
No importa la época de la que hablemos. Desde el momento en que se comenzaron a festejar los carnavales en Buenos Aires y se incorporó la costumbre de usar caretas y de jugar con agua, siempre hubo descontrol. Estas fechas eran un dolor de cabeza para las autoridades que no sabían manejar la situación. Se ignoraba por qué extraño proceso la alegría entre la gente trastocaba en violencia, que hasta podía terminar con asesinatos y violaciones.
Ya era difícil controlar los festejos en los tiempos de los virreyes. Juan José Vértiz fue el que dispuso que la ensordecedora ejecución de los tambores y los ruidosos bailes se realizasen en lugares cerrados y no en las calles, ya que molestaban a los vecinos de bien que se escandalizaban por semejante espectáculo. Todo debía ocurrir dentro de las casas. La cuestión era que, invariablemente, los bailes terminaban de la peor manera. Había desde roturas de muebles, robos de pertenencias, gente que se emborrachaba hasta denuncias de abusos de mujeres y crímenes.
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Lo cierto es que en el tiempo que duraban estos festejos, desaparecían las diferencias de clase, de raza y de edad. Claro que la gente que estaba en contra se encerraba en su casa y la más pudiente dejaba la ciudad y se instalaba en los establecimientos que poseía en las afueras.
Un lobby de vecinos respetables junto a un cura logró hacer llegar sus quejas hasta el propio rey Carlos III, quien decretó la prohibición del carnaval en los dominios en América. “Hay que terminar con el escandaloso desarreglo que el carnaval provocó en Buenos Aires”, sentenció.
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Sin embargo, Madrid estaba demasiado lejos de Buenos Aires. Vértiz no acató la orden, ya que no le veía el sentido a la prohibición y más si en España estaban permitidos. De paso mandó al cura denunciante de regreso a la madre patria. Pero el virrey no podía rebelarse tan abiertamente a lo dispuesto por su monarca. Hecha la ley, hecha la trampa: el carnaval se haría en el Teatro de la Ranchería, que funcionaba frente a la Manzana de las Luces.
Los virreyes que vinieron después intentaron regular esta costumbre. Después de 1810 se popularizó el uso del agua y de otros productos. La gente se divertía arrojando harina y huevos vaciados que se llenaban con el líquido que se tuviera a mano y los agujeros se tapaban con cera. También solían usarse las vejigas de cerdo para arrojar agua.
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Aun así, no era bien visto. El diario El Argos de Buenos Aires, en 1822, publicaba: “Se acercan los días de carnaval en que la generalidad de los habitantes de esta ciudad se abandona a una alegría que raya en furor. Las personas más distinguidas entregadas a este juego, que llamaremos bárbaro, parecen haber perdido entonces su razón, y las vemos confundidas con la plebe más grosera”.

Así como varios gobiernos intentaron que los festejos fueran por los carriles normales, también Juan Manuel de Rosas trabajó en ello. Los veía con simpatía ya que la mayoría que se brindaba a esas prácticas era la población negra, a la que le tenía especial consideración. Solía visitarlos, acompañado por su esposa Encarnación Ezcurra en el barrio del Tambor, actualmente Monserrat, y en San Telmo, donde eran mayoría. Ahí dejaba de ser el Restaurador de las Leyes y era uno más. Su sola presencia era motivo de algarabía general.
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Pero hasta a Rosas, el hombre todopoderoso de la Confederación, la cuestión se le había ido de las manos y las quejas continuaron.
No le quedó más remedio que emitir el 8 de julio de 1836 un decreto que establecía “reglas fijas para el juego de carnaval, a fin de precaver los excesos notables que algunas veces llegan a cometerse, y conciliar por este medio el respeto que se debe a los usos y costumbres de los pueblos, con lo que esencialmente exige la moral y la decencia pública”.
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Si se deseaba practicar el carnaval, debían cumplirse con una serie de disposiciones. Las máscaras y las comparsas eran permitidas, siempre y cuando se gestionase previamente el permiso policial. Pero el juego con agua debía circunscribirse a lo que durase el carnaval, tres días anteriores al miércoles de ceniza. Comenzaba a las 2 de la tarde, con tres disparos de cañón hechos desde el fuerte y finalizaba a las 18 horas, antes de la oración, con otros tres cañonazos.
De todas maneras, los desbordes y los desmanes existían. A la harina, el agua y líquidos de sospechosa procedencia, se sumaban las piedras que se tiraban de los balcones. Un inglés, que por entonces visitaba Buenos Aires, se vio envuelto sin querer en esta guerra callejera. Como no entendía qué sucedía, no tuvo mejor idea que sumarse a la acción.
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El último día del carnaval los vecinos confeccionaban un muñeco, generalmente hecho de paja, al que colgaban y luego quemaban. Los rosistas más fanáticos lo vestían a la usanza de los unitarios, con ropas de color celeste.

El bloqueo anglo-francés al Río de la Plata obligó a incrementar los controles, ya que la política se metió en el festejo. Rosas no la tenía sencilla, la baja del comercio trajo aparejado una caída de la economía. El Restaurador aplicó un furioso ajuste que empezó por los sueldos de los funcionarios. Además, incluyó recortes de las partidas destinadas a hospitales, escuelas y la universidad.
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El gobernador temía que los unitarios usaran el carnaval para provocar disturbios o algo más serio, más aún cuando éstos operaban en tándem con los oficiales al mando de la poderosa escuadra anglo-francesa que mantenía bloqueado el Río de la Plata.
Rosas decidió cortar por lo sano: el 22 de febrero de 1844 lo prohibió por decreto, aunque muchos no le hicieron caso. Pero, seguramente, cumplió el objetivo y finalmente no hubo maniobras para desestabilizar al gobierno.
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Oficialmente, volvió a festejarse a partir de 1854, cuando se autorizó el juego con agua y los bailes de máscaras, organizados en los teatros Victoria, Argentino, Coliseum y en el Colón, desde su apertura en 1857.
El primer corso, de 1869, ocupaba cinco cuadras de la entonces calle Victoria, hoy Hipólito Yrigoyen. Al año siguiente aparecieron las carrozas y más a fin de ese siglo, las murgas. Luego se popularizarían los bailes en los clubes.
Hubo grandes entusiastas del carnaval, como Domingo F. Sarmiento -la comparsa “Los habitantes de la luna” lo nombraron “Emperador de las máscaras”- y Carlos Pellegrini, que disfrutaban como chicos una costumbre de jolgorio pagano que había venido a estas tierras para quedarse.
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