Entre noviembre de 1986 y marzo de 1987, Gary Heidnik, ex militar y fundador de una falsa iglesia en Filadelfia, secuestró a seis mujeres , muchas con discapacidad mental, y las encerró en el sótano de su casa.
Allí, las violó, torturó, encadenó y forzó a condiciones infrahumanas. Incluso recurrió al canibalismo tras la muerte de una de ellas. Su fachada religiosa le permitió manipular emocionalmente a sus víctimas, evitar impuestos y enriquecerse.
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Infancia rota: la semilla del predicador del horror
Gary Michael Heidnik nació el 22 de noviembre de 1943 en Eastlake, un suburbio obrero al norte de Ohio, en el seno de una familia disfuncional marcada por la violencia y el abandono.
Según CBS, sus padres se separaron cuando él tenía apenas tres años. Vivió los primeros años con su madre, Ellen, quien tenía problemas graves de alcoholismo, y más tarde pasó al hogar de su padre, Michael, un hombre autoritario que, según la misma fuente, lo humillaba constantemente.
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Cuando Heidnik mojaba la cama, lo obligaba a colgar las sábanas sucias en la ventana para avergonzarlo ante los vecinos.
La violencia familiar no fue su única tortura en la infancia. En la escuela tampoco encontró respiro. Su aspecto físico, su timidez extrema y su obsesión por vestir uniforme militar hicieron de él un blanco frecuente de burlas.
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Un accidente agravó su sufrimiento: cayó de un árbol, se golpeó la cabeza, y el cráneo se le deformó de tal modo que adquirió una forma cónica, algo que profundizó aún más su aislamiento.
CBS informa que, a los 14 años, su padre decidió enviarlo a una academia militar. Dos años después volvió a la escuela secundaria, pero al poco tiempo abandonó los estudios y se alistó en el ejército. Tenía apenas 17 años.
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Según People, durante trece meses recibió entrenamiento médico en el Ejército de los Estados Unidos, y en 1962 fue destinado al 46º Hospital Móvil Quirúrgico en Landstuhl, Alemania. No duró mucho. Fue diagnosticado con un trastorno esquizoide de la personalidad y medicado con trifluoperazina, un antipsicótico.
Recibió una baja con honores y una pensión por invalidez. Ese diagnóstico, como relataría más tarde en un documental de People su abogado defensor, Chuck Peruto, formaría parte central de la estrategia jurídica en el juicio por los crímenes que cometió.
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La construcción de su fachada religiosa
Luego de pasar por múltiples instituciones psiquiátricas e intentar suicidarse en más de una docena de ocasiones, Heidnik encontró en la religión una fachada perfecta.
En 1971 fundó la United Church of the Ministers of God, en Filadelfia.
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Según CNN, el culto comenzó con apenas cinco feligreses y un capital de 1.500 dólares. Pero en pocos años, gracias a sus dotes como inversor y su manipulación de mujeres con discapacidad mental, a quienes conocía en el Instituto Elwyn, la iglesia amasó una fortuna de más de medio millón de dólares.

En esa época, según People, ya había comenzado a usar la religión como mecanismo para eludir impuestos y acumular dinero bajo pretextos caritativos.
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En 1978, su primera víctima conocida fue Maxine Davidson, hermana de su entonces pareja. Heidnik la sacó del hospital psiquiátrico sin permiso, la llevó a su casa y la mantuvo secuestrada durante diez días, violándola y torturándola en el sótano.
La policía la halló ensangrentada y aterrorizada. Heidnik fue sentenciado a tres años en una institución mental, pero fue liberado anticipadamente por buena conducta en 1983.
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Según Toronto Star, tres años después, en octubre de 1985, se casó con Betty Disto, una joven filipina a la que había conocido a través de una agencia matrimonial. La relación fue un infierno. Heidnik la obligaba a presenciar sus encuentros sexuales con otras mujeres y la violaba frecuentemente. Ella huyó apenas tres meses después.
De ese matrimonio nació un hijo que Heidnik nunca llegó a criar. En paralelo, tuvo otro hijo fruto de una violación a una feligresa de su iglesia, y un otro con Maxine. La pérdida de la custodia de estos niños reforzó su convicción de que debía formar su propia “familia perfecta” fuera del alcance del Estado.
Esa obsesión, dijo su abogado Peruto a AETV, lo llevó a concebir un plan delirante: formar una “granja de bebés” con diez mujeres encadenadas y embarazadas a la fuerza.
Sótano del infierno: secuestros, torturas y canibalismo en Filadelfia
El 25 de noviembre de 1986, Heidnik inició su plan. Ese día, recogió en su Rolls Royce a Josefina Rivera, una trabajadora sexual de 25 años, madre de tres hijos, que vivía en la calle y luchaba contra una adicción a las drogas.
“Quería limpiarme por el bien de mis hijos”, declaró años más tarde en un documental sobre el caso llamado ‘Monster Preacher’, de Oxygen.

