
"No se por qué me tocó vivir tanto tiempo; no puedo olvidar a nuestro pueblo. Los nazis mataron a seis millones de judíos, y un millón y medio eran niños. Creo que Dios me hizo vivir para que el mundo recuerde ese horror". Eugenia Unger lleva tatuado en su brazo izquierdo el número 48914. Se lo hicieron en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Es la ignominiosa marca de los asesinos a sus víctimas judías durante la Segunda Guerra Mundial.
Esta mujer de 91 años, nacida en Polonia con el apellido Rotsztejn –luego adoptó el de su marido–, vive en la Argentina desde 1949. El 19 de abril se cumplirán 75 años del levantamiento del gueto de Varsovia, su ciudad natal, símbolo de la resistencia ante el horror nazi. "Los jóvenes lucharon con valor. Pelearon un mes con bombas molotov contra armamento sofisticado", recuerda. Alguna vez, confiesa, Eugenia sintió bronca por todo lo que pasó, "pero en mi vejez, la cambié por amor. El mundo debe mejorar". Que ella misma narre su historia.
LA GUERRA. "Nací en 1926. Tenía una familia hermosa. Mi papá, Noe, era director del matadero. Mi mamá se llamaba Raquel. Tenía dos hermanos, Eugenio y David, y una hermana mayor, Renia. Mis abuelos cocinaban para gente que no tenía para comer. Pero en Polonia había antisemitismo antes de la guerra. En la escuela ya había guetos: judíos y cristianos".

"Tenía trece años cuando los nazis invadieron Polonia. Lo agarré a mi papá de la pierna y le dije "¡están bombardeando!". Fue tremendo. Pronto empezó el hambre: había colas de gente en las panaderías, y pasaba un avión y ta-ta-ta-ta-ta… los mataba a todos".
EL GUETO. "Cerraron cien calles con muros para judíos. Durante tres años viví metida ahí. Igual la gente salía a contrabandear… Por un tapado de piel te daban un pan; por un anillo, una manteca. Muchos morían: no había comida, agua ni luz. Yo tenía unos primos; un día entré a su casa y uno me dijo: 'Mira Eugenia, él me comió la mitad de mi mano'. Al día siguiente les llevé pan, pero estaban muertos…".
"En el subsuelo de mi casa hicimos un búnker para escondernos. Allí las ratas nos comían; después, en el campo de concentración, nosotros las comíamos a ellas. Así es la vida… Estaba una amiga con su bebé, el nene empezó a llorar, ella le puso una almohadita para que no grite porque escuchamos a los nazis, y lo asfixió… Pasamos por muchos búnkers. El último fue el horno de una panadería. Eramos diez personas, no se cómo entramos. Alguien nos delató y los nazis nos descubrieron. Me pidieron que me saque la ropa, para violarme. Lo hice y me vino una hemorragia, porque Dios siempre estuvo conmigo. Yo había oído cómo unos polacos violaban a la hija de un rabino hasta matarla. Ella tenía mi edad".

LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN. "La última vez que vi a mi papá y a mi hermano Ignacio fue en Umschlagsplatz, la estación desde donde salían los trenes hacia los campos. Allí, una mujer se negó a dejar una valija y se la balearon. Se abrió y cayó un niño. Antes, mi hermana había pasado a la zona aria y nunca más volvió. A mi otro hermano lo perdí luchando…".
"A mi madre y a mí nos llevaron a Majdanek, a picar piedras. En el tren íbamos casi asfixiados, nos orinaban encima, moría mucha gente. Allí encontré una moneda de oro en la tierra. A mi lo material no me importa, una amiga me la pidió y se la di. No sé cómo la nazi que nos custodiaba lo vio. Vino y la mató a golpes por la moneda… Todos los días despertabas en las cuchetas, y le decías a alguien 'saca tu pierna de encima mío', y en realidad le hablabas a un muerto".
"No recuerdo cuándo fue que nos llevaron a Auschwitz-Birkenau. Me raparon y me tatuaron el número en el brazo. Me pusieron a fabricar granadas y bombas. A mi mamá, a coser zapatos. A cada rato venía Eichmann, o Hess, y mandaban a quemar gente. A dos primas hermanas les dije 'huyan de esta barraca'. Una me dijo: 'Mira mis manos llenas de llagas… no quiero vivir más'. Y se las llevaron. Otra vez nos dijeron que salgamos porque iban a dinamitar todo. Corrimos hacia la puerta, y ametrallaron a los que estaban al frente".

