
Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre tomaron en sus manos el siglo XIX argentino para darle forma. Junto a otros exponentes del liberalismo, sentaron las bases del Estado y la organización nacional. Pero más allá de la relevancia histórica que poseen, y detrás del mármol de sus vidas patrias, encontramos a dos grandes amigos cuyas existencias ni siquiera la sed de poder logró distanciar del todo.
Siendo Mitre un adolescente, el ambiente totalitario impuesto por Juan Manuel de Rosas empujó a su familia a exiliarse en Montevideo. En 1837, al cumplir 16 años se inscribió en la Academia Militar de aquella ciudad, donde se especializó en artillería. Paralelamente comenzó a vincularse con hombres de letras -como el también exiliado Miguel Cané- que le abrieron las puertas para publicar sus poemas.

Con el tiempo Mitre se volcó al periodismo y hasta 1846 colaboró activamente en la prensa uruguaya, donde obtuvo elogios de sus pares. Conoció en esta época a Sarmiento, de paso por la ciudad antes de realizar el famoso viaje por el mundo estudiando los sistemas educativos, patrocinado por el gobierno de Chile.
Para el sanjuanino conocerlo resultó un magnífico hallazgo. "Después de Echeverría -escribió Sarmiento a un confidente- he gozado de la frecuencia de Mitre, poeta por vocación, gaucho de la pampa por castigo impuesto de sus instintos intelectuales, artillero, sin duda buscando el camino más corto para volver a la patria, espíritu fácil, carácter simple y mesurado, excelente amigo".

Mantendrían el contacto a través de una correspondencia fluida. Y mientras el futuro "Padre del aula" visitaba diversos continentes, los cambios políticos uruguayos obligaron a Mitre a dejar el país.
El militar terminó en Bolivia, pero pronto se inmiscuyó en las luchas internas y fue expulsado. Lo escoltaban hacia la frontera con el Perú cuando su espíritu intelectual afloró: cercanos a las ruinas de Tiahuanaco solicitó permiso para conocerlas. Los guardias accedieron. El país de los incas también lo desterró pronto y Mitre acabó radicándose en Chile, donde Sarmiento ya estaba de regreso. Es en esta etapa cuando desarrolló plenamente su labor periodística y se convirtió en una de las voces liberales del país trasandino.
Al producirse una sublevación política se sospechó de Mitre y las autoridades chilenas pidieron su captura. Sarmiento —que era oficialista— lo escondió, pero su amigo fue descubierto, apresado y desterrado.
Sin embargo, sólo un par de meses más tarde ambos se reencontraron. Justo José de Urquiza se había pronunciado contra Rosas y partieron a la zona para ser parte del Ejército Grande y enfrentar al Restaurador.
Mucho tiempo atrás, la primera carta que Mitre recibió de Sarmiento finalizaba con un saludo muy particular: "Deseole a usted gloria, suceso literario y una pronta vuelta a la patria. Allí tendrá un día, lo espero, el placer de darle un abrazo. Su amigo y servidor".
Ese abrazo llegó en febrero de 1852 al finalizar la Batalla de Caseros, punto final al poderío rosista. El mismísimo sanjuanino dejó testimonio al respecto: "Divisé a Mitre, que de su parte me buscaba. Bajamos ambos de los caballos para abrazarnos en nombre de esta Patria que habíamos conquistado, y nos aplaudimos de la felicidad de haber tenido parte en acontecimiento tan memorable".
Durante los siguientes años la afinidad y complicidad creció. Al punto de que sus propios hijos -Bartolito y Dominguito- se convirtieron en mejores amigos y pasaban indistintamente temporadas en casa de uno o del otro, incluyendo una visita a San Juan del joven Mitre.
La distancia entre ambos próceres comenzó con el asesinato del caudillo Chacho Peñaloza, en La Rioja, hacia noviembre de 1863. Un festejo desmedido por parte de Sarmiento al conocer la noticia -siendo gobernador de San Juan- fue muy mal visto y perjudicó políticamente a Mitre que era entonces presidente. Para aquietar el revuelo el mandatario decidió enviar a su amigo a Estados Unidos, en misión diplomática.
En el país del norte, el sanjuanino trabajó para suceder a su amigo. Mitre tenía otros planes y apoyó decididamente la candidatura de Rufino de Elizalde, su canciller. Que Sarmiento finalmente se convirtiera en primer mandatario produjo el quiebre dentro de la relación.
En este marco, el 12 de octubre de 1868, el país a la primera transmisión del mando presidencial. Aquel día, el flamante presidente —acompañado por el pueblo— caminó desde el Parlamento hasta la Casa de Gobierno. Allí lo esperaba Mitre. Lejos quedaban las jornadas de hermandad en el exilio o el abrazo tras Caseros. Años de confesiones, risas y llantos parecían no significar nada. Ambos habían luchado por un país que, lastimosamente, se estaban disputando.
Durante todo el día mantuvieron una inquebrantable distancia, con la estudiada indiferencia de dos que se conocen mucho. Les bastaba solo mirarse para saber, con precisión quirúrgica, dónde dolería más el golpe. Por eso, al conocerlo como pocos y a modo de venganza, Mitre organizó para Sarmiento una ceremonia deplorable, carente de cualquier atisbo civilizado con lo que arruinó el día que había esperado durante toda su vida.
Al llegar al salón, el sanjuanino debió abrirse paso a los codazos entre una vociferante masa que ocupaba desbordaba el lugar. Recibió a cambio empujones, pisotones y risotadas.
Simultáneamente, algunos saltaban sobre los sillones del lugar y cada tanto rompían un objeto de vidrio, lo que provocaba un estallido de aplausos. Sarmiento llegó finalmente al lugar donde lo esperaba un Mitre inmutable y seguramente risueño, quien tras pronunciar escasas palabras entregó a su antiguo amigo la banda presidencial, el bastón de mando, tras un apretón de manos se alejó.

Durante toda la presidencia sarmientina, Mitre lo fustigó desde la prensa y al ser electo Nicolás Avellaneda organizó una revolución armada para impedir que asumiera. Tras ser vencido se le otorgó el perdón y desde entonces se dedicó a tareas intelectuales sin perder relevancia política.
El tiempo volvió a acercarlos. En 1879 fundaron juntos la primera sociedad protectora de animales, de la que Sarmiento fue presidente y Mitre vice. Al morir el primero, en 1888, Don Bartolo encargó a su hijo una nota homenaje que publicó el diario La Nación. La hizo llamar simplemente "Sarmiento".
"Ni nombre de pila -dijo-, ni títulos son necesarios; el apellido basta para saber de quién se trata, porque no hay más que un Sarmiento. La inmortalidad le está asegurada, no por el aplauso y la gratitud de la prosperidad, por merecidos que los tenga, sino por la perpetuación de su esfuerzo, prolongado en los tiempos".
Mitre era diez años menor que Sarmiento y lo sobrevivió casi dieciocho. Antes de fallecer padeció durante semanas y en sus delirios, curiosamente, según cuentan las memorias de quienes lo acompañaban, mantenía charlas con Sarmiento, su gran amigo.
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