
Durante una tarde calurosa en la Mina Premier, cerca de Pretoria, un destello inesperado alteró la rutina minera. Thomas Evan Powell se agachó para recoger un fragmento translúcido que emergía del suelo. A primera vista parecía vidrio, pero su pureza excesiva y su brillo inusual despertaron la sospecha de que se trataba de algo extraordinario. Con cuidado, lo extrajo y lo sostuvo a la luz.
Llevó esa pieza al despacho de Frederick Wells, gerente de la mina. Allí, bajo la luz, la piedra reveló su magnitud real: un diamante sin precedentes, con un peso de 3.106 quilates —620 gramos— y una claridad desconcertante. La Premier Mine, propiedad del empresario Thomas Cullinan, había sido escenario de grandes hallazgos, pero ninguno se acercaba a ese bloque cristalino que la naturaleza había logrado preservar durante millones de años.
El hallazgo dio inicio a una cadena de acontecimientos que incluyó negociaciones políticas, rigurosos operativos de seguridad, un complejo proceso de talla en Ámsterdam y, finalmente, la incorporación del diamante a la colección de las Joyas de la Corona británica. Tras ser dividido, el Cullinan tuvo como destino engalanar el cetro y la corona imperial del Reino Unido, además de otras piezas históricas de la monarquía.

El hallazgo
Estudios posteriores determinaron que el diamante Cullinan se formó en la zona de transición del manto terrestre, entre 410 y 660 kilómetros de profundidad, bajo condiciones extremas de presión y temperatura. Hace unos 1.180 millones de años, un violento ascenso volcánico lo llevó hasta la superficie a través de una chimenea de kimberlita, un proceso que suele fracturar los cristales y explica la rareza de las gemas de gran tamaño.
Luego, determinaron que el Cullinan haya llegado intacto constituye un hecho geológico excepcional. Cuatro de sus superficies lisas sugieren incluso que pudo haber sido parte de una piedra aún mayor, fragmentada de manera natural durante su ascenso.
El 26 de enero de 1905, el diamante fue hallado a 5,5 metros de profundidad en la mina Premier, en la actual localidad sudafricana de Cullinan, entonces parte de la Colonia de Transvaal. El descubrimiento realizado por el minero Thomas Evan Powell adquirió una dimensión aún más asombrosa cuando, tras ser presentado al gerente de la mina, Frederick Wells, la piedra fue medida y pesada: 10,1 × 6,35 × 5,9 centímetros y 3.106 quilates (621,2 gramos), más de tres veces el tamaño del récord anterior, el Excelsior, de 995.2 quilates.
De tono blanco azulado y notable pureza, el diamante fue bautizado en honor a Sir Thomas Cullinan, fundador de la mina. Tras el descubrimiento, se reforzaron las medidas de seguridad y la noticia llegó rápidamente a las autoridades coloniales, conscientes de su valor económico y simbólico.
Exhibido en Johannesburgo ante miles de visitantes, el Cullinan fue enviado luego a Londres bajo un ingenioso operativo de seguridad que ocultó su verdadero traslado. Allí fue presentado al rey Eduardo VII, aunque permaneció sin comprador durante casi dos años, a la espera de un destino acorde con su carácter extraordinario.

Un regalo para un rey y un viaje lleno de estrategias
Meses después del hallazgo, el gobierno de la Colonia de Transvaal decidió adquirir el diamante para regalárselo al rey Eduardo VII como gesto político destinado a afianzar los vínculos con la metrópoli británica. El diamante fue comprado oficialmente el 17 de octubre de ese año por 150.000 libras esterlinas, una suma considerable para la época, aunque parcialmente compensada por los impuestos aplicados a la actividad minera.
La decisión no estuvo exenta de controversias. El primer ministro británico Henry Campbell-Bannerman sugirió rechazar el regalo, pero finalmente dejó la resolución en manos del monarca. Winston Churchill, entonces subsecretario colonial, intervino para persuadir a Eduardo VII de aceptarlo. Como reconocimiento, Churchill recibió una réplica del diamante, que solía mostrar a sus invitados.
Con la adquisición resuelta, surgió el desafío más delicado: trasladar la piedra sin riesgos. Para ello se diseñó un operativo de distracción: las autoridades anunciaron públicamente que el diamante viajaría por mar a bordo de un buque fuertemente custodiado, información que ocupó titulares y concentró la atención de posibles ladrones. Pero en realidad, el Cullinan fue enviado de manera discreta por correo postal común, adentro de una lata de galletitas, sin escolta ni señales externas de valor, mientras el baúl vigilado en el barco funcionaba como señuelo.

