
Fue una matanza. Después, cuando el humo de la pólvora y de los gases lacrimógenos se había disipado, cuando el hollín del gran incendio tiznaba el silencio, el sol del atardecer y los cadáveres, cuando el eco de los disparos y de las bombas y de los motores de los blindados lanzados contra la fortificación eran tan solo eso, un eco ya lejano en la tarde del 19 de abril de 1993, hace ya treinta y tres años; después, cuando todo había terminado y empezaba otra historia terrible, la de descifrar aquella tragedia, llegó la hora de contar a los muertos.
Eran setenta y seis: diecinueve hombres, treinta y cuatro mujeres y veintitrés chicos; algunos habían muerto antes del desastre, apuñalados en el pecho por sus padres que se lanzaron luego al suicidio masivo, a la demencia colectiva, al delirio místico. Entre los muertos figuraba David Koresh, el líder de la secta de los davidianos que, con esa muerte masiva, había dejado de existir como tal y con ella toda posibilidad de hallar una razón, si la había, para aquel tremendo desatino.
La gran tragedia había empezado cincuenta y un días antes, el 28 de febrero, cuando luego de una larga serie de denuncias extendidas en el tiempo sobre abuso sexual de menores en el interior de la secta, sobre el harén que rodeaba a Koresh que se había arrogado el derecho de tener ciento cuarenta esposas, ni una más ni una menos; después de más denuncias sobre posesión ilegal de armas en manos de los miembros de la secta, la policía de Waco, Texas, más el FBI, más las fuerzas de la ATF (Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de fuego y Explosivos) sitiaron el gran rancho de Koresh, la sede de la secta, llamado Centro Monte Carmelo. El nombra tenía raíces bíblicas: el Monte Carmelo es la colina israelí donde apareció una vez la Virgen del Carmen.
Con el rancho rodeado, y con cierta desaprensión por parte de las fuerzas estatales y federales que llegaron a pensar que copar la sede de la secta y detener a sus miembros era un trámite de rutina, Koresh decidió resistir a aquel pequeño ejército un poco desorganizado, con fallas en la coordinación y con cada una de las fuerzas deseosas de ganar protagonismo. Koresh también tenía un ejército, pero organizado y coordinado, dueño de un arsenal y sin ansias de protagonismo: luchaban por una fe, o por lo que creían que era una fe, o los habían convencido de que aquello era una fe. El resultado del tiroteo inevitable dejó cuatro agentes federales y cinco davidianos muertos. Koresh entendió enseguida que su destino y el de su secta estaban jugados. Lo que iba a llegar sería la cárcel. O la muerte. La cárcel no estaba contemplada como una salida. Ni Koresh ni sus seguidores tenían intención de negociar ni con los federales, ni con el gobierno de los Estados Unidos.
El sitio del 28 de febrero se prolongó unos días con varios intentos, todos fallidos, de dialogar con los davidianos y pactar su entrega; la secta amenazó con una batalla y con la destrucción total, la de los davidianos, si el FBI, o quien fuese, pretendía entrar al reducto de Monte Carmelo. En medio de la confusión, de los intentos de asalto, del caos que reinaba en aquel gran espacio que supuestamente estaba consagrado a Dios, algunos miembros de la secta lograron escapar, aterrados porque, confesaron al FBI, en el interior de la secta sí había diálogo entre los davidianos: discutían si era mejor suicidarse de un balazo o con cianuro. Cincuenta y un días después, cincuenta y un días de sitio como si aquel rancho texano fuese una Troya en miniatura, sin Esparta y sin Héctor, las fuerzas federales decidieron asaltar Monte Carmelo, cualquiera fuese el resultado. Así se llegó al 19 de abril.

El viaje hacia ese día fatídico había empezado en realidad muchos años antes. ¿Quién era David Koresh y quiénes eran y qué querían los davidianos? Había nacido en Houston, Texas, como Vernon Wayne Howell el 17 de agosto de 1959. Su mamá, Bonnie Sue Clark, tenía quince años; y su papá, Bobby Howell, tenía veinte y unas poderosas ganas de huir de la pareja, de los compromisos y del hijo recién nacido: es lo que hizo, jamás volvió a verlos. Ella empezó de nuevo, se unió a un alcohólico y violento al que dejó en 1963, puso a su hijo de cuatro años en manos de su madre, Earline Clark y recién volvió a verlo tres años después, casada con Roy Haldeman, con quien tuvo un hijo en 1968. Muchos años más tarde, Koresh, que por alguna razón había ya elegido ese apellido y David como nombre, describió su infancia como la de “un chico solitario”. Fue piadoso.
