
Giulio Frondizi y su mujer, Isabella Ércoli, como tantos de la oleada de inmigrantes que llegó al país en 1890, italianos de Gubbio, Perugia, cumplieron con creces el mandato no escrito de poblar la tierra que los abrazó: catorce hijos. Ocho varones y seis mujeres. Y al número trece lo llamaron Arturo.
Giulio era albañil, y con sus manos ásperas por la arena y el cemento llegó a contratista de obras, y alcanzó una excelente posición económica. Los varones Frondizi parecían destinados al trabajo manual. Pero Isabella se opuso: "¡Mis hijos no trabajarán con las manos, todos serán intelectuales!". Y la profecía se cumplió.
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Silvio: político, abogado, sociólogo. Risieri: filósofo y rector de la Universidad de Buenos Aires. Arturo: presidente de la nación entre 1958 y 1962.
Extraño: Arturo, nacido en la correntina Paso de los Libres (28 de octubre de 1908), el que llegó a la más alta cumbre, no fue buen alumno; su vocación oscilaba entre el fútbol y el box. Pero su despertar fue una tormenta. En pocos años fue abogado, profesor, periodista, político.
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Las exiguas reseñas biográficas apuntan que gobernó al país entre el 1º de mayo de 1958 y el 29 de marzo de 1962, derrocado por un golpe militar de tres comandantes: Raúl Poggi (Ejército), Agustín Penas (Marina) y Cayo Alsina (Aviación).
Pero suelen omitir el verdadero móvil: los uniformes siempre sospecharon que era comunista. Atroz simplificación. Llegó a la Casa Rosada como jefe de la Unión Cívica Radical Intransigente, opuesta a la Unión Cívica Radical del Pueblo, liderada por Ricardo Balbín.
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Lo votaron 4.090.840 almas, contra 2.640.454 de su rival. Casi el 45 por ciento. Y erizó la piel de los militares cuando recibió, el 18 de agosto de 1961 y a puerta cerrada, al comandante Ernesto Guevara, figura clave de la triunfante Revolución cubana.

Dos razones tuvo Frondizi para aceptar ese encuentro. Primero, recibir al segundo hombre de Fidel Castro, que llegó con la misión de pedirle que intercediera ante el rechazo frontal de los Estados Unidos. Segundo, demostrar que ante el fenómeno Cuba no era posible permanecer indiferente. Tanto que también recibió a Fidel Castro. Pero el vaso rebalsó.
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En realidad, el goteo no cesó nunca. Frondizi batió un triste récord que habla de su firmeza y su muñeca política, hasta que pudo: ¡soportó 34 planteos militares!
Tuvo un largo sueño: la Argentina industrial, rompiendo el tradicional esquema agropecuario. Y otro: el petróleo.
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En 1954, cuatro años antes de llegar al poder, escribió Petróleo y política: firme en su denuncia contra las empresas petroleras extranjeras, propuso el monopolio de YPF.
Fue un boom de ventas. Y desató violentos debates acerca de los contratos petroleros firmados por Juan Domingo Perón con la Standard Oil de California.
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No todo presidente es un estadista. Pero Frondizi lo fue, y de alta talla. De visita en Indonesia, el protocolo lo invitó a un paseo en elefante. Un hecho que no cualquiera puede asumir sin caer en el ridículo. Sin embargo, Frondizi se balanceó sobre el gigantesco animal con el garbo de un nativo.
Su gestión tuvo un alma máter. Una eminencia gris. Rogelio Frigerio, padre de Octavio y abuelo de Rogelio, el ministro de Interior del macrismo. Aunque de signo menos estatista. Su línea, el desarrollismo, apostó a menor incidencia del Estado y más inversión extranjera en industria pesada.
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Llegaron las multinacionales, maldecidas por el populismo. Un clavo ardiente que no se apagó: manifestaciones y huelgas constantes. Y un segundo clavo ígneo: la larga batalla ideológica laica versus libre. Frondizi abrió las puertas de la enseñanza privada y laica, y se enfrentó con la Iglesia. Pero las batallas callejeras entre estudiantes fueron lo de menos.
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El panorama nacional entró en sombras. Huelgas (la bancaria, 62 días: la más larga de la historia del país). Protestas obreras. Actos de sabotaje. Nacientes guerrillas de izquierda y de resistencia peronista. Más de 1.500 atentados y 17 muertos.
Jaqueado, Frondizi puso en marcha el Plan Conintes (Conmoción Interna), recurrió a las Fuerzas Armadas y a los consejos de guerra. Miles de trabajadores fueron forzados a obedecer órdenes militares. Se intervinieron sindicatos. Se clausuraron locales políticos opositores. Y en las elecciones de febrero de 1962, cometió la madre de todos los errores. Obligado por la presión castrense: anuló las elecciones a gobernador de la provincia de Buenos Aires, ganadas por el dirigente sindical peronista Andrés Framini.
Además, los comandantes le impusieron ministros de Economía absolutamente opuestos a su línea estatista y nacionalista: Álvaro Alsogaray y Roberto Alemann.
Alea jacta est ('La suerte está echada'). Peronismo proscrito. Presión militar constante —literalmente, un contrapoder tan fuerte como el ganado en las urnas. Todas sus aperturas fueron azotadas por uniformados y civiles.
En los Estados Unidos gobernaba John Kennedy, pero Frondizi se negó a una alianza: prefirió mantenerse independiente.
Recibió a Fidel Castro: apoyó a la Revolución cubana. Tanto que la Argentina fue el único país que se opuso a la expulsión de Cuba del sistema interamericano.
Estableció relaciones con Indonesia, India e Israel: más disgustos en el frente que quiere comerciar sólo con los Estados Unidos y Europa.
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Ergo, el golpe militar era una historia anunciada con mes, día y año. Como más tarde sería el golpe contra el radical Arturo Illia.
Hoy, a veintidós años de su muerte (18 de abril de 1995) y en tiempos en que su figura es nuevamente valorada no sólo por su sentido de patria sino por su honradez y su austeridad —contraste brutal contra la corrupción—, es hora de juzgarlo en el contexto que debió atravesar.
Político en estado puro y de inteligencia superlativa, jamás pudo aplicar el abecé de esa ciencia: pragmatismo, capacidad pendular ante situaciones extremas y firmeza de mando como comandante en jefe de las tres fuerzas armadas.
Lo devoraron la ceguera y el prejuicio castrenses —para ellos siempre fue un comunista—, la ebullición social incontrolable, y un error que, aun forzado por los uniformes de alto grado, no debió suceder: la anulación de las elecciones de la provincia de Buenos Aires que ungieron al peronista Andrés Framini.
Casado con Elena Faggionato y padre de Elena Frondizi, sufrió durísimos golpes familiares. El asesinato de su hermano Silvio, masacrado por la Triple A del siniestro José López Rega. La muerte de su única hija, a los 38 años. La muerte de su mujer, en 1991: un golpe del que jamás se repuso.
Extrañas vueltas de la vida. Honrado a carta cabal, construyó con sus hermanos, en Ostende, una modesta casa de verano llamada "La Elenita". Y con sus propias manos, con el oficio que había aprendido de su padre, y a pesar de cumplir la profecía de su madre: ser un intelectual.
En uno de los pocos reportajes que concedió, le preguntaron a qué cosas había renunciado al asumir la presidencia: "Espiritualmente, a ninguna. Materialmente, a todas".
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