
Cuando Ted Bundy –36 muertes comprobadas–, el mayor asesino serial de los Estados Unidos y posiblemente del mudo, llegó al final de la milla verde y vio la silla eléctrica, todavía novedosa, tembló. Comprendió por qué la llamaban “la freidora”.
Pero se repuso, y encaró en acto final con pocas palabras: “No pasa nada”.
En cambio, el segundo criminal del sangriento ranking, no esperó. Condenado al mismo fin, se cortó las venas y se ahorcó en su celda el 2 de diciembre de 2012, mientras en el tribunal se lo juzgaba por el asesinato de Sanamtha Koenig, que acabó por ser su ineludible ratonera .
Israel Keyes, tal su nombre, empezado en Richmond el 7 de enero de 1978, como Bundy y otros tantos, llevaba la marca a fuego, como las reses.

Asesino, violador, pirómano, ladrón y asaltante de bancos desde el 96, cuando atacó a una adolescente en Oregón, fue, según los veteranos que lo interrogaron, “mentiroso, desfachatado y capaz de negociar sus crímenes" –prometió confesión completa– a cambio de rebaja en su condena a muerte.
“Todo parecía lloverle. Se encogía de hombros, se reía a carcajadas, y encaraba los interrogatorios como una función de circo”, recordó un de los hombres de azul.
Pero ese desapego (seguramente fingido) contrastaba con lo meticuloso de su acción.
Una vez elegida su víctima, preparaba y escondía en un impecable kit de muerte, y dentro de un balde, armas, silenciadores, bolsas plásticas, ancha cinta adhesiva, y cortaba los cables de teléfono de la casa de sus presas.

Pero, ¿quién era en realidad? Se educó en su casa: sus padres, extremistas blancos, despreciaban el sistema educativo oficial.
Mudados a Washington, se hicieron amigos de la familia de Chevy Kehoe, un supremacista blanco que años más tarde fue condenado a muerte por tres asesinatos: la ideología y la violencia fueron el imprescindible combustible de Israel, y lo puso en marcha a toda velocidad.
Al mismo tiempo, acaso como firme coartada, pasó dos años como militar en Fort Lewis, Fort Capote y Egipto, y se retiró con cinco premios y otras tantas condecoraciones.

Sus compañeros lo describieron como tranquilo y reservado, pero declararon que los fines de semana, a solas, bebía botellas íntegras de bourbon Wild Turkey, y que era fanático de un indeseable grupo Los Payasos Dementes, nombre que no exige explicación.
Detenido como sospechoso de asesinato, acabó por confesar que mató a cuatro personas en Washington y a una en Nueva York, donde tenía diez hectáreas y una cabaña, posiblemente el cuartel general de sus minuciosos preparativos para matar.
Aunque se le atribuyen más de 15 asesinatos a sangre fría –varios cuerpos fueron encontrados–, su última víctima fue el lazo de su caída.

El primer día de enero de 2012 secuestró y violó a Samantha Koenig, 18 años, que trabajaba en un kiosco en Anchorage, Alaska. Y un día después la mató en un cobertizo.
Acaso un descuido del meticuloso Keyes, que siempre asesinaba lejos de su casa, y nunca en la misma zona: la descuartizó en el solitario lago Matanuska, amparado por la distancia entre Alaska y las grandes ciudades del vasto territorio norteamericano.
Sin embargo, dos meses después cayó en una playa de estacionamiento de Lufkin, Texas, por usar una tarjeta de crédito de Koenig que la policía rastreaba desde Nuevo México y Arizona. Y cantó todo.

Uno de los psicólogos forenses que trabajó en el caso, describió al criminal como “una especie de adicto al asesinato”, alguien que cazaba sus víctimas en lugares remotos: senderos, campamentos, pequeñas ciudades, parques.
Su última jugada fue confesar el crimen del matrimonio Currier a cambio de achicar su brutal retahíla de sangre, pero no funcionó.
Lo único que quedó en su celda, entre la sangre de sus venas, fue un extraño y burdo poema: Oda al Asesinato. Que jamás figuraría en la historia de la literatura.
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