
Hace poco más de un año, le comenté a una amiga francesa que quería hacer con mis hermanas el Camino de Santiago (la peregrinación a Compostela, Galicia, al santuario del evangelizador y patrono de España). “Ah, sí, acá todos los jubilados lo hacen”, me contestó. No fue el comentario más alentador. Pero no por un tema de edad, sino porque sentí que estaba banalizando lo que para mí tenía un trasfondo profundo. Pero luego pensé que sí, por qué no tomarlo también como un desafío senior. De hecho lo era, considerando que tanto mis hermanas como yo tenemos más vivido que por vivir.
Pese a mi deseo de hacer este Camino, interiormente temía que las limitaciones propias de la edad me lo impidiesen. Yo había leído algo sobre esta peregrinación y de inmediato deseé hacerla. Se lo comenté a mis dos hermanas mayores, como quien comparte un sueño, pero casi de inmediato ellas se pusieron al hombro la organización del viaje y cuando me quise dar cuenta ya estaba en un avión rumbo a Vigo. De allí iríamos a Lugo para emprender el llamado Camino Primitivo hasta Santiago de Compostela: 102 kilómetros en cinco días.
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Mi hermana más chica no se sumó al viaje. Ella está en otro desafío silver: acaba de empezar por primera vez una carrera universitaria con todo el entusiasmo del mundo.
La primera etapa del Camino era de 22 km hasta una aldea llamada Burgo de Negral. En mi fuero interior, temía no llegar. Era la menos entrenada de las tres. Durante los dos meses previos, salí a caminar por mi barrio, algún parque y un par de veces en la Reserva de la Costanera. Mi récord de esos días fue de 8 kilómetros —un tercio de lo que tenía que hacer en cada etapa—, con una uña perdida en el esfuerzo y alguna que otra ampolla. Con esos antecedentes me sentía incapaz de acometer la empresa, pero el entusiasmo de mis hermanas me impedía admitirlo.
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Entre nosotras, nunca habíamos puesto en palabras las motivaciones de cada una para hacer este viaje. Somos muy unidas y muy compañeras pero la parte anglosajona que heredamos de nuestra madre hace que seamos algo parcas a la hora de poner en palabras nuestros sentimientos más íntimos.

A mí me atraía profundamente la idea de caminar por senderos hollados por miles y miles de humanos antes que yo: lugareños, campesinos, soldados, peregrinos, nobles y hasta reyes, como Alfonso II, el primero que viajó hasta la tumba del Santo y ordenó construir allí la primera iglesia.
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Pensaba en cómo se viajaba en aquelllos tiempos, cuando ir de un pueblo a otro era lanzarse a pie a los caminos. El más afortunado tenía una mula. O caballos. Un carro. Pero la mayoría no tenía otra que caminar.

Una de mis motivaciones era por lo tanto la Historia, pero no me imaginé hasta qué punto el Camino de Santiago te transporta al pasado. Esa región de Galicia está como detenida en el tiempo: es una zona muy agraria, de pequeñas propiedades, granjas, casas de piedra, techos de teja, campos separados del camino por muros también de piedra, que se alternan con bosques que la lluvia diaria vuelve densos y de un verde brillante. Todo el recorrido es por caminos rurales y senderos pedregosos. Solo unos pocos tramos bordean las carreteras más modernas. La sensación entonces es la de estar en otro mundo y en otro tiempo.
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Recorrer un paraíso natural, donde el único ruido es el canto de los mirlos, interrumpido de vez en cuando por algún grupo de peregrinos ruidosos. También huele a campo, con todo lo que eso significa. A buen entendedor… Aromas que me devolvían a la infancia.
Lo otro que me llevaba a la infancia era el ritmo de caminata de mis hermanas. Parecía que habíamos vuelto a nuestros años de escuela, cuando yo, que tenía 5 e iba al preescolar, trataba de no perderlas de vista, para lo cual alternaba pasos con trotecitos y estiraba el brazo para tocar sus mochilas y no perderme. En un momento no pude más de la risa porque la historia se repetía por los caminos de Galicia que ellas emprendían con un ritmo que me superaba.
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Fue dura esa primera caminata. A poco de salir me puse a envidiar las pantorrillas, muslos y glúteos de los demás caminantes, todos más desarrollados que los míos. Cada tanto, unos nórdicos nos pasaban como postes. Pensé en la Fábula de la Liebre y la Tortuga y me concedí una chance.
El camino sube y baja, suave pero constantemente: en el ascenso, falta el aire, en la bajada, duelen las rodillas.
Los bastones son esenciales: además de contribuir al equilibrio y a aliviar el esfuerzo, se evita el entumecimiento de las manos, que viene por caminar mucho tiempo con los brazos colgando.
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El otro auxiliar indispensable es la vaselina para untarse —levemente— los dedos de los pies: eso evita ampollarse. El equipo se completa con medias de trekking, zapatillas ya domadas y una capa porque “en Galicia hoy llueve pero mañana también”, como dicen los lugareños.
No hace falta GPS. Todo el camino está perfectamente señalizado. En cada cruce de rutas o desvío del sendero, está la compostela dorada para indicar el sentido. Y regularmente los mojones que van diciendo cuántos kilómetros faltan para Santiago.
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Cuando llegamos a Burgo de Negral, lugar mágico, pequeña aldea suspendida en algún punto de la evolución, yo estaba rendida. Mi incentivo en esa etapa inicial era que al otro día había que caminar “solo 15 kilómetros”. Me lo repetía como un mantra, pero al llegar al hotel vimos que nos habíamos equivocado: ¡eran 24! Recién la tercera era una etapa de 15 km…. Me dije para mí “de acá no salgo”. Me fui a dormir pensando en la excusa que me inventaría al otro día.
No contaba con la increíble capacidad de recuperación del cuerpo humano. Una noche de sueño y ya estaba como nueva.

