
Ese sábado de noviembre en el que su mamá viajó 300 kilómetros hasta su casa, esperó a que la familia terminara de almorzar y le susurró, nerviosa, “tengo que hablar una cosa con vos”, Claudia tenía 38 años. Ya estaba casada, tenía una carrera como artista plástica, una vida hecha.
Salvo porque siempre había notado que no tenía rasgos parecidos a los de sus padres, Claudia Raimondo no había dudado seriamente sobre su identidad. Tenía un hermano menor, había visto a su mamá embarazada, su partida de nacimiento decía que era hija de ellos, nada de qué sospechar. Sin embargo, el secreto que su mamá había guardado durante casi cuatro décadas era que Claudia no era su hija biológica, tampoco adoptiva: la habían recibido de manos de una monja vestida de blanco en las escalinatas de un hospital.

Los otros integrantes de la familia ya sabían que ese día la mujer iba a romper el pacto de silencio familiar, por eso se fueron a pasear por Rosario y les dieron intimidad. Lo que Claudia sintió después de haberla escuchado se parece a esos relatos sobre los instantes previos a la muerte, donde se ve la vida pasar: “Fue un momento muy revelador. Se me apareció toda una serie de imágenes sobre mi vida, ¿pero qué partes de mi vida? Las que me habían hecho ruido, los momentos en los que me había sentido distinta”, cuenta a Infobae.
No se refiere a no haber sido querida, al contrario, “siempre tuve un amor desmedido de parte de toda la familia”. Se refiere, por ejemplo, a que sus padres eran muy blancos -el padre incluso tenía ojos verdes- y ella no, y a veces le decían “Claudia, no uses tal color que te hace muy morocha”. Un modo, tal vez, de que no se notara tanto lo poco que se parecían.
El padre de Claudia y los abuelos se habían llevado el secreto a sus respectivas tumbas pero hubo una razón que hizo que su mamá decidiera afrontar el miedo a perderla y confesarle la verdad. “Mi hermano estaba por adoptar a una nena. Había costado mucho y había que esperar e ir a buscarla a Chaco. La cosa es que durante la angustia de la espera de su primera nieta, mi mamá revivió todo lo que le había pasado conmigo”, sigue.

Tenía 66 años su mamá el día en que le reveló la historia real, o al menos la parte que ella conocía: “Me contó que llevaba ocho años casada y no lograba quedar embarazada. Entonces su prima, que era peluquera, consiguió un dato a través de dos clientas que eran asiduas de una parroquia en Belgrano: había un bebé que estaba por nacer, hijo de una chica muy joven, no sé ni niña o adolescente, y los padres de la chica no querían hacerse cargo”.
Hicieron el contacto, esperaron a que naciera y el 17 de abril de 1962, cuando Claudia tenía 24 horas de vida, fueron a buscarla a la puerta del Hospital Eva Perón, ex Castex, en San Martín. La madre siguió con el relato: “En las escalinatas nos estaba esperando una monja vestida de blanco, Sor Tecla, con vos en brazos. Yo me puse tan nerviosa que te alzó la abuela. No fue a escondidas, fue a plena luz del día. Nos dio también un moisés chiquito y un ajuar con toda ropa blanca”.
—¿Por qué? ¿por qué lo callaron durante tanto tiempo?— le preguntó Claudia, mientras intentaba combatir la inercia del impacto.
La monja les había aconsejado que no le dijeran nada. Que la anotaran como hija biológica y le evitaran el estigma que significaba en la época ser una hija adoptiva. Por eso le habían pedido a un pediatra amigo de la familia que firmara la partida falsificada, que escribiera que había nacido en la clínica en la que él trabajaba, y sostuviera la versión que Claudia creyó siempre: que ese pediatra la había visto nacer.

“También me dijo que no me lo había contado antes porque mi papá tenía miedo de que yo los dejara de querer. Y me pidió perdón”, sigue Claudia. Tras la revelación quedaron varios cabos sueltos: ¿y entonces quién era su mamá biológica? ¿la había entregado o, al ser menor, otros habían decidido por ella? ¿quién era su papá? ¿alguien, alguna vez, la había buscado?
En busca de su propia historia
Claudia tardó años en animarse a ir al hospital. “Había un convento atrás donde estaban las monjas dominicas de Santo Tomás de Aquino. Por eso las monjas estaban vestidas de blanco, eran enfermeras. Me recibió otra monja a la que le conté la historia y ella me la confirmó. Me dijo ‘sí, fueron cientos de bebés los que se entregaron’, aunque yo creo que fueron más, miles”.