Según Daily Star, después de mantener relaciones sexuales, él la atacó por la espalda, la esposó y la llevó desnuda al sótano de su casa.
Allí, la encadenó a una tubería y la encerró en una fosa que había cavado bajo el suelo. Esa sería su celda durante los siguientes cuatro meses.
Rivera fue la primera. El 3 de diciembre, llegó Sandra Lindsay, una afroamericana de 24 años con discapacidad mental, que había conocido a Heidnik en su iglesia.
Luego fueron llegando Lisa Thomas (19), el 23 de diciembre, Deborah Dudley (23), el 2 de enero de 1987, quien fue electrocutada en una fosa de agua con cables, y Jacqueline Askins (18) el 18 de enero.
Todas fueron encadenadas, golpeadas, violadas y encerradas bajo condiciones infrahumanas.
Según La Vanguardia, eran forzadas a presenciar las violaciones de sus compañeras y a comer comida para perros. Los castigos eran brutales: si se quejaban, eran sumergidas en el pozo, se les perforaban los oídos con destornilladores o eran colgadas por las muñecas durante días.
El horror llegó a una cima con la muerte de Sandra Lindsay. Según CNN, Heidnik sospechaba que estaba embarazada y se enfureció porque ella se negaba a comer. La colgó del techo por las muñecas, la golpeó, y la dejó sin comida. La mujer murió a los pocos días de fiebre y desnutrición. Entonces, Heidnik procedió a descuartizar el cuerpo.
Según People, hirvió su cabeza, asó sus costillas y mezcló su carne con alimento para perros, que luego sirvió a las otras mujeres. “Yo la comí”, confesó Askins al Daily Mail, “si no fuera por ella, no estaría viva”.
Para mantener el control, Heidnik enfrentó a las prisioneras entre sí. Hizo que Josefina castigara a las otras y la convirtió en su confidente.

El 19 de marzo, obligó a Rivera a colocar cables eléctricos en el pozo lleno de agua y a tocar con ellos las cadenas de Deborah Dudley. Dudley murió electrocutada. El cuerpo fue enterrado en un bosque en Nueva Jersey.
El 23 de marzo de 1987, Heidnik y Rivera secuestraron a Agnes Adams, de 24 años. Luego, en lo que pareció una recompensa por su “lealtad”, el secuestrador le permitió a su involuntaria cómplice hacer una llamada telefónica. Rivera usó la oportunidad para contactar con la policía.
Cuando los agentes llegaron a la casa de Heidnik encontraron a tres mujeres encadenadas, una fosa tapada con madera, y carne humana en el freezer. La cabeza de Lindsay hervía aún en una olla. El olor a muerte era irrespirable.

Heidnik fue detenido ese mismo día. En su casa, según Penn Live, se incautaron doce kilos de restos humanos. Las declaraciones de las víctimas permitieron reconstruir el infierno vivido.
Durante el juicio, que comenzó en junio de 1988, el abogado Chuck Peruto Jr. alegó demencia. Sostuvo que Heidnik sufría esquizofrenia severa, que su madre se había suicidado y que había antecedentes de enfermedad mental en toda la familia.
Según AETV, pidió al acusado que no se afeitara ni se bañara durante meses para parecer demente ante el jurado. Heidnik cumplió.
Pero la fiscalía presentó pruebas de su astucia. Según La Vanguardia, había convertido 1.500 dólares en más de medio millón mediante inversiones, y gestionaba su iglesia como un negocio. Un asesor fiscal lo describió como “un hombre que sabía exactamente lo que hacía”.

La jueza Lynne Abraham concluyó que fingía demencia. Fue declarado culpable de dos asesinatos en primer grado, seis secuestros, cinco violaciones y múltiples torturas.
El 6 de julio de 1999, Gary Heidnik fue ejecutado por inyección letal en la prisión estatal de Rockview, Pensilvania.
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