
Si, como todo parece indicar, el 1° de junio próximo no comienza en los tribunales de Nueva York el nuevo juicio contra Pedro Hernández, el puertorriqueño acusado del secuestro y el asesinato de Etan Patz deberá salir en libertad. A 47 años de la desaparición del niño de 6 años cuando caminaba desde su casa hasta la parada de un micro que debía llevarlo a la escuela en SoHo, el caso dista de haber sido resuelto y este tercer juicio sería un nuevo giro en la que la jueza Colleen McMahon calificó como “una saga de casi medio siglo de duración”.
La desaparición de Etan, ocurrida en mayo de 1979, marcó para siempre la historia criminal de Estados Unidos y transformó la forma en que ese país se aborda la búsqueda de menores perdidos y la protección de sus derechos. Por el impacto que tuvo el caso, el 25 de mayo, fecha de la desaparición, fue declarado por el Congreso de Estados Unidos como el Día Nacional de los Niños Desaparecidos. El rostro de Etan fue el primero en aparecer impreso en las campañas “foto en un cartón de leche” para encontrar niños desaparecidos, iniciada a principios de los años 1980.
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En todos estos años, Hernández ha sido el principal sospechoso del caso y ya ha pasado por otros dos procesos judiciales. En el primero, realizado en 2012, el jurado no logró producir un veredicto, y en el segundo, que terminó en 2017, fue declarado culpable de secuestro y asesinato y condenado a cadena perpetua. Debido a la falta de pruebas físicas, el juicio se basó por completo en supuestas confesiones de Hernández, quien tiene un historial bien documentado de enfermedades mentales y un coeficiente intelectual bajo.
Por esas razones, a principios del año pasado un tribunal federal de apelaciones dictaminó que Hernández había sido condenado injustamente y ordenó su liberación o la realización de un nuevo juicio en un plazo que vencerá el primer día de junio. Luego de conocer este fallo, la fiscalía de Manhattan confirmó en noviembre de 2025 que, tras una revisión de las pruebas disponibles, seguiría adelante con el procesamiento contra Hernández por homicidio en segundo grado y secuestro en primer grado, y reiteró que cuenta con elementos admisibles para sustentar la acusación. Sin embargo, los días corren y se descuenta que el único sospechoso, que está en prisión desde 2012, quedará en libertad antes de empiece el nuevo juicio.
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La desaparición de Etan
El viernes 25 de mayo de 1979 era un día importante para Etan y su familia. Por primera vez, sus padres le permitieron caminar de su casa, en el número 113 de Prince Street en SoHo, por entonces un barrio neoyorquino de clase media baja, hasta la parada del micro escolar en West Broadway y Prince Street, a dos cuadras de distancia. Iba vestido una gorra negra de piloto con la inscripción “Future Flight Captain”, un saco azul de pana, vaqueros azules y zapatillas del mismo color con rayas fluorescentes. El micro amarillo llegó a horario, pero Etan no estaba y se fue sin él.
En el colegio, el maestro a cargo del grado de Etan se dio cuenta de su ausencia, pero no informó al director. Pensó que estaba enfermo. Recién cuando el chico no volvió a su casa después del colegio, su madre Julie llamó el establecimiento para preguntar por él y al saber que no había llegado llamó de inmediato a la policía. Habían pasado varias horas. Al principio, los detectives consideraron a los Patz como posibles sospechosos, pero no tardaron en descartarlos.
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Esa misma noche se inició una intensa búsqueda en la que participaron casi cien agentes y un equipo de perros rastreadores. “Recuerdo correr esa noche con una foto de Etan preguntando, ‘¿Viste a este niño pequeño?’. Realmente impactó mucho en el barrio. Éramos todos muy unidos en ese momento. Un día antes de que desapareciera había estado sentado conmigo en la escalinata de mi casa, como hacíamos muchas veces. Buscábamos en los contenedores de basura. Fue una pesadilla. Fue simplemente muy triste. No creo que nadie vaya a obtener respuestas jamás”, recordó muchos años después, en una entrevista con CNN, la artista y chef Susan Meisel, vecina de los Platz.
El padre de Etan, Stanley, era fotógrafo profesional y tenía una colección de fotografías de su hijo. Las fotos con su rostro se imprimieron en carteles que los vecinos pegaron por todo el barrio y también se proyectaron en pantallas de Times Square. La búsqueda se prolongó durante semanas. Los vecinos y la policía recorrieron la ciudad y colocaron carteles con el retrato de Etan, pero no se obtuvieron pistas que les permitieran avanzar.
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Un primer acusado
En 1983, el 25 de mayo, aniversario de la desaparición de Etan Patz, fue adoptado como el Día Nacional de los Niños Desaparecidos en Estados Unidos, una fecha que luego fue adoptada en todo el mundo. Pero la investigación sobre lo que había ocurrido con Etan seguía estancada.
Recién en 1985 hubo una luz de esperanza para resolver el caso. El fiscal adjunto de los Estados Unidos Stuart R. Grabois, que recibió el caso ese año, señaló como principal sospechoso a José Antonio Ramos, un abusador sexual de menores convicto que había sido amigo de una antigua niñera de Etan. En 1982, varios niños habían acusado a Ramos de intentar atraerlos hacia una tubería de desagüe en la zona donde vivía. Cuando la policía registró el lugar, encontró fotografías de Ramos y de niños que se parecían a Etan, pero todo se vino abajo porque el sospechoso tenía una coartada indestructible: cuando desapareció el hijo de los Platz, Ramos estaba detenido en la Institución Correccional Estatal de Dallas, Pensilvania, cumpliendo una condena por abuso sexual infantil.
