
Antes de quedar completamente ciego en 1637, Galileo Galilei escribió su último informe sobre sus observaciones a la luna. Lo hizo con su ojo izquierdo porque el derecho lo había perdido. Lo hizo en su cama, donde pasaba el día “terriblemente cansado”. Falleció el 8 de enero de 1642, luego de una fiebre que no se iba y de palpitaciones cardíacas.
Por 1610 se había topado con el genial invento que fue el telescopio en los Países Bajos, creado más para la distracción y la diversión. Enseguida adquirió uno y le escribió una carta a Leonardo Donato, dogo de Venecia: “Os aseguro que mantendré en el mayor de los secretos este nuevo artificio y sólo se los mostraré a Vuestra Alteza. El telescopio se construyó para estudiar las distancias de la manera más precisa. Este telescopio posee la ventaja de descubrir las naves enemigas dos horas antes de que puedan ser detectadas con la visión natural y sirve para distinguir el número y las características de las naves y para calcular sus fuerzas y prepararse para salir en su persecución, presentarles batalla o huir de ellas; también, en campo abierto, para ver todos los detalles y distinguir cada movimiento y preparativo”.
Era obvia la importancia que Galileo le daba a este nuevo aparato y se había propuesto sacarle el jugo -haciendo sus propios aparatos- en sus estudios de astronomía.

Había nacido en Pisa el 15 de febrero de 1564. Su papá se ganaba la vida componiendo música y le enseñó el oficio a su hijo. Galileo aprendió matemática también de su progenitor, quien lo envió a estudiar Medicina a la Universidad de Padua cuando se le había cruzado entrar como novicio en un monasterio. Galileo no se recibió de médico y dio clases de matemáticas, que por entonces no era considerada como una materia central.
Se propuso generar sus propios ingresos vendiendo sus inventos, porque el padre solo le había dejado deudas, y su hermana tampoco tenía dotes. Primero fue una balanza hidrostática, que había diseñado Arquímedes; luego un compás militar, para dar ángulo a las piezas de artillería. Antes había probado una bomba de agua.
Sin querer transformó el telescopio en algo serio. A partir de 1609 noche tras noche se dedicó a observar el cielo. Dibujaba y pintaba lo que veía. Con el descubrimiento de los cometas, demostró que había más cosas que la luna. También descubrió una supernova.
En base a sus observaciones, determinó que la Vía Láctea era un conjunto de estrellas y que la Luna tenía la misma superficie que la tierra. Alcanzó a ver cuatro planetas, pero giraban alrededor de Júpiter, al que había bautizado como “El planeta de los Médici”. Advirtió que podría haber otros planetas y otros universos.

Publicó sus conclusiones en “El mensajero de los astros”, y lo dedicó al duque de Toscana.
Dejó abierta la posibilidad de la que la tierra pudiera moverse. Para la Iglesia eso era imposible, porque contradecía lo que se afirmaba en las Sagradas Escrituras. Galileo alertó sobre el sentido figurado de algunos pasajes, debido a eventuales contradicciones entre expresiones literales de la Biblia y las conclusiones de la filosofía natural.
Era proclive a la controversia. Ingenioso y sarcástico, escribía muy bien, cualidades que le hicieron ganar enemigos en la iglesia y acumular demandas judiciales. Si bien nunca se casó, tuvo tres hijos con Marina Gamba: Vicenzo, Livia, a quien envió a un convento, y Virginia, quien sería sor María Celeste, monja franciscana.
En la corte de Florencia sugirió que sus observaciones echaban por tierra la teoría de la física de Aristóteles. Decía que las Sagradas Escrituras no estaban equivocadas, pero que había quiénes las interpretaban erróneamente.
En 1611 viajó a Roma. Llevó el telescopio y una cajita: maravilló a todos cuando mostró una piedra fosforescente, con sulfato de bario, que brillaba en la oscuridad. “Esponja solar” se la llamó. Demostraba que no solo el sol y una vela encendida podían brindar luz, sino que ésta era un fenómeno separable del calor.
En un primer momento, la Congregación del Santo Oficio, creada por el Papa Paulo III en 1545, halagó a Galileo por sus observaciones. Pero hizo fruncir al ceño a encumbrados miembros de la iglesia, ya que esos átomos de luz iban en contra de la filosofía natural sostenida desde el Concilio de Trento, desarrollado entre 1545 y 1563 en respuesta a la reforma protestante. Galileo adhirió a la teoría de Copérnico de que la tierra giraba alrededor del sol.

