Lo describió un agente de la Inquisición veneciana. Lo que dijo no llegó a retratar ni un poco la personalidad arrolladora de Giacomo Casanova.
“Va y viene a todas partes, con una cara franca, la cabeza en alto, y bien vestido… Es un hombre de unos 40 años como máximo, buen mozo, de aspecto saludable y vigoroso, de piel muy morena y ojos vivaces. Lleva una peluca corta de color castaño. Por lo que me han contado, tiene un carácter descarado y despectivo, pero sobre todo tiene mucha labia, y por consiguiente, es ingenioso e instruido”.
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Pero el hombre que pasó a la historia por sus amantes y secretos de seducción era mucho más que eso. Porque fue un hombre inasible.
Si hoy fuera interrogado ante un juez, acaso no mentiría. Pero sería muy difícil –casi imposible– creerle. Verdad rigurosa sería que su nombre era Giacomo Casanova. Que nació en Venecia el 2 de abril de 1725 y murió en Dux, Bohemia (hoy Duchcov, República Checa) en 1798. Que fue hijo de comediantes de la legua, trashumantes. Madre, la actriz Zanetta Farussi. Padre, Gaetano Casanova, de ascendencia aragonesa y muerte prematura: en 1733, cuando Giacomo tenía apenas ocho años.
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Se hacía llamar Caballero de Seingalt, pero era falso de toda falsedad que era de noble cuna. En aquellos días los actores eran considerados de clase baja. “¿Profesión?”, le preguntaría el juez. Y Giacomo respondería: “Abate, diplomático, escritor, músico, director de teatro, alquimista, hombre de negocios, inventor y director de la lotería estatal francesa, y bibliotecario” ¡Y no mentiría!
Pero seguramente frente a ese juez esquivaría confesar ciertos fraudes y estafas, agravadas por los cargos de “impiedad, magia y esoterismo”, que acabaron arrojándolo a Los Piombi (Los Plomos), una dura cárcel veneciana… de la que huyó un año más tarde (1756) con un monje, su compañero de celda.
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Sin embargo, por ahora, el interrogatorio judicial elude el alma, la brújula, la razón primera y última de su vida y de su fama.
Las mujeres
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Según propio recuento no necesariamente creíble, “me he complacido en descarriarme, acostándome con 132 mujeres de toda clase y condición. Si he engañado a muchas, el engaño era mutuo. Eso no cuenta, porque cuando el amor entra en juego, las impulsadas suelen ser ambas partes”.
Entremos a esas llamas.
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Internado en un seminario (su madre, viuda, no podía mantenerlo), aprende latín, derecho civil y derecho canónico. Y más tarde, con el senador veneciano Malipiero, filosofía… hasta que entra en la cama de Teresa, cantante y amorío del senador.
Expulsado del seminario y ya en sus 21 años, la madre logró que entrara al servicio del cardenal Acquaviva, embajador de España ante la Santa Sede. Un claro ascenso social y profesional que se desplomó cuando el joven Giacomo se enredó con una muchacha escapada de su casa –hasta ahí, nada que objetar–, y la escondió (y otras cosillas) en el palazzo de Piazza di Spagna, residencia oficial del cardenal. Nueva expulsión, y nueva y vertiginosa vida.
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Sin dinero ni títulos ni sólidos conocimientos pero audacia sin igual, vaga por toda Europa, vuelve a Venecia, se enrola como soldado, y se atreve a presentarse como violinista. Pero, sin batallas que librar ni orquesta donde tocar, el aburrimiento –la noia italiana– lo empuja otra vez a la aventura incierta, y sin escrúpulos.
Finge ser médico ante el patricio Matteo Bragadin, lo cura vaya a saber cómo y de qué –una arritmia, al parecer–, y el paciente le paga con una gran suma. Dinero que le permite, libros y gurúes mediante, entrar en los misterios de la magia, la cábala, los rituales esotéricos, acaso influido por un extraño episodio de su niñez.
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Que en sus memorias, narró así: “Tenía yo ocho años y cuatro meses cuando un día, en mi cuarto, me brotó a raudales sangre de la nariz. Mi abuela me subió a una góndola y me llevó a la isla de Murano, donde –acurrucada en una choza– vivía una vieja con siete gatos, y fama de bruja. Me metió en un cajón, lo cerró, me sacó luego de un largo rato, la sangre paró, y la vieja me desnudó, me frotó con ungüentos, dijo unas extrañas palabras y se embolsó un ducado”. Dice también que desde ese día no volvió a sangrar, y que su memoria aumentó “hasta tal punto, que en menos de un mes aprendí a leer”.
Pero su unión con lo mágico no fue la mejor noticia del día para el Gran Inquisidor, que intentó quemar los libros, y también a su dueño. De modo que otra vez tuvo que escapar.
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Llegó a Ancona, centro de Italia, con alta fiebre, y lo confinaron en cuarentena al lazareto. Era posible imaginar que cuidaría su comportamiento –un lazareto no es un carnaval veneciano–, pero por algo era Casanova. Primero sedujo a una esclava griega, y después se enamoró de un eunuco, convencido de que era una mujer Y aunque todos decían que era un castrado, la verdad es que resulto ser una mujer. Teresa, huérfana, que fingió ser un eunuco para ganarse la vida como cantante en el teatro de la Iglesia porque esa tarea estaba vedada para las mujeres. Su vida y su historia se aceleran. No sólo seduce mujeres: escribe con frenesí sobre Rousseau, Voltaire, madame Pompadour, Mozart, Catalina II de Rusia, Federico II de Prusia. Vuelve a recorrer Europa fingiéndose diplomático, ocultista, etcétera. Algunos lo tildan de charlatán, pero la mayoría de testas encumbradas cae en sus redes. Ah, el poder de la labia.