¿Por qué? “Me dijo que a las madres solteras o pobres les ofrecían buscar una familia ‘como Dios manda’ para que no criaran hijos bastardos. O sea, soy hija de todos los prejuicios, fui apropiada por los prejuicios de una época: la vergüenza de tener una adolescente embarazada en casa y la vergüenza de criar un hijo bastardo. Además, me sacaron del lugar de ser ‘la bastarda’ pero me volvieron a mentir para evitar el dolor de ser ‘la adoptada’”.
Claudia no tiene resentimiento con las monjas sino que logró entenderlo como parte de un contexto: “Sor Tecla murió en 2013 pero las otras monjas me contaron que si pasaban siete días y no ubicaban a estos bebés abandonados o a los que las familias decidían no criar, sí o sí tenían que entregárselo al juez y, por la ley de patronato que estaba vigente, quedaban en un Hogar hasta los 18 años. Esto era la normalidad en la época, donde la Iglesia ocupaba el espacio que no ocupaba el Estado, que no era proveedor de derechos para los chicos. Había una organización, una cadena armada entre los que querían sacarse de encima a estos bebés, las damas de caridad de las parroquias y ciertas monjas que tenían conocidos en todos lados para agilizar las entregas”.

Fue una apropiación que involucra a sus padres de crianza, que cometieron un delito aún cuando no hayan pagado por ella. Claudia lo sabe pero le resulta imposible arrancarlo de su contexto: “Sor Tecla entregaba a los chicos sin la anuencia de la Orden de las monjas dominicas, lo hablé con la directora. Me dijo que la retaban y ella lo seguía haciendo convencida de que era un acto de caridad. Sor Teresita, una de las que me contó todo, me dijo que a las mamás pobres que entregaban a sus bebés después incluso les buscaba trabajo”.
Con el tiempo “las monjas evolucionaron y se dieron cuenta de que tenían que ayudar a las mamás jóvenes o pobres a criar a sus hijos, no separarlas de ellos. Sor Teresita me contó todo y después me dijo ‘te pido perdón en nombre de la época’”.
Los prejuicios no eran sólo de las monjas, “la sociedad también pensaba así. No sé si mi mamá biológica era de origen humilde o todo lo contrario, pero lo que sé es que hubo una cadena de sucesiones entre los padres de ella y las monjas para que la voz de mi mamá biológica no fuera tenida en cuenta”.

Sabe Claudia que no es la única. En el grupo que administra, llamado “Hermanados por la búsqueda” hay 1.200 buscadores y al menos uno de ellos también fue entregado por Sor Tecla a su mamá de crianza, que trabajaba en el hospital. “De hecho él la recuerda, la quería, su mamá lo llevaba a visitarla”.
Sabiendo dónde nació, lo lógico sería que Claudia pudiera acceder a los archivos de nacimientos del hospital para encontrar ahí el nombre de su mamá biológica. “Pero no hay una ley provincial que habilite la petición de los archivos de los libros de partos”, cuenta. De hecho Franco Bagnato -senador provincial, conocido por su trabajo en el programa Gente que busca gente- presentó un proyecto de acceso a la información en todos los hospitales de la provincia de Buenos Aires. Por ahora, el proyecto de ley no avanzó.

Sin saber por dónde buscar y sin leyes que le abran los caminos para cerrar una época, la historia atravesó la vida artística de Claudia. Y en 2016 creó una muestra llamada “De esto no se habla”, una forma de difundir la búsqueda de la identidad biológica de los hijos que fueron apropiados fuera de los límites de la última dictadura.
Son batitas de bebé, precisamente porque la sustitución de identidad atenta contra los derechos de los niños, aunque luego siga vigente cuando son adultos. Algunas tienen fotos impresas, otras dicen “hijo te busco”, las lisas representan a todos los hijos que todavía no saben que fueron apropiados. Las batitas están unidas por una tanza transparente que representa “lo no dicho, el pacto de silencio con una sociedad que permitió que esto pasara, todavía mira para otro lado y deja que hoy no tengamos los datos que necesitamos para saber nuestra verdad”.
Lo que busca no es una madre. “No, yo ya tuve una mamá y creo que la maternidad es algo que se construye. Lo que busco es la verdad", cierra Claudia, que en pocos meses cumplirá 59 años. "Quiero encontrar a esa mujer, preguntarle qué pasó, contarle quien soy, saber qué fue de su vida durante todo ese tiempo”.
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