
Se llamaba Juana Manuela Gorriti, pertenecía a una familia patricia, que tanto habían tenido que ver con la independencia. Era hija de José Ignacio Gorriti, quien se destacó por la ayuda a la causa patriota. El hombre había equipado a Martín Miguel de Güemes, ayudó al siempre necesitado Ejército del Norte, peleó junto a Manuel Belgrano en Las Piedras y Tucumán. Fue congresista en 1816 y gobernador de Salta primero entre 1821 y 1823, luego entre 1827 y 1829, y finalmente gobernador delegado en 1831.
Fue una mujer de una inteligencia única, innovadora para su tiempo, talentosa para la escritura y precursora de un estilo vanguardista. Consideada la primera novelista en América del Sur, en sus obras visibilizó a las mujeres, a los indígenas y a los negros. Sus novelas, cuentos, biografías y semblanzas fueron publicadas en Perú, Colombia, Ecuador y, cuando cayó Juan Manuel de Rosas, también lo pudo hacer en nuestro país.
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De grande reflexionó que el secreto para conservar a un hombre, era por su estómago. Aseguran que había aprendido la lección de su marido el coronel Manuel Isidoro Belzú quien, al parecer descontento con lo que ella cocinaba, le recriminó que le dedicaba demasiado tiempo a la lectura y poco a la cocina.
En el final de su vida, ella produjo una increíble obra que tituló Cocina ecléctica, en la que hace una suerte de mea culpa de haberse dedicado de lleno a la lectura y la literatura y descuidar otras cuestiones más prosaicas como la de darse maña en la cocina y hacer honor al mandato de toda mujer casada, de satisfacer al marido por el estómago.
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Juana nació el 16 de julio de 1816 en la hacienda familiar de Los Horcones, en Rosario de la Frontera, Salta. En un convento en su provincia estudió, además de religión, literatura y francés.

Gorriti, enrolado en la causa unitaria, debió emprender el exilio cuando Facundo Quiroga triunfó en El Bordo de Areco. Junto a su familia, a Manuel y Dionisio Puch —cuñados de Güemes— Rudecindo Alvarado y Juan Antonio Álvarez de Arenales dejaron el país el 13 de noviembre de 1831, y llegaron a Tarija el 27. Allí, Gorriti moriría el 10 de noviembre de 1835.
Cierto día escucharon de la calle sones de tambores y clarines y se asomaron al balcón para ver de qué se trataba. Juana Manuela vio marchar a una unidad de infantería, y a su frente un joven oficial. Ambos se miraron fijamente, “y nuestras almas quedaron desposadas”, contaría ella.
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El hombre se llamaba Manuel Isidoro Belzú, un militar de padres mestizos, nacido en La Paz en 1811. Cuando su amigo el general Ballivián lo mandó a Tarija a cunplir un castigo, allí conoció a la que sería su futura esposa. Belzú llegaría a la presidencia de Bolivia, la que ejerció entre 1848 y 1855, y tuvo mucho apoyo popular, especialmente de las clases más bajas. Aun así, debió enfrentar unos cuarenta intentos de golpe de Estado instigados por las clases dominantes. Realizó una gestión considerada progresista y en 1855, cansado, cuando le rechazaron la renuncia, llamó a elecciones y se fue a Europa en misión diplomática.

