
El 25 de diciembre no amaneció distinto en la ciudad de Anaheim, Estados Unidos. El aire algo más denso por la humedad fría de diciembre, el silencio sólo interrumpido por los coches que arrancaban tarde, después de una noche de fiesta. Sin embargo, ese día la familia Wallace celebró la Navidad en medio de un horror cuidadosamente oculto. William Wallace había matado a su esposa, Za´Zell Preston, y obligó a sus hijos a abrir los regalos frente al cadáver. La casa modesta de North Anchor Avenue se volvió un escenario del horror.
William Wallace, entonces de treinta y nueve años, no era una figura extraña en la cuadra. En el imaginario de los vecinos, se trataba de un hombre taciturno, de figura un tanto robusta y poco inclinada a los saludos. Había cursado estudios como técnico en laboratorios médicos, pero había perdido interés en establecer una carrera o una rutina que lo alejara de los viejos conocidos: el desempleo esporádico, las cuotas de frustración y la bebida. Za´Zell Preston, su esposa, era el exacto opuesto: joven, veinte años menor que él, madre de tres hijos pequeños y una fuerza de voluntad que intentaba, sin éxito, reconstruir cada día un hogar estable.
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Una historia de violencia
El primero de sus hijos era fruto de una relación anterior. Los dos más pequeños sí llevaban la sangre de Wallace. Aun con ese empeño, a veces Za´Zell escribía en Facebook frases crípticas: “Hoy es un día difícil, pero sé que vendrán tiempos mejores.” Nadie del círculo familiar podía entrever a través de esas palabras el abismo real que separaba los días felices de los terribles.
La mañana del crimen, la casa seguía adornada como cualquier hogar modesto del sur de California: un árbol de Navidad pequeño, pesebres baratos y un par de figuras luminosas en la ventana. Sin embargo, el interior era otro mundo. El cuerpo de Za´Zell yacía recostado en un espejo roto, que Wallace había colocado en la sala, con la cabeza ladeada y envuelta en una manta. “Vengan aquí, abran los regalos”, les ordenó el hombre a los niños. Su voz sonó hueca, sin la chispa mínima que aún permite a un adulto fingir ante los niños.
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—Papá, ¿por qué mamá está dormida en el suelo? —preguntó la hija mayor, aún con la fe ciega en que los adultos tienen respuestas.
—Está borracha. Se cayó y se golpeó. Dejenlá descansar —contestó Wallace, y los niños se miraron entre sí, rostros desorientados, pero sin rebelarse.

Una Nochebuena de terror
Uno a uno, fueron rasgando el papel de colores de los regalos. El aspirador de burbujas, una muñeca, un camión de bomberos. Ninguno pronunció palabra, pero una de las niñas se arrastró, casi mecánicamente, hasta el cuerpo de su madre y la tocó.
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—Está fría —dijo, y Wallace la apartó con una mano.
—Andá a jugar, dejá tranquila a mamá.
Es en este gesto —el intento de normalizar lo inenarrable— donde se encierra la radiografía de años de convivencia violenta. Cynthia Preston, madre de Za´Zell, visitaba la casa con regularidad para ver a sus nietos. “Ella quería ser enfermera, le encantaban los niños. Tenía proyectos, esos que ya no viven aquí”, repetía Cynthia en la corte más tarde, con la voz rota. Su nieta mayor reafirmó, en el estrado: “Papá solía pegarle a mamá detrás de la puerta de la cocina. Yo lo escuchaba, siempre lo escuchaba”. El relato, simple y directo, perforó la sala de la corte, tan implacable como las circunstancias.
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El día siguiente, Wallace decidió finalmente llamar a la policía. Cuando los oficiales entraron en la casa, el hombre les abrió la puerta con una serenidad desconcertante.
La defensa del femicida
—Creo que mi esposa ha muerto. Ayer se cayó y se golpeó la cabeza. No me atreví a despertarla.
El oficial principal no pudo contener la sospecha. Dos de los niños estaban en una esquina de la sala, abrazados, y la pequeña, aún en pijama, tenía la ropa manchada de sangre.
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—¿Desde cuándo está así su esposa?
—Desde ayer en la noche. Estaba borracha... Se tropezó con el cristal y se desmayó —insistía.
El examen forense determinó que Za´Zell Preston había muerto por un fuerte traumatismo craneal, compatible con un golpe violento, no con una simple caída. Tenía lesiones previas, algunas ya cicatrizadas. No se trataba de la primera vez, pero sí fue la última.
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La investigación reveló un historial implacable. Los vecinos atribuían los gritos y ruidos esporádicos a disputas comunes. Ninguno imaginó que entre 2011 y 2013 una orden de alejamiento pesó sobre Wallace, que quebrantó sin disimulo. Los trabajadores sociales habían visitado la casa meses antes, alertados por la escuela de que los niños mostraban dibujos con figuras tumbadas y manchas rojas en hojas de carpeta, pero el sistema volvió a mirar hacia otro lado.
