
Cuando Timothy McVeigh eligió el miércoles 19 de abril de 1995 para volar por los aires el Edificio Federal Alfred P. Murrah, en el centro de Oklahoma City, lo hizo para dar una señal: ese día se cumplían dos años de la Masacre de Waco – otro 19 de abril, pero de 1993 -, una jornada que había estremecido a los Estados Unidos cuando, después de 51 días de asedio, varios grupos de asalto del FBI atacaron el bunker de la secta religiosa “Los Davidianos de la Rama”, liderada por David Koresh, acusado de abusos infantiles, poligamia y tenencia ilegal de armas con un trágico saldo de 82 muertos, entre ellos 23 niños. McVeigh estaba allí como uno más de los cientos de curiosos que seguía el ataque a la distancia y se había indignado por la brutalidad de los federales.
Había decidido entonces convertirse en el ángel vengador de esas personas, víctimas inocentes de un gobierno que no dejaba a los ciudadanos vivir en libertad de acuerdo con sus ideas, fueran cuales fueren. La venganza debía ser terrible, ejemplificadora, y por eso eligió como blanco el edificio federal, símbolo de ese gobierno violento y tiránico. Sabía que causaría muchas muertes, incluso las de personas que nada tenían que ver con las mentes maléficas de la Casa Blanca, pero no le importaba. Por eso, cuando uno de sus cómplices en la planificación, Terry Nichols, preocupado por la magnitud del atentado, le preguntó por el daño que le causaría a esa pobre gente, McVeigh le respondió: “Pensá en la gente como si fueran soldados imperiales de La Guerra de las Galaxias”, y le dio el ejemplo de las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki en la Segunda Guerra Mundial. “Salvaron más vidas porque acortaron la guerra”, le explicó para darle una razón más terrenal.
Lo convenció y siguieron adelante con el plan. Según la reconstrucción, el día fijado, a las 8.55 de la mañana, McVeigh estacionó un camión alquilado de la empresa Ryder cargado con 2.300 kilos de explosivos, frente al edificio del FBI. Nadie sospechó de ese joven rubio, enfundado en una remera estampada con una imagen de Abraham Lincoln y la frase “Sic semper tyrannis” (Así siempre a los tiranos), la misma que gritó John Wilkes Booth al disparar contra el presidente vencedor de la Guerra Civil. Se sabe: las remeras con frases provocadoras también son un producto de mercado. Así lo mostraron las grabaciones de las cámaras de seguridad cuando bajó del camión, cerró la puerta con llave y se alejó caminando con tranquilidad.

Siete minutos después, exactamente a las 9.02, la bomba estalló dejando un tendal de 168 muertos – entre ellos 19 niños menores de seis años -, casi setecientos heridos y daños materiales que superaban los 650 millones de dólares. Ese fue el saldo del mayor atentado terrorista perpetrado en los Estados Unidos hasta ese momento. Faltaban seis años y medio para los atentados contra las Torres Gemelas.
No hay grabación que lo muestre, pero Timothy McVeigh debe haber sonreído satisfecho cuando escuchó el estruendo de su obra. Para entonces ya estaba lejos, manejando su auto – que había dejado estacionado cerca del lugar – para salir de la ciudad. Su venganza estaba consumada.
La desilusión de Tim
Tim, como lo llamaban quienes lo conocían, tenía 33 años cuando cometió el atentado contra la sede del FBI en Oklahoma. Hijo de un obrero industrial, había cursado sin ganas y sin esfuerzos los estudios primarios y secundarios, pero que había tenido interés en seguir el camino de su padre. Por eso, cuando el buen hombre le ofreció hacerlo ingresar a la misma fábrica de radiadores en la que trabajaba, el hijo se negó de plano. Le gustaban las armas, que manejaba con soltura, y prefirió trabajar como guardia de seguridad. No duró mucho tiempo porque se aburría y a él lo tentaba la acción. Qué mejor entonces que alistarse en el ejército e ir a combatir en la Guerra del Golfo para derrocar al tirano Saddam Hussein, un verdadero demonio.
Corría 1991 y McVeigh se sentía todavía orgulloso de la bandera de las barras y las estrellas y estaba dispuesto a dejar la vida por ella. Combatió con valentía, tanto que lo ascendieron a cabo, lo condecoraron e, incluso, le ofrecieron un lugar en el selecto cuerpo de boinas verdes. Tenía un futuro prometedor, pero fracasó en las pruebas de ingreso, porque alguien detectó que algo no andaba bien en su cabeza. Y no se equivocaba, porque la mente de McVeigh había comenzado a convertirse en un revoltijo de ideas extremas mientras combatía en Irak.
Allá había visto cosas que no le gustaron y tenían que ver con las operaciones de prensa de su propio gobierno: se indignó cuando sus superiores le dijeron a los periodistas que varios de sus compañeros murieron durante un asalto de las tropas iraquíes cuando él sabía muy bien que había caído víctimas de “fuego amigo”; también le molestó que su propio ejército negara haber matado a mujeres, ancianos y niños, cuando él lo había visto con sus propios ojos. Eso no podía ser, pero estaba ocurriendo, y era obra de su propio gobierno, que no solo estaba engañando al mundo sino también a los hombres de bien de su propio país.