El cardenal Belarmino, un aficionado a la astronomía, le preguntó a Galileo si podía probar que la tierra se movía. Ante la respuesta negativa, le sugirió dejar de lado esa idea.
A partir de una denuncia del Padre Lorini, el Santo Oficio abrió un procedimiento por haber pretendido adaptar la Biblia al heliocentrismo. Además, dejaron en claro que Galileo menospreciaba la filosofía aristotélica.
Galileo se defendió: “Puede suceder que tengamos dificultades para interpretar las Escrituras, pero esto ocurriría debido a nuestra ignorancia y no porque realmente haya o pueda haber dificultades insuperables para conciliarlas con las verdades demostradas”.
La sentencia del primer juicio estipuló abandonar la teoría de un sol estático y que la tierra se moviese a su alrededor; que tenía prohibido sostener, defender y enseñar esta teoría. Acató y prometió obedecer.

Enfrentarse a la Inquisición era arriesgarse a ser acusado de dos categorías de crímenes: la herejía o la sospecha de ser hereje, según la gravedad de la ofensa. El dedo acusador era manejado por la inflexible y severa Congregación del Santo Oficio, creada por el papa Paulo III en 1545, una institución de relevante importancia en la Iglesia.
En 1623 publicó El Saggiatore (El Ensayador), que escribió a partir de la aparición de tres cometas a finales de 1618 y comienzos de 1619. El contenido de este libro giró en torno a una polémica con el Padre Grassi, un jesuita matemático del Colegio Romano, acerca de la naturaleza y movimiento de los cometas. Discutió sobre su posición, movimientos y origen, cuidándose de evitar que el tema desacreditase a Copérnico; pero, como tenía prohibido referirse a él, se centró en atacar las teorías anticopernicanas. Propuso negar la realidad física de los cometas. Decía que eran apariencias luminosas, tal ocurría, por ejemplo, con el arco iris.
Mas allá de un visto bueno del Sumo Pontífice, se ganó la antipatía y hostilidad de los jesuitas que, curiosamente, habían sido benévolos con él en su anterior proceso.
Entre sus enemigos se contaban los dominicos; detrás, hacían fila los laicos, los filósofos, los profesores universitarios y los jesuitas, que montaron en cólera en la época de cuando Galileo se había hecho anti aristotélico y crítico de las teorías astronómicas del danés Tycho Brahe, quien había investigado los astros antes de la aparición del telescopio.
Para su desgracia, de pronto se encontró en medio de los tironeos de la Contrarreforma católica y del Concilio de Trento, que sostiene que serían castigados con la ley los que contradijesen a la iglesia y a las Sagradas Escrituras.
En febrero de 1632 publicó el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, en el que reflexiona sobre el movimiento del universo en torno al sol, lo que disparó el 12 de abril de 1633 otro proceso en su contra: lo acusaban de insistir en el movimiento de la tierra, de no cumplir la reconvención de 1616 y de “ir más allá”.

