“Nos decían grasa porque éramos populares”: Larry de Clay, de hacer reír a millones en Videomatch a su presente lejos de la tele

De un día para el otro, el país entero repetía sus chistes, el programa de Tinelli lo había lanzado al estrellato. En un nuevo encuentro de La vida después, el actor cuenta el detrás de escena de su momento de furor y por qué nunca se mareó con el éxito

La vida después - LARRY DE CLAY
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Hubo una televisión que ya no existe: la de los presupuestos millonarios, los viajes por el mundo, las cámaras ocultas y un rating descomunal que marcaba el pulso de las sobremesas. En el torbellino de Videomatch, el programa de Marcelo Tinelli, la cara de Larry de Clay se volvió cotidiana en los hogares argentinos casi de la noche a la mañana.

Pero detrás del smoking, la galera y la carcajada fácil siempre estuvo Raúl Biaggioni, “El Tano”: un pibe de familia obrera que quiso ser cura, un actor que egresó con honores del Conservatorio Nacional y un militante peronista de cuna. En esta charla nos propusimos mirar más allá de aquel fenómeno irrepetible: entender cómo se vive cuando baja la espuma de la fama, de qué manera se esquivan las trampas del ego y por qué el verdadero reconocimiento no se mide en números de rating, sino en haber sido el alivio de alguien en su peor momento.

Luis Novaresio: ¿Te reconocés más como el señor Biaggioni o como Larry de Clay?

Larry de Clay: Si me dicen Biaggioni es porque me conocen de pibe, algún pariente o algún amigo de toda la vida. Si me dicen Raúl o Raulito, me doy vuelta. Pero en general me dicen Larry en todos lados.

LN: ¿Quién es Raúl Biagioni?

LDC: Es un pibe laburante, hijo de una familia de laburantes, clase media para abajo, obrera. Mi padre tenía una característica interesante: era exalumno salesiano en el San José de Rosario, era escultor. Enseguida empieza a trabajar de eso cuando egresa, pero también entra a trabajar en la Ford y empieza a militar en el gremialismo; estuvo 25 años como sindicalista en SMATA. Tenía toda esa impronta de la militancia política y le metía todo lo que había aprendido con los salesianos. Entonces era política, cultura, arte, todo en un mismo combo.

LN: Alguna vez te escuché decir: “Soy de Libra, de Boca y de Perón”. ¿Te definen las tres cosas?

LDC: Claro, sí, sí. Nosotros venimos de una familia así. Mi abuelo Aniceto era maestro rural en Santa Fe. Mi padre nació en Hersilia, en el norte, porque a mi abuelo lo habían castigado los conservadores y lo mandaron de castigo a ser maestro rural. Y lo que esos miserables pensaban que era un castigo, para mi abuelo fue una bendición: aprender la realidad de los peones del campo. Hace cuatro años conocí en Colonia Ambrosetti la casa —que está toda derrumbada— donde nació mi papá en el año 34; mi abuela le había hecho la cunita con un cajón de manzanas. Muy fuerte…

LN: ¿Qué querías ser de pibe?

LDC: Quise ser cura. Iba mucho a Pedro Luro, donde estaban los restos de Ceferino Namuncurá. Tenía siete u ocho años; me gustaba porque en Pedro Luro estaban los salesianos y veía todas las cosas que hacían. Después, ya de más grande, entré a la secundaria en la escuela de la Ford y ahí vi una obra de teatro que hacía Claudio España, un gran profesor que tuve, que me cambió la vida, y dije: “Yo voy a ser actor”. En primer año, en el 75, empecé y no paré más.

LN: En la familia, ¿algún actor?

LDC: Mi abuelo, que hacía teatro con los gringos en el campo, una maravilla. Esa es la primera referencia que tuve del teatro.

Definió a Tinelli como "un gran amigo que llegó a lo más alto haciendo lo que le gusta, muy generoso, no solamente conmigo, sino con todos los que estuvimos ahí"
Definió a Tinelli como "un gran amigo que llegó a lo más alto haciendo lo que le gusta, muy generoso, no solamente conmigo, sino con todos los que estuvimos ahí"

LN: ¿Cómo llegás a Marcelo Tinelli?

LDC: Yo había trabajado en un programa que se llamaba Edición Plus, en Telefe, con Marquitos Gorbán y Julito Bertolotti, que eran mis productores. Después ellos pasaron a Videomatch. Cuando tuvieron que hacer unas cámaras ocultas se acordaron de mí, me llamaron y me dijeron: “Mirá, vamos a hacer una cámara oculta que no sabemos si va a salir al aire”. Fui, hice el casting y acá estoy. Así de simple y de determinante.