Volvió de Medio Oriente odiando al Estado Federal, origen de todos los males. Pidió la baja y se compró un auto para recorrer el país. En esos viajes encontró a otros hombres que pensaban como él: integrantes de milicias supremacistas, libertarios que portaban banderas nazis, fanáticos religiosos, gente de toda estofa que coincidían en el odio a los políticos que destruían al país desde sus oficinas en Washington y que no vacilaban en armarse para defender lo que consideraban sus derechos frente al Estado opresor. “Un hombre armado es un ciudadano; un hombre desarmado es un súbdito”, era una frase que le gustaba repetir por entonces. En su cabeza equiparaba a los patriotas armados que habían logrado independizar a los Estados Unidos de los colonialistas británicos con los milicianos que se armaban para defenderse de la opresión gobierno federal.
En una escala de su periplo, mientras seguía bebiendo con avidez ese menjunje ideológico, se enteró de que algo grande ocurría en un lugar llamado Waco y enfiló su auto hacia Texas. Corrían los primeros meses de 1993 y allí el líder de los Davidianos, David Koresh, estaba atrincherado con sus seguidores en una granja resistiendo el asedio de las tropas federales. Koresh quería que los dejaran vivir tranquilos en sus prácticas y creencias sectarias, pero el gobierno – una vez más – atentaba contra su derecho a la libertad.
Así el errante Tim se sumó a la multitud que seguía ese asedio en los alrededores de la granja y el 19 de abril de ese año asistió indignado al ataque final que perpetraban los “esbirros de Washington” y el incendio en el que murieron más de ochenta personas, entre hombres, mujeres y niños. Esa fue la gota con la que se terminó de batir el cóctel de odio que se agitaba en cabeza.
El plan y el atentado
Timothy McVeigh no era hombre de acciones arrebatadas. A pesar de la urgencia que tenía en su sed de venganza, sabía que si quería hacer las cosas bien debía planificarlas con cuidado y se tomó su tiempo. Primero buscó cómplices para que lo secundaran y los encontró en otros dos viejos compañeros de la Guerra del Golfo: Terry Nichols y Michael Fortier, tan ultraderechistas y odiadores del gobierno como él.

