En la ciudad holandesa de Delft, una lápida modesta guarda un secreto que durante más de dos siglos ha fascinado a historiadores, periodistas y aficionados a la realeza: “Aquí yace Louis XVII. Charles Louis, Duque de Normandía, Rey de Francia y de Navarra. Nacido en Versalles, 27 de marzo de 1785. Fallecido en Delft, 10 de agosto de 1845”.
La inscripción desafía la versión oficial de la historia, pues el hijo de Luis XVI y María Antonieta habría muerto en prisión en París en 1795, a los 10 años. ¿Quién era entonces el hombre enterrado en los Países Bajos medio siglo después? La respuesta conduce a la misteriosa figura de Karl-Wilhelm Naundorff, el relojero prusiano que hasta su último aliento juró ser el delfín perdido de Francia.
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El nacimiento de una leyenda
La historia comienza en el oscuro periodo posterior a la Revolución Francesa. Tras la ejecución de Luis XVI en 1793, su hijo Luis-Charles fue separado de María Antonieta y recluido en la fortaleza del Temple, donde según la versión oficial murió de tuberculosis dos años después. Enterrado en una fosa común sin identificar, su cuerpo nunca fue oficialmente reconocido. Este vacío alimentó una de las mayores incógnitas de la historia francesa: ¿realmente murió el joven rey en 1795? Pronto, rumores empezaron a circular sobre una posible fuga y sustitución del niño por un huérfano anónimo.
Durante las décadas siguientes, decenas de hombres reclamaron ser el verdadero heredero. Entre ellos, el caso de Naundorff destacó por su persistencia y capacidad de persuasión. El relojero, con antecedentes por falsificación, emergió en el París de 1833. A diferencia de otros impostores, Naundorff poseía un conocimiento detallado de la corte de Versalles, un dominio de gestos y recuerdos que desconcertó incluso a algunos miembros sobrevivientes del antiguo régimen.
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Agathe de Rambaud, antigua cuidadora de los hijos reales, quedó impresionada por los detalles físicos y anécdotas que Naundorff relató: su cabello rubio, una cicatriz en el labio y una marca de vacunación triangular, además de la memoria precisa sobre una chaqueta azul del príncipe. Otros cortesanos, como el marqués de Feuillade, afirmaron en cartas recogidas por National Georgraphic: “No puedo dudar que es realmente el hijo de Luis XVI y María Antonieta”.
Sin embargo, la hermana mayor del delfín, Marie-Thérèse, nunca le concedió crédito. Exiliada en Austria, se negó a reunirse con Naundorff y calificó su historia de fraude. Ninguna carta de apoyo logró convencerla de cambiar de opinión.
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Una vida marcada por el escándalo
La lucha de Naundorff por ser reconocido como Louis XVII no se limitó a las palabras. Inició demandas legales contra Marie-Thérèse y su esposo, el duque de Angulema, exigiendo su parte de la fortuna real. La reacción fue contundente: Luis Felipe, entonces rey de Francia, ordenó su arresto y la confiscación de más de doscientos documentos que, según Naundorff, probaban su identidad. Finalmente, fue expulsado de Francia por “alterar el orden público” y los papeles jamás reaparecieron.
Lejos de rendirse, Naundorff se reinventó en Inglaterra y, más tarde, en los Países Bajos, donde logró convencer incluso al rey Guillermo II de financiar la creación de un nuevo explosivo, “la bomba Borbón”. La prensa de la época, incluyendo a Le Constitutionnel y The New York Times, siguió de cerca sus peripecias, desde la publicación de sus memorias hasta sus intentos de validación jurídica.
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La muerte de Naundorff en Delft, tras una misteriosa enfermedad que sus seguidores atribuyeron a un posible envenenamiento, no puso fin al mito. En su certificado de defunción figuró el nombre Charles-Louis de Bourbon, Duque de Normandía, y en su tumba quedó grabada la identidad que defendió hasta el final. Desde entonces, generaciones de “Naundorffistas” han buscado el reconocimiento legal de su linaje, enfrentándose a tribunales franceses e intentando recuperar propiedades como el Château de Chambord, sin éxito.
Dos exhumaciones de sus restos, en 1904 y 1950, avivaron la polémica. Las pruebas genéticas realizadas décadas más tarde compararon el ADN mitocondrial de Naundorff con cabellos de María Antonieta y sus hermanas. El resultado fue contundente: no existía parentesco. El diario Le Monde tituló entonces que el supuesto delfín había sido “traicionado por su húmero”.
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Ciencia y mito: el debate que sigue vivo
A pesar de la evidencia genética, la controversia persiste. Los seguidores de Naundorff sostienen que las pruebas no fueron concluyentes, citando la posible contaminación de las muestras y cuestionando la procedencia del corazón utilizado para los análisis. El periodista e historiador Philippe Delorme organizó los estudios sobre el corazón momificado, conservado durante años y finalmente depositado en la basílica de Saint-Denis junto a los restos de Luis XVI y María Antonieta. Los resultados confirmaron la relación genética con la reina, apoyando la versión tradicional de que Luis-Charles murió en prisión.
Delorme sentenció en su libro Louis XVII, la Biographie: “El veredicto de la ciencia confirma el de la historia. El pequeño príncipe, tristemente, no sobrevivió a la Revolución”. La mayoría de los estudiosos coincide en que el niño fue víctima de abandono y malos tratos, sucumbiendo finalmente a la tuberculosis.
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Sin embargo, el legado de Naundorff sigue vivo, impulsado por descendientes como Hughes de Bourbon, quien reside cerca de Tours y mantiene sus dudas sobre la versión oficial. “Todas las personas de la corte que lo conocieron de niño, absolutamente todas, lo reconocieron”, explica. “Excepto una persona: su hermana, que tenía un conflicto de intereses”.
De Bourbon también cuestiona el manejo de la documentación por parte de las autoridades francesas: “A los impostores se les encarcela, no se les exilia”, afirma. “¿Por qué nunca se hizo el juicio cuando estaba programado? ¿Por qué arrestarlo y hacer desaparecer el expediente?”. Para él, la negativa a reconocer a Naundorff respondería a la dificultad de asumir que los monarcas posteriores serían impostores.
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Aunque acepta la posibilidad de nuevas pruebas genéticas, de Bourbon sostiene: “No estoy seguro de que la ciencia pueda demostrarme al 100% que tengo razón o no. Pero creo en esta historia. Estoy convencido de que Naundorff fue Luis XVII, el niño encerrado en el Temple”.
Hoy, del antiguo Temple solo queda una placa en el ayuntamiento del 3º arrondissement de París, recordatorio discreto de un lugar donde un niño sufrió y nació uno de los misterios nacionales más polémicos.
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