LN: ¿Cuándo te diste cuenta de que eras un tipo famoso?

LDC: Fue de un día para el otro. ¿Que todo el mundo hablara de mí? Fue de un día para el otro, me acuerdo, con la primera aparición en “El show del chiste”. Al otro día llegué a Telefe. ¿Viste que los viejos estudios de Telefe tenían ese pasillo rojo? Llego y sale Marcelo en cuero, con una toalla al cuello, diciéndome: “¡Está todo el mundo hablando de vos!”. Y en esa época no había minuto a minuto, no había celulares, no había redes; había sido una explosión total.

LN: ¿Qué te pasó con eso?

LDC: A mí me agarró bien. Yo tenía 38 años y venía de una familia con los pies sobre la tierra. Como ya había militado mucho en política, empecé a ver que en la televisión había mucho chanta, mucha rosca, desde los artistas hasta las gerencias. Entonces me dije: “Acá hay que ir con pies de plomo; esto es efímero, hoy estás y mañana no estás”. Pero los primeros seis o siete meses fueron una locura: prendía la radio para escuchar fútbol y hablaban de mi chiste.

LN: Definime a Marcelo Tinelli.

LDC: Un gran tipo. Un gran amigo que llegó a lo más alto haciendo lo que le gusta. Muy generoso, no solamente conmigo, sino con todos los que estuvimos ahí.

LN: ¿Qué es la fama?

LDC: Una circunstancia de plástico que puede durar mucho o puede durar nada.

LN: ¿Qué da la fama?

LDC: Que te conozcan, nada más.

LN: ¿Dinero?

LDC: Si te va bien en la carrera, sí.

De chico, quería ser cura: "Conozco la calle. Sé lo que pasa en los barrios y la situación es dramática, sobre todo para las personas con discapacidad"
De chico, quería ser cura: "Conozco la calle. Sé lo que pasa en los barrios y la situación es dramática, sobre todo para las personas con discapacidad"

LN: ¿No hacer cola en los restaurantes?

LDC: Eso era antes. Bueno, a veces conseguís algún estacionamiento o te hacen una gauchada. Pero a mí me da vergüenza. Me encanta el rock y una vez, cerca de Carlos Paz, estábamos en un lugar donde había apenas dos mesas: la de Litto Nebbia y la mía. Me moría por tener una foto con Litto, pero no se me ocurrió ir a molestarlo ni a saludarlo.

LN: Pero tuviste épocas donde no hacías cola y te invitaban a todos lados.

LDC: Sí, claro. En esa época Videomatch era fuertísimo: ibas a un restaurante y te invitaban todo. Linda época.

LN: ¿Mujeres?

LDC: Mirá, cuando entré a Videomatch yo estaba casado con la mamá de mis hijos más grandes; Facundo, el mayor, que ahora tiene 39, en ese momento tenía ocho o nueve años. Después me separé, conocí a la mamá de Santino, el más chico, que hoy tiene 16. Y hace diez años, en un evento solidario que organizamos con Oscarcito Paz después de la muerte de Leo Rosenwasser para juntar plata para los hijos de Leo, en el teatro Liberarte, en medio del evento me empujan sin querer. Me doy vuelta y aparece Rosita, mi actual mujer, mi amor.

LN: Pensaba en tu recorrido: estudiar con Stivel, el Conservatorio Nacional, el estallido popular con Marcelo... y un día llegás al Teatro San Martín.

LDC: Maravilloso. Cuarenta y tres años tarde, pero llegó. Era mi sueño, porque cuando te formabas en el Conservatorio era para llegar ahí. Y encima trabajar con un amigo de toda la vida como el Puma Goity, que nos conocemos desde el año 81, cuando los dos teníamos pelo y éramos flacos. Que me llame y me diga: “Tano —porque mis amigos de esa época me dicen Tano—, ¿querés venir?”. “¡Cómo no voy a ir con vos”. Hacer Cyrano en el San Martín fue cumplir ese sueño.

LN: ¿Hubo una época donde sentías el prejuicio de los que te miraban con desprecio por hacer el tipo de humor que hacías en Videomatch?

LDC: Sí, claro. Porque éramos de Tinelli, porque estábamos en Videomatch. Si lo que hacíamos nosotros lo hacía Cha Cha Cha —que me encanta, Casero me parece genial—, era arte. Pero como lo hacíamos nosotros, decían cualquier cosa. En las cámaras ocultas metíamos personajes extraordinarios, que ni Capusotto hizo, y eso que a Diego lo amo.