El segundo paso fue recorrer ciudades para elegir el blanco, que debía ser inevitablemente un edificio federal, para que todos los muertos fueran “esbirros de Washington”. Después de un cuidadoso relevamiento fue descartando uno tras otro hasta quedarse con la sede del FBI en Oklahoma City. Al hacerlo se le escapó un dato que, dijo después en los interrogatorios, habría hecho que lo descartara: en el edificio funcionaba una guardería para los hijos de los empleados. No sabía que iba a matar también niños. En la etapa final de la preparación, Fortier decidió abrirse del plan, pero prometió guardar silencio. Nichols, en cambio, decidió seguir adelante.
Había mucha gente en la calle el 19 de abril a las 9.02 de la mañana cuando explotó el camión. El centro entero de la ciudad tembló como si la tierra hubiera sido sacudida por un terremoto, los autos volaron por los aires y muchos se incendiaron, los vidrios estallaron en 16 manzanas a la redonda y se veían cadáveres esparcidos por doquier. El edificio del FBI quedó severamente dañado y hubo que demolerlo un mes más tarde.
Timothy McVeigh se alejó del lugar al volante de un destartalado auto amarillo que había comprado por unos pocos dólares un par de días antes. Lo había dejado cerca del edificio del FBI con un cartel que decía “no remolcar”, como si estuviera descompuesto. Pudo haber escapado sin problemas si no hubiese cometido un error: no se dio cuenta de que al auto le faltaba la chapa patente delantera. Estaba en las afueras de Oklahoma cuando lo detuvo un policía de tránsito que, pensado que se trataba de un auto robado, lo obligó a ir a la comisaría para averiguarlo.
“Habré ganado 168 a 1”
En un principio se pensó que los autores del atentado eran terroristas extranjeros. Las dos hipótesis más fuertes apuntaban a gente de Osama bin Laden o a un comando iraquí. A nadie se le ocurrió pensar que podía tratarse de estadounidenses. Fue el agente especial Clinton van Zandt, de la Unidad de Ciencias del Comportamiento de Quantico (Virginia), el primero en pensar en esa posibilidad. Le llamó la atención la fecha y pensó que ahí podía estar la clave, en el aniversario de la masacre de Waco. “Hablamos de un hombre blanco, que actúa solo, o con otra persona. Tiene veintitantos años, tiene experiencia militar y es miembro marginal de alguna milicia. Está furioso por lo que ocurrió en Waco”, escribió en el perfil que elaboró.

McVeigh encajaba casi a la perfección en esa descripción y había sido detenido en un auto sin patente en las afueras de Oklahoma. Cuando lo interrogaron no hizo ningún intento para ocultar su responsabilidad. Al contrario, se mostró arrogante y orgulloso. De todos modos, se negó a dar detalles de su plan porque quería que la policía y el FBI se tomaran el trabajo de buscar las pruebas. Después sí se despachó y lo hizo con un cálculo que resultó burlarse de los federales. Sentado en la sala de interrogatorios, con el rostro calmo y la mirada fría, Timothy McVeigh les dijo a los dos agentes del FBI que le tomaban declaración: “Estamos hablando de algo más de 3.500 dólares, o de 5.000 todo incluido. No es mucho dinero ¿o qué?”.
Antes del juicio fue sometido a pericias psicológicas para determinar si era imputable o se trataba de un desequilibrado que no conocía el alcance de sus actos. Espero ser condenado, y espero que se me imponga la pena de muerte”, le dijo al psiquiatra que lo entrevistó. Lo juzgaron y el 2 de junio de 1997, luego de 23 horas de deliberación, el jurado lo encontró culpable y lo condenó a muerte. Terry Nichols recibió una pena de cadena perpetua por complicidad, y Mike Fortier hizo un pacto con el fiscal y fue condenado a 14 años por no haber advertido a las autoridades de que se estaba planificando el atentado.

Una vez que la sentencia quedó firme, McVeigh fue a parar a una celda de la prisión Supermax de Florence, en Colorado, la cárcel más segura del país, donde tenía como vecinos a Ramzi Yousef, que cumplía 240 años por el atentado contra el World Trade Center de Nueva York en 1993, y a Theodore Kaczynksi, más conocido como “Unabomber”. Fue ejecutado con la inyección letal en la prisión de Terre Haute, Indiana, el 11 de junio de 2001.
La noche anterior a la ejecución concedió una última entrevista desde el pabellón de la muerte. Frente al sorprendido periodista, recitó el poema Invicto, de William Ernest Hendely, el preferido de Nelson Mandela, famoso por un verso: “Soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma”. Cuando terminó hizo un balance escalofriante: “Quería esto desde el principio. Mi objetivo era un suicidio asistido por el Estado, y cuando ocurra, allá ustedes, hijos de puta. Cuando me maten habré ganado 168 a uno. Mientras tanto, me lavan la ropa, veo la tele todo el día y no pago facturas”, se jactó.
También dejó un mensaje para los familiares de las víctimas: “A las personas de Oklahoma que han perdido a un ser querido, les digo lo siento, pero esto sucede todos los días. No son la primera madre que pierde a un hijo, ni la primera abuela que pierde a un nieto o a una nieta. Esto sucede todos los días, en algún lugar del mundo. No voy a acurrucarme en una bola fetal y llorar sólo porque las víctimas quieran que lo haga”, dijo.
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