener un integrante más, alternativo, suplente o protagonista; vamos, como los tres mosqueteros de Dumas, que eran cuatro.

Con Mabel, su esposa, vivieron
Con Mabel, su esposa, vivieron casi una década en hoteles, almorzaban y cenaban en restaurantes de primer nivel, se hacían regalos caros, pagaba cenas para propios y ajenos

La historia de Los Tres Chiflados es un capítulo aparte. El trío, cuando no se llamaba así, era famoso en los espectáculos de Hollywood y por haber filmado un par de películas que los hicieron famosos. En 1934 decidieron producir sus propios cortometrajes y firmaron contrato con Columbia Pictures. Entre ese año y 1946, filmaron una serie de novecientos capítulos (noventa con el trío Moe, Larry y Curly) que los lanzaron a la fama, les hicieron ganar una fortuna, treparon a la televisión y esparcieron su humor por el resto del mundo, aún después de que Columbia dijera, en 1957, que ya estaba bien, que el boom había pasado, que ahora el mundo era otra cosa. La risa no tiene edad, pero eso es algo que se aprende con el tiempo.

En el humor descabellado de Los Tres Chiflados, Moe era el orden en el caos, el jefe de la banda, el tipo que imponía el camino a bofetadas, zancadillas y estrujamiento de narices. Curly era el inocente, el eterno niño terrible que todo lo empeoraba, arruinaba o deshacía. Y Larry, Larry Fine, aquel hombre complejo metido en una vida compleja, era el equilibrio, el fiel de la balanza, el buscador de la armonía. Larry era semicalvo, tenía unos rulos desatados a derecha e izquierda de la cabeza, un peinado un poco “einsteniano”, que favorecía los fogosos tirones de pelo que le propinaba Moe.

En el humor de Los Tres Chiflados todo era caos, desorden, golpes, caídas, explosiones que no dañaban, balas de cañón que caían en cabezas que permanecían intactas, tropezones en escaleras, circo puro, malabares, funambulismo, porrazos, choques, topetazos, sopapos, coscorrones, trampas, celadas, ¿qué más se puede pedir? Ah, sí: las tortas de crema en las caras de quien se pusiera por delante.

Larry Fine era un mal
Larry Fine era un mal administrador de su dinero, había caído en las manos del juego: lo podían los casinos y, en parte, las carreras de caballos

Así hicieron su fortuna aquellos tres chicos lanzados al humor. Larry Fine ganó una fortuna y perdió tres; era adicto al juego, estaba dominado también por la generosidad desmadejada de quien tuvo poco y los dólares que no le quitó el juego, los prestó con falsas promesas de devolución; vivió como un rey, la vida lo sacudió durísimo y el tipo nunca encontró mejor remedio que hacer reír a los demás.

Larry Fine nació como Louis Feinberg, el 5 de octubre de 1902 en Filadelfia, Pensilvania, hijo de dos jóvenes joyeros judíos, Joseph y Fanny Lieberman, y el mayor de cuatro hermanos, uno de ellos murió muy chico. La leyenda cuenta que cuando tenía tres o cuatro años, Larry, que todavía no era Larry, tomó un frasco de los muchos y coloridos que usaba su padre para pulir metales y se lo llevó a la boca para beberlo. Su padre lo salvó a tiempo de una muerte segura, pero parte del ácido se derramó sobre el brazo derecho del chico. La suerte, que es ciega como todo bien que tiende a favorecer al ser humano, fue generosa y esquiva: no mató a Larry pero le dejó el brazo derecho con daños tan graves que requirieron injertos de tejidos, en aquellos tiempos en que la cirugía andaba a tientas, y ejercicios de rehabilitación destinados a recobrar los músculos. Su madre sugirió el violín, y Larry se convirtió en un estudiante avanzado y luego en un aficionado talentoso.