LN: ¿Y por qué pasaba eso? ¿Por qué Capusotto podía ser cool y ustedes eran —lo digo con respeto— “grasa”?

LDC: Porque lo nuestro era popular, mucho más masivo. Mi mamá no sabía quién era Capusotto, pero sabía quién era Pachu, no solo porque laburaba conmigo, sino porque el programa entraba a todas las casas. Me pasa hoy en la calle: mirá que Videomatch hace una bocha que no sale más al aire —no te hablo de ShowMatch, donde fui uno de los pocos que se quedó acompañando a Marcelo hasta el final—, y la gente me sigue recordando por aquello.

Raúl Biaggioni recordó que creció en una familia obrera marcada por el sindicalismo, el arte y la militancia peronista
Raúl Biaggioni recordó que creció en una familia obrera marcada por el sindicalismo, el arte y la militancia peronista

LN: En aquel entonces sospecho que debía ser difícil caminar por la calle sin que te pararan.

LDC: Sí, claro. Ahora es más tranquilo. El otro día Rosita me decía: “Qué loco, vas a cualquier lugar y te saludan”. Me saluda gente que nunca vi en mi vida con el mismo afecto y confianza con el que te saludo yo a vos cuando nos cruzamos.

LN: ¿Extrañás la tremenda masividad de aquella época frente a lo que hoy es un cariño más calmo?

LDC: No extraño el ritmo de trabajo de esa época: levantarte a las ocho, estar a las nueve en el canal y quedarte hasta las siete u ocho de la noche para producir una nota de tres minutos que ni siquiera sabías si entraba al aire. Teníamos recursos para todo, pero era un desgaste enorme. Lo que sí se extraña es esa estructura: te daban productor, camarógrafo, editor y salías a la calle. Eso no existe más. Cuarenta personas en Madrid durante dos semanas, una semana entera en Nueva York o un mes cubriendo un Mundial en Alemania... no existe más en la televisión argentina.

LN: ¿Qué le dice el Larry de Clay de ahora al que arrancaba en Telefe para sumarse a Videomatch?

LDC: “Estamos aguantando, compañero”. Al principio no era fácil meter una nota o imponer un personaje en semejante grupo; no es que competíamos con mala leche, pero tenías que ganarte el espacio. La peleamos y estuvimos ahí.

LN: Te doy a elegir: ¿volver al éxito masivo de Videomatch o dedicarte de lleno a la política con éxito?

LDC: Dedicarme a la política con éxito. Pero respecto a Videomatch… cada vez que lo cuento me emociono: una vez, en pleno auge del programa, llevé a dos de mis hijos al teatro. Fui al baño y un tipo se me puso a hablar. Al principio pensé: “Che, qué desubicado, ¿justo acá en el baño?”. Le dije que habláramos afuera y me contestó: “No, perdoname, solo te quiero agradecer. Mi papá estuvo muy enfermo; los últimos seis meses fueron fatales y la única vez que lo veíamos sonreír era con vos. Él no miraba el programa, pero controlaba la hora y decía: ‘Pongan la tele que viene el gordo’”. El tipo me lo contaba llorando y a mí se me hizo un nudo en la garganta. Ahí entendí para qué servía lo que hacía.

LN: Te cambio la opción: ¿el éxito de Videomatch o protagonizar con prestigio El enfermo imaginario de Molière en el San Martín?

LDC: Voy por el prestigio, porque sé qué clase de actor soy. Yo soy un tipo recontra agradecido con Videomatch, fue una etapa fundamental de mi vida, pero hoy voy por otro lado. Estoy muy enfocado en mi programa diario en Canal 22, Estamos de vuelta, donde le damos espacio a artistas que no tienen pantalla en ningún lado; y en la radio, Late por vos, donde hace diez años hacemos un programa solidario que no solo difunde causas, sino que genera acciones concretas. En lo actoral voy por el prestigio. Además, estoy trabajando fuerte en el área de discapacidad, acompañando a instituciones para dar una mano desde un lugar más comprometido.

Larry de Clay con Rosita y el Puma Goity
Larry de Clay con Rosita y el Puma Goity

LN: La vocación política siempre estuvo latente.

LDC: Yo empecé a militar en 1980, en plena dictadura, con mi papá y un grupo de dirigentes que venían de la resistencia peronista del 55. Aprendí al lado de exintendentes derrocados en el 76, como Lagomarsino en Pilar, Merino en Morón o Gabino en San Isidro, que había sido sobreviviente de los fusilamientos de José León Suárez. Me formé con esa vieja guardia. En mi forma de militar parezco un tipo de 80 años, parezco Julio Bárbaro, porque me crié escuchando a esos referentes.

