
En los campos de algodón del sur de Estados Unidos, en 1932, nació Lillie B. Williams, aunque el mundo la conocería como Betty Lou. Su llegada al mundo venía con un peso difícil de imaginar: el de un gemelo parásito adherido a su cuerpo, que le dieron dos piernas adicionales, un brazo pequeño y otro más formado, además de una cabeza parcialmente desarrollada en el interior de su abdomen.
Aunque su familia no tenía recursos económicos para afrontarlo, nunca dejaron a la niña sin atención médica. Apenas nació, y tiempo después, los especialistas que la trataban, sorprendidos, dijeron que estaba sana y que no había motivo para temer por su vida. Y no lo hubo, al menos no por causas naturales: Betty Lou vivió una vida fuera de lo común y llevó un dolor en el alma que ningún escenario pudo disimular.
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Con apenas un año fue “descubierta” por un empresario del espectáculo —los de los años 30, que variaban entre circos y ferias—. A los dos, Betty ya era una atracción en las ferias que recorrían el país; y el mundo supo de ella durante las siguientes dos décadas. Pero detrás del cuerpo extraordinario y del cartel luminoso había una joven que amaba el silencio, que soñaba con un hogar propio y murió —dicen quienes la conocieron— con el corazón roto. Vivió 23 años.

Una infancia sin anonimato
Lillie B. Williams —nacida el 10 de enero de 1932— no tuvo tiempo de ser solo una niña. Pasó su infancia sobre un escenario, soportando cientos de miradas sorprendidas sobre ella y gesticulándole por lo que la naturaleza hizo con su cuerpo.
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Cuando Dick Best (el empresario) la encontró junto a su madre, la niña apenas caminaba. Cuenta la historia que el hombre había oído que en Georgia vivía una niña con un gemelo parásito en su cuerpo y él vio enseguida la posibilidad de hacer dinero y fama con ella. No tardó nada en subirla a un tren de exhibiciones y en cambiarle la identidad: la convirtió en Betty Lou, un nombre más comercial, más fácil de anunciar y, también, algo más masculino, porque la industria —siempre oportunista— prefería mostrar al gemelo como un “hermano”, aunque era otra niña.
La idea de mostrar al nuevo fenómeno, fue buena para el negocio de Best, al punto de que pronto la llevó a Nueva York para exhibirla en su propio museo. Allí la vio Robert Ripley, el creador de Believe it or not! (Aunque usted no lo crea), que también mostraba hechos sorprendentes.
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Luego de un trato con Best, Ripley se quedó con la niña y la convirtió en la estrella de su sala montada en la Feria Mundial de Chicago de 1934. Tenía solamente dos años. Vestida con trajes hechos a medida, que cubrían las extremidades del gemelo, Betty Lou fue presentada al público con el apodo que la hizo penosamente conocida: “la niña de cuatro piernas”. En ese show, debía mostrar su cuerpo, pero también su sonrisa y su belleza.
Esa exposición pública significó para su familia un buen ingreso de dinero a su familia: cobraba 250 dólares semanales, el equivalente a más de 5.000 dólares actuales. Años después, ganaría entre 750 y 1.000 por semana. La industria la explotaba, sí. Pero Betty Lou, desde su propio lugar, se convirtió también en protagonista de esa historia: en la adolescencia. compró un campo de 105 hectáreas para sus padres, financió los estudios universitarios de todos sus hermanos, y nunca dejó de tener claro su propósito.
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“Estoy agradecida por ser lo que llaman un fenómeno porque eso me permitió cuidar de mi familia. Ese fue siempre mi objetivo”, escribió alguna vez.

Belleza, deseo y decepción
Ya en su juventud, Betty Lou se convirtió en una joven atractiva, con un rostro amable, piel tersa y ojos grandes que contrastaban con la crudeza de las carpas que la rodeaban. Su belleza fue celebrada... y también usada. Ripley, viendo que el público se multiplicaba, le aumentó el salario. Su nombre aparecía en revistas, catálogos y afiches.
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La fama hizo que se le acercaran muchas personas y no todas lo hacían porque querían a la mujer detrás del cuerpo. Algunos buscaban colgarse de su prestigio, otros recibir algo de su dinero. Pero hubo uno en particular que marcó su corta vida: Ernest J. Lombard Jr., un joven de 21 años que se presentó ante ella como excapitán del ejército (carrera considerada importante en esos años) y la enamoró. Betty Lou creyó en él y se entregó por completo a vivir ese amor: se comprometieron en poco tiempo y, además, empezaron a planear un espectáculo conjunto. Él hasta tomó clases de canto en Broadway...

La revista Jet contó en su edición del 10 de junio de 1954 que, en realidad, Lombard no era un excapitán sino un exsoldado que sirvió al ejercito solamente por 13 meses y fue dado de baja por fraude (sin especificar cuál fue). El hombre, deslumbrado por el dinero de Betty, quiso engañarla casándose con ella para estafarla. “Quería usar a Betty Lou”, confesó tras ser descubierto, “pero después me enamoré de verdad”, se excusó.
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Pero los sentimientos e Betty fueron reales y al saber las verdaderas intenciones de Lombard, se desmoronó: había sido lo suficientemente herida. Humillada públicamente, traicionada en lo más íntimo, la mujer no tuvo tiempo ni margen para recuperarse. Mientras, seguía trabajando, seguía siendo mirada, seguía ganando dinero y haciendo fortuna, pero algo dentro de ella se había quebrado para siempre...

Su últimos días
En la década del 50 poco y nada se hablaba del desamor. Ella, siendo una figura reconocida —aunque no existían las redes, claro— se debía a su público, pero no pudo ocultar su dolor del todo.
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En septiembre de 1955, a los tres meses de la estafa emocional que sufrió, Betty Lou enfermó de amigdalitis. Poco después, sufrió una grave crisis de asma. Era alérgica al humo del tabaco, algo común de respirar en cada de las ferias donde trabajaba sin parar. Pese a los cuidados, su salud siguió deteriorándose.
En octubre, durante una función en Trenton, Nueva Jersey, colapsó. Algunos creen que, además del asma, sufrió un infarto. Murió a los 23 años. No hubo titulares en los diarios ni revistas que durante años se alimentaron de ella, ni despedidas oficiales. Su muerte fue anunciada en una pequeña columna de Jet Magazine, el 14 de octubre de 1955.
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Quienes la conocieron aseguran que murió de pena, de desamor... No solo por el estafador que rompió su corazón, sino por la acumulación de años en los que su cuerpo y el de su gemela consumió su vida, su trabajo y se convirtió en su prisión.
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