El violín le dio a Larry la oportunidad de pisar un escenario; como sucede con muchos, quedó inflamado por ese aura particular que tienen los telones y los bastidores. También se metió a boxeador, categoría liviano, rango aficionado, pero tampoco lo hizo mal: llegó a disputar algunos combates como federado, pero su padre lo sacó del ring: esperaba un destino mejor para su hijo. Su hijo había descubierto que podía, y sabía, hacer reír, tarea difícil si las hay, y decidió probar suerte en el teatro. La tuvo. Se largó a rondar algunos teatros de Filadelfia, no le fue tan mal, pero, como casi siempre que un hijo se propone un futuro de escenario, alguno de sus padres, o ambos, pretende encarrilarlo. Larry quiso satisfacer los deseos paternos, quién sabe con cuánta intensidad, y trabajó en la joyería familiar… por tres meses. Noventa días bastaron. El padre descubrió que su hijo pasaba el tiempo de trabajo contando chistes al resto de los empleados, por lo que tomó una decisión de empresario: despidió a Larry y que siguiera su camino.

El trío de comediantes, famosos
El trío de comediantes, famosos por sus caídas, bofetadas y pastelazos, popularizó un humor físico y absurdo que sigue vigente en la cultura pop mundial (Columbia)

Larry regresó a toda velocidad a los escenarios ya con su nombre de adopción: Larry Fine, hasta que en una de sus presentaciones que hoy serían stand up, se topó con el productor Gus Edwards que, de nuevo la suerte, necesitaba un reemplazo para uno de sus shows artísticos: le pareció que ese muchacho que tocaba el violín, bailaba un poco y contaba chistes, algunos en idish, era una buena alternativa.

De ahí en más, Larry Fine recorrió parte de Estados Unidos con su numerito esencial, nada de Shakespeare, ni de Chejov: puro vodevil. Fue un boom. Su espectáculo subió a los teatros, pequeños, off, si se quiere, de Boston y de Nueva York. En 1921, cerca de sus veinte años, trabajó como cómico en el Newsboy Sextette, una producción de Edwards. En la compañía trabajaban también las Haney Sisters que protagonizaron con Larry un sketch en el teatro “Vaudeville”: The Haney Sisters and Fine.

Larry unió su destino y el de su número cómico al dúo de las Haney Sisters, las hermanas Loretta y Mabel, una chica rubia ante la que Larry cayó fulminado por el amor. En junio de 1926 decidieron casarse; había sido un amor algo clandestino porque la pareja luchaba contra un prejuicio: Larry, de veinticuatro años, era judío, y Mabel era católica. Como estas cosas tampoco están alejadas de los designios de Dios, Mabel se convirtió al judaísmo y la pareja vivió el resto de sus vidas juntos.

Los Tres Chiflados, integrados por
Los Tres Chiflados, integrados por Moe, Curly y Larry, revolucionaron el humor en Hollywood con más de novecientos cortometrajes producidos entre 1934 y 1946

Larry Fine había ganado un nombre en el vodevil americano, así que pegó una especie de salto hacia la profesión de presentador, consiguió empleo de maestro de ceremonias en un night club de Chicago, donde no perdía oportunidad de desgranar algunos de sus chistes. Una noche lo vio y escuchó el productor Ted Healy que le imaginó el tipo justo para unirse a los hermanos Moe y Shemp Howard (Horwitz en la vida real). A Larry le atrajo la idea y sobre todo la oferta. También existía una traba: él tenía un contrato con otro productor y dueño del night club que empleaba a Larry, Fred Mann, que no quería soltar a su estrella. Volvió a jugar sus cartas el azar y una noche la policía allanó el local y lo clausuró por violar la Ley Seca, que impedía la venta y el consumo de alcohol. Mann se suicidó y Larry quedó de pronto libre de ataduras: se unió a Los Tres Chiflados.

