Lanata, Caparrós y la escultura ecuestre que cruzó el Atlántico: una historia de humor, amor y despedida

El creador de Página/12 encargó una estatua postergada por años para regalársela a su amigo Caparrós. “El hijo de mil putas lo hizo una vez más”, dijo el escritor al recibir la sorpresa en una caja que llegó a su casa de Madrid

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Escultura Martín Caparrós Jorge Lanata
Amigos por décadas, Lanata le había prometido a Caparrós su propio monumento ecuestre

Todavía no sabe por qué Jorge Lanata lo eligió. No lo sabe y, ahora que el periodista que revolucionó la forma de hacer diarios, radio y televisión murió, no lo va a saber. Pero Manuel Amor, que lo había conocido en 2012 cuando empezó a producir su programa en Radio Mitre, tiene una intuición.

“Creo que llamarme a mí fue uno de los actos de generosidad de Jorge. Él podría haber llamado a cualquier escultor, porque además estaba en el mundo del arte desde hacía tiempo y conocía, pero me llamó a mí”, cuenta Amor, que tiene 39 años, se crio en Villa Bosch y vive ahí donde Palermo y Colegiales se tocan.

Manuel es el autor de la escultura ecuestre que Jorge Lanata le regaló a su amigo Martín Caparrós. Esa que, cuando abrió la caja de madera que viajó desde Buenos Aires hasta Madrid, hizo que Caparrós gritara “¡no puede ser tan hijo de puta, es la estatua ecuestre!”. Así lo contó el escritor y periodista, autor de libros como Boquita, Lacrónica y Los Living, en el texto que publicó en el DiarioAR para despedir a su amigo, que murió el 30 de diciembre a los 64 años, tras más de seis meses de internación.

Resulta, contó Caparrós en esa entrañable carta de amor a la que tituló “Hasta pronto, carigno”, que hace más de quince años él y Lanata y Dani Yako, el gran fotógrafo amigo de ambos, y la escritora Margarita García Robayo, la artista Sarah Stewart Brown y la arquitecta Laura Marino, compañeras de los tres, cenaban en Tigre. “No sé qué cuernos habré dicho que Jorge, para tomarme el pelo, dijo que realmente me merecía una estatua ecuestre y que él la iba a encargar e instalar en el jardín de aquella casa”, recordó Caparrós.

Escultura Martín Caparrós Jorge Lanata
Manuel Amor, el escultor, trabajó con plastilina, cera de abeja y resina. Y contó con la ayuda de Juan, el hijo de Martín Caparrós, para pensar la expresión del rostro

Y contó cómo, de vez en cuando y a lo largo de los años, Lanata volvía sobre el asunto de regalarle esa estatua ecuestre: “Ya era uno de esos chistes viejos que los viejos amigos se repiten como quienes se abrazan, quienes se dicen seguimos siendo eso. Y de pronto la estatua estaba en casa. Yo no paraba de decir no puede ser, el hijo de mil putas lo hizo una vez más”.

Anatomía de un chiste

“Me llamó Margarita -la asistente histórica de Jorge Lanata- y me dijo que Jorge quería verme. Fue antes de la primera internación de 2024″, le cuenta Manuel Amor a Infobae. Es que, además de ser productor periodístico de radio -ahora mismo trabaja en los programas de Jorge Fernández Díaz y de Marcelo Birmajer-, Amor dibuja, pinta y, el último de esos hobbies en incorporarse, hace escultura.

Empezó a dedicar parte de su tiempo a ese arte después de un paseo por la avenida Corrientes. Entró a una comiquería en la que había visto una escultura de Batman que le gustaba y preguntó cuánto costaba. “Era impagable, entonces el de la comiquería me dijo ‘hacetela vos’ y ahí entendí que esa podía ser una posibilidad. Quise hacer un taller con el autor de ese Batman pero no tenía vacantes, así que me sugirió empezar con tutoriales de YouTube”. Era 2016 cuando Manuel Amor empezó a esculpir.

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“Creo que, además de la generosidad que tenía Jorge, supo a través de Gabriel Levinas que yo hacía escultura. Levinas sabía que yo había empezado con esta actividad y él había acercado a Lanata al mundo del arte, así que tal vez algo le comentó. Gabriel vio algo de mi trabajo, sabía que me doy maña para que los rostros salgan parecidos, así que tal vez algo de eso influyó en que finalmente Margarita me llamara”, intuye Manuel.

