La increíble historia del guardabosques perseguido por rayos: sobrevivió a siete impactos directos, pero no pudo con el desamor

La prensa lo apodó “el pararrayos humano”. Entre 1942 y 1977, Roy Cleveland Sullivan, guardaparques del Parque Nacional Shenandoah, fue alcanzado por descargas eléctricas más veces que cualquier otra persona en la historia. Ese récord le valió un lugar insólito en el Libro Guinness.

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Roy Sullivan
Roy Sullivan durante su recuperación tras el séptimo impacto de un rayo (Google)

El 25 de junio de 1977, mientras pescaba en un estanque de Virginia, Roy Cleveland Sullivan fue alcanzado por un rayo por séptima vez en su vida. El impacto descendió desde el cielo abierto y lo golpeó directamente en la cabeza, le prendió fuego el pelo y le dejó quemaduras en el pecho y el abdomen. Aturdido, aún con el cuerpo humeante, Sullivan tuvo fuerzas para espantar a un oso que se acercaba a robarle a los pobres peces que aún luchaban por vivir, según cuenta la historia. Ese fue su último encuentro con el relámpago, y también el más absurdo. Sobrevivió, como las seis veces anteriores.

Durante más de tres décadas, Sullivan —guardabosques del Parque Nacional Shenandoah, de rostro adusto y mirada esquiva— fue perseguido por tormentas que parecían buscarlo con puntería. El primero de los rayos lo alcanzó en 1942, cuando tenía 30 años, mientras custodiaba una torre de vigilancia. Desde entonces, lo tuvieron “en la mira” una y otra vez: esa electricidad natural le quemó el cabello, le desgarró una bota, le partió una uña, le hirió la piel, las piernas, el pecho y el abdomen. Pero ninguno logró matarlo.

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Hasta el día de hoy, Sullivan ostenta el récord de ser la persona alcanzada por un rayo en más ocasiones. El Libro Guinness de los Récords le otorgó ese título, y su historia —mezcla de asombro, incredulidad y tragedia— se volvió leyenda.

Pero la herida final no vino del cielo. En septiembre de 1983, a los 71 años, Roy Sullivan se quitó la vida con un disparo en la cabeza. Estaba en su casa. Su esposa dormía en la habitación contigua. No hubo tormenta esa noche, solo un silencio ensordecedor tras un engaño amoroso que no soportó.

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El hombre para el que el cielo tenía puntería

Roy Cleveland Sullivan siempre corrió en el peligro. Su vida estuvo marcada por una relación extraña, constante y peligrosa con la naturaleza. No era un hombre que buscara riesgos; estos lo encontraban a él: era guardaparque nacional, alguien que amaba el paisaje que lo rodeaba y sus silencios. Pero algo en el cielo lo eligió.

Desde aquel primer impacto en 1942, cuando una torre de vigilancia sin pararrayos lo expuso a una descarga que lo prendió fuego y lo obligó a correr envuelto en llamas, cada nuevo rayo fue haciendo de él una leyenda involuntaria. El último lo alcanzó mientras pescaba; el primero, mientras trabajaba. En el medio, cada episodio dejó cicatrices físicas y también invisibles.

A pesar del apodo que le puso la prensa —el “pararrayos humano”— y de haber sido incluido en el Guinness, Roy nunca disfrutó de esa notoriedad. Al contrario: muchos lo evitaban. En su entorno, hubo quienes cambiaban de vereda cuando se formaban nubes grises y él pasaba cerca. Llegaron a decirle que estaba “maldito”... Incluso, algunos compañeros de trabajo se negaban a sentarse a su lado por miedo a una descarga inesperada. “No era miedo de morir... era miedo de estar con Roy”, dijo alguna vez un colega a los medios. Esa fama le trajo soledad, y esa distancia social, aislamiento.

Roy Sullivan
Roy Sullivan debió vivir con el estigma de ser considerado "maldito". Eso lo llevó a la soledad

Había nacido el 7 de febrero de 1912, en una familia de agricultores de la cordillera de los Apalaches, en Virginia. Era un niño curioso, criado entre montes y tormentas. Durante la adolescencia jugó al béisbol y soñó con ingresar al ejército para combatir en la Segunda Guerra Mundial, pero fue rechazado por una lesión producto de un accidente laboral.

Entonces, decidió convertirse en guardaparques del Parque Nacional Shenandoah. En esa tarea, patrullaba rutas, guiaba a turistas, apagaba incendios... Hacía casi todo. Su vínculo con la naturaleza era vocacional. También ahí conoció a Kathleen, su esposa, quien lo ayudó a recuperarse después de una de las descargas y con quien compartió buena parte de su vida.

En 1942, Roy se enfrentó a un incendio forestal que arrasó más de 17 mil y sobrevivió de milagro. Años después contó en una entrevista con The Washington Post: “Si tuviera que elegir entre enfrentar otro incendio como ese o que me caigan rayos todo el día… prefiero los rayos”. Y los rayos no lo perdonaron.