Debutaron en Broadway con la pieza Una noche en Venecia y filmaron Soup to Nuts para la compañía Fox, antecesora de 20th Century Fox. En 1934, Los Tres Chiflados firmaron con Columbia Pictures y ese mismo año se estrenó la primera de las películas del trío para esa compañía. La fórmula era la de siempre, aunque ahora abundaban los pastelazos en las caras, con un drama que conllevaba la repetición de tomas: reponer las tartas de crema. Larry contó alguna vez: “A veces nos quedábamos sin pasteles y el utilero los rehacía con gran habilidad, con lo que recogía del suelo: polvo, clavos, astillas, tachuelas… Y otro drama era el de simular que vos no sabías cuándo te iban a dar el pastelazo. Una vez, el director Jules White me dijo: ‘Ahora, Moe te va a dar con el pastel en la cara a la cuenta de tres’. Pero a Moe le dijo: ‘Dale con el pastel a la cuenta de dos’. Yo nunca llegué a contar hasta tres: Moe me dio el pastelazo a la cuenta de dos. Y fue toda una sorpresa”. A semejantes guiones no se les pone reparo, pero Larry sí hizo uno, una exigencia: cada vez que los chiflados soñaban con alguna mujer y decían sus nombres, Larry pronunciaba el de Mabel, su mujer.

Los Tres Chiflados cosecharon una fortuna, se suele mentir con la expresión “modesta fortuna”, un oxímoron tamaño catedral, y Larry dilapidó la suya hasta con alegría. Era un mal administrador, había caído en las manos del juego: lo podían los casinos y, en parte, las carreras de caballos. No tuvieron con su mujer un lugar fijo de residencia. Larry contó en sus memorias que ni a él ni a Mabel les gustaba el trabajo de todos los días en un hogar. Vivieron casi una década en hoteles, primero en el President de Atlantic City y, luego, en el Knickerbocker de Hollywood. Incapaces ambos de administrar una casa, siquiera de cocinar la comida de todos los días, almorzaban y cenaban en restaurantes de primer nivel y viajaban lo más que podían cuando los descansos de filmación lo permitían, hacía regalos caros, pagaba cenas para propios y ajenos: la vida del matrimonio Fine era un despilfarro.

Larry Fine murió el 24
Larry Fine murió el 24 de enero de 1975, a los setenta y dos años y por una hemorragia cerebral (Ulvis Alberts)

Sus colegas, sus íntimos chiflados, contaban que Larry era generoso en exceso, que había ayudado con dinero a actores que recién empezaban la carrera, que intentaban comprar una propiedad, o que atravesaban dramas financieros; era dinero que nunca volvía a casa. Recién en 1940 sentaron un poco de cabeza y compraron su propia residencia en Los Feliz, California, perseguidos tal vez por el temor de una quiebra económica y signados también por el crecimiento de sus dos hijos: Phyllis, la mayor, que había nacido en 1929, tenía ya once años y el pequeño John, cuatro.

El 20 de diciembre de 1957, Columbia decidió cerrar su departamento de cortos para televisión y dejó de emitir el show de Los Tres Chiflados. Para entonces, Larry Fine estaba casi quebrado; los ingresos en la casa habían empezado a escasear y los gastos se habían achicado, pero la pasión de Fine por el juego hizo desastres en el presupuesto familiar. Casi en paralelo, la suerte le dio la espalda. En 1961, su hijo John, de veinticuatro años, murió en un accidente de tránsito. Y seis años después, el 30 de mayo de 1967, un ataque cardíaco apagó la vida de Mabel: Larry cortó una gira por Estados Unidos con un show personal para despedirla después de más de cuarenta años de casados.

Volvió a actuar, de forma ya más espaciada, hasta que una hemiplejía lo tumbó fuera de los escenarios para siempre. Fue a parar a una clínica reservada a las celebridades donde pasó el resto de sus días, al cuidado de su hija Phyllis y con las visitas constantes de Moe, que resultó su más fiel y consecuente amigo. Más los fans que formaban legión y lo visitaban casi a diario. Se hizo tiempo para escribir sus memorias que tituló Stoke of Luck – Golpe de suerte. Juzgó que su vida había sido un regalo del azar, desde el día que casi bebe ácido, hasta el encuentro que dio origen a Los Tres Chiflados.

Larry Fine murió el 24 de enero de 1975, a los setenta y dos años y por una hemorragia cerebral, cuando todavía los cortos de Los Tres Chiflados se emitían casi a diario en las televisiones de todo el mundo. Tres meses después, a los setenta y siete años, sin la misión de cuidar a su viejo amigo Larry, murió Moe.

Entonces sí, los tres chiflados bajaron el telón.

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