La escritora colombiana Melba Escobar cuenta en primera persona cómo nació la novela La casa de belleza (Emecé), un thriller social que tiene en el centro al universo femenino.

Y eso que solo me fui por dos años. No es gran cosa. Pero el caso es que al volver a Bogotá me encontré extranjera en mi propia ciudad. Tal como lo describo en La casa de la belleza, los pitos de bocina, el humo de los tubos de escape, las busetas (colectivos) verdes y viejas como el hambre de los que piden limosna, los mancos armados de limpiavidrios a la caza de monedas, los desplazados con sus cartulinas sucias donde invariablemente escriben la leyenda de un pueblo desaparecido, la historia de una masacre con errores gramaticales, con el mismo marcador, casi siempre negro, con la letra de una persona que apenas si acabó tercero de primaria, con el pulso débil y el andén de concreto como único apoyo, para luego instalarse en la misma esquina de cada día a buscar la esquiva compasión de los conductores.
Algunas mujeres, casi siempre negras o indígenas, con los niños colgándoles del pecho o la espalda, sostenían a la criatura en una mano, la cartulina en la otra, el tarro de recibir monedas debajo del brazo, en un equilibrismo lastimero, siempre atento al cambio de luz. Al ponerse el semáforo en rojo, mendigos, desplazados, forajidos, drogadictos, tullidos, saltimbanquis, desempleados, analfabetos, maltratados, mutilados, niños y mujeres preñadas asaltan los vehículos en un performance diario tan repetitivo y predecible que ya a nadie sorprende. O a casi nadie. Veía a esas mujeres en sus camionetas blindadas, siempre subiendo el vidrio cuando alguien se les acercaba alargando el brazo. Este gesto, como tantos otros, parecía parte de un manual que todos habían leído, en un territorio donde los vigilantes, los alambrados y los perros con bozal dibujan el paisaje cotidiano.
Entre el ejército de intérpretes de la desgracia humana, una que otra camioneta de alta gama, un carro con vidrios polarizados y escoltas, dos niñeras paseando a una pareja de gemelos vestidos como infantes de la realeza, recordé el famoso refrán colombiano que reza "El vivo vive del bobo". Mi vecino había alterado el contador de agua para pagar menos en la factura mensual. Me atracaron con cuchillo a plena luz del día. Durante dos años en Barcelona había sentido que el mar de allá no olía lo suficiente a mar, extrañaba el jején caribeño, las hormigas rojas, la fiereza en el pulso cardiaco al subir en un bus de TransMilenio a hora pico. Pero ahora estaba de vuelta y alrededor solo había demasiada gente, demasiado ruido, demasiada furia y velocidad. Todo era demasiado. Me sentía en una rueda de Chicago y solo quería que se detuviera. Algunos (casi todos) se cansaron de mi perorata, como si apenas viniera a darme cuenta de la que había sido mi realidad desde siempre. Estaba sola. Sola y envenenada. No me quedaba más remedio que escribir una novela.

Alguna tarde terminé caminando por la Zona Rosa. Justo ese día no sentía la agresividad latente que a menudo me tomaba por asalto en la calle. Entré a un salón de belleza sin saber que se convertiría en la inspiración para mi novela. Me senté en la sala de espera, me puse a ojear revistas. No quería hacerme nada. No suelo ir a salas de belleza. Las mujeres parecían flotar con esa mezcla de amoniaco y esencias florales en el ambiente. Enseguida quise escribir sobre esta tierra nueva. Las señoras bogotanas con su exuberante discreción, vestidas en una rigurosa gama de grises, hacían gala de su conservadora elegancia. En la misma sala, una mujer con ostentosas cirugías plásticas en el pecho y el trasero, uñas postizas, melena rubia, y el rostro hinchado como el de un pez globo por algún procedimiento entonces desconocido para mí, daban muestra de vivir en países no solo diferentes, sino incompatibles.
Frente a mí tenía un retrato clínico de los odios sociales entre los ricos de familias poderosas desde la colonia y los nuevos ricos. La tensión de esos dos países se friccionaba en el roce literal entre esas dos realidades, hombro a hombro. En esa imagen encontré la pulsión para imaginar La Casa de la Belleza. Casi diría que ella me encontró a mí. La novela vino a buscarme, se me plantó enfrente y me exigió "escríbeme". Entonces decidí hacerme algo. Cualquier cosa. Necesitaba una excusa para seguir siendo una espía en un microcosmos femenino que ocultaba una misteriosa Caja de Pandora. La curiosidad me llevó hasta la segunda planta, donde tuve la primera y una de las únicas sesiones con Laura, una cartagenera joven y hermosa que me serviría de prototipo para crear a Karen Valdés. Dentro de la cabina la luz era tenue, y aunque olía a coco y no a incienso, la intimidad se prestaba para la conversación privada, confesional. Laura me habló de su vida, y mientras hablaba pude ver a Karen Valdés, imaginar el barrio de Cartagena donde había vivido hasta hace apenas unos meses. Supe que mi personaje, al igual que Laura, tenía un niño pequeño. Pensé más en lo que callaba el relato de Laura, que en lo que decía. Supe entonces que Karen sería una mujer silenciada, como tantas, cargada por una historia de obediente conformidad.
Cuando Laura terminó su trabajo, sabía que Karen sería el personaje principal de una historia que empezaba a coserse en mi cabeza. Entendí que la cabina para tratamientos corporales sería el confesionario donde Karen llegaría a conocer, palmo a palmo, la piel de sus clientas, así como sus más oscuros secretos. Ignoraba que una de sus clientas terminaría asesinada, y que la novela pasaría a ser catalogada como "drama social", "thriller feminista" y "novela negra". Aunque a decir verdad, creo que es más una novela de realismo social que una novela negra. Así la pensé y así la escribí. El asesinato acabó siendo accidental. Luego de escribir unas cuarenta páginas, sentí que no sabía cómo seguir dándole manivela a la historia. Entonces pensé "hay que matar a alguien".
Y fue de ese infortunio imprevisto de donde vino la investigación criminalística, la revelación de la corrupción en el proceso, y el desenlace. Porque la ficción a veces nos empuja a la realidad. Así es que el crimen no fue premeditado en la ficción. Fue un accidente. Un accidente de la imaginación que me condujo a hacer una investigación real, a cotejar el caso de Sabrina, la chica asesinada en la novela, con tantos feminicidios reales en mi país. Y así, avanzando entre la ficción y la realidad, los odios se fueron liberando. También fueron adquiriendo unos contornos, un contexto, algo parecido a una explicación.
El final de la novela me sigue haciendo daño, por lo que espero un día no muy lejano escribir una historia de amor, para variar. La Casa de la Belleza apareció en Argentina en octubre. Un hecho que me llena de orgullo por tratarse de la meca de mis dioses tutelares. Así es que por favor, pasen y lean. Apaguen el celular, relájense, Karen los espera.
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