La entrega oficial se realizó el 9 de noviembre de 1907 en Sandringham House, durante la celebración por los 66 años del rey, en presencia de miembros de la realeza europea y de la aristocracia británica. El monarca aceptó el diamante “para mí y mis sucesores”, asegurando su incorporación al patrimonio histórico de la Corona.
Comenzó entonces la etapa más delicada: la talla. La Casa Real encargó el trabajo a los hermanos Asscher, maestros talladores de Ámsterdam. Joseph Asscher estudió la piedra durante semanas, analizando sus líneas internas y posibles fracturas, con el objetivo de dividirla sin comprometer su integridad. El momento del primer corte, realizado en una sala especialmente preparada, quedó rodeado de un aura casi legendaria. Tras un primer intento fallido, el segundo golpe abrió el diamante en dos partes limpias y precisas.
Del proceso surgieron nueve diamantes principales y decenas de gemas menores. El Cullinan I, o Gran Estrella de África, de 530 quilates, fue engarzado en el cetro real; el Cullinan II pasó a formar parte de la Corona Imperial del Estado. Ambos integran hoy las Joyas de la Corona británica y se exhiben en la Torre de Londres.
Así, el diamante hallado en Sudáfrica trascendió su origen geológico para convertirse en símbolo imperial, patrimonio de la monarquía británica y una de las piezas más emblemáticas de la historia de la joyería.

Diamantes tallados
Además de las nueve piedras principales, se tallaron 96 diamantes menores y varios fragmentos sin pulir. Salvo las dos gemas de mayor tamaño, los diamantes permanecieron inicialmente en Ámsterdam como parte del pago a la firma Asscher por el trabajo de talla. Con el tiempo, el gobierno sudafricano los adquirió, a excepción del Cullinan VI, que fue comprado directamente por Eduardo VII para la reina Alejandra.
En 1910, el Alto Comisionado para África Austral entregó las gemas a la reina María de Teck. Esta heredó también el Cullinan VI y, en 1953, legó la totalidad de los diamantes a su nieta, la reina Isabel II. Los Cullinan I y II pasaron a formar parte de las Joyas de la Corona y son propiedad del monarca británico.
Las piedras menores fueron distribuidas entre la reina María, el primer ministro Louis Botha, los comerciantes Arthur y Alexander Levy y Jacob Romijn, cofundador del primer sindicato de la industria del diamante. Algunas de estas gemas se engarzaron en una cadena de platino que Isabel II nunca utilizó en público. Estudios realizados en las décadas de 1960 y 1980 confirmaron la excepcional pureza y la incoloreidad de los Cullinan I y II.

- Cullinan I: Conocido como la Gran Estrella de África, es un diamante de talla pera de 530,2 quilates y 74 facetas. Está montado en la parte superior del cetro del soberano británico, rediseñado en 1910. Fue el diamante tallado más grande del mundo hasta 1992 y continúa siendo el mayor diamante incoloro tallado. Mide 5,89 × 4,54 × 2,77 centímetros y puede desmontarse para utilizarse como colgante junto al Cullinan II. En 1908, su valor se estimó en 2,5 millones de dólares estadounidenses.
- Cullinan II: Conocido como la Segunda Estrella de África, es un diamante de talla cojín de 317,4 quilates y 66 facetas. Está engarzado en la parte frontal de la Corona Imperial del Estado, debajo del denominado rubí del Príncipe Negro. Fijado mediante una carcasa de oro amarillo, mide 4,54 × 4,08 × 2,42 centímetros y presenta leves imperfecciones internas.
- Cullinan III: De talla pera y 94,4 quilates, fue engastado originalmente en la cruz de la corona adquirida por la reina María para su coronación en 1911. Posteriormente se incorporó a la tiara del Delhi Durbar y, junto con el Cullinan IV, formó un broche que Isabel II utilizó en diversas ocasiones. También ha sido empleado como colgante en el collar de la Coronación.
- Cullinan IV: De corte cuadrado y 63,6 quilates, se montó inicialmente en la base de la corona de la reina María. Tras ser sustituido por réplicas, regresó a la corona en 2023 con motivo de la coronación de la reina Camila. Isabel II reveló que esta pieza y el Cullinan III eran conocidos en la familia como las Granny’s Chips. Durante una visita a la Asscher Diamond Company, la reina mostró el broche a Louis Asscher, sobrino de Joseph Asscher, responsable de la talla original.
- Cullinan V: Diamante en forma de corazón de 18,8 quilates, engastado en un broche de platino. Formó parte del peto diseñado para la reina María con motivo del Durbar de Delhi de 1911 y puede combinarse con los broches de los Cullinan VII y VIII. En 2023, este broche fue incorporado a la corona de la reina Camila durante la ceremonia de coronación.
- Cullinan VI: De talla marquesa y 11,5 quilates, cuelga del broche del Cullinan VIII y forma parte del conjunto del Delhi Durbar. Puede ensamblarse con esta pieza para formar un segundo broche, acompañado por 96 diamantes menores.
- Cullinan VII: También de talla marquesa, pesa 8,8 quilates. Fue un obsequio de Eduardo VII a la reina Alejandra, quien más tarde lo legó a la reina María. Esta lo incorporó al collar de diamantes y esmeraldas del Delhi Durbar.
- Cullinan VIII: De talla oblonga y 6,8 quilates, está montado en el centro de un broche que integra el peto del aderezo del Durbar de Delhi y puede combinarse con el Cullinan VI.
- Cullinan IX: El más pequeño de los diamantes principales, de talla pendeloque y 4,39 quilates, está montado en un anillo de platino conocido como el Anillo Cullinan.
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