La leyenda dice que a los ocho años fue violado por una pandilla de chicos mayores y a partir de entonces se volcó de lleno y con apasionada entereza a la religión. Dejó la escuela secundaria en el penúltimo año, acosado por una dislexia que no le facilitaba demasiado el aprendizaje pero que no le impidió aprender de memoria el Nuevo Testamento. Con rapidez, su fe se convirtió en fanatismo y el fanatismo le dio alas para interpretar la fe en Dios a su antojo. Repitió, como en un calco, la historia de sus padres y la suya: tuvo un hijo con una muchacha de quince años y dijo que había nacido de nuevo como cristiano después de formar parte de la Convención Bautista del Sur.
Allí se unió a su madre en la filial local de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y enamoró de inmediato a la hija del pastor. Según reveló años más tarde, el azar le deparó la lectura del Libro de Isaías, en especial el salmo treinta y cuatro que afirmaba que a nadie le debe faltar una compañera. El Libro de Isaías no dice eso en su salmo treinta y cuatro; más bien invita a adorar a Dios sin que importen las consecuencias. Tampoco dice algo parecido en su versículo 3.4 que anticipa un duro juicio divino contra líderes inexpertos y anticipa un colapso social y una fatal anarquía como consecuencia de desobedecer a Dios. Pero parece que nadie chequea las sagradas escrituras y Koresh aprovechó su particular visión del Libro de Isaías para tomar la escritura como un guiño de Dios y para tomar también como esposa a la hija del pastor adventista. El pastor no pensaba lo mismo ni del Libro de Isaías, ni de los supuestos guiños del Señor, ni de la interpretación libre de versículo alguno y, más aún, desconfiaba de Koresh: lo expulsó de su comunidad en 1981.
Koresh, que tenía entonces veintidós años, se mudó a Waco que sería el escenario de su tragedia y la de sus seguidores. Se unió a los davidianos, un grupo religioso que hacía juego con su propio nombre, que también habían sido expulsados de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y se habían establecido en 1955 en un gran rancho a quince kilómetros de la ciudad ubicada a unos setenta kilómetros al sur de Dallas. El complejo religioso ya se llamaba entonces Centro Monte Carmelo en homenaje a la Virgen del Carmen. De inmediato, Koresh empezó una feroz batalla por dominar a la secta y convertirse en su líder, que iba a derivar en una disputa riesgosa.
Dos años después de su llegada a Waco, Koresh dijo haber recibido de Dios el don de la profecía, que se dice fácil, una gracia divina que al menos en sus postulados no admite desaires. La realidad era otra: Koresh, de veinticinco años, había iniciado una relación sexual con la líder de la secta, Lois Roden, de setenta y seis. Por alguna razón nunca expuesta, Koresh necesitó justificar esa relación y volvió a meter a Dios en sus designios: dijo que el Señor lo había elegido para engendrar un hijo con Roden, niño que sería nada menos que el Elegido. Esperaba un milagro.

La profecía, si era una profecía, encerraba una traba impensada: el hijo de Lois Roden, George, que había nacido en 1938 y tenía cuarenta y cinco años en el momento en el que Koresh intentó hacerse con el dominio de la secta, aspiraba a heredar de su madre el liderazgo de los davidianos: denunció a Koresh como violador de Lois, a quien calificó de anciana, y optó por un método más práctico imposible de hallar en los libros sagrados: echó a punta de pistola a Koresh y a sus seguidores del Centro Monte Carmelo.
