
El doctor Filippo Ongaro trabajó muchos años para la Agencia Europea Espacial. Su tarea consistía en diseñar programas de nutrición, ejercicio y manejo del estrés con la finalidad de contrarrestar el envejecimiento que las condiciones de microgravedad aceleran. En especial, la pérdida de masa ósea y muscular.
Este especialista en longevidad saludable —healthspan— dialogó con el diario El Mundo durante su paso por España para presentar The Art of Longevit, un programa elaborado por la firma suiza Valmont, de la que es asesor jefe en longevidad, que busca optimizar la salud presente y futura.
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Aunque dedica tiempo a la búsqueda de la “fórmula magistral” que permita alcanzar una edad avanzada con la mayor calidad de vida posible, Ongaro considera que ese ideal no implica que haya que protagonizar “acciones heroicas” sino “la incorporación de pequeños cambios en la vida cotidiana”, dice el diario.
Se trata de los mismos hábitos que Ongaro promovía cuando era médico en la Agencia Espacial Europea (ESA), a través de los planes de nutrición, ejercicio y manejo del estrés que promovía entre los astronautas para que pudieran contrarrestar los efectos de la microgravedad.
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Consideró como “muy positivo” que el tema de la longevidad saludable esté hoy en boca de todos y que “todo el mundo comprenda su importancia”. Pero advirtió que “existe una enorme oferta (de soluciones) y, evidentemente, no todas las propuestas cuentan con la misma base científica”.
¿Cómo distinguir entonces lo serio de lo simplemente propagandístico o comercial?
“La clave —respondió— radica en no creer en los milagros, porque no existen. No hay una pastilla de la longevidad ni una forma de detener realmente el envejecimiento. Así que cualquiera que intente venderte algo diciéndote ‘puedes evitar envejecer’ o ‘nunca vas a envejecer’ -incluso hay quien dice que nunca vas a morir, lo cual es completamente absurdo-, no está diciendo la verdad”.
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El especialista también aconseja no fijarse propósitos incompatibles con el estilo de vida de cada uno, es decir, ser realistas con los que nos proponemos para poder cumplir. En palabras de Ongaro, “ser más prácticos y preguntarnos: ¿qué podemos hacer hoy para estar mejor?, porque no existe una receta para evitar envejecer, pero sí para evitar envejecer mal, y eso tiene mucho que ver con los hábitos personales y el estilo de vida. Y aquí, aunque suene extraño, la belleza juega un papel importante. No es algo superficial”.
Al respecto aclaraba que la belleza “tiene que ver con la autoimagen y la confianza en uno mismo”. Luego detallaba: “Es uno de los factores que motivan a las personas a cuidarse. En mi experiencia, es mucho más fácil para alguien adoptar una rutina de belleza que una rutina de salud, porque es algo tangible: puedes verte y decir ‘estoy mejorando’ o ‘estoy envejeciendo más lentamente’. Por eso nunca he considerado la belleza como algo secundario; en realidad es muy central en el proceso de cambio”.
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Le preguntan entonces si, para envejecer bien, es necesario seguir todos los consejos que circulan por ahí, a saber: levantarse muy temprano, hacer gimnasia, exponerse al sol, cenar también temprano, vigilar constantemente la glucosa y otros parámetros, etcétera, etcétera. La respuesta es tranquilizadora: “No. Eso es excesivo. Es cierto que en la medicina espacial, que es de donde vengo, se monitoriza todo en los astronautas, pero ellos están en misión y es algo temporal, como los atletas de élite o las fuerzas especiales. Para una persona normal, un programa de salud debe ayudarte a vivir mejor, no al revés. No vives para cumplir un programa de salud, haces un programa de salud para vivir mejor. Cuando tu vida se reduce a controlar y medir todo constantemente, eso genera ansiedad y no te hará sentir mejor”.
Y agregó: “El gran reto en el futuro no será saber cuál es el máximo que puedes hacer, sino cuál es el mínimo necesario. Esa es la clave. No el máximo, porque no es necesario”.
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Lógicamente, la siguiente pregunta fue cuál era ese mínimo necesario que se debe hacer.
“Llevar sensores por todo el cuerpo, medir la glucosa constantemente... no creo que ese sea el futuro —respondió Filippo Ongaro—. El mínimo empieza por tus hábitos. Hay gente que monitoriza todo, pero no cambia nada. La clave, entonces, es: monitorizar lo que puedes cambiar (y hacerlo), pero no monitorizar lo que no puedes controlar. Porque si mides cosas que no puedes modificar, generas ansiedad."
