
Maldición: imprecación que se dirige contra alguien o contra algo, manifestando aversión hacia él o hacia ello, y muy particularmente deseo del que le venga algún daño (Diccionario de la Real Academia Española)
La bala –las tres balas– que destrozaron la cabeza de John Kennedy en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963, muerte similar el 5 de junio de1968 que abatió a su hermano Bob –fuerte candidato a la Casa Blanca–,en el hotel Ambassador de Los Ángeles, fueron gruesos errores políticos.
Pasearse en un auto descapotado por una de las grandes avenidas de Texas, estado que lo odiaba, era convocar a la muerte.

En cuanto Bob, a pesar de no ignorar que su hermano había ganado las elecciones “con una ayudita de sus amigos”: el capo de tutti capo San Giancana, cuyos esbirros, matones a sueldo y personajes tan ricos como influyentes operaron a favor de John que entre otros estados arrasó en California, la perla de la corona.
Bob, la funesta noche en que Shiran Shiran lo mató de un tiro en la cabeza, cometió el peor de los errores políticos…: prometió antes damas y caballeros, limpiar la mugre y la corrupción. Su hermano John lo ungió nada menos que Fiscal General: vía libre para atacar a la mafia.
Era una muerte esperando ocurrir.
Pero no estaba escrito en el presunto Libro del Destino.

Cinéfilos y hasta no cinéfilos pueden no recordar a memorable escena de Lawrence de Arabia en que dos niños, cola de la caravana, pierden a sus camellos. Uno de los niños muere. Wallace pone grupas para rescatarlo, y el jefe le dice:
–No vayas. Morirá igual. Todo está escrito.
Pero Wallace, luego de tres penosos días en el desierto, desfalleciente, lo salva, y le grita al jeque:
-¡Nada está escrito!
Una bofetada contra mil años de absurda credulidad. Contra un milenio del mal llamado Destino: en todo caso, una palabra cómoda ante las urgencias de prensa.
Hace cuatro mil años, los egipcios no hablaban de Destino inexorable: creían en la magia (la Heka), y escribían el nombre de sus enemigos en las vasijas (algunas se conservan en museos).

Pero, en tibia defensa de la palabreja en cuestión, los Kennedy cargan con una pavorosa historia en la que sentados a una mesa de jugo harían saltar varias bancas.
Noviembre de 1941: Rose María Kennedy, ante sus violentos cambios de carácter, fue sometida a una lobotomía. Murió en un psiquiátrico en 2005.
12 de agosto de 1944: Joseph K., piloto de guerra y hermano mayor de JFK, es abatido por un Stuka nazi.
13 de mayo de 1948: Kathleen Agnes K. y su amante Peter mueren en un accidente aéreo.
23 de agosto de 1956: Arabella K, la primera hija de Jackie y JFK, nació muerta.
7 de agosto de 1963: Patrick K, tercer hijo de John y Jackie, murió dos días luego de nacer.
19 de junio de 1964: el senador Edward More K. : muerto en accidente aéreo.
25 de abril de 1984: David Anthony K, cuarto hijo de Bobby, muerto por sobredosis.
31 de diciembre de 1997: Michael K, sexto hijo de Bobby y Ethel, muere en accidente de esquí.

Por caso-emblema. El 16 de julio de 1999, John John Kennedy, con media pierna enyesada, apenas tres clases de pilotaje y pronóstico de mal tiempo, insistió en llevar su Piper Saratoga hasta Martha’s Vineyard. La máquina cayó al Atlántico y murieron él, su mujer (Carolyn Bessette) y su cuñada (Lauren): un Kennedy de sangre intrépida y locura sin freno. Sello de familia.

Hay más. El 16 de abril de 2011, Kara K, la tercer hija de Ted, cayó fulminada por un infarto luego de hacer gimnasia. Mary Richardson Kennedy, que se casó y divorció de Bobby Jr, apareció ahorcada en su casa en mayo de 2012. Christopher Kennedy Lawford, hijo Patricia K, murió en una práctica de yoga a alta temperatura en 2018. El 1 de agosto de 2019, una nueva tragedia: Saoirse K, de solo 22 años y nieta de Bobby, murió de sobreedosis.
Casi último momento. El 3 de abril de 2020, Maeve McKean, sobrina nieta del presidente asesinado en Dallas, con su hijo Gideon, salieron a pescar en canoa en un rio de Maryland. Sus cuerpos aparecieron cinco días después.

La lista es tan vasta como la familia. Pero no por una maldición ancestral de los tiempos vikingos.
Con tino, un periodista americano escribió: “Muchas de esas tragedia fueron causadas por negligencias graves, como conducir borrachos o pilotear sin experiencia y con aviones deficientes, y otras fueron el resultado de calamidades naturales que bien pueden ocurrir en cualquier familia: cáncer, aborto espontáneo, accidentes, drogas, por lo que creo que la maldición es una creación de los medios”.
Pero en esto de cuestiones sobrenaturales, nadie como Jorge Luis Borges. En su magnífico poema Ajedrez, instala un enigma infinito:
“Dios mueve al jugador, y éste a la pieza / Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía”.
Un dios detrás de Dios.
Sólo el ciego genial podía urdir esa jugada, ese enigma, ese misterio sin solución. Sólo él…
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