
Stanislav Petrov había ido ese domingo 25 de septiembre 1983 a tomar su turno como una rutina a la que estaba acostumbrado. La única diferencia es que no estaba en una oficina con expedientes sino en la Central de Alerta Temprana Antimisiles de la Base Serpujov-15. Allí, los tiempos eran otros, muy distintos a los de la burocracia. En cuestión de minutos, quizá segundos, si las computadoras alertaban que los satélites detectaban un ataque nuclear, la obligación del jefe de turno era dar el parte para que el alto mando del Ejército Rojo le avisara al Kremlin que debían replicar.
Muy simple. Tanto como dramático. Se desataría una guerra nuclear.
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El lunes 26 de septiembre apenas empezaba en Moscú cuando en la sala de computadoras de la Base Serpujov-15, las alarmas sonaron de modo rotundo. En las pantallas aparecieron signos de misiles en movimiento. Todas las miradas de todos los oficiales soviéticos se dirigieron a ese hombre nacido en Siberia que había cumplido 44 años pocos días atrás. Petrov tenía el grado de teniente coronel de las Tropas de Defensa Aérea y estaba al frente de las decisiones.
Si lo que el satélite le había dicho a la computadora era verdad, en 20 minutos llegaría a territorio soviético un misil balístico intercontinental que, por la trayectoria de la señal, debería haber partido de la Base de la Fuerza Aérea Malmstrom de los Estados Unidos ubicada en Montana, al noroeste del país.
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Con el correr de los segundos, ese primer indicio se repitió. Fueron cinco las alertas. En la pantalla de su computadora salía en tipografía gigante la palabra “lanzamiento” a la par que las sirenas aullaban. En la pantalla, el sistema informático pasó de “lanzamiento” a “ataque con misil”.
Los sonidos agudos podían ser el preludio de una catástrofe mundial. Todos los oficiales soviéticos sabían que si Petrov levantaba el teléfono para avisar a los mandos que había una agresión nuclear norteamericana la réplica sería inmediata.
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Halcones en Washington y en Moscú
La tensión había escalado en los últimos meses. El halcón Ronald Reagan estaba al frente de la Casa Blanca y en el Kremlin estaba Yuri Andropov, otro halcón, ex jefe de la KGB. La Guerra Fría era una partida de ajedrez donde las torres y los alfiles norteamericanos eran los Pershing II desplegados en Europa Occidental para destruir en diez minutos las principales ciudades de Ucrania, Bielorrusia y Lituania y los misiles de crucero BGM-109 GLCM con cabezas nucleares capaces de llegar a Moscú.
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Los de la base de Montana, según los datos que tenía el Kremlin, eran los LGM-30 Minuteman de 18 metros de longitud y con 32 toneladas de peso. En la punta podía tener una o varias ojivas nucleares, cosa de atacar uno o varios objetivos a la vez con bombas atómicas. Los Minuteman volaban a 18 mil kilómetros por hora.

Petrov sabía que un ataque nuclear de solo cinco sofisticadas y letales misiles era poquito. Sí, a esa altura de la Guerra Fría, eso que dijo Albert Einstein era razonable: “No sé cómo será la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta será con palos y piedras”. Pero el teniente coronel siberiano también sabía que la réplica soviética resultaría tan cruel como la estadounidense. Denominaciones como TR-1, Scud, R 300, SS 12 o SS 22 podían ser más o menos mortíferos. Es decir, podían eliminar decenas de miles o cientos de miles de habitantes de europeos occidentales o norteamericanos en tiempos más o menos similares.
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Si la Casa Blanca había ordenado un ataque o no estaba fuera del alcance de Petrov. Lo único que ese teniente coronel sabía era que si levantaba el teléfono ya sería anecdótico quién lanzó el primer misil. En todo caso, los sobrevivientes de la catástrofe después, cuando iniciaran un nuevo conflicto, se acusarían de quién arrojó la primera piedra.
Petrov sabía que ambas superpotencias hacían juegos de guerra para despistarse mutuamente. Eso incluía maniobras como operaciones con submarinos en las costas de sus adversarios, vuelos clandestinos de bombarderos nucleares y también maniobras hechas a cielo abierto para atemorizar al enemigo y, de paso, a sus propios ciudadanos.
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La Guerra Fría sirvió a los dos bandos para disciplinar con miedo a sus propias poblaciones. Y también para matar a personas de otros países tal como había sucedido menos de un mes antes de ese lunes que despuntaba en Moscú. En efecto, el 1 de septiembre, apenas 25 días antes, un Boeing de Korean Air se metió por error en el espacio aéreo soviético y fue interceptado por un misil que terminó con la vida de las 269 personas que iban a bordo.
Al momento en que Petrov debía resolver si levantaba el teléfono y dar la línea de largada para un conflicto nuclear, el Boeing derribado y las vidas perdidas se habían convertido en una escalada de acusaciones entre la Casa Blanca y el Kremlin: que el crimen comunista no iba a quedar impune, que el avión coreano sobrevolaba Kamchatka, donde había una gran concentración de fuerzas militares, aviones, submarinos y barcos, muchos de los cuales tenían armamento atómico por la relativa cercanía a los Estados Unidos.
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Petrov tres décadas después
-Tenía todos los datos que sugerían un ataque con misiles en curso –dijo en 2013 Petrov a la corresponsalía de la BBC en Moscú-. Si hubiera enviado mi informe a la cadena de mando, nadie habría dicho nada en contra. Todo lo que tenía que hacer era alcanzar el teléfono para llamar por la línea directa a nuestros altos mandos, pero yo no pude moverme. Me sentí como si estuviera sentado en una sartén caliente.
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Por haber nacido en la estepa siberiana, por ser oficial del Ejército Rojo, por haber recibido una formación académica por fuera de lo militar, por pensar en su familia, por saber que un ataque orquestado se hace con muchísimos misiles y no solo con cinco, por las razones y sensaciones que se le pudieron cruzar entre las cero cinco y las cero veintiocho de ese lunes 26 de septiembre, Petrov se jugó: eso no podía ser un ataque nuclear, lo que fallaba era el sistema de radares.
Ante la mirada atónita y los rostros paralizados de sus camaradas, esos veintitrés minutos confirmaron que las alertas no eran de bombas. No se registró una explosión atómica en ningún rincón de la Unión Soviética en aquella madrugada de lunes.