El asesino en el banquillo
En la corte, la fiscalía fue tejiendo con precisión los detalles de la violencia psicológica y física. Wallace se sentó impasible, los brazos cruzados y el rostro duro. El fiscal tomó la palabra.
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—¿Por qué no pidió ayuda, señor Wallace? ¿Por qué no buscó auxilio cuando su esposa cayó al suelo?
—Estaba borracha. No creí que fuera tan grave. Quise que los niños tuvieran una Navidad normal —respondió, sin titubeos.
—¿Una Navidad normal, con el cadáver de su madre en la sala? ¿Eso le parece normal? —insistió el fiscal, elevando la voz.
Un silencio denso envolvió la sala. Los jurados esquivaban la mirada de Wallace, atentos al llanto sordo de una de las niñas, que rompió el mutismo:
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—La Navidad ya nunca será igual para nosotras.
Durante el juicio, la defensa intentó presentar a Za´Zell como una mujer con problemas de adicción y conductas autodestructivas. No prosperó: al exhumar mensajes, chats y fotos, la imagen que emergía era la de una madre activa, pendiente de los deberes de sus hijos, preocupada por el futuro, aunque acosada constantemente. En uno de sus textos, fechado días antes de su muerte, escribió: “No es fácil sonreír cuando todo se derrumba, pero por mis hijos, lo intento cada día”.
La condena al asesino
El veredicto, cuando fue leído en la corte del condado de Orange, no dejó margen para el matiz. William Wallace fue encontrado culpable de homicidio en segundo grado y condenado a quince años de prisión, sin derecho a libertad condicional antes de cumplir el total de la pena. Nadie celebró, nadie gritó.
Durante la sentencia, fue Cynthia quien retomó la palabra, mirando a su yerno directamente.

—Usted mató a mi niña. La mató en cuerpo y en espíritu mucho antes de ese día. Quiero que sepa que sus hijos nunca lo olvidarán —dijo. Un murmullo recorrió la sala cuando Wallace, por primera vez, bajó la mirada.
La prensa internacional recogió los detalles. Las crónicas repetían la imagen del árbol de Navidad, los niños yendo a la escuela el lunes siguiente, regresando al hogar de la abuela, y la ausencia definitiva de Za´Zell.
Una de las pruebas más impactantes que presentó la fiscalía fue el relato, de la propia hija mayor, sobre la noche previa. Escuchó a su padre gritar en la habitación, luego un golpe seco, el llanto ahogado de su madre y un largo silencio. Cuando intentó abrir la puerta, la encontró bloqueada.
—¿Qué hiciste, papá? —preguntó en voz baja, al asomarse por la rendija horas después.
—Nada, duerme. No pasó nada —fue la única declaración del padre antes de que el silencio se alzara como la nueva norma en la casa.
Los peritos confirmaron que el espejo roto en la sala tenía huellas de sangre de Wallace, mezcladas con las de Za´Zell. Algunos fragmentos quedaban incrustados en la alfombra y las paredes. El fiscal enumeró los hallazgos uno a uno, implacable.
A lo largo de los meses posteriores, la familia Preston luchó a contrarreloj para obtener la custodia total de los menores. Su argumento central, aceptado por el juez de tutelas, fue la protección y el amor, valores ajenos a la casa Wallace.
Dolor familiar
La biografía de Za´Zell Preston quedó marcada por la voluntad de emerger. Luchó por un título de enfermería, mantuvo tres trabajos al mismo tiempo, cuidó sola a su hija mayor varios años, y después volvió a apostar por la vida de pareja. Pero cada intento de levantar cabeza era arrasado en casa. “Mi hija merecía más. Cada Navidad recordamos que el monstruo vivía con ella”, insistía su madre ante los periodistas.
De William Wallace, los informes posteriores señalan que nunca expresó remordimiento. Sus declaraciones en la cárcel, leídas por su abogado defensor, reiteraban su versión de los hechos: “Fue un accidente. Nunca quise hacerle daño.” El informe psiquiátrico, solicitado por la defensa, lo describió con rasgos de narcisismo, tendencia a negar el daño infligido, y una absoluta desconexión del sufrimiento ajeno. Su perfil psicológico fue ahora un expediente más en la burocracia judicial de California.
Anaheim regresó a la indiferencia habitual poco después. La historia ocupó portadas dos semanas y luego cedió el espacio a los titulares de siempre: accidentes de tráfico en la autopista, tiroteos aislados, rescates de animales. Pero en la sala de la abuela, bajo un portarretratos, descansan las únicas cartas que Za´Zell escribió a sus hijos antes del último diciembre. Su letra inclinada y firme decía: “Nunca teman buscar la verdad y nunca olviden que son amados.”
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