EL FIN DE LA GUERRA. "Cuando los rusos avanzaron, nos llevaban de campo en campo, era la marcha de la muerte. Caminábamos sobre cadáveres. No se cómo subí a un carro a mi mamá, ella me decía que la iban a matar, pero no tenía nada para perder. Ahí la perdí de vista, la encontré ocho años después de la guerra. Más tarde nos llevaron a Ravensbrueck y luego a Rehlin. Había gitanas, rusas, de todo… Comíamos cascaras de zanahorias y tomábamos agua de una palangana.."
"En el último traslado vimos que mandaban a la guerra a chicos de 14 años, era el final para los nazis. Al costado del camino estaba todo minado, si alquien quería escapar… ¡boom! Yo caminaba adelante junto a una chica llamada Ana. Le dije que nos llevaban a un bosque para matarnos. Pasamos una loma y huimos hasta un establo. Nos escondimos debajo de mierda de vaca. A los cinco minutos oímos que preguntaban por dos judías que escaparon. Abrieron el portón, el corazón me saltaba. Pero lo cerraron. Todo el día y la noche pasamos ahí".

REGRESO A POLONIA. "Escapando durante dos días, nos chocamos con los rusos… Volví a Varsovia sobre el techo de un tren, porque abajo estaban los soldados y gritaban en ruso: "Yo te liberé, tengo derecho a hacer lo que se me da la gana con vos". Me ponía carbón en la cara para parecer un varón. Muchas mujeres fueron violadas".
"Varsovia era todo ruinas. Dormí cuatro meses en la calle. Tenía 19 años y pesaba 27 kilos. Casi todos los polacos que eran amigos nos cerraron las puertas. Sobreviví pidiendo limosna. Allí escuché por primera vez el nombre de este país, que no conocía. Un canillita gritaba que la BBC de Londres decía que Hitler y sus secuaces habían huido en un submarino hacia la Argentina".
"Nunca más viajé a Polonia… ¿Sabe por qué? Al volver de la guerra y pedir que les dieran sus propiedades, cuarenta judíos fueron asesinados por los polacos en Kielce… ¿Cómo regresar a un lugar como ése?"
REFUGIADA. "Alguien dijo que se podía ir de contrabando a Palestina, donde luego se crearía Israel. Ahí estaban los ingleses. Salimos de Polonia en camiones blindados. Viajamos por varios países, hasta llegar a Italia. Pero los ingleses mandaban de vuelta los barcos a Chipre. La gente se tiraba al mar, se suicidaba".
"Las UNRRA (Sigla en inglés de la Administración para el Socorro y la Rehabilitación) nos llevó a distintos campos de refugiados. En Módena conocí a mi marido, David, que había luchado en el Levantamiento de Varsovia. Y al poco tiempo, en Santa María di Leuca, nació mi hijo mayor, Leonardo. Tenía papeles para viajar a Estados Unidos, pero su presidente no daba más cupo. Seguíamos dando vueltas, durmiendo en el suelo. Ningún país nos quería. ¿Por qué tanto odio contra nuestro pueblo? ¿Por qué?".
ARGENTINA. "Acá llegué en 1949, cuatro años después del fin de la guerra. Vinimos en un barco que parecía hundirse a cada rato. Estuvimos en Río de Janeiro y Paraguay. Al final conseguimos viajar a Buenos Aires, pero David se quedó en Asunción un tiempo más. Vine con mi hijo Leonardo sin saber el idioma, sin documentos y sin plata. ¡Ni sé cómo pasé la Aduana!"
"Mi segundo hijo, Néstor, nació en Buenos Aires. Los dos son médicos. Después de ocho años, encontré a mi madre gracias a la Cruz Roja y la traje. Llegó en el 54 con una nueva pareja, un señor al que le habían matado sus ocho hijos. A la Argentina le debo mi vida, le agradezco en el alma. Fui libre, viví sin nazis, y con mi esposo tuvimos un negocio textil".
"Nada fue fácil. Muchas noches me despertaba llorando y gritando. Era tremendo vivir, por eso empecé a contar todo, para que nadie olvide. Fundé el Museo del Holocausto de Buenos Aires, hice un monumento en el cementerio de La Tablada por quienes lucharon en Varsovia… Esta fue mi vida, pero hay algunos tontos que todavía dicen que fue mentira, que no masacraron a mi pueblo".
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Eugenia Unger, a los 91 años, se sigue preguntando por qué. Basta mirar el triste espectáculo que ofrece el mundo por estos días, para saber que la Humanidad le sigue debiendo la respuesta.
Por Hugo Martin
Fotos: Alejandro Carra, Gabriela Valle, AFP y Archivo Atlántida
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