En realidad, ¿lo acusaron de otra cosa?
Fueron siglos de que estudiosos repitiesen la historia hasta que en 1983 un historiador italiano, Pietro Redondi, sacudió el ambiente académico al proponer una nueva tesis a partir del hallazgo de dos misteriosas hojas, firmadas con la letra “G”, en la que se ponía en duda que el célebre toscano haya sido juzgado en 1623 por la teoría copernicana, y tal vez por una cuestión un tanto más delicada, ya que afectaba un dogma, como era el de la transustanciación, esto es, la conversión del pan y el vino de la eucaristía transformados en el cuerpo y la sangre de Cristo. Según la doctrina católica, es una conversión que solo Dios puede hacer.
Redondi, que se dedica a la historia de la ciencia y a estudiar la tecnología entre los siglos XVI y XIX, asegura que Galileo arriesga que la interpretación del dogma eucarístico desarrollado por Galileo usando la gramática de la física, implicaba la violación de lo dispuesto en el Concilio de Trento. En cambio, el filósofo Maurice A. Finnochiaro sostiene que la teoría de Redondi son especulaciones. Y agrega que su tesis central ha sido generalmente rechazada por los estudiosos.
Todo fue muy sospechoso, porque en lugar de llevar a Galileo directamente al banquillo de acusados del Santo Oficio, se formó una comisión especial con control directo del Papa. La completaban tres teólogos y, de ellos, solo uno era jesuita, cuidadosamente elegido.
Fue acusado de ser “sospechoso vehementemente de herejía”. El libro donde estaba asentada la denuncia tiene hojas arrancadas.
“La mejor ayuda que le podemos dar al señor Galilei es proceder despacio y sin ruido”, se escribió entonces. Tan cautelosos iban, que para febrero de 1633 a Galileo aún no le habían adelantado que tenían pensado girar su caso al Santo Oficio.
La primera declaración tuvo lugar el 12 de abril; la segunda el 30 del mismo mes; la tercera el 10 de mayo, jornada donde Galileo desarrolló su primera defensa. Ahí aclaró que en 1616 le habían ordenado no difundir la teoría de Copérnico, y que no le habían dado ninguna otra indicación especial.
En esa audiencia, Galileo debió escuchar del tribunal que era “filosóficamente absurdo” el hecho de que sol fuera el centro del mundo, inmóvil y que la tierra no fuera el centro del mundo y que se mueva como un todo. “El primero es considerado herético por entrar en conflicto con las Escrituras; el segundo, erróneo en la Fe”.
En la cuarta audiencia, celebrada el 21 de junio, el acusado aseguró que “toda mi incertidumbre se detuvo y sostuve, como todavía sostengo, como muy verdadera la opinión de Ptolomeo, de estabilidad de la tierra y el movimiento del sol”.
¿Galileo estuvo a punto de ser torturado, tal como estipulaba el Manual Judicial de la Inquisición? Aparentemente no habría corrido peligro, porque los ancianos “en edad decrépita” no podían ser sometidos a tormentos.
En sesión plenaria de la Congregación del Santo Oficio, ante los cardenales de la Inquisición, en la sala del convento de los dominicos de Santa María sopra Minerva, se le leyó la sentencia.
Galileo debió permanecer de rodillas, vestido con un manto blanco de los penitentes. En una mano sostenía un cirio encendido y la otra la tenía apoyada sobre una Biblia. Debió juramentar: “Abjuro, maldigo y detesto los errores y herejías mencionadas anteriormente y es general todas y cada una de los errores, herejías y sectas contrarias a la Santa Iglesia. Y juro que en el futuro nunca más volveré a decir o a afirmar, oralmente o por escrito, nada que pueda causar una sospecha similar sobre mi”.
La leyenda asegura que al final murmuró: “Eppur, si muove…”, “y, sin embargo, se mueve”.
Se prohibió su libro el Diálogo y fue condenado a prisión, cuya duración quedaba sometida a la buena voluntad del Santo Oficio. Debería recitar una vez por semana, en los tres años siguientes, los siete salmos penitenciales.
Todos los actores del proceso fueron alejados de Roma. El Papa se preocupó de que la sentencia fuese enviada a las nunciaturas de todos los países europeos.
Galileo ya era un hombre mayor para la época. Inmediatamente se le conmutó la sentencia por un arresto en el Convento de la Trinidad de los Montes; luego se autorizó a que viviese en Siena, en la casa de su amigo el arzobispo Piccolomini. Posteriormente fue enviado a su casa en Arcetri, donde no tenía derecho a ninguna compañía, no podía recibir invitados ni tener visitas, “durante el tiempo que plazca a Su Santidad”.
Hasta su muerte el 8 de enero de 1642, permaneció en su casa, siendo visitado por su hija monja, quien había obtenido permiso. Debía tener la conciencia tranquila, al saber que su herejía se resumió en su inquietud científica y filosófica.
Sus funerales fueron modestísimos. El día siguiente a su muerte su cuerpo fue llevado a la basílica de la Santa Croce. Estaban su hijo Vincenzo, el cura Viviani, Evangelista Torricelli y un puñado de amigos, y extrañó la ausencia del conde de Médici, que ni siquiera mandó a un representante. Antes de ser inhumado debajo del campanario, se le tomó un molde de arcilla de su rostro para futuros bustos. Hubo que esperar un siglo a que se le levantase un mausoleo.
Galileo tuvo su revancha póstuma. En 1832 la Universidad de Pisa lo nombró doctor honoris causa; en 1864 universidades del norte de Italia erigieron bustos en su honor; en 1893 el Papa León XIII estableció relaciones entre la ciencia y la revelación bíblica; en 1935 otro Papa inauguró un observatorio y laboratorio de astrofísica en Caste Gandolfo y el 30 de octubre de 1992 el Papa Juan Pablo II pidió perdón por la condena que se le había impuesto. Habían pasado 359 años, cuatro meses y nueve días de la sentencia. Por fin, que la tierra girase alrededor del sol no constituía causa de herejía. “El doloroso malentendido entre ciencia y fe pertenece ya al pasado”, destacó el Sumo Pontífice quien, casualmente nació en Wadowice, un poblado cercano a Cracovia, cuna de Nicolás Copérnico, descubridor de la teoría que provocase siglos de discusiones, acusaciones, enfrentamientos y odios y que muchos colegas de Galileo habían pagado con su vida la defensa de sus ideas.
Fuentes: Galileo herético, de Pietro Redondi; The Galileo Affair, de Mario Finocchiaro; Galileo Galilei, de Jean-Yves Boriaud.
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