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Para entonces, el rostro de Etan Platz era conocido en todo el país. Todas las mañanas, las familias estadounidenses lo veían impreso en los cartones de leche que recogían en las puertas de sus casas o que compraban en los supermercados. Pese a esa campaña nacional, no aparecieron pistas sobre el paradero de Etan. Su cuerpo nunca fue encontrado y la justicia lo declaró legalmente muerto el 19 de junio de 2001, 22 años después de su desaparición.
El caso quedó cerrado hasta que el fiscal del distrito de Manhattan, Cyrus Vance Jr., lo reabrió el 25 de mayo de 2010, al cumplirse 31 años de la desaparición de Etan. En el marco de esta nueva investigación, el 19 de abril de 2012, un equipo conjunto del FBI y la Policía de Nueva York realizó excavaciones en el sótano de la casa del del 127-B de la calle Prince, cerca de la casa de los Patz. La vivienda había sido refaccionada en 1979, poco después de que Etan desapareciera y un llamado anónimo alertó que el chico podría haber sido enterrado allí. Después de cuatro días de trabajo, la policía informó que no había encontrado “nada concluyente” en el lugar. Otra pista falsa.
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La confesión de Hernández
El caso parecía nuevamente estancado, pero un mes después tuvo un vuelco espectacular. El 24 de mayo de 2012, el comisionado de policía de Nueva York, Raymond Kelly, anunció la detención de un hombre implicado en la desaparición de Etan. Lo identificó como Pedro Hernández, de 51 años, del Municipio de Maple Shade, Nueva Jersey, y dijo que había confesado haber estrangulado al niño.
En 1979 Hernández tenía 19 años y trabajaba en una tienda de barrio en la zona donde vivía Etan y su familia. La policía nunca había puesto su mirada en él hasta que en 2012 una cuñada de Hernández les dijo a los investigadores que años antes les había comentado a algunos familiares que había matado a un niño en Nueva York. Lo detuvieron de inmediato y lo sometieron a un interrogatorio de siete horas sin que se le informara sobre sus derechos de guardar silencio y de pedir un abogado defensor. Apremiado por los policías, confesó que había logrado que Etan lo acompañara hasta la tienda donde trabajaba con la promesa de regalarle una gaseosa y que una vez allí lo llevó al sótano y lo estranguló. Según los registros policiales dijo: “Lo siento, lo shockeé. Simplemente me dejé llevar por la ira”. También relató que había abandonado el cadáver en un contenedor de basura.
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Luego de la confesión, la policía le pidió al Departamento de Saneamiento de Nueva York los registros de mayo de 1979 para intentar rastrear la recolección de residuos en la zona de la tienda a y averiguar qué basurales se utilizaban. Con esa información, se realizó una búsqueda que no dio resultado.
Sin ninguna prueba material que corroborara la confesión que Hernández le hizo a la policía neoyorquina sin que se le leyeran los derechos de la Ley Miranda y pese a las reservas de los investigadores del FBI sobre los dichos del sospechoso, que tenía antecedentes de enfermedad mental, la fiscalía decidió seguir adelante con la acusación y llevarlo a juicio. Eso provocó un cortocircuito con el FBI que comentó sus dudas a un periodista de The New York Times. Con esos datos, el 25 de mayo de 2012 el diario publicó un amplio informe donde revelaba que la policía no tenía una sola prueba física que confirmara lo que Hernández había dicho en el interrogatorio.
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Los juicios y las dudas
Pese a todas esas falencias, la jueza neoyorquina Michele Rodney desestimó los argumentos de los abogados de Hernández de que los fiscales tardaron demasiado en acusar a Hernández y de que, después de décadas de cobertura mediática, no podía tener un juicio justo. Los defensores también sostuvieron que todas las confesiones de Hernández no eran más que producto de la imaginación de un hombre con problemas mentales y limitaciones intelectuales, atormentado y confundido por una tragedia muy publicitada que había ocurrido cerca de su lugar de trabajo. “El tribunal trabajará con esmero, junto con las partes, para garantizar que se seleccionen jurados que prometan ser imparciales y que consideren únicamente las pruebas y la ley, a pesar de lo que hayan sabido sobre el caso a través de los medios de comunicación”, escribió en sus fundamentos para someterlo a juicio.
El primer juicio de Hernández, en 2015, terminó sin veredicto unánime del jurado, y en un nuevo juicio, realizado en 2017, el jurado lo encontró culpable y lo condenó a prisión perpetua. Luego de una nueva apelación, a principios de 2025, el tribunal cuestionó la forma en que se obtuvieron y presentaron las confesiones, estableciendo que era necesario un nuevo juicio para salvaguardar las garantías procesales del acusado, que ya llevaba 13 años en prisión. Actualmente, Hernández mantiene la presunción de inocencia conforme a la ley de Nueva York. La última audiencia ratificó que todos los cargos formulados hasta el momento constituyen acusaciones formales y no una sentencia definitiva, lo que mantiene abierto uno de los expedientes criminales más debatidos de la historia judicial reciente de Estados Unidos.
A todo esto, cuando se cumplen 47 años de la desaparición de Etan Patz sigue sin saberse qué ocurrió con aquel niño de 6 años que salió de su casa la mañana del 25 de mayo de 1975 para subirse a un micro escolar. En cambio, no hay dudas que su caso marcó un punto de inflexión en el manejo institucional de los casos de niños desaparecidos al iniciar la difusión masiva de las imágenes de los niños buscados en los envases de alimentos de consumo masivo.
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