El actor Luis Brandoni recibe un galardón especial en los Premios Estrella de Mar
La escena quedó suspendida en el aire, como esas postales que el teatro sabe guardar mejor que nadie. Era febrero en Mar del Plata, noche de Premios Estrella de Mar, y Luis Brandoni —“Beto”, el de siempre— volvía a pisar un escenario contra todo pronóstico. No era una aparición más: era un gesto. Uno de esos gestos que definen una vida entera.
Había llegado con el cuerpo más frágil que otras veces, pero con la convicción intacta. La temporada marplatense de Quién es quién, junto a Soledad Silveyra, había quedado trunca por indicación médica. El golpe había sido fuerte, no solo para la cartelera, también para él. Sin embargo, eligió estar igual. “Existía esta posibilidad de invitarlo a Beto… en una escapada con un auto que lo trae, va a descansar en el mismo hotel donde se hace la entrega de los premios… no va a hacer otra cosa”, había anticipado Carlos Rottemberg en diálogo con Teleshow. Era eso: ir, estar, volver. Como un último pacto con el escenario. Pero la noche tenía otros planes.
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Cuando lo nombraron para recibir el reconocimiento a su trayectoria, el teatro entero se puso de pie antes de que pudiera siquiera reaccionar. No fue un aplauso más: fue un reconocimiento visceral, acumulado, casi urgente. La ovación lo envolvió durante largos segundos. Y entonces, Brandoni habló.

“Muchas gracias por los aplausos, este reconocimiento. Estoy muy conmovido porque es un reconocimiento grandísimo este”, arrancó, con la voz apenas quebrada pero firme en la intención. Hizo una pausa breve, como quien ordena recuerdos, y siguió: “El reconocimiento de haber hecho más de una temporada en Mar del Plata, mucho más que eso, y participado de esta fiesta de las Estrellas de Mar muchas veces”. El público no se movía. Escuchaba.
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“Esto no me lo esperaba, no estaba en mis cálculos y lo recibo con una enorme emoción”, confesó. Y entonces apareció la imagen íntima, la del actor fuera de escena: “Y voy a sumar otra Estrella de Mar en mi casa, porque las tengo. Tengo otras que guardo con mucho cariño. Con mucho cariño y con mucho amor…”. Se detuvo otra vez. Respiró.
“Y la gratitud que uno necesita expresar cada vez que puede… y hoy puedo hacerlo. La gratitud a la ciudad de Mar del Plata”. El aplauso, otra vez, fue total. Cerrado. Épico. Como si nadie quisiera soltar ese momento.
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Detrás de esa escena había una historia reciente atravesada por decisiones difíciles. La cancelación de la temporada había sido oficializada por Multiteatro, y había generado un impacto inmediato en el ambiente. Rottemberg había explicado con claridad la llegada del actor a la ciudad Feliz: “Lo voy a recibir simplemente para que descanse toda la tarde, para que pueda a la noche participar y encontrarse con la gente de la profesión… fundamentalmente esto es una hermosa devolución de Brandoni, que no pudo hacer la temporada como hubiese querido y que se viene especialmente por este día”. Y fue eso. Una devolución. Un acto de presencia cargado de sentido.
Después de esa noche, Brandoni regresó a Buenos Aires y retomó las funciones de Quién es quién. Las salas volvieron a llenarse. Las ovaciones a repetirse. Parecía, una vez más, que el escenario era su lugar inevitable. Pero en cuestión de días, todo cambió.
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Primero, una pausa obligada por la salud de Solita Silveyra. Luego, el accidente: la caída en su casa el 11 de abril. La internación en el Sanatorio Güemes. La preocupación creciente. “Hasta el miércoles respondía a algunos estímulos”, precisó Rottemberg. Pero el cuadro se agravó en las últimas 48 horas.

Este lunes, Luis Brandoni murió a los 86 años, como consecuencia de un hematoma subdural provocado por esa caída. Queda, entre tantas escenas que construyeron su leyenda, aquella última en Mar del Plata. La del actor que subió igual al escenario. La del hombre que, conmovido, dijo “esto no me lo esperaba”. La de la gratitud dicha en voz alta. Queda ese aplauso interminable.
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Y queda, sobre todo, la certeza de que ese fue su último gran acto: estar. Aunque todo indicara lo contrario. Aunque el telón ya estuviera, en silencio, empezando a bajar.
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