Caparros Antes que nada
Martín Caparrós contó públicamente en octubre del año pasado que fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y que publicaría sus memorias en el libro "Antes que nada"

Margarita lo llamó, Manuel se reunió con Lanata en su departamento del Palacio Estrugamou y le prometió hacer unos bocetos. “Supongo que en ese momento quizás Jorge pensó en que quería cumplir con esa promesa y ese chiste porque tal vez sintió que el final de Martín podía estar cerca”, reflexiona. En octubre del año pasado, Caparrós contó públicamente que fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad neurológica degenerativa que hace perder el control sobre los músculos. La misma que padece el ex ministro de Educación Esteban Bullrich y por la que murió Roberto Fontanarrosa.

“Es como un envejecimiento acelerado, pero es que los científicos ni siquiera entienden cómo funciona ese proceso biológico. Lo que sí saben es que la esperanza de vida es de tres a cinco años, que en algún momento tienes problemas para respirar o incluso para hablar. Y en algún momento te mueres. Lo que no está mal, porque así te toleran ciertas cosas, como que te comas todo el chocolate que te apetezca”, contó Caparrós en Madrid el día que reveló el diagnóstico y contó que publicaría Antes que nada, sus memorias atravesadas por la noticia sobre su salud. El libro llegó a las librerías apenas unos días después.

“Con el diario del lunes, pienso también si no era Jorge pensando en su propio final, aunque no creo que fuera eso. No creo que a principios del año pasado él estuviera pensando en eso. Sí creo que quería concretar ese chiste, y fue la sensación que me quedó cuando recibió la escultura final, después de aprobar los bocetos, los cambios que le fui proponiendo y la versión que le envié en plastilina”, describe Amor, y suma: “En el mensaje que me mandó después de recibir la versión final sentí que estaba contento con el resultado y, sobre todo, muy divertido con que iba a concretar de forma material su chiste, eso lo hacía reír”.

Plastilina y muchos años compartidos

Eso que Manuel Amor sintió que hacía reír a Lanata habrá estado hecho de la misma esencia que, del otro lado del Atlántico, le hizo decir a Caparrós “el hijo de puta lo hizo una vez más” apenas abrió la caja de madera en la que había viajado la escultura de alrededor de un metro y medio de alto, hecha de plastilina, cera de abejas y resina. “Es una mezcla que hace de la plastilina un material más resistente”, explica Amor.

Escultura Martín Caparrós Jorge Lanata
Gabriel Levinas, Jorge Lanata y Manuel Amor, productor radial, pintor y escultor

En la escultura, Caparrós luce una armadura romana. “Está inspirada en una de las que usaba Marco Aurelio en su rol de guerrero, no de emperador. Y reemplacé el sol de la armadura por un rostro inspirado en el de la madre de Caparrós (N. de la R.: la médica psicoanalista y feminista Martha Rosenberg). Para definir la expresión de Martín hablé con su hijo Juan, y decidí construir una mirada estoica. La armadura es porque Juan me contó que a su padre le gusta mucho la historia de Roma”, cuenta.

“Puedo pensar en mi muerte pero me apena, porque me gusta ser quien soy y quisiera seguir siéndolo”, le dijo Martín Caparrós a la periodista Patricia Kolesnicov en la entrevista que le dio a Infobae tras la publicación de Antes que nada. Apenas unas semanas después, el correo le tocó la puerta: era la caja de madera con el regalo-chiste-despedida que había pergeñado su amigo de décadas al que ya no podía decirle todo lo que hubiera querido. Lanata estaba cada vez más grave, en la Terapia Intensiva del Hospital Italiano en la que murió hace menos de un mes.

“En un tiempo no demasiado largo ya no podré mover los brazos ni seguramente hablar ni, supongo, tragar. Que no voy a poder tomar este mate ni fumarme aquella shisha ni comer un sanguchito; que no voy a poder escribir y, al final, tampoco respirar”, dice Caparrós en Antes que nada. Manuel Amor cree que algo de eso apuró a Lanata, y a veces cree que algo de su propia salud pudo haber apurado al creador de Página/12. Algo de un amigo diciéndole al otro “seguimos siendo eso”, y riéndose, y haciéndolo reír y decir “qué hijo de puta” y volver a reír pero todavía más fuerte, que es lo que hacen los amigos que se conocen hasta los huesos. Hasta el final.

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