
Los últimos años de Michael Peterson han estado marcados por una rutina alejada de los reflectores mediáticos y a distancia de los tribunales. Tras vender la casa de Durham en la que ocurrió la muerte de su esposa, el escritor y ex militar vive en un departamento de planta baja, una decisión que, según su abogado defensor David Rudolf, respondió a “la importancia de un espacio sin escaleras” para su vida actual. La mudanza se produjo luego de permanecer dos años bajo el mismo techo que su ex esposa Patricia, hasta el fallecimiento de ella por un paro cardíaco, como reveló Clayton Peterson, uno de sus hijos.
La historia personal y judicial de Peterson, nacido en 1943 en Nashville, atravesó un cambio radical poco después del 9 de diciembre de 2001, cuando su segunda esposa, Kathleen Atwater Peterson, fue hallada sin vida al pie de una escalera en su domicilio.
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-Mi esposa ha tenido un accidente, aún respira.
-¿Qué clase de accidente?
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-Se ha caído por las escaleras.
En su llamado al 911 se mostró desesperado. Eran casi las tres de la mañana.
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Aquel 9 de diciembre de 2001 el matrimonio (él, 58 años, ella, 54) había pasado una noche en paz, según el relato de Michael. Después de la cena habían abierto una botella de vino y visto la película La pareja del año, protagonizada por John Cusack, Catherine Zeta-Jones, Hank Azaria, Julia Roberts y Billy Crystal. Luego se sentaron en un sillón y charlaron sobre la historia que acababan de ver. La conversación continuó en el jardín, donde se acostaron en las reposeras, al borde de la piscina. Abrieron otra botella, pero después de unos minutos, Kathleen se tomó un Valium, como todas las noches, y se despidió de su marido con un beso. Iba a dormir. Siempre de acuerdo con su relato, Michael siguió metido en sus pensamientos. Miraba el agua y cuando terminó la última copa, decidió ir a la cama. Cuando entró en la casa vio a su mujer tirada al pie de las escaleras, ensangrentada y llamó al 911.
La policía de Durham, Carolina del Norte, llegó tras la llamada de emergencia de Peterson y, de acuerdo con lo declarado por el detective Art Holland, la encontraron “tendida en el suelo, la cabeza apoyada en el descanso de la escalera trasera”, en circunstancias que enseguida levantaron sospechas por su parecido con la muerte de Elizabeth Ratliff, amiga cercana y vecina de la primera familia Peterson, también encontrada muerta al pie de unas escaleras 16 años antes.
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Tras la muerte de Kathleen, la autopsia determinó que presentaba numerosas laceraciones profundas en la cabeza. Mientras Michael Peterson argumentaba que la caída había sido accidental, producto del consumo de alcohol y Valium por parte de su esposa, la fiscalía concluyó que la víctima había sido golpeada hasta morir. El hecho de que Michael fuese la única persona presente en la casa esa noche —y las similitudes con el caso Ratliff— reforzaron la hipótesis de homicidio. El juicio tuvo cobertura nacional en Estados Unidos, y el fiscal sostuvo que el motivo pudo estar vinculado al hallazgo, por parte de Kathleen, de más de dos mil imágenes explícitas de hombres en la computadora personal de Peterson, así como correos con un joven escort al que planeaba reencontrar.
Aunque la defensa argumentó que Kathleen aceptaba la bisexualidad de Michael, y expusieron que el instrumento que la fiscalía consideró probable arma —el atizador hueco conocido como “blow poke”— no tenía daños ni restos de sangre, el jurado emitió un fallo de culpabilidad. Así, el 10 de octubre de 2003, Peterson fue condenado a prisión perpetua sin derecho a libertad condicional.
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El proceso judicial no terminó con la sentencia. En 2011, tras una investigación sobre las prácticas del laboratorio forense estatal, el juez Orlando Hudson concedió un nuevo juicio al determinar que Duane Deaver, perito de la Oficina de Investigación del Estado, había presentado testimonios “materialmente engañosos y deliberadamente falsos”. Ese mismo año, tras una década encarcelado, Peterson salió bajo libertad condicional a la espera de un nuevo juicio. Fue el 16 de diciembre de 2011, hace 14 años.
