
Buenos Aires, primer día de febrero de 1931. Desde el 6 de septiembre de 1930 gobierna el general y dictador José Félix Benito Uriburu (1868–1932), que ha derrocado por las armas al presidente Hipólito Yrigoyen. Lo llaman "Von Pepe", por su nada disimulada admiración y adhesión a la Alemania que se avecina: el trágico Tercer Reich de Adolfo Hitler.
A media mañana, Roberto Arlt entra, desencajado, a la redacción del diario El Mundo, donde escribe sus deslumbrantes Aguafuertes Porteñas, que han duplicado el tiraje de ese matutino. Llega desde la Penitenciaría Nacional, en Palermo, donde ha sido testigo de un fusilamiento.
Se sienta a la máquina y escribe: "Hoy he visto hombres que se ponen guantes blancos para matar a otro hombres".
Es el comienzo de su crónica sobre el fusilamiento del anarquista y terrorista Severino Di Giovanni, condenado a muerte por cuatro atentados en los que han muerto once personas.
Terminada la crónica, el jefe de redacción tacha ese comienzo. Arlt dirá mucho después:
–Fue la primera y única vez que me censuraron.
¿Quién era Di Giovanni?
Nació el 17 de marzo de 1901 en Chieti, región italiana de los Abruzos, 180 kilómetros al este de Roma. Los ojos de su infancia y su adolescencia se hieren: sólo ven postales vivas de los desdichados que vuelven del frente (guerra 1914–1918), mendigando, hambruna, pobreza… La simiente de una rebeldía que lo llevará a la militancia, el crimen y la muerte.
Son años, en casi medio mundo, de extremismo simplificador. De izquierda y anarquismo cuyo credo no admite matices: "El mundo se divide en explotadores y explotados, y la única solución es la violencia".
Estudia. Se recibe de maestro de escuela. Aprende un difícil oficio que le servirá en el futuro para sus planes: tipógrafo. Lee a los dioses del anarquismo: Bakunin, Malatesta, Proudhon, Kropotkin…
Padre y madre se les mueren cuando aun no ha cumplido 19 años. A los 20 ya es un militante pleno. En 1922, año en que Benito Mussolini y sus Camisas Negras marchan sobre Roma y toman el poder, se casa con su prima Teresa Masciulli, una campesina analfabeta que nada sabe de explotados y explotadores, y que le da tres hijos.
Acorralado por el fascismo, no encuentra otro camino que el exilio. Llega a la Argentina. Consigue una modesta casa en Morón y un puesto como tipógrafo en la capital. Su llegada coincide con una gran ola de inmigrantes italianos: presa ideal para difundir sus ideas, que derrama en panfletos y en un diario –Culmine–, escrito e impreso en largas noches de insomnio.
Muchos italianos se pliegan: la Argentina será el primer país de Sudamérica en que las llamadas "ideas libertarias" prenden con más fuerza y mayor número de soldados.
En esa vorágine conoce a Paulino Scarfó, anarquista nacido en el país pero de clara sangre italiana, y a su hija, América Scarfó, de 14 años pero ya anarquista y feminista, que será su pareja hasta el final. Pero no todos los anarquistas aceptan la línea dura, extrema, de Di Giovanni. Un sector moderado –hasta cierto punto: la violencia no está desterrada– se agrupa y lo enfrenta a través de FORA (Federación Obrera de la República Argentina) y el periódico La Protesta, dirigido por Emilio López Arango y Diego Abad de Santillán.
El 25 de octubre de 1929, mientras Arango cocinaba en su casa –hora de cena–, alguien golpeó la puerta. Abrió, y tres balas en el pecho le segaron la vida. ¿Quién fue, quién lo mató? Nunca se supo. Pero todas las sospechan apuntaron a Di Giovanni, que lo había amenazado a través de su diario, La Antorcha, por "agente fascista e infiltrado policial". Crimen impune…
Hasta ese momento, Severino actuaba en la sombra. Sólo se revelaba a través de sus notas y panfletos. Pero el 6 de junio de 1925, durante una función de gala en el teatro Colón celebrando el primer cuarto de siglo de llegada al trono de Italia de Vittorio Emanuele III, con el presidente Marcelo Torcuato de Alvear y el embajador fascista, conde Luigi Aldrovandi Marescotti, un grupo de militantes con Di Giovanni a la cabeza interrumpió la función al grito de "¡Asesinos, ladrones, viva la anarquía".
