
Cuando llegó a las Sierras Grandes de Tapalqué, Bartolomé Mitre, al frente de dos columnas de 8000 hombres, con los que imaginaba escarmentar a los indígenas de una vez por todas, ordenó a sus oficiales que ocultasen las fuerzas. En la noche del 29 de mayo de 1855 se acercó al terreno donde suponía estaba el enemigo, y su plan era caerles por sorpresa con las primeras luces del día. Pero se encontró con lo inesperado: un terreno despoblado. Sus baqueanos habían errado el cálculo por unos veinte kilómetros.
Ignoraba que lo peor estaba por venir.

Mitre, de 33 años, aún no había conquistado triunfos contundentes en el campo de batalla que sustentasen un prestigio militar. Luego de combatir a Rosas, cuando éste cayó se había lanzado a la política, y fue entonces uno de los legisladores mas votado. En la revolución porteña del 11 de septiembre de 1852 estuvo al frente de la Guardia Nacional y fue herido en una de las refriegas. Cuando el país quedó partido, fue ministro de guerra y marina del Estado de Buenos Aires. Entonces dispuso lanzar una campaña militar para terminar con los malones indígenas en el interior bonaerense.
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Mientras gobernó, Juan Manuel de Rosas tuvo la habilidad política de ganarse a varias tribus indígenas con la entrega de ganado, alimentos, bebidas y tabaco. Los caciques se comprometían a no malonear y a la vez se preocupaban en perseguir a aquellos hacendados conocidos como unitarios. También proveyeron de bravos que pelearon junto al ejército federal en Caseros.

Cuando el poder cambió de mano, el temible cacique Calfucurá que, mientras manifestaba sus deseos de hacer la paz con Buenos Aires, pactó con Justo José de Urquiza, cabeza de la Confederación, y el líder araucano volvió a las andadas, haciéndole la vida imposible a poblaciones como Azul, Olavarría, Tapalqué, Tandil o Bahía Blanca, donde se vivía con el corazón en la boca por los continuos malones, donde se mataba, se saqueaba, se incendiaba y se tomaban a blancos como cautivos.
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A la población indígena, la Constitución sancionada en 1853 no les daba esperanza. Solo eran mencionados en el inciso 15 del artículo 67 del capítulo cuarto: “Proveer a la seguridad de las fronteras: conservar el trato pacífico con los indios, y promover la conversión de ellos al catolicismo”.

