
En un campo de tierra en la costa del Pacífico mexicano, cinco primos de entre ocho y trece años se preparan para jugar con una pelota de goma que pesa 3,2 kilogramos, siete veces más que una de fútbol, y que solo puede tocarse con las caderas. El juego se llama ulama y tiene 3.400 años. Casi desapareció durante la conquista española y sobrevivió únicamente en zonas remotas del noroeste de México. Hoy, con el país como coanfitrión de la Copa Mundial de la FIFA 2026, este deporte ancestral vive un resurgimiento, según documentó la agencia de noticias Associated Press.
De acuerdo con un artículo publicado en AP, el ulama es uno de los deportes de equipo más antiguos del mundo. Mucho antes que los mayas, los olmecas, la civilización mesoamericana más antigua conocida, ya practicaban este juego. La evidencia se encuentra en pelotas de caucho milenarias desenterradas en México y en casi 2.000 canchas de juego de pelota halladas desde Nicaragua hasta Arizona.
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Según el Popol Vuh, el libro sagrado maya, el mundo fue creado a partir de un juego de pelota, donde la luz y la oscuridad chocaron para equilibrar la vida y la muerte. El juego, representado en códices, tallas de piedra y esculturas, tenía múltiples variantes y significados: desde ceremonias de fertilidad y actos políticos hasta sacrificios rituales.
unque algunos jugadores fueron decapitados, el arqueólogo guatemalteco Carlos Navarrete explicó a la agencia que esto ocurría solo durante períodos específicos y en ciertas regiones. El ulama era principalmente un gran evento social que atraía multitudes para divertirse y apostar.
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La conquista que casi lo borró del mapa
De acuerdo con el informe, el conquistador español Hernán Cortés quedó impresionado por el espectáculo que ofrecía el emperador azteca Moctezuma, pero los españoles finalmente prohibieron el ulama y ordenaron la destrucción de sus canchas, considerando la tradición como una forma de resistencia al cristianismo.
Emilie Carreón, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (la principal universidad pública del país) (UNAM) y directora de un proyecto dedicado al estudio y la práctica del deporte, explicó que para la Iglesia Católica “el baile era el diablo viviente”.
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El juego sobrevivió únicamente en la costa norte del Pacífico mexicano, donde el proceso colonial liderado por sacerdotes jesuitas fue menos agresivo y los ulamas eran aceptados en las festividades católicas, según Manuel Aguilar Moreno, profesor de historia del arte en la Universidad Estatal de California, en declaraciones recogidas por la agencia estadounidense.
Un momento de impulso llegó en los Juegos Olímpicos de Ciudad de México de 1968, cuando una exhibición del juego ante miles de espectadores motivó estudios sobre cómo preservarlo en las décadas siguientes. En la década de 1980, el cineasta Roberto Rochín documentó el trabajo del que probablemente fue el último fabricante de pelotas de caucho en las montañas de Sinaloa, quien las elaboraba como lo hacían los olmecas.
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La familia que mantiene viva la tradición
De acuerdo con Associated Press, en el pequeño pueblo de Los Llanitos, a las afueras de Mazatlán, la familia Osuna representa el eslabón más visible de esa cadena de supervivencia. Tras la muerte del jugador de ulama Aurelio Osuna, su viuda María Herrera, de 53 años, continuó su legado enseñando el juego a sus nietos. “Esta semilla dará fruto algún día”, afirmó la mujer, según la agencia.
Su hijo mayor, Luis Aurelio Osuna, de 30 años, retomó el juego después de la escuela tal como lo hacía su padre décadas atrás. Hoy sus tres hijos también juegan. La motivación no es solo cultural: en un estado donde el crimen organizado está muy extendido y las opciones de esparcimiento saludable son limitadas, el ulama también funciona como herramienta de contención social, alejando a los jóvenes de actividades delictivas. “Tenemos que encontrar la manera de mantenerlos entretenidos con cosas buenas”, señaló Osuna a la agencia estadounidense.
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El Mundial 2026 como catalizador del resurgimiento

El resurgimiento del ulama comenzó en la década de 1990, cuando personal de un complejo turístico en el Caribe mexicano buscó familias sinaloenses para representar el juego como atracción turística en la Riviera Maya. Herrera reconoció el valor de esa etapa pese a sus contradicciones. “Ahí fue donde empezó el resurgimiento”, afirmó.
Con la proximidad del Mundial de la FIFA 2026, autoridades y empresas organizan exposiciones en Ciudad de México y Guadalajara, e incorporan jugadores de ulama en campañas publicitarias que destacan la herencia cultural mexicana. La iniciativa genera opiniones encontradas entre los propios practicantes. “No somos monos de circo”, declaró Ángel Ortega, jugador de 21 años de Ciudad de México, que participó recientemente en un comercial junto a futbolistas profesionales.
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Ilse Sil, jugadora y miembro del proyecto de la UNAM, considera que el apoyo institucional ayudará a preservar el deporte, pero advirtió que las autoridades deben promover el juego en comunidades y escuelas para reclutar más jugadores jóvenes. El deporte sigue siendo marginal, con aproximadamente 1.000 jugadores activos, principalmente en México y Guatemala.
Carreón resumió el desafío al señalar la tensión entre visibilidad y autenticidad: “Debemos erradicar la idea de que este deporte es un fósil viviente”, afirmó la investigadora de la UNAM, según la agencia. En Los Llanitos, el nieto más pequeño de Herrera, Kiki, de ocho años, ya tiene claro su objetivo: seguir practicando hasta liderar su propio equipo.
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