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Su siguiente consejo fue personalizar los procesos conciendo a la persona porque “el punto de partida es diferente para cada uno, no solo a nivel bioquímico, sino también de personalidad”.
Luego enumeró los hábitos diarios más apropiados para una longevidad saludable: “Todos somos distintos, así que el orden puede variar, pero diría que hay varios pilares igual de importantes: lo que comes, el tipo y la cantidad de ejercicio físico que haces; y el bienestar emocional, las relaciones, el sentido de propósito. Por supuesto, en esa lista también está el sueño y la recuperación”. Para el final, dejó lo que llamó “extras”, pero cuya eficacia relativizó. O, mejor dicho, subordinó a lo anterior. Aludía a los suplementos, tratamientos, cremas, rutinas de belleza. “Son útiles —dijo—, pero siempre sobre la base de lo anterior. Porque, por ejemplo, tomar muchos suplementos, pero comer mal no tiene sentido: es gastar dinero para intentar compensar de forma errónea una mala alimentación”.
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En cuanto a lo que deparará el futuro en materia de longevidad, Ongaro apuntó a la importancia del “bienestar mental y emocional”, que para él era “el mayor problema actual”. “Muchas conductas poco saludables, como los malos hábitos alimentarios, tienen un origen emocional —amplió—. Empieza en el cerebro y luego se traduce en comportamiento. Durante años, los médicos hemos intentado solucionar la nutrición desde la bioquímica, sin dar a las emociones la importancia que se merecen. Y, al final, si te sientes solo, frustrado o enfadado, la comida se convierte en una compensación. Por eso, el bienestar mental será un gran capítulo en el futuro."
En cuanto a las lecciones que deja el espacio en materia de longevidad, dijo: “La primera lección es que no perdemos músculo porque envejecemos, sino que envejecemos porque perdemos músculo. Los astronautas son un ejemplo de envejecimiento acelerado: en seis meses en el espacio pueden envejecer lo equivalente a diez años en la Tierra si no siguen un programa preventivo. El principal desencadenante es la pérdida muscular. En microgravedad, no usas los músculos y éstos se deterioran. Eso afecta después al hueso, al metabolismo, a la sensibilidad a la insulina, a las hormonas... a todo. Esto es una gran lección para nosotros en la Tierra, porque el sedentarismo no está tan lejos de la microgravedad. Si no haces ejercicio, no estás sometiendo al cuerpo a la carga necesaria”.
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Otra afectación es la psicológica obviamente: “La segunda gran lección es el estrés. En el espacio vives en un entorno reducido, con un ritmo alterado, con un amanecer cada 90 minutos y una alimentación artificial. Es una situación muy exigente”.
La buena noticia es que estos impactos pueden reducirse: “Hemos visto que, controlando la dieta, el ejercicio y el manejo del estrés, se pueden compensar muy bien esos efectos. Si funciona en el espacio, funcionará aún mejor en la Tierra”, sostiene Ongaro.
“El problema es que hablamos mucho de longevidad, pero hacemos poco —concluyó—. Incluso en congresos sobre longevidad hay gente que habla de ello, pero no lo aplica. Existe una brecha entre lo que sabemos y lo que hacemos. Todos entendemos el valor de cuidarnos, pero no encontramos tiempo o energía para hacerlo. Y eso es lo que hay que cambiar”.
Ongaro también alerta acerca de una crisis de consecuencias graves: “Los sistemas de salud están colapsando. Vamos a vivir más años, pero también vamos a estar más años enfermos. Esa es la diferencia entre lifespan y healthspan [esperanza de vida y longevidad saludable]. La esperanza de vida ya no está aumentando; se ha estabilizado. Y, sin embargo, los años vividos con enfermedad están aumentando: la gente enferma antes. Esto se debe al estilo de vida, pero también a que diagnosticamos antes. Es positivo clínicamente, pero supone un gran costo social y económico”.
Pero también sugiere soluciones a partir de este diagnóstico: “La única solución es educar a las personas para que se cuiden desde jóvenes. Y aquí la belleza vuelve a ser importante, porque es algo tangible: te ayuda a verte mejor y eso motiva más a muchas personas que, por ejemplo, mejorar sus niveles de colesterol”.
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