
Los relojes marcaban exactamente las 7.15 del jueves 29 de agosto de 1929 cuando el monstruo del aire tocó con suavidad el suelo en las afueras de Lakehurst, una pequeña población del estado de Nueva Jersey, Estados Unidos, y el periodista y magnate de medios William Randolph Hearst respiró satisfecho. Tenía motivos de sobra para estar contento: su nombre pasaría a la historia por ser el financista de la primera vuelta al mundo realizada por un dirigible y sus diarios estaban vendiendo más ejemplares que nunca comprados por lectores ávidos de seguir las notas que los dos periodistas que había puesto a bordo enviaban desde cada escala.
La aventura le había costado 200.000 dólares, una cifra sideral para la época, pero con solo mirar a su alrededor le quedaba claro que estaban bien gastados: para esperar la llegada del Graf Zeppelin se habían reunido unas 200.000 personas – una por cada dólar invertido, si se hacía el cálculo -, una multitud sin precedentes para un pueblito como Lakehurst, que por entonces contaba con menos de mil habitantes.
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El gigante del aire demoró 21 días, 5 horas y 31 minutos en circunnavegar el globo, un récord que superaba los tiempos de cualquier medio de transporte naval y mucho menos que los atrapantes 80 días de Phileas Fogg en su vuelta al mundo en la ya célebre novela de Julio Verne. El único antecedente de una circunnavegación aérea lo habían protagonizado cuatro aviones del US Army Air Service que, el 6 de abril de 1924, despegaron de Seattle con la intención de rodear el globo. Dos de ellos lo lograron, haciendo 74 paradas, en 176 días, casi nueve veces más tiempo que el empleado por el Graf Zeppelin.
Hearst –que años después sería inmortalizado de manera poco amable por Orson Welles en su “Citizen Kane”, todavía hoy considerada una de las mejores películas de la historia del cine– había seguido paso a paso el recorrido del dirigible por los artículos que enviaban sus periodistas. A bordo del Graf Zeppelin viajaban los dos mejores que tenía: Karl von Wiegand y lady Grace Drummond-Hay, la única mujer que participó del vuelo, acompañados por el fotógrafo Robert Hartmann.
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Un coloso volador
El Graf Zeppelin LZ 127 era el último modelo de la serie de dirigibles ideada por el conde alemán Ferdinand Von Zeppelin, el primero de los cuales había remontado vuelo el 2 de julio de 1900. Para fines de la década del ‘20, los alemanes tenían 39 rutas aéreas con estos aparatos, mientras los británicos competían con solo seis. Las ventajas de los dirigibles sobre los primeros aeroplanos eran dos: su capacidad superior para el transporte de pasajeros y su mayor autonomía de vuelo.
El que despegó de Lakehurst el 7 de agosto de 1929 era el más grande de todos, un verdadero coloso volador, tres veces mayor que los aviones Jumbo de la actualidad. Medía 236 metros de largo por 30 de diámetro y tenía un volumen de 105.000 metros cúbicos. Para moverse, contaba con cinco motores Maybach VL-2 de 12 cilindros y 550 caballos de vapor, que le permitían una velocidad máxima de 128 kilómetros por hora. Su principal fuente de alimentación estaba formada por 300.000 metros cúbicos de gas Blau repartidos en doce celdas, lo que le proporcionaba hasta cien horas de autonomía. Pero podía volar más con una reserva de combustible líquido, para el cual también estaban adaptados los motores.
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Su interior era el de un hotel de lujo, con capacidad para alojar a 24 pasajeros a cuerpo de rey. Contaba con una cocina eléctrica, un suntuoso salón comedor, diez habitaciones cuyos sofás se transformaban por la noche en dobles literas y, casi al fondo del pasillo, un baño para hombres y otro para mujeres. Cuarenta tripulantes –entre ellos, Otto Manz, un chef de primer nivel– atendían las necesidades de sus huéspedes y de la propia aeronave. Su único inconveniente era que no tenía calefacción, por lo cual los pasajeros tenían que permanecer siempre abrigados. La nave estaba al mando del experimentado capitán Hugo Eckener –con decenas de vuelos en su haber-, que tenía a sus órdenes un equipo de mecánicos, ingenieros, operadores de radio y personal al servicio de los pasajeros.
La exclusiva de Hearst
Al despegar de la Estación Aeronaval de Lakehurst el gigante solo llevaba seis pasajeros a bordo. Además de los dos periodistas y el fotógrafo de Hearst, se subieron el millonario estadounidense William B. Leeds, conocido como “El Rey de la Hojalata”, y dos observadores de la Armada de los Estados Unidos, el teniente Jack C. Richardson y el comandante Charles E. Rosendahl.
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El poco pasaje se debía a una de las condiciones impuestas por el magnate de medios, que quería la exclusividad de la primera etapa del vuelo, sobre el territorio estadounidense y el Atlántico, e impidió que otros periodistas –mayormente de diarios europeos– lo abordaran hasta la primera escala. Además, Hearst quería ser el único en tener fotos de la Estatua de la Libertad tomadas desde el dirigible.

