
"El sur" es uno de los cuentos más famosos y más logrados de Jorge Luis Borges. Era, de hecho, uno de sus favoritos. Cuenta la historia de Juan Dahlmann, empleado de una biblioteca pública que sufre un accidente y queda al borde de la muerte. Apenas recuperado pero todavía convaleciente, emprende un viaje al sur, donde, en un viejo almacén, "tal vez a impulso de la sangre germánica", termina por aceptar una pelea a cuchillo que lo lleva a la muerte. La destreza genial de Borges hace que el relato se diluya en la ambigüedad y no podamos saber si cuenta hechos reales o imaginados por Dahlmann, que sueña o elige la muerte romántica.
El escritor islandés Sjón —a quien uno nunca deja de agradecerle que se presente con su seudónimo y no con su nombre: Sigurjón Birgir Sigurðsson—, autor de El zorro ártico, Maravillas del crepúsculo, El chico que nunca existió (todas publicadas por la editorial Nórdica), llegó a Buenos Aires para participar en el festival de literatura Filba. Durante la entrevista referirá distintos nombres de escritores argentinos: Cortázar, Bioy Casares, Piglia. Pero con Borges, que fue un gran admirador de la literatura nórdica, se tomará un tiempo más largo. "Es un miembro honorario de la literatura islandesa", dice.
Para él, hay una relación directa entre "El sur" y la cultura de Islandia: "Me resultaba evidente la manera en que tenía que terminar Dahlmann, porque el código de honor de los mitos nórdicos requiere que mueras por la espada. El que muere por la espada va al Valhala, si no al infierno. Era obvio que este hombre seguía nuestro código de honor".

Sjón llegó a Buenos Aires con dos o tres referencias claves para convertirlo en uno de los escritores más interesantes del Filba: publicó su primer libro de poesía surrealista siendo todavía adolescente; es amigo de Bjork, con quien trabajó como letrista y fue guionista de la película "Bailarina en la oscuridad" que ella protagoniza; ha ganado los premios literarios nórdicos más importantes; su literatura tiene puntos de contactos con la obra de Jorge Luis Borges.
"La manera en que Borges usa las formas literarias tuvo mucha influencia en mí", dice. "El hecho de que pudiera moverse fácilmente de una trama fantástica a una leyenda o a la ciencia ficción, es señal de que un autor puede tener una gran libertad y puede aprovechar las distintas formas literarias a través del tiempo y seguir siendo contemporáneo. Hay muchas bellas historias de cuando vino a Islandia, pero también, por entonces, los académicos se mostraban bastante suspicaces. Ellos creían que las leyendas nórdicas y las sagas germánicas sólo podían ser entendidas por un islandés. Entonces decían '¿Por qué demonios deberíamos escuchar a un bibliotecario de Buenos Aires lo que tiene que decir de nuestras sagas?' Para los escritores, en cambio, era obvio que tenía una mirada muy valiosa. Los islandeses y los argentinos leemos sus cuentos de una manera muy diferente a como lo hace el resto del mundo".

—Tus novelas están situadas en el pasado: Maravillas del crepúsculo es el siglo XVI, El zorro ártico está en el siglo XIX, El chico que nunca existió toma los primeros años del siglo XX. Sin embargo, los libros se leen en presente. ¿Cómo se da el diálogo entre ese pasado escrito y el presente leído?
—Creo que mirar los hechos del pasado nos permite entrar con más profundidad en la actualidad. Es un truco literario, porque si le decís a alguien que le vas a contar una historia que sucedió en 1918, automáticamente se relaja. En cambio, si le decís que vas a contar algo que escuchaste ayer en las noticias, va a empezar a discutir con vos, porque él también es un experto en lo que sucedió ayer en las noticias. Contar una historia antigua es un truco para tomar el control.
—Llegás a Buenos Aires para participar en el festival Filba, que este año tiene como eje temático la violencia: ¿cómo funciona la violencia en tu obra?
—En mis novelas hay ejemplos fuertes de violencia social. En El zorro ártico se aborda la situación de los chicos con síndrome de Down, que eran sistemáticamente asesinados al nacer. En este caso, además, cuando escribía la novela descubrí que es algo que sigue sucediendo: en Islandia no nacen chicos con síndrome de Down. A través de la detección temprana por estudios prenatales, las mujeres tienen la opción de abortar. Y todas deciden abortar. Hay reglas implícitas en la práctica médica de Islandia que aseguran el aborto, y eso es una violencia que se ejerce sobre los chicos y las madres. En otra novela, El chico que no existió, cuento la historia de un chico gay de Reikiavik en 1918, cuando la homosexualidad era un crimen. Por supuesto, eso también es una forma de violencia, porque criminalizar la homosexualidad es una acción directa sobre el cuerpo.

—¿La literatura tiene obligación de ser incómoda? Si bien la homosexualidad hoy es un tema aceptado, el síndrome de Down bien podría ser el tabú actual.
—Siempre me inquieta decir qué debería ser la literatura, qué debería hacer un escritor. Pero, por supuesto, una de las cosas que deberían hacer los libros es abrir un signo de pregunta ante una situación. Y los signos de pregunta nunca son cómodos. En mis libros, definitivamente trato de trabajar con temas y situaciones que son desafiantes.
—El chico que nunca existió comienza con una escena muy cruda de sexo oral. ¿Cómo tomó la sociedad islandesa esta novela?
—Sucedió algo muy interesante. Pensaba que iba a ser una novela para el núcleo duro de mis seguidores, porque tiene temas como la fiebre española y el cine mudo, y hay varias escenas homosexuales explícitas. Pero curiosamente se convirtió en mi libro más popular y exitoso. Mucha gente en la calle me agradecía el libro. La sorpresa más grande fue que a quien más le gustó la novela fue a las mujeres mayores. La única llamada de atención que recibí fue cuando me invitaron a leer un capítulo en la radio y mi editor me dijo "Por favor, no leas el primer capítulo". Quienes hayan pasado las primeras tres páginas —seguramente hubo quienes lo tiraron antes—entendieron que esa era una manera de saltar la vergüenza y el tabú.
—¿Leíste a Manuel Puig? Por los temas, El chico que nunca existió tiene un vínculo con El beso de la mujer araña.
—Sí, lo leí hace años. Me alegra decir que Puig es uno de los orígenes de esta novela. Los libros se hacen con otros libros.
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