Calfucurá tenía a sus órdenes unos cinco mil hombres, secundado por líderes como Catriel, Cachul, Namuncurá o Calvuquir, entre otros, dueño absoluto de la inmensidad de la pampa y de más allá. Era un líder inteligente, que sabía cuándo combatir y cuándo negociar.
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En su condición de ministro, Mitre había ordenado en marzo la construcción de un fortín en Tapalqué y un puesto militar en Tres Arroyos, y a través de la publicación de artículos en los diarios, describía a los porteños el panorama que se vivía en el interior con los ataques indígenas.
Mitre salió de Buenos Aires el 27 de mayo de 1855 con la confianza de que sería una campaña sencilla y ejemplificadora para terminar con las incursiones indígenas. El 13 de febrero de ese año las fuerzas de Calfucurá habían arrasado Azul, sobrepasando al puñado de soldados que ocupaban el Fuerte San Serapio Mártir, establecido en diciembre de 1832. Entonces se llevaron sesenta mil vacunos, tomaron cautivas a 150 familias y dejaron más de cien muertos en las calles. Los ranqueles se habían apoderado de la caballada de la guarnición de Rojas, habían asolado a estancias en el oeste bonaerense, y la gente de Calfucurá hacía lo propio en el sur de la provincia de Buenos Aires.
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Cuando los baqueanos de Mitre erraron el cálculo, se perdió el efecto sorpresa y provocó que las tribus de la región se aliasen para hacer frente al hombre blanco.
Las fuerzas de Buenos Aires cayeron sobre el millar de lanceros y lograron desbandarlos. Entonces, los atacantes se dirigieron a las tolderías, levantadas en la vera del arroyo Tapalquén. Los soldados se olvidaron de pelear y, ganados por la codicia, se dedicaron a saquear y descuidaron su seguridad.
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Aprovechando la situación, los indígenas, al mando del cacique Cachul, consiguieron aislarlos y otra lucha empezó. Los soldados, desordenados, fueron rodeados. Algunos eran muertos a lanzazos, mientras otros lograron escapar.
Esa noche llegaron al campamento de Mitre dos hombres con la noticia que habían avistado a una columna importante al mando de Calfucurá. Mitre no lo pensó dos veces: ordenó una retirada a las apuradas temiendo ser asaltados por sorpresa a la madrugada.
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Se dejaron encendidos los fogones, a los que se alimentó con grasa de potro para que durasen más tiempo, quedaron armadas dos tiendas de campaña y cerraban el campamento la caballada, todo lo cual daba la sensación de un campamento en actividad.
A las ocho y media estuvo lista la formación para irse lo más sigilosamente posible. Protegidos los flancos por dos escuadrones de caballería, encabezaba la marcha una compañía de infantería, mientras que en el centro iba la artillería, los heridos y los bagajes. Aparte se llevaban las caballadas y cerraba la formación el Batallón 2° de Línea.
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Todos, desde su jefe hasta el último soldado, marchaban a pie, en el mayor orden y sigilo. Mitre decidió tomar el camino más corto pero el más peligroso, pero contaba que su engaño había surtido efecto.

Para las tres de la mañana habían recorrido cinco leguas y media, y cuando llegaron al arroyo de Nievas, se montó a caballo, pero como eran pocos los animales, en cada uno iban dos hombres. Así a las ocho de la mañana llegaron a Azul. Habían perdido a 250 hombres.
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Dejó al general Manuel Hornos el entuerto de reorganizar el caos de las fuerzas de frontera, totalmente desmoralizadas, y que debían proteger a las poblaciones aterradas y libradas a la buena de Dios. Con casi nada, el pobre Hornos, debía vérselas con una colosal confederación de tribus indígenas.
El comienzo no fue nada prometedor. Nicanor Otamendi, un hacendado de 32 años al frente de 124 hombres de la Guardia Nacional, había sido destacado a una misión de observación. El 13 de septiembre, en un corral de la estancia de San Antonio de Iraola fue rodeado por indígenas, liderados por Yanquetruz, que los superaban ampliamente en número. Luego de una lucha desesperada de una hora, en los que los indígenas se desmontaron para protegerse con sus caballos de los disparos de las carabinas, y de una pelea cuerpo a cuerpo, Otamendi y todos sus soldados terminaron degollados. Solo uno, malherido, de apellido Roldán, fue el que contó el infierno que habían pasado.
Cuando Mitre llegó a la ciudad de Buenos Aires el 19 de junio, fue agasajado por sus amigos y la gente, ignorante de lo que realmente había ocurrido, celebró el fin del peligro indígena. El hombre reconoció que no se habían logrado los objetivos previstos, pero que gracias “a las nobles fatigas de mis compañeros de armas en la corta campaña que me ha tocado el honor de dirigir, abriendo el camino que otros con más fortuna recogerán para la patria los lauros de una victoria definitiva” (…) “se había logrado expulsar de nuestra frontera la vanguardia de los bárbaros y salvar a Buenos Aires de una de las más grandes calamidades que le haya amenazado”.
Sin embargo el relato que intentó construir, Mitre admitiría que “el desierto es inconquistable”. Faltarían un par de décadas más para incorporar esa vastísima extensión de territorio a ese país que crecía.
Fuentes: Estanislao Zeballos – Callvucurá y la dinastía de los Piedra; Miguel Angel de Marco – Bartolomé Mitre. Biografía
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