Para entonces Koresh había establecido el sexo, y el sexo con menores, como uno de los pilares de su secta y de su fe. En 1986, luego de la muerte de Lois Roden y al mismo tiempo que se proclamaba como “hijo de Dios, el Cordero que abriría los siete sellos”, inició una relación sexual con Karen Doyle, de catorce años, a quien tomó como segunda esposa porque ya estaba casado, o algo parecido, con Rachel Jones, también de catorce años, hija de un dirigente de la secta. En agosto de ese año, entabló otra relación sexual, esta secreta, con Michele Jones, de doce años, hermana menor de Rachel, su primera mujer entre los davidianos. En septiembre, Koresh, que había pregonado la monogamia, empezó a predicar su derecho a tener ciento cuarenta esposas, sesenta mujeres como “reinas” y ochenta como concubinas, según su propia interpretación del bíblico “Cantar de los Cantares”.
Expulsado de Waco, Koresh y veinticinco de sus seguidores se mudaron a Palestine, a ciento cuarenta kilómetros de Monte Carmelo, y vivieron unos años durísimos en tiendas de campaña y hasta en el interior de camiones durante los inviernos, mientras reclutaban más fieles de California y de Gran Bretaña, Israel y Australia. En 1985 viajó a Israel, dijo haber tenido una visión que lo colocaba como sucesor de Ciro El Grande, fundador del imperio persa e imaginó que Israel sería el sitio de su martirio y muerte. Pero en 1987 regresó a Waco dispuesto a hacerse con el control total de los davidianos.
Llegó a Monte Carmelo junto a siete de sus seguidores, todos armados hasta los dientes y vestidos con ropas militares de camuflaje, hirió a Roden en el pecho y recuperó el rancho. Fue enjuiciado por intento de asesinato, pero el juicio fue declarado nulo. Dos palabras aparte sobre Roden: aquel hombre no estaba bien de la cabeza, si es que en esta historia hay alguien que lo esté: dos años más tarde de su desalojo de Waco, Roden mató a hachazos a un compañero de habitación porque lo imaginó enviado o sicario de Koresh. Luego asesinó a balazos a Wayman Adair, de cincuenta y seis años, que se presentó ante él como un mesías. Fue a parar a varios institutos psiquiátricos de los que escapó varias veces y fue recapturado otras tantas. Del último, el Hospital Estatal de Big Spring, huyó el 8 de diciembre de 1998, cinco años después de la matanza de Waco. Lo hallaron muerto en los jardines del hospital, al parecer por un ataque cardíaco.
David Koresh quedó como líder único de la secta de los Davidianos de Waco en 1987. Engendró a lo largo de los años al menos a quince hijos con diferentes “esposas”, porque esos chicos, fruto de la “pureza de mi semilla, estarán destinados a manejar el mundo”. También invirtió doscientos cincuenta mil dólares en armas para “combatir al mal cuando se presentara” en sus dominios bíblicos.

Aquella vida desastrada tenía que terminar en un desastre. Cómo fue que nadie impidió la tragedia, cómo fue que nada frenó a los davidianos y a su líder, cómo fue que setenta y seis personas eligieron la muerte y, muchas, mataron a sus hijos antes de suicidarse, en un remedo de la Guyana de Jim Jones y de su secta Templo del Pueblo que en 1978 llevó al suicidio a novecientas dieciocho personas; cómo pudo pasar algo parecido en Waco, son preguntas que no tienen respuestas, si es que hay alguna; es un misterio encerrado en el fenómeno cultural de las sectas tan reputadas, populares y siniestras en las décadas del 70 al 90 del siglo pasado.
Con ligeras variantes, aquellas sectas impulsaban y lograban aislar a sus partidarios del resto del mundo, ensayaban una vida en comunidad que en realidad era un seguir a ciegas los dictados de un único líder a quien le entregaban todos sus bienes con la esperanza de llegar a Dios, o que comulgaban con la idea que el líder tenía de Dios. Si era imprescindible o inevitable, la muerte traería la salvación; ellos, los que iban a morir, serían los elegidos antes de que el mundo fuese por fin destruido por el apocalipsis.
Cuando el 19 de abril de 1993, después de cincuenta y un días de asedio, las fuerzas federales decidieron copar Monte Carmelo, ahora con una estrategia definida toparon, como habían topado cincuenta y un días antes, con una feroz resistencia de parte de los davidianos que se habían quedado junto a su líder. Parte de los miembros de la secta habían escapado del encierro durante aquellos días de caos, anarquía y desconcierto porque vieron la tragedia en el horizonte; habían dado testimonio del infierno del que huían y de la batalla que deberían librar las fuerzas federales. Cuando todo terminó, los agentes del FBI, de la ATF y de la policía de Waco fueron acusados de exceso de violencia en el asalto a Monte Carmelo.
