En tiempos de distanciamiento, 10 grandes abrazos de nuestra historia reciente

Los argentinos somos efusivos, mal que le pese a esta época donde hay que estar a dos metros de distancia. En los últimos 50 años hubo grandes festejos, encuentros increíbles y reconciliaciones que fueron selladas con más que un apretón de manos. Diego, Vilas, Perón, Balbín, Monzón, Norma Aleandro, Menem, el Almirante Rojas, Sandra y Celeste, Macri, Alberto Fernández, los protagonistas de una costumbre que quedó en pausa

Distanciamiento social. Nada de contacto físico, ni de cercanía. Se extrañan las reuniones, los espectáculos, las muestras de afecto o de alegría grupales, los encuentros. Las circunstancias obligan al aislamiento, a no entrar en contacto con otras personas. Los abrazos, naturalmente, también están vedados.

Es una buena oportunidad para recordar algunos abrazos significativos en la historia social y política de la Argentina del último medio siglo. Un juego, una arbitraria enumeración, para recordar diferentes abrazos que nos conmocionaron.

Carlos Monzón-Bennie Briscoe. 11 de noviembre de 1972

Carlos Monzón y Bennie Briscoe se enfrentaron por primera vez en mayo de 1967. Briscoe fue uno de los boxeadores norteamericanos que Lectoure le trajo a Monzón para que adquiriera experiencia. Lectoure, cuando un boxeador ya estaba afirmado en el plano local, cuando ya casi no tenía rivales por vencer, contrataba boxeadores norteamericanos no muy rigurosos y con un récord profesional brumoso; no lanzaba, jamás, a un boxeador suyo al plano internacional, sin que pasase por este obligado tour de force contra paquetes yanquis, que eran útiles para los boxeadores argentinos y para la boletería del Luna Park. Pero Briscoe no era como los demás, era mañoso, de movimientos poco gráciles, pegada fuerte y era, fundamentalmente, sólido e inamovible como un menhir. Los conocedores le decían a Tito Lectoure que estaba cometiendo un grave error, que si, hasta ese momento, Monzón convocaba poco público merced a su escaso carisma y a su árido estilo boxístico, después de esa pelea nadie regresaría a verlo: no cabía la menor duda de que los espectadores se aburrirían mortalmente. Esa noche de 1967, Monzón empató y no entusiasmó a nadie.

Cinco años después, cuando se volvieron a enfrentar, la situación era muy distinta. Monzón ya había defendido con éxito cuatro veces el título del mundo de los Medianos y, además, el público lo acompañaba con fervor y lo sabía invencible. Briscoe, por su parte, seguía siendo un opaco púgil en el que lo único que brillaba era su pelada. Era, eso sí, el tipo de boxeador que no se veía cómo podía ganar, pero, al mismo tiempo, no se veía cómo se lo podía vencer.

Todos recuerdan el piñazo infernal que conmovió a Monzón, que lo dejó groggy, al promediar el noveno round. Ese es el signo distintivo de esa pelea, un hecho inédito en la carrera de Monzón. Todavía ensordece el silencio repentino de las veinte mil personas que colmaban el Luna Park, que casi dejaron de respirar mientras Monzón se aferraba a ese impenetrable, negro y pelado muro de ladrillos. Sin embargo, lo inusual, el hito fue la reacción del argentino ante ese golpe. Cuando todos enmudecieron, cuando se paralizó el Luna Park, Monzón con el cerebro entumecido, con las piernas con la rigidez y la quietud de dos estacas, atinó a acortar la distancia, se lanzó a los brazos de Briscoe, aferrándose a sus hombros y al título del mundo. Hasta ahí, nada anormal, lo que cualquier boxeador intenta cuando, groggy, desea impedir el golpe de gracia. Ese abrazo forzado lo mantuvo de pie. Con lentitud y tranquilidad, Monzón, adherido al negro, levantó su cabeza y por sobre el hombro del rival no buscó a sus segundos pidiendo una ayuda imposible de llegar, sino que con los ojos negros bien abiertos se fijó en el reloj del tablero electrónico del estadio cuantos segundos restaban para que concluyera el round. El reloj, juran los asistentes a la pelea, bajo el peso y la autoridad de esa mirada apuró los segundos. Monzón, esa noche, volvió a ganar. Por puntos.