Petrov se quedó lunes y martes encerrado en la Base Serpujov-15, brindó todos los informes a sus superiores. Con el tiempo la interpretación brindada respecto de por qué ocurrió fue que los rayos solares reflejaron en las nubes señales que los radares interpretaron como compatibles con misiles.
El teniente coronel del Ejército Rojo fue de algún modo felicitado por sus superiores al haber sabido valorar en ese instante que no se trataba de un ataque atómico. Sin embargo, al presentar por escrito la carpeta con todos los detalles recibió una reprimenda por no cumplir con los protocolos burocráticos establecidos.
Es difícil pasar por alto la paradoja. Si Petrov hubiera sido un empleado obediente habría levantado el teléfono y transmitido a sus mandos la señal que veía en la pantalla de su computadora: “ataque con misil”. La burocracia del Kremlin podría haber aprendido de ese teniente coronel que, quizá, no fue tan prolijo al confeccionar su informe.
Lo cierto es que Petrov tenía a su mujer enferma y probablemente esos 23 minutos le hayan dejado un estrés difícil de superar. Se retiró como militar y, sin embargo, mantuvo en absoluto secreto aquel incidente, aquella historia que no terminó en catástrofe.
-Pensé que era una vergüenza para el Ejército Rojo que nuestro sistema fallara de esa manera –dijo diez años después Petrov a la BBC.
Claro, esa entrevista la dio en 1993, cuatro años después de la destrucción del muro de Berlín, dos años después de la implosión del sistema burocrático soviético.
De qué sirvió el silencio
La gran pregunta es si Reagan y Andropov, si la OTAN y el Pacto de Varsovia, si todas las empresas armamentistas tomaron este incidente como un dato cierto respecto del riesgo que corre la Tierra que tenía entonces y tiene al momento de escribir este artículo la cantidad suficiente de bombas atómicas como para terminar con la especie humana y probablemente con la mayoría de las del planeta.
La respuesta no está. Pero el incidente se convirtió en película de Hollywood. En efecto, Petrov fue invitado tres décadas después a la sede de Naciones Unidas en Nueva York. Tenía por entonces 74 años y saludó con viva emoción a Robert De Niro, a Matt Damond y Kevin Costner. Aceptó que grabaran sus movimientos y sus conversaciones –muchas de ellas brillantemente guionadas- con la intérprete y con varias personas. Ese trabajo se convirtió en un documental llamado El hombre que salvó al mundo, estrenado en 2015.
En algún momento le preguntan a este siberiano curtido y sereno si era un héroe y con una cara pensativa contesta:
-Solo estuve en el momento justo y en el lugar indicado.
Esa frase podría ser tomada como un lugar común, aunque un diálogo que Petrov mantuvo con Costner en el documental pinta de cuerpo entero la humildad del viejo oficial del Ejército Soviético.
-Usted es muy famoso en mi país –le dice Petrov al actor de Hollywood que le lleva una cabeza.
Con mirada serena, el protagonista de El guardaespaldas le contestó:
-En mi país mucha gente se hace famosa por cosas que no deberían importar.
Más allá de que la Guerra Fría tomó otros caminos que no disminuyeron los arsenales nucleares, Petrov alimentó a muchísimos de los movimientos antibelicistas del planeta.

Por caso, el activista alemán por la paz Karl Schumacher se hizo amigo de Petrov y el 7 de septiembre de 2017 -cuando el hombre que salvó al mundo debía cumplir 78 años- llamó por teléfono a su casa para desearle un feliz día.
-Quedé impactado –dijo Schumacher horas después.
Lo había atendido su hijo Dimitri y le contó que Stanislav Petrov había muerto el 19 de mayo pasado de neumonía en Friázino, una pequeña ciudad al norte de Moscú, bastante cerca de la base donde 43 años atrás había tenido la prudencia y la inteligencia suficientes como para evitar una catástrofe planetaria.
La historia de Petrov, las circunstancias que rodearon el incidente y los efectos que produjo en los mandos soviéticos son parte central en la trama de la nueva novela de Eduardo Sguiglia, La redención del camarada Petrov, que publicará Edhasa en breve. Sguiglia reunió información de diversas fuentes nacionales e internacionales para narrar esos hechos históricos. Y también la intervención de partisanos argentinos en territorios de la vieja Unión Soviética durante la segunda guerra mundial.
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