A las seis y media de la mañana una fuerza integrada por helicópteros, tanques y otros vehículos blindados y tropas de la policía texana y de las dos agencias federales iniciaron el asalto al complejo davidiano. Los tanques recibieron fuego directo desde el interior del gran rancho y la batalla duró una hora y media hasta que uno de los blindados embistió y derribó la pared frontal del edificio principal. Todos actuaban bajo las órdenes de la fiscal general de Estados Unidos, Janet Reno, flamante en su cargo: había sido nominada por el presidente Bill Clinton el 11 de febrero y confirmada el 11 de marzo. Las autoridades, dirían después, buscaban que los davidianos abandonaran Monte Carmelo y se entregaran: pero la muerte de cinco agentes federales durante el sitio del 28 de febrero y la decisión de convertirse en mártires por parte delos davidianos lo hicieron imposible.
El ataque duró seis horas. A las doce y siete del mediodía, estallaron tres grandes incendios en otros tantos sitios estratégicos del complejo. Fueron incendios feroces. Las teorías conspirativas y la magnitud de la tragedia no consiguieron dilucidar, o echaron sombras, sobre el informe oficial: o bien los davidianos habían dado fuego a todo y habían decidido morir allí como los cristiano mártires en el circo romano, o la magnitud de las fuerzas y los elementos desplegados para capturar el edificio habían desatado la tragedia.

Algunos hechos alimentan la teoría del suicidio colectivo: los bomberos que quisieron combatir el fuego no pudieron hacerlo, no hallaron fuentes de agua, cortada desde el interior del edificio por los davidianos. Uno de los agentes federales dijo que escuchó un grito, “Enciendan el fuego” lanzado desde el complejo antes de que estallaran las llamas. El FBI también escuchó mensajes similares que decían: “Derramen el combustible”, “Empiecen el fuego”. Las voces llegaron a los oídos de los agentes gracias a los micrófonos que habían introducido en los cartones de leche que habían enviado al complejo para alimentar a los chicos durante el asedio.
Los davidianos murieron de diferentes formas. Muchos envueltos por las llamas porque al parecer Koresh les dijo: “Siéntense y esperen sencillamente hasta ver a Dios”, mientras el fuego lo devoraba todo. Otros fueron asesinados a balazos por los miembros de la secta cuando intentaron escapar del infierno. Varios de los veintitrés chicos muertos fueron asesinados por sus padres; otros murieron asfixiados; otros, también asfixiados, fueron hallados envueltos en toallas que debieron estar empapadas en lo que parecía haber sido un último intento desesperado de salvarles la vida.
Entre los cuerpos calcinados, los que pudieron ser identificados, estaba el de David Koresh: tenía un disparo de arma corta en el cráneo. No pudo determinarse si se suicidó o si fue asesinado por otro miembro de la secta. Lo mismo había ocurrido con Jim Jones en Guyana quince años antes: mientras casi mil personas decidieron beber un refresco con cianuro, Jones fue hallado con un disparo en la cabeza.
La tragedia de los davidianos tuvo dos terribles epílogos: son los círculos concéntricos que se extienden luego de los grandes desastres. El 19 de abril de 1995, dos años después de Waco, el terrorista Timothy McVeigh voló el edificio federal Alfred P. Murrah de Oklahoma, que albergaba a la división local de la agencia de Alcohol, Drogas y Tabaco. Así quiso McVeigh, entre tantos otros motivos con los que justificó su crimen, conmemorar a los davidianos. Allí murieron ciento sesenta y ocho personas. McVeigh fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado el 11 de junio de 2001.
El 23 de enero de 2009, Bonnie Clark Haldeman, la madre que a los quince años había parido a David Koresh, fue asesinada a puñaladas por su hermana en su casa de Chandler, a unos trescientos kilómetros de Houston, Texas. Tenía sesenta y cuatro años.
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