Cuando se casó en 1833, Juan Manuela tenía 17 años y se fueron a vivir a Sucre. El matrimonio tuvo dos hijas, Edelmira y Mercedes. Vivió largas temporadas sola, porque su marido estaba de campaña y campaña, y lo hizo en diferentes ciudades, como Sucre, Potosí y La Paz.
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La pareja, que no se llevaba bien, terminaría desgastándose y con el tiempo se separarían. Ella se instaló primero en Arequipa y más tarde en Lima, donde se dedicó a sostener un centro literario en su casa que se conocía como las “veladas limeñas”, que fue centro de la intelectualidad local. Cuando su marido llegó a la presidencia en Bolivia, no lo acompañó.
En la década del 50 ella vivió con un comerciante limeño con el que tuvo dos hijos, Clorinda y Julio. En ese país creó una escuela para niñas y revistas literarias.
A la par, escribía. En 1845 publicó en la Revista de Lima La Quena, una historia de amor entre un español y una princesa inca. De ahí en más, nunca paró, y sus textos se leían en Buenos Aires, Madrid y París. En la capital peruana, colaboraba en el diario El Comercio de Lima.
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De carácter resuelto, vestía siempre de blanco y usaba largos rizos que le caían sobre los hombros. Le gustaba mucho vivir en la capital del Perú. “Lima, mi Lima; ustedes no saben lo risueña y hospitalaria que es aquella tierra”.
Su marido había regresado de Europa en 1864 y con apoyo de las clases populares, se levantó contra el gobierno, y terminó asesinado el 27 de marzo de 1865. Ella viajó a Bolivia, a fin de reclamar el cuerpo y, dejando de lado viejos rencores, se ocupó de que tuviera un entierro digno y se pronunció la oración fúnebre.
Comenzó a viajar a Buenos Aires y a los lugares donde había pasado su infancia. Sus trabajos, tanto los autobiográficos, como los cuentos, relatos y leyendas, comenzaron a ser editados en Buenos Aires a partir de 1865 cuando salió un volumen titulado Sueños y realidades, que contiene sus escritos elaborados entre 1842 y 1864. En 1876 salieron dos tomos de Panorama de la vida, que son relatos fantásticos, mezclados con pinturas costumbristas y de sus viajes por los lugares donde había crecido, editó El mundo de los recuerdos. Ya era una escritora consagrada buscadsa por los editores.
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En su adultez, era una mujer extremadamente delgada y daba la sensación de fragilidad.
Dos años antes de morir, publicó Cocina ecléctica, un increíble recetario multicultural, donde más de un centenar de mujeres de diversos países de América y Europa aportan un total de 244 comidas de sus países. En sus 400 páginas se reflejan diversas culturas, prácticas, gustos y modas, matizadas algunas con historias y anécdotas.
Hay quienes las firmaron con seudónimo, pero hay otras reconocibles por ser personalidades destacadas de la literatura y la música, lo que demuestra cómo Gorriti se había relacionado en el ámbito de la cultura con mujeres que, en sus países, habían logrado con esfuerzo superar esa rígida barrera impuesta por un mundo gobernado por hombres.
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En el prólogo, aconsejaba a las mujeres sobre los maridos: “Asidlo por la boca. Yo, ¡ay! Nunca pensé en tamaña verdad”.
Hay recetas de sopas, puré, pescados, tamales, rellenos, pasteles, empanadas, frituras, tortillas, budines, aves, ramillete de confecciones a la alta gastronomía, conejo y su confección, legumbres, asados y repostería.
Hay para todos los gustos y existe una, enviada desde Salta, por Deidamia Sierra de Torrens, adjudicada a José de San Martín. Se pesca un dorado en el río Pasaje, se lo abre y se lo rellena con huevos duros, carne fría picada, aceitunas y nueces. Luego se lo cierra y se lo cocina.
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Otra la consiguió en un viaje en barco en el que coincidió con Adelina Patti, una reconocida soprano italiana, a quien todos los días el cocinero le preparaba riñoncitos con tostadas.

Además incorporó platos para la recuperación de enfermos, como el cocido de gallina, “sabroso, nutritivo y ligero para despertar el apetito extinto y fortificar, sin peligro de indigestión”. O el bocado para consumir durante un viaje en diligencia o a caballo, o el que preparaba Laura Ascasubi, “Envueltos a la Laurita”, para impedir que su padre saliera a comer con amigos y lo hiciera en casa.
Su última obra, Lo íntimo, saldría después de su muerte, ocurrida en Buenos Aires el 6 de noviembre de 1892. Sus funerales fueron costeados por el Estado y hubo sendos homenajes en el país y en Perú. Sus restos descansan en el Panteón de las Glorias del Norte, en la Catedral de Salta junto a sus afectos de su lejano y querido pasado salteño.
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