Michel Houellebecq (Foto: Koszticsák Szilárd)
Michel Houellebecq (Foto: Koszticsák Szilárd)

En Serotonina (Anagrama, 2019), Florent-Claude Labrouste es un sibarita de cuarenta y seis años, francés –Houellebecq lo deja en claro en todo momento- que no solo odia su nombre, al que considera un "fallo garrafal", en especial por la estela femenina que desprende con esa combinación, sino que también detesta su vida.

En pareja con una japonesa llamada Yuzu, con la que ya no hay sexo ni romanticismo, el narrador -que explicita que escribe su historia para posibles lectores, su herencia y su única forma de trascender- inicia un camino de redescubrimiento sentimental mientras atraviesa una depresión que maneja consumiendo Captorix, un medicamento, que provoca "la desaparición de la libido, la impotencia".

El sexo -y cierta idea de amor no idealizada- es un motor de vida: así lo plantea Michel Houellebecq más de una vez en sus novelas; o como cuando estuvo de visita en Buenos Aires por la publicación de Sumisión (2015), y aseguró: "El derrumbe en mis libros no solo aparece desde el punto de vista político, está en las relaciones íntimas".

Portada de “Serotonina” de Michel Hpuellebecq
Portada de “Serotonina” de Michel Hpuellebecq

Ese derrumbe se observa en Serotonina desde la primera línea. Florent se subsume en el cliché de lo que solemos llamar un "viejo verde" y la necesidad de sentirse un "macho proveedor". Chistes sobre tetas, un poco de "ñaña" contra el feminismo y en especial una nostalgia por épocas de enamoramiento, de sexo y de no sentirse solo.

Mientras seguimos al personaje en un recorrido por la provincia española de Almería, Houellebecq nos arroja datos históricos y su conocimiento gourmet y literario; así como también sobre las exportaciones agropecuarias -y la economía globalizada, el Mercosur y una mención a los damascos argentinos- que hacen al personaje xenófobo de Florent y que le permite abordar al autor el tema del proteccionismo que intenta instalar el discurso de la extrema derecha en Europa.

Y cuando el aburrimiento que atraviesa a la novela parece no tener fin, aparece un pequeño brillo en la oscuridad de Serotonina: la idea de ser un desaparecido voluntario.

Michel Houellebecq (Getty)
Michel Houellebecq (Getty)

"Las cifras eran impresionantes: cada año, más de doce mil personas en Francia optaban por desaparecer, abandonar a su familia y rehacer su vida, a veces en la otra punta del mundo, a veces sin cambiar de ciudad", escribe Florent/Houellebecq y la trama gana un nuevo, pero breve, ritmo.

"En menos de un día acabo de reorganizar mi vida", asegura el personaje que comienza otra historia al abandonar a su pareja y empezar a ser un errante; aunque no un paria.

Historias de relaciones fallidas, encuentros con una Francia rural y urbana con distintas formas de producción, "acciones simbólicas", los movimientos sindicales y un cruce de clases y resistencias, forman parte de la vida "de desaparecido" donde los finales trágicos están puestos en otras personas.

Una mudanza al pueblo de Putanges -con el evidente "chiste" del personaje de que remite a putas- marca otro descenso en los círculos de la historia de Florent donde el acecho a Camille -una ex pareja presente desde el comienzo del relato a través del recuerdo- se transforma en el anhelo por una dantesca Beatriz; la luz que la polilla necesita para sentirse viva en el medio de una noche de abulia.

Los círculos en Serotonina coquetean con lo atroz, pero se cierran con la certeza de que es imposible "modificar el curso de las cosas" y es necesario vivir la propia vida antes de morir de pena, y claro, en ese vivir el sexo y las lecturas no son suficiente pilar para evitar el derrumbe; una caída en la que hay cierta esperanza burda en la quimera de la felicidad. Aunque tenga forma de pastilla.

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