LN: Dicen que meterse en política es tirarle la honra a los perros.

LDC: La política no es complicada; los complicados son algunos políticos. La política como herramienta de transformación es maravillosa.

LN: Sos un tipo querido, la gente te ve en la calle y te abraza porque la hiciste reír, que es una de las cosas más nobles de la vida.

LDC: Pero si voy de candidato ya no soy tan simpático para algunos. Conozco las reglas del juego. Al principio me molestaba el prejuicio; después entendí que duermo tranquilo porque sé el laburo solidario que hago, el mismo que hicieron mi abuelo y mi papá. No necesito un cargo ni ser funcionario para militar.

LN: ¿Te dolía cuando intentaban descalificarte diciéndote “mediático”?

LDC: Sí, claro. Al principio la pasaba mal. Pensaba: “¿Qué sabés vos de mí si no me conocés?”. Después entendí cómo funciona, igual que con los insultos en las redes: entrás al perfil del que te agrede y tiene dos publicaciones y cero seguidores. Aprendí a no engancharme.

LN: ¿Y qué querés ser cuando seas grande?

LDC: Actor.

LN: Más que político.

LDC: Es que político ya soy, soy peronista. No hace falta tener un cargo para hacer política. Como decía Osvaldo Soriano y repetía Gatica: “Yo nunca me metí en política, yo siempre fui peronista”.

LN: Es una frase hermosa.

LDC: Define el peronismo de base con el que me crié, el de esos viejos que dejaron la vida por el regreso de Perón.

La Vida Después
Raúl Biaggioni (o Larry de Clay) se define como "un pibe laburante, hijo de una familia de laburantes, clase media para abajo, obrera" (Jaime Olivos)

LN: ¿Te da miedo ser olvidado?

LDC: No, para nada. Me río mucho con eso. A veces voy caminando, viene un padre con el hijo y le dice: “Mirá, sacate una foto con él”. Y el nene me mira con cara de: “¿Y este quién es?”. Yo le digo al pibe: “Tranquilo, googleame”. En el grupo de WhatsApp que tenemos con Pachu, Pichu, Carna y varios de los chicos —donde también estaba el querido Toti Ciliberto— nos reímos de eso. A todos nos pasa que la gente nos frena y nos dice: “Gracias por haberme hecho reír tanto”. Nos ubican en el pasado, que es lo que somos en la tele, pero con un agradecimiento genuino. En 2013, cuando no salimos al aire, una señora grande me paró en la calle muy enojada y me dijo: “Dígale a Marcelo que esto no se hace. Yo vivo sola, ceno con ustedes todas las noches y este año me dejaron sin compañía”. Ahí tomás dimensión de lo que significaba ese programa para la gente.

LN: La solidaridad es una constante en tu vida. Cada vez que sé algo de vos, estás pidiendo una ayuda o consiguiendo algo para alguien.

LDC: Viene de cuna. Mi abuelo era radical yrigoyenista, y antes de que apareciera el peronismo estuvo a dos meses de ordenarse sacerdote. Después se hizo peronista. Entre la doctrina social de la Iglesia y la doctrina justicialista, no puedo actuar de otra manera; es lo que mamo desde chico. No me creo mejor que nadie, simplemente hago lo que siento que tengo que hacer.

LN: ¿Cómo hubieses sido de cura?

LDC: Un gran cura.

LN: De los curas como el Padre Pepe, que le ponen el cuerpo al territorio.

LDC: Sí, porque conozco la calle. Sé lo que pasa en los barrios y la situación es dramática, sobre todo para las personas con discapacidad. Hay madres que me dicen: “Larry, con la pensión le compro el alimento especial que toma por botón gástrico”. Y de golpe les dan de baja la pensión o las hacen hacer colas interminables para revalidar un certificado cuando a la persona le falta una pierna. Es una locura.

LN: ¿No saben o son crueles?

LDC: Son crueles… Sí, son crueles. Algunos no saben y algunos no saben y son crueles.

LN: ¿Volverán y serán millones?

LDC: Hay que dar el ejemplo y no perder la esencia. Te podés modernizar y adaptarte a los tiempos, pero el espíritu tiene que estar intacto. Yo me siento identificado con los primeros cristianos, los que estaban en las catacumbas y pintaban el pez en la puerta para reconocerse entre ellos, o con los peronistas que usaban la flor de no me olvides en la solapa durante la resistencia. Esa es mi identidad.

LN: Me gustó verte. Cuidate.

LDC: Igualmente, Luis. Bendiciones y gracias.

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