
La historia de Carlos VI de Francia, apodado “el Loco”, es una de las más fascinantes y trágicas de la monarquía europea.
Durante más de cuatro décadas, el reino sufrió las consecuencias de una enfermedad mental impredecible que transformó la vida de la corte y el destino nacional. En tiempos en que el poder descansaba sobre una sola cabeza, de la inestabilidad mental a la inestabilidad del reino había un paso. De aullar como un hombre lobo a temer ser de cristal, la biografía de este monarca quedó ligada al misterio y al caos político, según un artículo de National Geographic.
El inicio de la locura y sus episodios más célebres
En el verano de 1392, durante una expedición a Bretaña, Carlos VI padeció un brote de paranoia que lo llevó a atacar a sus propios soldados en el bosque de Le Mans. Este evento marcó el inicio de una serie de crisis agudas, en las que alternaba periodos de plena lucidez con fases de desconexión absoluta de la realidad.
El monarca francés fue víctima de delirios severos, creyendo en ocasiones que su cuerpo era de cristal, por lo que reforzó su vestimenta con hierro y prohibió a los demás acercarse, temiendo romperse.

En otras etapas, Carlos VI estaba convencido de ser un hombre lobo: recorría los pasillos del palacio aullando y acechaba a criados como si fueran presas, provocando horror y perplejidad entre cortesanos. La enfermedad avanzó hasta hacerle olvidar a su familia y negar incluso su identidad real.
La corte y el pueblo frente a la locura real
La larga enfermedad de Carlos VI sumió a la corte y al pueblo francés en la incertidumbre, alternando entre compasión y temor. Aunque su estado era de conocimiento público, nunca fue apartado de forma definitiva ni víctima de conspiraciones para derrocarlo, algo poco habitual en la Europa medieval.
El entorno real y los cortesanos procuraron protegerlo del escarnio, pero los rumores se multiplicaron. Algunos veían en su situación un castigo divino o atribuían sus síntomas a posesiones demoníacas, e incluso recurrieron a exorcismos secretos sin éxito. Esta mezcla de superstición y desconocimiento médico incrementó la tensión en la corte y fomentó la inestabilidad nacional.
Repercusiones políticas y crisis en Francia

La incapacidad intermitente del monarca fue el escenario ideal para que los nobles lucharan por el poder. Su esposa, Isabel de Baviera, y los duques de Orleans y Borgoña, aprovecharon los períodos de crisis para dirigir el gobierno, lo que degeneró en enfrentamientos e inestabilidad institucional. La fragmentación de la regencia dio paso a disputas abiertas entre partidos rivales, especialmente los Armagnac y los Borgoñones, cuya lucha desembocó en una guerra civil devastadora.
La debilidad de la monarquía durante el reinado de Carlos VI se produjo en pleno desarrollo de la Guerra de los Cien Años. Esta combinación de conflictos internos y guerra con Inglaterra agravó la posibilidad de desaparición de Francia como entidad política, haciendo que este período se recuerde como uno de los más peligrosos y oscuros de su historia.
Hipótesis sobre la enfermedad: un misterio abierto
Historiadores y médicos plantearon diversas hipótesis sobre el origen de la enfermedad de Carlos VI, aunque ninguna puede confirmarse debido a la falta de pruebas concluyentes. El monarca pudo haber padecido esquizofrenia, trastorno bipolar o porfiria, enfermedades que explican síntomas como delirios, períodos de paranoia y cambios de humor extremos.

Sin embargo, la ausencia de diagnósticos contemporáneos y restos analizables impide certezas definitivas, dejando el caso abierto a la especulación académica.
Un legado inquietante y vigente
El drama vital de Carlos VI sigue siendo objeto de análisis entre historiadores y psiquiatras. Su reinado ilustra el impacto de la salud mental en la política medieval y cómo la percepción del poder era vulnerable a la ignorancia médica y la superstición. Su figura permanece como símbolo de la fragilidad en la cúspide del Estado y el misterio sin resolver sobre la naturaleza de su enfermedad.
El reinado de “el Loco” marcó a Francia con décadas de crisis, intrigas y división, dejando una huella indeleble en la memoria europea y un legado que aún despierta debate y fascinación.
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