El segundo día fue el mejor. Inolvidable, casi mágico. Estuvimos prácticamente solas en todo el camino. Unos sevillanos ruidosos y muy simpáticos que iban en grupo numeroso y entusiasta, con el que nos cruzamos varias veces el primer día, se esfumaron al día siguiente. El trayecto fue casi todo por bosques y campos, no había ciudades en el camino, solo pequeñas aldeas. Todo es hermoso. Casi nadie caminaba con nosotros, solo las “rubias gallegas” —así llaman a la raza vacuna local— son testigas mudas de nuestro paso.
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Contra lo que esperaba, tengo más energía que el día anterior. Hacemos 16 km casi de un tirón. Los últimos 8 son bravos pero ya no me ronda la idea de no poder. Sé que voy a llegar a Santiago en tiempo y forma.
Mis hermanas hablan por primera vez de sus motivos: agradecer. Por los padres que tuvimos y, a través de ellos, por toda la gente valiosa e interesante que conocimos, que fue formando nuestro entorno afectivo desde niñas. Nuestros padres solo eran felices brindándose a otros. La nuestra fue una casa de puertas abiertas, siempre.

Un amigo nos preguntaba por qué, si no somos católicas, queríamos peregrinar. Algo de lógica tenía la pregunta. Una de las muchas cosas que los protestantes no hacen es peregrinar, y personalmente lo lamento. Creo que la peregrinación es, entre otras cosas, una forma potente de dar testimonio. Es una manifestación de fe, personal y colectiva a la vez, ya que uno no va solo en el camino.

Hoy llueve, pero mañana también
Así es en Galicia, y eso explica el verdor de los campos y bosques. Apenas salimos de Lugo, tenemos el primer bautizo, ese día caminamos varias horas bajo la lluvia. Y así será en casi todas las etapas menos la última. Sin embargo, se disfruta a full de la naturaleza. Debajo de una capa, claro.

Observo que no es una peregrinación de silvers como me dijo mi amiga, aunque hay muchos. Pero se ven familias, padres con hijos, incluso pequeños, jóvenes, colegios enteros. Nos cruza todo un contingente de inglesitos que no deben tener más de 12 ó 13 años. Sin embargo se ven muchos adultos mayores. Intercambiamos algunas frases con un matrimonio francés que debe haber pasado hace rato los 70: ¡todos los años peregrinan 300 kilómetros!

Y en un alto del camino, charlamos con un alemán de 71 que venía pedaleando desde Bonn…

En el trayectro, admiramos la cantidad de hórreos, esas construcciones características de Galicia, esas pequeñas construcciones, como casitas, donde guardaban el grano para mantenerlo a salvo de los animales y de la humedad; por eso están elevados sobre una plataforma.