Perón y Balbín, en Gaspar Campos
Perón y Balbín, en Gaspar Campos

Juan Domingo Perón - Ricardo Balbín. 19 de noviembre de 1972

Habían sido grandes oponentes. Durante años no parecía que pudieran existir dos personas más alejadas entre sí. Cada uno representaba una parte del país. Perón lo había puesto preso a Balbín en su años de poder.

Pero el tiempo había pasado y los dos, eminentemente, eran políticos.

La foto que fijó el momento en la memoria colectiva describe a los dos personajes. Balbín le estrecha la mano a Perón que no rehúsa el saludo sino que lo completa y pasando su brazo izquierdo por encima del radical aprovecha para abrazarlo. Balbín sonríe con su sonrisa de viejo zorro. Perón ríe con su risa de viejo zorro.

En 1970, Perón le escribió a Balbín: "Tanto la Unión Cívica Radical del Pueblo como el Movimiento Nacional Justicialista son fuerzas populares en acción política. Sus ideologías y doctrinas son similares y debían haber actuado solidariamente en sus comunes objetivos. Nosotros, los dirigentes, somos probablemente los culpables de que no haya sido así. No cometamos el error de hacer persistir un desencuentro injustificado".

En ese momento estaba Levingston en el poder. Luego, vino Lanusse. La democracia esperaba.

Perón en Puerta de Hierro recibía visitas y mandaba mensajes a través de Paladino y de Cámpora. Balbín en Argentina escribía el documento fundacional de La Hora del Pueblo.

Los mensajes entre ellos, siempre transmitidos por emisarios, cada vez eran de mayor concordia y acuerdo. Hasta que en noviembre de 1972 Perón volvió al país.

Luego de una espera larga y tensa en el hotel de Ezeiza se instaló en Gaspar Campos. La gente en la calle, afuera de la casa, para gritar por él y verlo saludar desde, al menos, ese balcón. El 19 de noviembre se produciría el encuentro entre los dos líderes. Perón había convocado a dirigentes de todos los partidos. Balbín, que debía reunirse a solas con él una hora antes, se demoró por un atascamiento en el tránsito. Entró junto a Héctor Cámpora por la casa de atrás para evitar a la multitud. Debió saltar un cerco para llegar. Una metáfora demasiado obvia.

Al verlo llegar Perón, frente al resto de los políticos, le dijo: “Balbín, entre usted y yo tenemos el 80 % de los votos. Nos vamos a tener que poner de acuerdo”. Luego hubo otros encuentros y otros abrazos. Y el diálogo se volvió fluido después de décadas de enemistad.

En julio de 1974 murió Perón y Balbín le dedicó un célebre discurso fúnebre, aquel en el que un viejo adversario despedía a un amigo.

El abrazo del alma (Gentileza familia Alfieri)
El abrazo del alma (Gentileza familia Alfieri)

El Abrazo del Alma. 25 de junio de 1978

A Víctor Dell'Aquila le amputaron los dos brazos cuando tenía doce años. Ricardo Alfieri fue uno de los más grandes reporteros gráficos del deporte. Alberto Tarantini y Ubaldo Matildo Fillol son campeones del mundo.

Era el 25 de junio de 1978. Argentina jugaba la final del mundo contra Holanda. Víctor llegó muy temprano al Monumental pero el sector para discapacitados ya estaba repleto. No se preocupó. Dio una vuelta a la cancha hasta que encontró un control amigo que lo dejó pasar. Siempre iba a la cancha y sabía cómo hacer para ingresar aún en un partido tan importante como éste. Alfieri también llegó temprano con su acreditación, su chaleco identificatorio y su cámara. Se ubicó detrás de uno de los arcos.

Durante décadas el fútbol se vio a través de los ojos de los fotógrafos de El Gráfico; y Legarreta y Alfieri eran los dos mejores. Pero en 1978, Don Ricardo (nadie lo nombraba sin anteponer el “Don”) tenía 66 años y no podía correr como los otros fotógrafos. Así que apenas sonara el silbatazo final, él se dedicaría a buscar otras cosas.

