
En Frenchie, el bistró del Microcentro de su amigo Jérôme Mathe, Christophe Krywonis (53) picotea alguna que otra feta de jamón crudo mientras habla en su lengua natal con su coterráneo. "Soy un jugador y me gusta ganar, pero sin pisar cabezas… y con dignidad", asegura sobre el buen rating de Bake Off Argentina, el programa de Telefe que lo tiene como jurado junto a Pamela Villar y Damián Betular. Y apunta: "La gastronomía y la televisión son ámbitos competitivos, pero con gente de códigos".
–Me gustaría aclarar un mito: ¿los gastronómicos están "todos con todos"?
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–Bueno… La vida del cocinero tiene horarios diferentes a los del resto de la gente. Terminás un servicio a las 12 de la noche y es difícil que te duermas antes de las tres. Entonces, no sé si hay romances, pero sí mucho-mucho "irse de copas"… ¿Vos me preguntás si hay mucha infidelidad? ¡No nos pongas la etiqueta de ser los peores! Yo diría que es como en todos lados. No seamos hipócritas. Yo no he sido infiel. ¡No sé mentir! Estuve casado once años y nunca lo fui. Y tampoco con las parejas que siguieron.
–¿Es cierto que se guardan los secretos de cocina?
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–Yo no. Cualquiera te lo puede decir. No soy un creador. Puedo tirar alguna genialidad, pero mi vocación pasa por compartir lo que sé. Tengo necesidad de transmitir las bases de mi gastronomía. Sin embargo, entiendo que alguien como Germán Martitegui, un creativo, se resguarde… Para mí, el rey es el producto, y la excelencia pasa por cómo tratarlo.

ROMANCE TRANSATLANTICO. Christhophe llegó a la Argentina hace 28 años. "Me trajo un uruguayo, Martín Pittaluga, con la propuesta de trabajar en Las Leñas. Me dijo que iba a esquiar y no le creí que hubiese montañas: para mí, acá había sólo llanura y caballos. No existía Internet para googlear el destino… Me impactaron los paisajes. Y me sedujo la mezcla de culturas", relata mientras le agrega leche al cortado y apunta que en Blois quedaron su mamá y su hermana: "Voy por lo menos una vez al año. Antes no volvía por falta de plata. Y ahora… por falta de tiempo".
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–¿Tuviste problemas de dinero?
–Sí, claro. Llegué al país como inmigrante. Tuve altos y bajos. Fue tremendo cuando me separé. Y después del 2001. Pero la peleé, como todos acá.
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–¿Qué te enamoró de nuestro país?
–La generosidad de la gente. Te doy un ejemplo: cuando mi mamá vino por primera vez, le aclaré que le podía resultar complicado moverse en Buenos Aires. Me dijo que iba a andar en colectivo, como hace siempre. Una vez tardaba en volver… Me preocupé. Cuando llegó me dijo: "Tres veces me equivoqué de colectivo y las tres veces la gente se bajó para ayudarme. ¡Los argentinos son fantásticos!". Siempre lo digo: nací en Francia, pero mi casa es Argentina.
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–¿Cómo surgió tu vocación, no por la gastronomía, sino por la televisión?
–Por insistencia de Dolli Irigoyen, que es como una madrina. El Gourmet me buscaba, pero yo rechazaba los castings. ¡Ni miraba tevé! Hasta que acepté hacer una prueba, para que se dieran cuenta de que no sirvo para nada… Me equivoqué: terminamos con un éxito de ochenta capítulos. Me divirtió, y además de lo económico, me gustó viajar. Y pensar que yo era un cocinero tradicional, que no aspiraba a ser conocido en el mundo… Me fui de El Gourmet cuando –a pesar de que me pedían que no lo hiciera– acepté la propuesta de Pixar para ponerle la voz a un personaje de Ratatouille. Viajé por Colombia, Uruguay y Paraguay para trabajar, pero volví a Argentina, que me había dado todo. Un tiempo después me llamó Eyeworks para hacer MasterChef con Telefe.
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–Y te llegó la popularidad…
–Primero la fama… Me asusté. No estaba preparado. Tuve que dejar de ir a la Feria Masticar, porque me sacaban entre 8 y 10 mil fotos en cuatro días. Me agoté. Con el tiempo pude dominarlo. Me ayudó Carmen Barbieri cuando me dijo: "Cualquiera puede hacerse famoso: el corrupto o el ladrón. Pero vos no sos famoso, sos popular; la gente te quiere". Y la Negra Vernaci, que me explicó: "Es parte del paquete". Yo siempre estoy dispuesto a una foto, pero si me golpean el hombro mientras como, me molesta. Igual, trato de no ser desagradable, porque entiendo que desde la televisión entro en la casa de la gente.
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–¿Qué no deberíamos comer tanto, y qué comemos demasiado?
–El mar Argentino está repleto de peces fabulosos. Lisa, abadejo, chernia y merluza, por ejemplo. Además, hay pescados de río muy buenos. El pacú Teko, del Chaco, me voló la cabeza. Estoy en guerra contra el salmón de criadero, repleto de pesticidas y colorantes. Logré que se bajara el consumo. Además, en Caviahue, Neuquén, tenemos el mejor chivo del mundo. Y creo que deberíamos comer menos fiambre, y más fruta y verdura de estación. Hay unas zanahorias de tierras arenosas que tienen un dulzor delicioso. Y en Cachi, Salta, probé una manzana ¡con una acidez única! De hecho, ACELGA (la asociación de cocineros) se creó para reeducar en hábitos alimentarios.
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ABUELITO PRECOZ. Divorciado y padre de dos argentinas –Zoe (25) y Lola (22)–, se convirtió en abuelo a los 43 años. "Tengo dos nietos; Bianca, de nueve, y Felipe, de cinco. Son la luz de mi vida. Al principio no me gustó nada la idea de ser abuelo. Yo aspiraba a ser padre cuando mi hija se me adelantó", revela sobre el embarazo de la mayor, a los 16 años. "Este sábado me los llevo a Villa Pehuenia, Neuquén, por el Festival del Chef. Hace quince días que no los veo y para mí, te aseguro, es demasiado", agrega.
–¿Estás de novio?
–Estoy conociendo a alguien… Pero es todo muy privado. Y ella, muy discreta.
–¿Qué significa la comida para vos: la que preparás y la que comés?
–(Piensa) Todo. De lo bueno a lo malo… Cuando cocino, me controlo. Manejo mi equipo. Todos los cocineros somos exigentes: Germán, Dolli, Donato, Narda… Necesitamos rigor para trabajar. Después, está el aspecto negativo: cuando tengo un problema, como. Es una lucha constante. Estoy en eso. Debí tomar las riendas del asunto. Y lo hago con ayuda. Carezco de otros vicios, pero la comida es la más maliciosa de las adicciones. Trato de serenarme. Porque tengo bulimia de trabajo. Hago y pienso muchas cosas a la vez. No tengo asistente. No es que no quiera: no sé delegar… Y es un gran problema.
–¿Hacés terapia?
–¡Sí! Todo el tiempo. ¡Mi psicólogo, José Britos, es un genio: me salvó la vida!
Por Ana van Gelderen.
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