
“Soy la antorcha número uno” escribió el estudiante checo Jan Palach, de apenas 21 años, antes de prenderse fuego a lo bonzo en la Plaza de Wenceslao, una de las más importantes de Praga. Palach, dispuesto a sacrificarse por un mensaje y una causa que consideraba crucial, pretendía contagiar a otros compatriotas.
La inmolación fue a la tarde, a eso de las tres, en el epicentro financiero y cultural de la capital checa. Palach estudiaba Filosofía en la Universidad Carolina de esa ciudad. Era 16 de enero, era 1969, hacía un frío gélido y habían pasado algunos meses de esa promesa de cierta apertura respecto del estalinismo que habían experimentado en ese rincón del mundo, la llamada Primavera de Praga.
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Primavera y represión
En 1968, bajo el liderazgo del político checoslovaco Alexander Dubček, el país había experimentado un período -demasiado breve- de reformas que buscaban alejarse de la crudeza del régimen soviético. Proponían un “socialismo con rostro humano”.
Entre otras reformas, la llamada “Primavera de Praga” impulsaba la descentralización de la economía, la democratización de la vida pública y, sobre todo y como eje de su plan, la abolición de la censura y la garantía de la libertad de expresión.
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Pero la esperanza de apertura duró poco y terminó con violencia. El 21 de agosto de 1968, el Kremlin desplegó nada menos que 650.000 soldados soviéticos y de otros países sujetos al régimen. Bajo el llamado Pacto de Varsovia, invadieron Checoslovaquia. El intento reformista quedó completamente desarticulado con la llegada brusca de miles de tanques militares.
Un joven desilusionado
Cuando se produjo el aplastamiento de la Primavera de Praga, Jan Palach ya había acumulado vastos argumentos en contra de la Unión Soviética. El jovencísimo estudiante había nacido en 1948 en el seno de una familia de origen humilde.
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Sus amigos decían que era un apasionado de la literatura y la política. Que era callado en general, pero muy firme a la hora de expresar sus convicciones, incluso ante los docentes a los que no dudaban en contradecir.
A los 16 años, Palach viajó por distintas ciudades de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como voluntario del régimen. Esa experiencia lo desilusionó de forma irreversible: presenció restricciones, castigos y ataques que desconocía hasta el momento.
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La resistencia llevada al extremo
Esa desilusión se volvió el filtro con el que Palach vio la invasión a Checoslovaquia por parte del Pacto de Varsovia. El joven se sumó inmediatamente a la resistencia estudiantil y participó de las huelgas de noviembre de 1968 que el Kremlin reprimió brutalmente en las calles de Praga.

En ese momento se convenció de que las protestas convencionales eran sistemáticamente desactivadas por las autoridades, y que entonces no lograrían anular el “virus de la cobardía”, según Palach mismo definía, y el desinterés que empezaba a instalarse en la sociedad de su país.
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Fue bajo esa convicción que propuso una medida radical que hasta ese momento no se había tomado: ocupar el edificio de la radiodifusión checa para comunicar desde allí la voz de la resistencia. Pero ninguno de los líderes estudiantiles a los que les hizo llegar la idea respondió. Entonces Jan decidió que estaba solo en eso de resistir y alertar a la población de su país.
Convencido hasta el final
Jan Palach se roció con combustible, prendió fuego su propio cuerpo y corrió envuelto en llamas por la Plaza de Wenceslao, desde el Museo Nacional hacia la Casa de Alimentos. El primero en ayudarlo fue un operario de tranvías, que con su abrigo intentó envolver a Jan y sofocar el fuego.
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Palach fue trasladado en una ambulancia a toda velocidad al hospital más cercano, pero lo rechazaron porque no había ni una camilla disponible para atenderlo. Finalmente lo atendieron en la Clínica de Quemaduras de la ciudad: se había quemado el 85% de su cuerpo.

Agonizó durante tres días y mantuvo su lucidez en todo momento. La psiquiatra que se ocupó de su caso, Zdeňka Kmuníčková, grabó una cinta en la que el paciente reconstruyó los motivos del acto que había llevado a cabo: “Quise expresar mi desacuerdo con lo que ocurre aquí y despertar a las personas, abrirles los ojos”. Tres días después de haberse prendido fuego, Jan Palach murió por la gravedad de sus quemaduras.
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Una mentira oficial y una huella definitiva
El régimen soviético que gobernaba Checoslovaquia intentó mostrar el acto suicida y de resistencia de Jan Palach como un hecho aislado bajo investigación y sin tintes políticos. Pero la última carta de Palach no dejaba ninguna duda.
El joven estudiante no sólo se autodefinía como “la primera antorcha” de un presunto grupo dispuesto a sacrificar sus vidas en nombre de la resistencia, sino que también exigía dos medidas concretas. Por un lado, que se aboliera inmediatamente la censura. Y por otro, que se prohibiera la publicación de Zprávy, el periódico de propaganda soviética que publicaban las fuerzas que habían ocupado el país y que presentaba la invasión como “ayuda fraterna”.
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A pesar del mensaje del gobierno, efectivamente el acto de Palach logró conmover a decenas de miles de checoslovacos que salieron a las calles de Praga y convirtieron el funeral del estudiante en una manifestación masiva de resistencia al acompañar su féretro y rendirle homenaje.
En ese momento, dos voces clave de Checoslovaquia se hicieron escuchar. El poeta Jaroslav Seifert, futuro Nobel de Literatura pidió a otros jóvenes que no sacrificaran sus vidas y que tomaran otras vías de resistencia. El escritor Václav Havel, que luego se convertiría en líder político del país en años de mayor apertura, increpó públicamente a las autoridades pro-Kremlin, a quienes responsabilizaba de la tragedia por su falta de empatía y conexión con la realidad que vivía el pueblo.
En los meses que siguieron a esa tarde en la que Jan Palach se incendió a lo bonzo, 29 jóvenes protagonizaron intentos de suicidio similares: siete de ellos efectivamente murieron. Jaz Zajíc se inmoló el 25 de febrero de 1969, también en la Plaza Wenceslao, y se llamó a sí mismo “antorcha número dos”.
El régimen “de normalización” que gobernó Checoslovaquia tras la muerte de Palach intentó borrar el rastro del joven estudiante de una manera brutal. Sin autorización de la familia, la policía secreta desenterró sus restos, los incineró y le entregó una urna a la madre del joven. El único objetivo era evitar que su tumba en el cementerio de Olšany siguiera creciendo como lugar de protesta.
A pesar de todos los intentos oficialistas, el espíritu de lucha de Jan se mantuvo vivo. En enero de 1989, en los homenajes por el vigésimo aniversario de su muerte, estalló la llamada “Semana de Palach”. Miles de jóvenes se enfrentaron a la Policía de Praga a lo largo de varios días de manifestaciones.
Esos actos de resistencia y denuncia fueron una especie de “spoiler” de lo que apenas unos meses después sería la llamada Revolución de Terciopelo, que implicaría el derrocamiento definitivo del régimen comunista en ese territorio.
Su memoria sigue vigente: una cruz de bronce incrustada en el suelo de la Plaza de Wenceslao recuerda a ese estudiante que se prendió fuego para visibilizar su denuncia de un régimen que lo había desilusionado y reprimido, pero que no logró callar su voz.
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