El análisis pericial de 2011 que cuestionó la fiabilidad de la prueba científica fue clave para que se realizara un nuevo juicio. El tribunal detectó que el testimonio de Deaver —el agente del laboratorio criminalístico— no solo incurrió en inexactitudes, sino que sembró dudas sobre la validez de gran parte de la evidencia recogida la noche de la muerte de Kathleen. Esta revisión, avalada judicialmente, resultó determinante para permitir a Peterson negociar el cierre judicial del caso.
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La resolución definitiva se alcanzó en febrero de 2017, cuando Peterson aceptó un acuerdo de culpabilidad mediante la “declaración Alford” por homicidio voluntario, lo que significaba que admitía la existencia de pruebas suficientes para condenarlo, sin aceptar responsabilidad penal directa. Con la condena conmutada a los años ya cumplidos, Michael Peterson recuperó formalmente la libertad.
El caso mantuvo el interés durante más de dos décadas y fue objeto de varias adaptaciones audiovisuales. La docuserie homónima de Netflix lanzada originalmente en 2018, y la miniserie de ficción The Staircase estrenada por HBO Max en 2022 —que en diciembre de 2025 se sumó al catálogo de Netflix— analizaron distintas aristas del conflicto y reavivaron preguntas sobre lo sucedido. En la ficción, Colin Firth interpretó a Michael Peterson y Toni Collette asumió el papel de Kathleen.
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La biografía previa de Peterson explica el contexto que rodeó tanto su vida familiar como el juicio. Tras finalizar sus estudios universitarios, se trasladó a trabajar al Departamento de Defensa estadounidense. Conoció a su primera esposa, Patricia Sue, docente de primaria, en Alemania occidental y contrajeron matrimonio en 1968. Tuvieron dos hijos, Todd y Clayton. Luego de servir en la guerra de Vietnam, Peterson se dedicó a escribir novelas y columnas inspiradas en sus vivencias militares. La pareja entabló relación con el matrimonio George y Elizabeth Ratliff, hasta que George falleció en un accidente en 1983 y Elizabeth fue hallada muerta dos años después en circunstancias similares a las de Kathleen, en 1985.
La vida familiar de Peterson experimentó nuevas transformaciones tras el divorcio de Patricia y su posterior relación con Kathleen Atwater, ejecutiva del sector telecomunicaciones, con quien se casó en 1997. La repentina muerte de Kathleen reavivó el interés de la opinión pública en las tragedias previas vinculadas a Peterson.
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El desarrollo del juicio incluyó episodios singulares, como la discusión sobre la admisión como evidencia de pornografía gay y correos electrónicos personales hallados en la computadora de Michael, situación que según el tribunal podría fundamentar el posible móvil del crimen. La posición de los hijos y la compleja trama familiar que salió a la luz durante el proceso judicial se expusieron en medios y documentales.

Ya en libertad, Michael Peterson permanece en Durham, aunque la residencia que compartía con Kathleen fue vendida por un valor de 1,9 millones de dólares.
Tras la muerte de Patricia, quien había sido su apoyo durante los años de juicio y prisión, Peterson priorizó la búsqueda de un espacio accesible y apartado del constante escrutinio público. La trascendencia mediática de The Staircase y la atención renovada a partir de las adaptaciones televisivas amplificaron el alcance de la historia en el imaginario colectivo.
Años después de ese desenlace, quienes le rodean insisten en que su día a día transcurre con discreción y en compañía ocasional de familiares. “Vive en un departamento sin escaleras”, manifestó su abogado Rudolf durante una conferencia sobre crímenes reales. Esa situación, lejos de ser anecdótica, simboliza la distancia que Peterson ha buscado respecto a una de las constantes más oscuras en su biografía: la muerte en la escalera.
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