Nos enteramos luego de que el que tiene un hórreo en su terreno no lo puede quitar; lo debe incluso preservar. Así lo dispuso el gobierno gallego que evidentemente aprecia su patrimonio; algo que falta dolorosamente entre nosotros por eso estamos viendo desaparecer por ejemplo la Buenos Aires de nuestros padres y abuelos.
Parece mentira que haya que decir que no se puede construir un templo mormón gigantesco a metros de una iglesia del 1700 que es patrimonio de todos, aunque sea católica.
La uniformidad, la armonía de formas y colores, es lo que vuelve hermosos estos pueblitos. Atractivo el paisaje urbano. Y eso se preserva por acción colectiva.

Esa preservación atañe también a los símbolos de la fe, presentes en todas partes. Hasta los hórreos están coronados por una cruz que les da aspecto de capillitas.
Luego están los cruceiros en las encrucijadas del camino, que protegen a los caminantes. Otro signo representativo de Galicia.

El quinto día, cuando vamos a emprender la última etapa, nos hablan del Monte do Gozo (o de la Alegría), un sitio a pocos kilómetros de Santiago de Compostela.
Al llegar entendemos el porqué del nombre. Desde allí se avistan por primera vez en el camino las torres de la Catedral. Es la alegría de ver la ciudad a lo lejos y entender que ya casi hemos llegado.

En esa colina, en 1989, Juan Pablo II congregó a 400 mil jóvenes, durante la Jornada Mundial de la Juventud.
A los que reciben a los peregrinos en Santiago no se les escapa que mucha gente hace el Camino por motivos que no son religiosos, pero igualmente los reciben con generosidad, registran sus motivaciones y les certifican su paso por el lugar.

En 2021, el entonces arzobispo de Santiago, monseñor Julián Barrio, escribió en una Carta Pastoral: “El verdadero valor del Camino de Santiago, junto con los de Jerusalén y Roma, consiste en ser un camino del espíritu del ser humano, que se rebela para no desaparecer bajo la asfixia del materialismo”
Al día siguiente de llegar fuimos a la misa del peregrino, que coincidió con la celebración de varios sacerdotes de la arquidiócesis de sus aniversarios de ordenación: 25, 30 y hasta 50 años. La homilía habla del sentido del sacerdocio.

Hay mucha emoción en los presentes y aunque nosotras no comulgamos, por obvias razones, recibimos abrazos y besos y deseos de paz en diferentes idiomas.
Luego viene el momento en que varios monjes se cuelgan de una soga gruesa hasta que logran mover el inmenso botafumeiro (inciensario) de bronce que entonces se hamaca sobre todos los feligreses, en un espectáculo imponente. Me encanta que en la era de la automatización total., persistan estas tradiciones manuales. Como el humo blanco que anuncia la elección de un Papa...
Pero lo que más me conmueve es ver, junto a la tumba del Santo, que se puede visitar detrás del altar, una placa de bronce que recuerda la visita de Juan Pablo II y su célebre llamado: “Europa, sé tú misma!”, frase que cada vez resuena con más fuerza.
Tengo que reconocer que, aunque conocía la cita, no sabía que el pontífice polaco la había pronunciado en Compostela, en su primer viaje apostólico a España, en 1982. De modo que ver esa placa fue una sorpresa. Muy grata por cierto.

Me emocionó particularmente porque tocaba otro de mis motivos para hacer esta peregrinación.
En momentos en que el mundo occidental reniega de la religión y por ende de su historia, me parecía un acto de afirmación de los valores que vertebran nuestra cultura. Esto va más allá de la fe que profese o no cada uno. Me movilizaba la idea de peregrinar al santuario del santo patrono de España, Santiago el Mayor, el discípulo de Jesús que evangelizó aquella que entonces era una provincia romana.
En su newsletter “Viejo Smoking”, Cecilia Absatz dice que hoy ser una persona de fe “es poco menos que un secreto”. “No exactamente vergonzante —agrega—, pero por algún motivo, parece requerir una explicación. La postura más elegante de la actualidad es el agnosticismo.”

Aunque la elite europea se esfuerce por negarlo, Europa nació cristiana. Como dijo Goethe, “Europa nació en la peregrinación y la cristiandad es su idioma materno”. Algunos lo parafrasearon como “Europa nació peregrinando a Santiago”.
Lo cierto es que el constante ir y venir de los peregrinos a lo largo de los siglos promovió el contacto entre personas de diferentes lugares de Europa, con el consiguiente intercambio de ideas y costumbres, y fue creando un sentimiento de pertenencia y comunión.
Al igual que en Iberoamérica, la fe fue el lenguaje común.
La frase completa de Juan Pablo II fue: “Yo, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: vuelve a encontrarte. Sé tu misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Tú aún puedes ser faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo.”