El referí, el italiano Gonella, dio por terminado el partido. Víctor saltó desde la platea de Figueroa Alcorta al campo de juego. Un salto limpio, perfecto, desde más de dos metros de altura. A los pocos segundos ya atravesaba a toda marcha la pista de atletismo. Alfieri, al trotecito, estaba por el área grande del lado en el que había defendido Argentina en el segundo tiempo suplementario, mientras sus colegas ya casi llegaban a mitad de cancha, la mayoría de ellos buscando a Kempes, el héroe. Fillol dio unos pasos pero a los pocos metros cayó y quedó abrazado a él mismo de rodillas: “Cerca de la medialuna del área se me aflojaron las piernas. Caí arrodillado, me cruzo los brazos y tengo la imagen de Dios delante mío. Tuve un diálogo con él. Un diálogo de agradecimiento”, contó el Pato tiempo después. Tarantini cayó arrodillado en el lugar mientras se persignaba. Se levantó y salió corriendo sin rumbo. En un momento sin saber lo que hacía cambió de dirección (se dirigía hacia la mayoría de sus compañeros que festejaban en el medio) y corrió hacia Fillol. Y dejándose caer lo abrazó. Muy fuerte.

"Fiyol está en el piso desmayado. Tarantini llora con él. Ingresa el público a la cancha", se escucha en el relato de José María Muñoz que en medio del pandemonium celebratorio reconoció la escena.

Víctor corrió hacia Tarantini, que aunque figuraba como jugador libre por su pelea con Alberto J. Armando, era el único de los 22 argentinos que se podía identificar con Boca, el club de Víctor. Cuando llegó junto al Pato y al Conejo, Víctor se lanzó sobre ellos. Las mangas vacías de su saquito gris, perpendiculares a su torso, se lanzaron hacia los dos jugadores. “Los vi abrazados y quise compartir esa alegría que ellos nos dieron. Fueron segundos. Al balancearme y frenarme para abrazarlos con el cuerpo, con la cabeza, apoyándome en ellos como una forma de saludarlos, los brazos del sweater salieron hacia adelante” contó Victor Dell’Aquila.

En el fragor de la redacción de la revista de ese domingo a la noche, la foto (en realidad era una serie) pasó desapercibida. Alguien la descubrió al día siguiente y la guardó para la siguiente edición. Después alguien (muchos dicen que fue Osvaldo Ardizzone pero eso parece improbable porque en esa época ya estaba en la revista Goles) bautizó la foto para siempre: El Abrazo del Alma.

Charly Garcia y Luis Alberto Spinetta (Foto: Gabriel Rocca)
Charly Garcia y Luis Alberto Spinetta (Foto: Gabriel Rocca)

Spinetta- García. 12 al 14 de septiembre de 1980.

La revista Humor ya era un éxito. Y su director, Andrés Cascioli, adicto a la edición, sacaba nuevos títulos aprovechando el éxito de la principal revista de Ediciones de la Urraca. Intentó con el mercado del rock pero ese primer intento fue fallido. Rock Superstar duró unos pocos números emulando a la Pelo, apostando a fotografías en color y a la historia de grupos internacionales. El proyecto fracasó pero Cascioli no se rindió. Al poco tiempo salió Hurra, una revista de rock pero en realidad su temática encuadraba más en lo que se conocía “cultura joven”. Es decir más parecida a Expreso Imaginario que a Pelo. Pero la competencia era mucho y quisieron salir con todo. Conquistar al público desde el primer número. Así en una tapa dibujada (marca de fábrica de la editorial) Hurra se preguntaba: ¿Es el rock un partido de fútbol? Y oponía a Charly con Spinetta. En el interior, el Flaco aparecía con la camiseta de River y García con la de Boca. Un detalle a tener en cuenta: el fútbol y el rock en ese momento no se intersectaban. En la nota Charly era atacado, se lo trataba de mercantilista y se ensalzaba la figura de Spinetta. En ese entonces Serú Girán comenzaba su apogeo y el Flaco seguía con Spinetta Jade. Serú Girán fue muy golpeado por la prensa especializada en sus comienzos. Existía también una sorda batalla entre los fans de Spinetta y de García. Entre los músicos había cariño y admiración pese a los estilos musicales (y de vida) diferentes y a la distancia que establecían los egos desarrollados de los dos. Pero esa nota que pretendió oponerlos, sólo los unió. Como respuesta a ella Spinetta propuso que ambas bandas dieran un recital conjunto. Alberto Onahian y Daniel Grinbank, los managers, se pusieron de acuerdo de inmediato. También Charly y Luis. A los dos shows originales, ante la demanda de entradas, se debió agregar otro. Más de veinte mil personas. Los shows comenzaron (en Youtube hay alguna grabación tomada desde el público) con Charly y Luis, juntos, haciendo Que ves el cielo y Cuando yo me empiece a quedar solo. En el final de los recitales, las dos bandas tocaban juntas otras tres canciones. En la foto que resume esos shows, Charly, desde los teclados, y Luis, con la guitarra al hombro, estrechan sus manos con los brazos estirados. Luego de Despiértate Nena, el bis final, los dos monstruos se despidieron del público abrazados. En el concierto de Las Bandas Eternas en el que Spinetta repasó toda su historia y sus bandas en la cancha de Vélez hubo otro abrazo histórico entre los dos monstruos sagrados del Rock Nacional.