En esa primera etapa, el Graf Zeppelin demoró 55 horas y 22 minutos en recorrer los 7.067 kilómetros que lo separaban de Friedrichshafen, en Alemania, donde subieron otros trece pasajeros. Siete eran periodistas: los alemanes Heinz von Eschwege-Lichberg, Max Geisenheyner y Gustav Kauder, el francés Leo Gerville-Reache, Joachim Rickard y los japoneses doctor Enti y Kichinai Kitano. Con ellos también lo abordaron el meteorólogo Heinrich Seilkopf—, el fotógrafo Heinz von Perckhammer, dos representantes de los gobiernos soviético y japonés, un militar suizo y el médico personal del rey español Alfonso XIII, a quien su majestad le costeó el pasaje para que lo informara telegráficamente de las vicisitudes del viaje. El dirigible despegó nuevamente el 15 de agosto a las 4.30 en busca de la próxima escala: Tokio.
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Agasajo en Japón
Llegaron a la capital japonesa el 19 de agosto, luego de recorrer 11.247 kilómetros en un tiempo de 101 horas y 49 minutos. En esa etapa, cuya mayor parte se desarrolló sobre las estepas de Siberia, los pasajeros debieron soportar las temperaturas más bajas de todo el vuelo. Según las crónicas, para enfrentarlas, además de abrigarse, casi agotaron la provisión de champagne y bailaron foxtrot.
Al llegar, los viajeros fueron recibidos como visitantes ilustres. El emperador Hirohito se disculpó por no poder verlos porque estaba de vacaciones, pero les hizo llegar sus saludos a través del ministro de Ceremonial, que los invitó a recorrer los jardines del Palacio Imperial.
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Al día siguiente, un grupo de banqueros los agasajó con un banquete en el restaurante más lujoso del barrio de Minato y luego los llevaron hasta un pueblo de las afueras de la capital, donde los pasajeros fueron atendidos por un grupo de geishas y probaron un plato que por entonces era casi desconocido en el resto del mundo, el sushi.
El Graf Zeppelin permaneció cuatro días en Tokio, para volver al aire a las 15.15 del 23 de agosto, con algunos pasajeros nuevos. Los japoneses que habían viajado desde Fiedrichshafen se quedaron en tierra y sus puestos fueron ocupados por otros tres compatriotas: el periodista Dofu Shirai y dos militares, el mayor Schinichi Shibata y el capitán de corbeta Ryūnosuke Kusaka, quien 12 años más tardes sería uno de los estrategas del ataque nipón a Pearl Harbour que provocó la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.
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La última etapa
La siguiente escala –la penúltima– sería en Los Ángeles, California, Estados Unidos, pero para llegar el gigante del aire soportó los mayores contratiempos de todo el vuelo. Cuando sobrevolaba el Pacífico, la aeronave quedó atrapada en una gran tormenta y la señal de radio se cortó y unos problemas con los motores hicieron que casi tuvieran que abortar el viaje. Durante dos días, el mundo vivió en vilo, creyendo que el Graf Zeppelin había caído al mar al dejar de emitir su señal. Fue una falsa alarma, porque el gigante apareció sobre el cielo de Los Ángeles el 26 de agosto, luego de recorrer 9.653 kilómetros en 79 horas y 3 minutos.
En California, tripulantes y pasajeros fueron recibidos como héroes. El Ayuntamiento de Los Ángeles los esperaba con un banquete multitudinario, del cual participaron las figuras más famosas del mundo del cine. Allí estuvieron, entre otros, Charles Chaplin, Al Johnson -protagonista de la primera película sonora, “El Cantor de Jazz”-, el mexicano Ramón Novarro y, por supuesto, los directivos de las grandes compañías de Hollywood.
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El tiempo apremiaba y el Graf Zeppelin despegó al mediodía siguiente, el 27, a las 12.15, para completar la vuelta a la Tierra. Sobrevoló El Paso, Kansas City, Chicago, Cleveland, Detroit, Akron y Nueva York, donde centenares de miles de personas salieron a la calle para verlo pasar, hasta llegar a la Estación Aeronaval de Lakehurst el 29 de agosto a las 7.15. Allí fue recibido por un más que satisfecho William Randolph Hearst y una multitud que lo vitoreaba.
Los homenajes no se detuvieron allí. Poco después, Alemania emitió una moneda de plata en conmemoración de la hazaña y la National Geographic Society galardonó al capitán Hugo Eckener con su medalla de oro.
Con la vuelta al mundo del LZ 127, los zeppelines terminaron de convertirse en reyes de los cielos y Eckener protagonizaría otra hazaña, la de volar sobre el Ártico en 1931. Sin embargo, ese reinado tendría un abrupto final seis años después, el 6 de mayo de 1937, cuando otro dirigible, el LZ 129 Hindenburg, se incendió con 97 personas a bordo, de las cuales murieron 31.
Las terribles imágenes del desastre recorrieron el mundo, provocaron una ola de rechazo a los gigantes del aire y ya nadie quiso subirse a uno de ellos. Por una extraña paradoja, el lugar de la catástrofe fue el mismo que el de la hazaña: la Estación Aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey, Estados Unidos.
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