Explotó una trifulca. Los Camisas Negras que escoltaban al embajador y los hombres de Severino. Que también con éste a la cabeza, terminaron entre rejas.
Dos años después –1927–, organizó y lideró varios actos de protesta contra la condena a muerte y la ejecución, en los Estados Unidos, del zapatero Nicoló Sacco y Bartolomeo Vanzetti, anarquistas, acusados de robo a mano armada y asesinato de Frederick Parmenter, pagador de una fábrica, y de su escolta, Alessandro Berardelli, el 15 de abril de 1920, en South Braintree, Massachussetts. Los cargos nunca se probaron. Hubo oleadas de protesta en Estados Unidos, Europa y América. Pero murieron en la silla eléctrica.

Después del episodio del Colón y de los actos contra la condena de Sacco y Vanzetti, el radio de acción de Di Giovanni se redujo. Empezó a mudarse continuamente, pero no cesó sus ataques.
Los peores atentados que llevan su firma –aunque no todos fueron probados plenamente– implicaron pólvora, sangre y muerte.
Bomba en el City Bank porteño, 24 de diciembre de 1927, hora ll.53: dos muertos y varios heridos.
Bomba en el Banco de Boston, 4 de diciembre de1927: daños materiales.
Bomba en la embajada de los Estados Unidos como represalia por la ejecución de Sacco y Vanzetti.
Bomba en el consulado italiano, Buenos Aires, 23 de mayo de 1928, hora 11.42, nueve muertos y treinta y cuatro heridos: algunos de los hombres más encumbrados de Mussolini.
Balazo en la cara de un policía que trató de impedir un asalto.
Robo de un camión pagador. Botín: 286 mil pesos. Dinero con el que Di Giovanni abrió su propia imprenta.
En su último panfleto, escribió: "Sepan Uriburu y su horda fusiladora que nuestras balas buscarán sus cuerpos. Sepa el comercio, la industria, la banca, los terratenientes y hacendados, que sus vidas y posesiones serán quemadas y destruidas"
Principio del fin
Detenido y condenado a muerte a pesar de la fogosa defensa del teniente de ejército Juan Carlos Franco, su defensor oficial, que la pagó con la baja, la cárcel y el destierro: bárbara señal propia del dictador Uriburu: Franco no hizo otra cosa que cumplir con su papel de defensor… designado por el mismo gobierno.
Día y hora de la sentencia: 1º de febrero de 1931 a las seis de la mañana. Última voluntad: el reo pide un café dulce y lo rechaza al primer sorbo:
–¡Lo pedí con mucha azúcar! No importa…, será la próxima vez.
Últimas palabras frente al pelotón:
–¡Viva la anarquía!
Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de la Chacarita.
Al día siguiente fusilaron a Paulino Scarfó. En 1999, América Scarfó recibió en la Casa Rosada las cartas de amor que le escribió Severino. Textos de un lirismo que contrasta extrañamente con la furia letal de sus actos. Como si en Severino Di Giovanni hubieran vivido dos hombres. Un bifronte de cordura y locura.
A pesar de la censura sobre sus primeras líneas, e ideología aparte, Roberto Arlt narró el fusilamiento en una crónica que es todavía una lección de periodismo: "El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quién sabe! El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar. Ha formado el blanco pelotón fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita: "Venda no".
"Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
— Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
— ¡Viva la anarquía!
— ¡Fuego!

"Resplandor súbito. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia. Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
–Está prohibido reírse.
–Está prohibido concurrir con zapatos de baile."
No es un panegírico. Es un estricto texto de Roberto Arlt. Ese hombre del que Abelardo Castillo dijo "quería ser feliz, y no pudo. Tuvo que conformarse con ser un genio".
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