Nagyrév, el pueblo húngaro donde la desesperación llevó a mujeres a asesinar a sus esposos

Durante décadas, los envenenaron para librarse de sus abusos, desatando el mayor caso criminal rural de Europa en el siglo XX

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Durante casi dos décadas, una red de mujeres asesinó en secreto a maridos y familiares en Nagyrév (foto: Wikimedia Commons)
Durante casi dos décadas, una red de mujeres asesinó en secreto a maridos y familiares en Nagyrév (foto: Wikimedia Commons)

Durante casi dos décadas, el pequeño pueblo de Nagyrév, en Hungría, se convirtió en escenario de una cadena de asesinatos que pasaron inadvertidos por las autoridades. Mujeres ordinarias, cansadas de la violencia y el abandono, convirtieron el veneno en su herramienta para librarse de maridos y parientes, mientras una comunidad entera guardaba silencio sobre los crímenes que sacudirían a Europa cuando finalmente salieron a la luz.

Un ambiente hostil y la vida bajo opresión

Nagyrév era un lugar remoto y empobrecido, con acceso limitado debido a carreteras intransitables y la total ausencia de médico. La vida allí, marcada por escasez, aislamiento y desconfianza, tenía especial dureza para las mujeres. Sin posibilidades de decidir sobre su destino, muchas se veían sometidas a maridos alcohólicos y maltratadores, sin esperanza de cambio. Este doloroso contexto social, junto con la falta de vigilancia, abrió la puerta a una cadena de asesinatos tan callados como efectivos.

La violencia doméstica, el abuso y el control masculino convertían a las esposas en víctimas sin salida, según detalla la revista VICE. Tras la Primera Guerra Mundial, la situación se agravó aún más: los hombres regresaban heridos o discapacitados, afectados por traumas psicológicos, y la aldea sufría una grave crisis agrícola. En ese escenario, la muerte fue tan común que incluso algunos recién nacidos eran asesinados por sus familias, incapaces de alimentarlos.

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Nagyrév, el pueblo húngaro donde mujeres envenenaron a sus esposos para escapar del abuso (foto: Wikipedia)

El origen de la red de venenos y secretismo

Aunque los primeros casos datan de 1910, fue a partir de entonces cuando los envenenamientos se multiplicaron, en medio de una red femenina basada en la complicidad y el silencio. Tal como relata Tori Telfer en su libro Damas asesinas, ninguna mujer actuaba sola. Para ejecutar un crimen, acudía primero a sus amigas, que le daban ánimos y hasta le proporcionaban los ingredientes letales.

El arma por excelencia, el veneno, era el recurso más usado. Zsuzsanna Fazekas, respetada comadrona del pueblo, se convirtió en la principal proveedora: tras separarse, empezó a frecuentar la taberna y era conocida por llevar siempre encima ampollas de arsénico. Cuando alguna clienta se quejaba del marido, ella le ofrecía el veneno como si fuera un remedio inofensivo. Todas sabían que se trataba de una ruta rápida y silenciosa hacia la muerte, pero nadie rompía el pacto de silencio.

Un caso representativo fue el de Mária Kardos, quien, tras adquirir arsénico a Fazekas, terminó con la vida de su propio hijo adulto y, más tarde, de un tercer esposo al que la unía una relación problemática. Entre ambas mujeres, el crimen selló una amistad inquebrantable y un extraño pacto de ayuda mutua.

El arsénico era un secreto a voces. Si una mujer se quejaba del comportamiento de su pareja, una amiga le sugería una visita a la partera, según The Economist.

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El escándalo de las 'ángeles de la muerte de Nagyrév' sacudió a Europa en el siglo XX (foto: Wikipedia)

Motivos, crimen y reacción del pueblo

Los motivos tras los asesinatos variaban. Algunas mujeres actuaban por pura desesperación, sometidas a malos tratos violentos; otras buscaban venganza o mejorar su bienestar material. Existieron casos de mujeres que envenenaron a suegros abusadores o maridos tras la guerra. Para las habitantes de Nagyrév, la muerte por veneno llegó a verse no como un asesinato, sino como una forma “sencilla” de terminar con el sufrimiento propio o ajeno.

Se estima que el número real ronda entre 45 y 50 asesinatos confirmados, aunque la prensa sensacionalista de la época habló de hasta 300 muertes, alimentando la leyenda de las “ángeles de la muerte de Nagyrév”. El investigador Béla Bodó identificó esta cifra más moderada tras años de indagaciones. Sin embargo, la complicidad fue tan profunda que, durante años, nadie denunció las muertes, las cuales quedaban justificadas por enfermedades súbitas o causas aparentemente naturales.

Las sentencias ejemplares y el estigma marcaron a las mujeres envenenadoras tras el escándalo (foto: Wikimedia Commons)
Las sentencias ejemplares y el estigma marcaron a las mujeres envenenadoras tras el escándalo (foto: Wikimedia Commons)

El escándalo estalla: juicio, castigo y estigma

Todo cambió en 1929, cuando la carta desesperada de un vecino a la prensa desató el pánico. “Este es mi último intento. Si esto también falla, entonces será que la justicia no existe”, decía el mensaje que fue publicado en el diario La Gaceta de Szolnok que publicó la denuncia e hizo que interviniera la policía. En cuestión de semanas, la investigación apuntó hacia Zsuzsanna Fazekas. Desesperada, la comadrona buscó refugio entre sus antiguas cómplices, pero fue rechazada por todas y, finalmente, acabó suicidándose ingiriendo su propio veneno al ser arrestada.

El juicio fue tan mediático como trágico. Treinta y cuatro mujeres se sentaron en el banquillo, enfrentándose a la estupefacción pública. La indignación no tardó en llegar: la audiencia, incapaz de aceptar excusas sociales o económicas, vio en aquellas campesinas una perversidad “innata”. Las "mujeres envenenadoras" jamás se consideraron verdaderas asesinas; para ellas, la muerte proporcionada por el veneno no era un acto de brutalidad, sino una liberación sigilosa y una salida al infierno cotidiano.

Muchas recibieron cadena perpetua, varias fueron condenadas a muerte, y unas pocas resultaron absueltas por falta de pruebas. El público terminó conmocionado cuando, tras conocerse el veredicto, las campesinas entonaron un lamento funerario tradicional, expresando una desesperación ancestral y palpable. Ese eco estremeció a los asistentes, quienes de pronto vieron de cerca no tanto la maldad, sino la insoportable intensidad del sufrimiento humano.

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