
El 16 de junio de 1963 (un día como hoy hace 62 años), la soviética, Valentina Tereshkova se convirtió en la primera mujer en realizar un viaje espacial, a bordo del Vostok 6. Este logro marcó un hito en la historia de la exploración espacial y supuso un avance tanto para la ciencia como para el papel de la mujer en ámbitos hasta entonces reservados casi exclusivamente a los hombres. Con solo 26 años, Tereshkova protagonizó una misión que todavía hoy es referencia obligada cuando se habla de pioneras en el espacio.
Nacida en 1937 en Maslennikovo, un pequeño pueblo al norte de Moscú, Valentina Vladimirovna Tereshkova creció en un ambiente de gran precariedad. Su familia, de origen humilde y proletario, enfrentó la adversidad desde temprano: la joven perdió a su padre cuando tenía dos años, caído en combate durante la Segunda Guerra Mundial. Sumida en la pobreza de la Rusia posguerra, Valentina ayudó en el sustento familiar trabajando desde niña y tardó en asistir a la escuela, a la que pudo ingresar recién a los ocho años. Pronto debió dejar los estudios para trabajar en una fábrica textil, lo que no le impidió mantener viva su curiosidad y afán de superación.

En su juventud, encontró en el paracaidismo no solo una vía de escape de la rutina fabril, sino también una pasión que le abriría insospechadas puertas. A los 22 años realizó su primer salto y, a los 24, se vinculó al Partido Comunista ejerciendo como secretaria, lo que le permitió una mayor visibilidad en la sociedad soviética. Ya en 1961, con la puesta en marcha del programa espacial Vostok, la Unión Soviética buscaba a una mujer que acompañara a Yuri Gagarin —el primer ser humano en el espacio— en la corta lista de pioneros de la exploración espacial.
La carrera y formación de Tereshkova fueron determinantes para su inclusión entre las cinco candidatas seleccionadas para el riguroso entrenamiento de 18 meses del programa Vostok. Este proceso exigía resistencia física, vuelos simulados, ejercicios en cámaras de aislamiento y un dominio del paracaidismo, habilidad que resultaría crucial para el descenso final de la cápsula. El secreto rodeó toda la operación: ni siquiera su familia supo hasta el último momento que ella sería la elegida para pilotar el Vostok 6.
De esta manera, el 16 de junio de 1963, Tereshkova despegó con el indicativo “Chaika” (gaviota) y escribió su nombre en la historia: orbitó la Tierra 48 veces durante 71 horas, convirtiéndose no solo en la primera mujer sino también en la persona más joven y la décima en viajar al espacio. Su travesía no fue sencilla. Experimentó fuertes náuseas, jaquecas y debió enfrentar dificultades técnicas, como el error en la trayectoria de la nave que ella misma corrigió para asegurar su regreso. Mantuvo un diario de a bordo e informó puntualmente sobre el estado de la cápsula, demostrando profesionalismo bajo presión. Su descenso resultó igual de audaz: se eyectó de la cápsula a 7.000 metros sobre la helada Siberia y aterrizó en paracaídas cerca de Karaganda, Kazajistán.

El impacto de su vuelo fue inmediato. Fue celebrada en la Unión Soviética como un ícono del progreso social y tecnológico, símbolo de la capacidad femenina y de la supremacía soviética en la carrera espacial. En Occidente, sin embargo, algunos medios y funcionarios desestimaron su hazaña como un gesto propagandístico. No fue sino dos décadas después, en 1983, que Sally Ride se convirtió en la primera estadounidense en viajar al espacio, reflejo de cómo la inclusión de la mujer avanzó a distintos ritmos según el contexto geopolítico.
Tras su hazaña, Tereshkova recibió la Orden de Lenin y el título de Héroe de la Unión Soviética, máximos honores del país. Su boda con el cosmonauta Andrian Nikolayev y el nacimiento de su hija —la primera descendiente de dos astronautas— se convirtieron en eventos mediáticos destacados. Sin embargo, la mujer nunca volvió a viajar al espacio; su carrera continuó en el ámbito político y científico. Se graduó en ingeniería y ascendió a cargos relevantes dentro del Soviet Supremo, el Comité Central del Partido Comunista y la Duma Estatal rusa, donde se mantuvo activa hasta fechas recientes.

El legado de Tereshkova es complejo. Como pionera, abrió el camino para decenas de mujeres astronautas y dejó claro que el espacio no era territorio exclusivo de los hombres. Como figura política, su papel ha sido objeto de polémica, especialmente en años recientes por su apoyo a reformas políticas en Rusia que favorecen al actual presidente Vladimir Putin. Estas posiciones suscitaron críticas y peticiones para retirar algunos de sus títulos honoríficos, aunque Tereshkova desestimó a sus detractores y defendió su compromiso con su país.
A más de seis décadas del histórico vuelo, es un símbolo de resiliencia y superación. Ella misma ha reiterado su amor por la exploración espacial y la oportunidad de cumplir un sueño que parecía inalcanzable para una niña humilde de la Rusia rural. Su figura, aunque envuelta en las complejidades propias de las grandes personalidades históricas, sigue inspirando a nuevas generaciones y recordando el valor de quien se atreve a mirar más allá de la atmósfera terrestre.
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