El Oscar a La historia oficial
El Oscar a La historia oficial

Norma Aleandro y Jack Valenti. 24 de marzo de 1986

El año anterior la nominada había sido Camila. En 1985 entre las cinco candidatas al Oscar a la Mejor Película Extranjera figuraba La Historia Oficial. Tenía mejores chances que el film de María Luisa Bemberg. Esa edición de los Oscars fue muy argentina. Un documental sobre las Madres de Plaza de Mayo optaba a un premio, en mejor guión original estaba nominado el de Puenzo y de Aída Bortnik para La Historia Oficial y El Beso de la Mujer Araña, basada en la novela de Manuel Puig, estaba entre las cinco mejores películas.

Con el retorno democrático, Argentina era nuevo foco de atención. Y la temática del film (Dictadura, desaparecidos, un chico robado, una abuela que lucha por recuperar a su nieto) graficaba muchos de los horrores del pasado.

Entre los rivales había varios peso pesados: Coronel Redl de Ivan Zsabo, Agnieszka Holland, Kusturica y Tres Hombres y un biberón. Pero desde el principio los buenos augurios se acumularon.

El premio se entregaría en una fecha de un simbolismo imbatible: el 24 de marzo de 1986. El décimo aniversario del Golpe de Estado que instaló el Proceso. En una fecha más cercana a la ceremonia otro dato alentador: Norma Aleandro sería una de las presentadores del Premio. La lógica indicaba que el triunfo estaba asegurado: ¿Quién podía ser tan sádico de hacerle entregar a la actriz principal de una gran candidata el premio a otro film?

En Argentina ese Oscar se vivió con ansiedad deportiva. Como si la Selección jugara un partido importante. El orgullo nacional en juego. Aunque todos supieron que en caso de llevarnos el triunfo (se hablaba así, en primera persona del plural) no iba a llenarse el Obelisco con multitudes festejando.

Con un smoking blanco, Robin Williams introdujo a los presentadores. “La estrella argentina del film dramático nominado, Norma Aleandro”, dijo. El otro era el presidente MPAA, Jack Valenti (Williams lo presentó como Boom Boom Valenti), poderosísimo hombre de la industria. Norma Aleandro llevaba un elegante vestido largo, rojo y negro, con un escote profundo e insinuante. Tenía abultados rulos y se la veía nerviosa. Sin embargo la dicción de su inglés fue perfecta. Después de repasar a las cinco candidatas, Valenti, en gesto galante, entregó el sobre a Norma. Las manos le temblaron, el sobre se rompió por la mitad y la tarjeta con el ganador tardó en aparecer pero ella ya había dicho “The winner is...”. Norma leyó en silencio y Valenti hizo un gesto grandilocuente de felicidad abriendo los brazos. Luego, antes de nombrar al ganador, vino la frase célebre: “God bless you”. Dios los bendiga. Anunció que La Historia Oficial había ganado con la última hilacha de formalidad que conservaba y apenas terminó se echó para atrás y, emocionada, se tapó la boca con la mano, y se lanzó en brazos de Valenti en un abrazo que todavía estremece. Como cuando nuestro equipo hace un gol y nos abrazamos con cualquiera en la tribuna. Luego subió Puenzo, sereno y reconcentrado. Y otra vez Norma Aleandro lo estrujó entre sus brazos. Hasta le arrugó un poco el traje.