No tiene un ducado, pero un golpe de ingenio lo torna millonario. Entre sus correrías por París –lo recibió Luis XV–, a fuerza de necesidad, busca un modo de vida, y lo encuentra como un rayo divino: inventa (1757) la lotería francesa, un colosal negocio que la Corona le paga con el Cuerno de la Abundancia.
Sin embargo, su vida sigue caminando por la cornisa. Tanto recibe en Roma una condecoración del papa Clemente XIII por cierto servicio diplomático como lo persiguen por un fraude con letras de cambio. Tanto encanta a Federico II de Prusia, El Grande, que le ofrece el mando de los cadetes del ejército, como en Barcelona purga 42 días de cárcel por su affaire con la mujer del capitán general del ejército.
No por nada uno de sus biógrafos escribió: “Pasaba sin pausa de hablar con Voltaire y Rousseau a tratar con rufianes y putas, y de la amistad con el conde Alessandro di Cagliostro a las peleas en las peores tabernas de los bajos fondos”.
En 1776, y recién muerta su madre, intenta volver a Venecia, donde lo esperan cuentas con la Justicia. Pero evita la cárcel a cambio de actuar como espía de la Inquisición. Sin embargo, sagaz, sus informes son elípticos, casi inocentes, y sin colgarle el sayo a nadie.
Y por si algo faltara en esa vida novelesca, se bate a duelo con el príncipe polaco Xavier Francizek Branicky, que lo insulta en el camarín de un teatro por un lío de polleras: Giacomo sedujo a dos bailarines y el noble no se lo perdonó. El choque fue a pistola, Giacomo sufrió una leve herida, y reinó la paz.
Mitos, secretos y leyendas
¿Cuál fue su secreto, su técnica, sus ardides, para pasar a la historia como el seductor más famoso del mundo?
Según el escritor y psicólogo norteamericano Robert Greene (58) en su libro El arte de la seducción, Casanova “es el amante ideal. Y su método, de una gran simpleza. Al conocer a una mujer, la estudiaba, descubría lo que faltaba en su vida, y se lo proporcionaba. En definitiva, hacía realidad las fantasías femeninas. En nuestro mundo moderno, este tipo de amante es rara avis, porque pocos están dispuestos a tan gran esfuerzo por conseguir su objeto de deseo. La falta de tiempo y los cambios en la moral y los usos sexuales han acabado con el prototipo, porque ser un amante ideal exige tiempo, paciencia y atención al detalle: un gesto, el tono de voz, una mirada de la mujer”.
Pregunta clave: ¿cómo hacía para romper la relación, el hechizo, cuando se aburría o elegía otro blanco? Según otros biógrafos, “mediante una calculada decepción. Creaba un escenario desagradable, se mostraba como alguien de carne y hueso, común, vulgar, y se retiraba en silencio”.
Pero alguien lo venció. En sus célebres memorias, Historia de mi vida, confiesa que siempre controló sus seducciones, “excepto una vez en las que fui la víctima y no el verdugo. Mathilde, una joven monja, hizo de mí un auténtico esclavo. La horma de mi zapato”.

Conoció cien ciudades. En París habló con Benjamín Franklin. Colaboró con Mozart y Lorenzo da Ponte cuando creaban la ópera Don Giovanni. Entrevistó a Goethe. Y más allá de su vida trashumante, libertina y hasta delictiva, lo adornan dos títulos indiscutibles: fue, a través de sus relatos y experiencias, un escritor moderno, y a diferencia de los hombres de su tiempo… tal vez, el primer feminista de la historia. Porque no sometió a las mujeres: a su modo, las veneró.
En 1795 muere uno de sus hermanos: el pintor y grabador Giambattista Casanova, director de la Academia de Pintura de Dresde. Giacomo tiene 70 años. La pena lo abate. Ha sido mucho más de cuanto un hombre puede ser, pero el barco, después de la tormenta, llega –desarbolado– a puerto.
En Bohemia empieza a escribir sus memorias. Su único libro perdurable. Los demás no fueron exitosos y ni siquiera reconocidos, a pesar de su esfuerzo por parecer un literato, un filósofo, un matemático, un erudito en leyes.

Ya en las cuatro mil quinientas páginas, el 4 de junio de 1798, a sus 73 años, Giacomo Casanova se muere, y esas memorias empiezan una travesía infinita. Su sobrina Camilla se las vende a un editor alemán. En 1824 iban ya cinco volúmenes. El manuscrito pasó a manos francesas y fue alterado en cuanto ideas políticas y religiosas, y descripciones sexuales. A pesar de eso fueron un éxito. Recién en 1960 las editoriales Brockhaus y Plon publicaron la versión completa, que en 2009 y vía la española Atalanta llegó traducida a nuestro idioma.
“En el último día del año salí de Barcelona con mi criado, que iba sentado en la trasera de mi calesa, he hice un acuerdo con mi cochero para llegar en pequeñas jornadas a Perpiñán el 3 de enero de 1769″.
Aquí se interrumpen, abruptamente, sus memorias. Tal vez comprendió que su buena estrella se apagaba.
(Una versión de este texto de Alfredo Serra fue publicada en Infobae en 2017)
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