Roy Sullivan
Reconocido por el Libro Guinness, Roy Sullivan fue la persona alcanzada por rayos directos más veces en la historia

Siete veces al borde de la muerte

“Sentí una sacudida terrible en la cabeza y una luz brillante en los ojos. Pensé que era el fin”, contó Roy en un documental que cuenta esa particularidad de su historia.

La primera vez que un rayo lo alcanzó fue en 1942. Una tormenta lo sorprendió en una torre de vigilancia recién construida y que aún no tenía pararrayos. Se sintió regalado frente a los rayos que cayeron varias veces antes de alcanzarlo directamente, provocándole una grave quemadura en la pierna y un agujero en el zapato. Sobrevivió. No imaginó que era apenas el inicio.

El segundo impacto llegó casi tres décadas después, en 1969. Roy conducía por una ruta de montaña cuando un rayo saltó entre dos árboles y lo alcanzó dentro del vehículo: quedó inconsciente. Solamente lamentó que se le quemaran las cejas y las pestañas, pero volvió en sí antes de perder el control del camión.

Roy Sullivan
Un diario de época le dedicó una página completa a la insólita historia del guardabosques estadounidense

En 1970, el tercero lo golpeó en el patio de su casa, tras rebotar en un transformador cercano. El rayo le atravesó el hombro. Un año más tarde, en 1972, mientras trabajaba en la oficina de un parque, el cuarto le prendió fuego el pelo. Corrió al baño y se tiró agua en la cabeza para apagar las llamas. Salió herido, pero ileso. Ese mismo año, otra descarga volvió a alcanzarlo, esta vez mientras su esposa, Kathleen, colgaba ropa en el jardín. Ambos sintieron el impacto del cielo: ella sufrió quemaduras leves y él, una vez más, fue el blanco principal. A pesar del susto, Kathleen lo acompañaría hasta el final. Fue una tormenta doméstica, literal, que confirmó que ni siquiera su vida familiar estaba libre de riesgo.

El quinto impacto, en 1973, fue casi absurdo: al ver formarse una tormenta, intentó huir en su camioneta. Cuando creyó haberla dejado atrás, descendió del vehículo. En ese instante, como si lo hubiera estado esperando, otro rayo impactó sobre él. Le quemó las piernas y lo dejó sin un zapato. En 1976, el sexto llegó mientras caminaba por un sendero del parque. La descarga le lesionó el tobillo y la pierna.

El séptimo, el último, lo alcanzó aquel 25 de junio de 1977. Pese a que le quemó el pecho y el abdomen, Roy logró llegar hasta su coche, manejar hasta un hospital y salvarse una vez más. Nadie más en el mundo había vivido algo semejante. Su cuerpo se convirtió en la única prueba de que, a veces, el azar elige repetir lo imposible.

Roy Sullivan
Roy Sullivan, en su uniforme de guardabosques, y las cicatrices que dejaron en su cuerpo las sucesivas descargas eléctricas que sufrió a lo largo de su vida

El sombrero que ardió bajo el cielo

Roy nunca buscó fama, pero parte de su historia quedó inmortalizada tanto en los archivos del Guinness World Records como también en sus sombreros de guardabosques. Uno de ellos, chamuscado en la parte superior tras la caída de un rayo, fue conservado como testimonio físico de lo vivido. Hoy, ambos sombreros se exhiben en distintas sedes del museo de récords Guinness, una en Nueva York y otra en Carolina del Sur. Con su ala quemada y sus fibras deformadas, hablan de lo improbable: de un hombre común convertido en mito por obra de la naturaleza. Para muchos, verlos en persona es tan impactante como leer su historia.

Pero lo más grave en la vida de Roy no fueron nunca los rayos. En 1967, perdió a su primera esposa en un accidente de tránsito y quedó viudo. Esa tragedia lo devastó. Aunque años más tarde volvió a casarse, en una ceremonia discreta, su vida no volvió a ser la misma. Vivía con la angustia de sentirse un imán para el cielo y, al mismo tiempo, un extraño para las demás personas, que no se tardaban en hacerlo sentir diferente. La fama involuntaria lo aisló.

El 28 de septiembre de 1983, Roy se quitó la vida de un disparo en la cabeza. Tenía 71 años. Según se supo, fue la consecuencia de una depresión profunda vinculada a un conflicto sentimental. Su segunda esposa estaba en la casa cuando todo ocurrió, pero dijo que no escuchó el disparo.

En 1977, en una de sus últimas entrevistas con The Washington Post, dijo: “Nunca quise ser famoso. Solo quiero hacer mi trabajo y ser alguien a quien puedan mirar y decir: ese hombre estaba haciendo algo con su vida”. Esa vida, marcada por el azar y la resistencia, sigue conmoviendo a quienes descubren su historia: no como una rareza científica, sino como un hombre que sobrevivió a lo imposible y cargó con las consecuencias de haberlo logrado.

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