Carlos Menem e Isaac Rojas
Carlos Menem e Isaac Rojas

Carlos Menem- Isaac Rojas. 19 de octubre de 1990

El 19 de octubre de 1990, Carlos Menem, presidente de la República, fue hasta el Hospital Naval. No se realizaría un chequeo ni iba a inaugurar un equipo de alta complejidad. Tampoco fue a visitar a un amigo. Todo lo contrario: fue a visitar a un viejo enemigo. El Almirante Isaac Rojas se recuperaba de un episodio cardiológico. Rojas era el mayor antiperonista vivo. El gorila perfecto. El que a bordo del Crucero General Belgrano bombardeó el puerto de Mar del Plata, el que amenazó con hacer lo mismo en Ensenada y Dock Sud. Uno de los cabecillas (el miembro de la Armada más visible) de la autodenominada Revolución Libertadora que derrocó a Perón en 1955. Vicepresidente de facto consecutivo de Lonardi y de Aramburu. Hombre inclemente en las decisiones para apagar el levantamiento de Valle en 1956. Y después de eso la voz que siempre aparecía en los medios para expresar una postura estricta y nada conciliadora frente al peronismo. Sin embargo Menem entró a la habitación y le dio un abrazo que luego se repetiría en varias ocasiones más.

Si es cierto que el peronismo se trata de un movimiento pendular, Menem llevó ese vaivén al máximo de (uno) de los extremos. Consiguió que quien combatió con mayor virulencia a su partido acallara sus críticas.

Se dijo que Menem buscaba mostrarse confiable ante el establishment, en plena etapa de privatizaciones y de búsqueda de inversiones. Él habló de romper viejas antinomias, de reconciliación nacional. Estaba preparando el terreno para la segunda ola de indultos que llegaría un mes y medio después.

Ese abrazo provocó estupor. Y sorpresa. Ambos protagonistas fueron muy criticados. A los dos, acostumbrados a provocar, pareció importarles poco porque en los tres años siguientes (hasta la muerte de Rojas) volvieron a mostrarse juntos en público varias veces. Un abrazo casi postmoderno.

Sandra y Celeste (Foto: Gabriel Rocca)
Sandra y Celeste (Foto: Gabriel Rocca)

Sandra y Celeste. Noviembre de 1990

Los carteles publicitarios en las calles impactaban a simple vista. la discográfica reconoció el potencial de la foto de tapa y no escatimó en promoción. Pegadas, pecho a pecho, mujer contra mujer. Una mirando al costado, mientras su mejilla servía de apoyo al mentón de la otra. La imagen se cortaba en el nacimiento de los pechos pero se las adivinaba desnudas y abrazadas.

Aunque parezca mentira, en 1990 esa foto fue revolucionaria. En las notas en los diarios y en cada entrevista televisiva, se utilizaba el disco recién salido para indagar en la vida privada de las dos cantantes. Pero las preguntas eran elusivas, parecía que ni siquiera estaba permitido preguntar. O se temía a las respuestas. Ellas, Sandra y Celeste, contestaban con gracia y desparpajo, con cierto misterio y mucho amor. Las entrevistas que se pueden encontrar en Youtube son reveladoras. También las actuaciones en las que se las ve juntas. Mujer contra mujer fue su segundo disco. En el primero, el tema promocional había sido Te quiero de Mario Benedetti y Alberto Favero. Otro mensaje sutil pero evidente que ayudó a mucha gente en tiempos en que las elecciones sexuales y amorosas podían condenar al ostracismo a una persona, en tiempos en que el ocultamiento era la norma.

Sandra Mihanovich había grabado en 1982 Puerto Pollensa y apenas retornó la democracia Soy lo que Soy. Dos canciones, en especial la segunda, que se convirtieron en himnos de la comunidad LGTBI.

Hay otro abrazo muy importante para la visibilidad de la homosexualidad en Argentina. Este fue televisado. Un jueves de 1994 se discutía, con ferocidad, en la mesa de Hora Clave sobre homosexualidad, derechos civiles y adopción. Al terminar la conversación, en primera fila del auditorio, estaba Roberto Jáugueri, histórico militante y miembro de la Fundación Huésped, que explicó que significaba el distintivo rojo que llevaba en la solapa de su saco: el símbolo internacional de la lucha contra el Sida. Mariano Grondona se acercó a él y le pidió uno. Jáugueri lo prendió en la solapa del periodista. Conversaron un minuto y cuando se despedían, Jáugueri le recordó que estaban haciendo una campaña cuyo lema era: Por favor, abrazame aunque tenga Sida. Y Jáugueri y Grondona se fundieron en un abrazo sincero y conmovedor, que hizo mucho para vencer el temor irracional y el oscurantismo.

Diego Maradona. 1976 hasta la actualidad

Una de las grandes virtudes, no siempre reconocida, de Maradona es su capacidad para abrazar. Además de hacer hermosos goles era un gran festejador. Efusivo, alegre, intenso, generoso. Al principio de su trayectoria era la carrera hacia un banderín, el salto en el aire cruzando las piernas y el puño en alto. Nada que ver con los jugadores actuales que coreografían los festejos y le quitan espontaneidad a las celebraciones. Pero Diego, siendo el mejor del mundo, era muy generosos con sus compañeros. También en los festejos. Bartolo Álvarez, Ramón Díaz, Brindisi, Bertoni, Kempes, Careca, Caniggia. Y cientos de compañeros más que recibían su reconocimiento y su alegría en cada gol. También sus dirigidos. Hace un tiempo en su cuenta de Instagram, Maradona subió un video (muy emotivo), musicalizado por la versión de Baby I love you de los, Ramones que sintetiza a la perfección este punto.

(Agencia NA)
(Agencia NA)

Los abrazos del tenis. Equipo de Copa Davis 2016. Vilas- Clerc 1981.

En 1981 Argentina tenía una firme posibilidad de conseguir un viejo anhelo pero que hasta hacía poco parecía imposible: ganar la Copa Davis. Durante los setenta, el nuestro había sido un equipo de un solo hombre, Guillermo Vilas. Pero qué hombre. Un batallador, talentoso, con un corazón imbatible que inventó ese deporte en el país. Cuando José Luis Clerc se sumó al equipo las chances aumentaron. Triunfos ante McEnroe, palizas a países con gran tradición. 1981 parecía el año. Pero los rumores fueron creciendo hasta que las certezas hasta que la situación fue inocultable. Vilas y Clerc estaban peleados. Cuestiones de ego, problemas de convivencia, intereses económicos. Vilas nunca fue fácil y por esos meses, Clerc tenía un mejor presente tenístico. En las semifinales, frente a Inglaterra, a pedido del público se dieron un abrazo antes del partido de dobles. Frío, con sonrisas pícaras pero que bastó para ser tapa de El Gráfico. Después perderían la final de manera ajustada en Estados Unidos.

En 2016, el sueño postergado se convirtió en realidad. De la mano de Juan Martín del Potro Argentina, contra toda expectativa, logró salir campeón de la Davis. El último punto le tocó definirlo de visitante a Federico Delbonis. Con un temple que impresiona, a la altura (estratosférica) de las circunstancias, Fede limpió al experimentado jugador local, Ivo Karlovic, en tres sets. Tras el punto que le dio la victoria, una montaña. Una montaña de abrazos. Tirándose uno arriba del otro, pegoteados, amontonados. Una imagen que además de emocionar hoy produce una profunda nostalgia.

Una digresión: otro gran abrazo con posterior montaña humana es el que recibió Ginóbili luego del doble sobre la chicharra que le dio a Argentina la victoria en el primer partido de los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Ese doble agónico e imposible que en ese momento sólo pareció una atinada venganza a la derrota en la final mundialista de dos años antes, fue mucho más que eso. Abrió el camino hacia una medalla todavía más imposible que esa conversión. Nunca un tsunamis de abrazos fue tan pertinente.

(Esteban Collazo/Frente de Todos/Handout via REUTERS)
(Esteban Collazo/Frente de Todos/Handout via REUTERS)

Mauricio Macri- Alberto Fernández. 8 de diciembre de 2019

Pasó hace pocos meses. El día anterior, Alberto Fernández, había ganado en primera vuelta las elecciones generales. Sería el próximo presidente del país. Había derrotado al hasta entonces presidente, Mauricio Macri. La campaña, como todas, había sido dura: los debates tensos, las acusaciones y señalamientos varios. Sin embargo, al día siguiente de la votación, Macri invitó a Fernández a la Casa Rosada. El presidente entrante y el saliente, el ganador y el derrotado, se saludaron con amabilidad, se dieron un abrazo y se sentaron a conversar en la misma habitación. Un avance institucional que intentó dar una imagen de continuidad y de respeto pese a las diferencias. El 8 de diciembre el abrazo fue público y a la luz del día en ocasión de una misa en la Basílica de Luján. Un mensaje de racionalidad y diálogo para un país inestable y muchas veces inmaduro.

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