Aunque algunos europeos quieran renegar de sus raíces, éstas brotan por todas partes, desde la toponimia hasta los monumentos, la fe fundante es una presencia constante. Lo ha impregnado todo.
La cultura laica que hoy muchos modernos, racionalistas, rescatan como opuesta a la doctrina cristiana, en realidad se basa en mayor medida en principios de origen cristiano.
Hasta la divisa “libertad, igualdad, fraternidad” es de origen católico. Fue elaborada por un obispo, Fénelon (1651-1715), filósofo, teólogo y escritor, que en su obra más célebre, Las aventuras de Telémaco, asoció esos tres conceptos, basándose en citas bíblicas, para condensar en una fórmula la doctrina cristiana.

Como lo demuestra el historiador Tom Holland en su libro Dominio. Cómo el cristianismo dio forma a Occidente, la mayoría de los valores, ideas o temas de generalizada aceptación, no son de origen laico como muchos creen o pretenden creer, sino de raíz cristiana, esencialmente, la dignidad innata, compartida por todo ser humano. El concepto de los derechos humanos no procede de la Antigua Grecia ni de Roma y es extraño a otras culturas; tiene su origen en la idea cristiana de que todos los hombres son hijos de Dios, sostiene Holland.

Santiago el Mayor, el discípulo impetuoso
Santiago el Mayor fue uno de los 12 discípulos de Jesús y también uno de los más cercanos al Mesías, junto con Pedro y Juan. Este último, además, era su hermano.
Después de reclutar a Pedro y a su hermano Andrés, dice la Biblia que, “caminando un poco más adelante (Jesús) vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él”.
Un dato curioso es que a estos dos hermanos Jesús los apodó “boanerges” que en arameo significa “hijos del trueno”, porque Santiago y Juan eran impetuosos. Si el Señor no los hubiera formado y contenido, ellos habrían apelado a la violencia.
En varias circunstancias, Jesús se mueve solo con 3 ó 4 de sus discípulos. Uno es, por supuesto, Pedro, los otros, Santiago y Juan. A veces, Andrés, el hermano de Pedro. Santiago es uno de los tres discípulos que Jesús llevó consigo cuando fue al Getsemaní a rezar a la espera de que vinieran a apresarlo.
Luego de la muerte, resurrección y ascenso al cielo de Jesús, siguiendo su mandato de llevar la buena nueva por todo el mundo, Santiago viajó a Hispania y llegó hasta el finis terrae, hoy Finisterre, lo que se creía era el fin del mundo. Regresó luego a Jerusalén, donde fue apresado y ejecutado por Herodes Agripa en el año 44. Sus restos fueron llevados por dos de sus seguidores de regreso a Hispania donde fue sepultado.

Hay muchos testimonios en documentos de los primeros años de la era cristiana de que Santiago fue a predicar al noroeste de la península ibérica, a la Gallaecia romana.
En el año 813, siglo IX, un obispo comunica el hallazgo de la tumba del apóstol, y el rey Alfonso II de Asturias se desplaza al lugar para constatarlo y ordena la construcción de una iglesia.
La catedral actual se empezó a construir en el año 1075.
Las peregrinaciones comienzan a poco de encontrarse la tumba del apóstol en el 800 y a partir del siglo XII empiezan a llegar peregrinos de toda Europa. Ya entonces se decía que la Basílica no cerraba nunca sus puertas.

“En Santiago, situado en la periferia de Europa, se encuentran a un tiempo el centro y la periferia del continente, de modo que es el lugar oportuno para descubrir en la tradición religiosa y cultural la gran riqueza del continente”, dice José Fernández Lago, en El apóstol Santiago: amigo, discípulo y testigo de Jesús (Santiago de Compostela, 2024).
“Recorriendo los lugares que han sido testigos del paso de muchos peregrinos”, agrega Fernández Lago, “quienes hoy nos ponemos en camino”, nos volvemos “protagonistas de una tradición viva”.
Una tradición tan viva que año a año crece el número de peregrinos. En 1992, llegaron a Santiago 10.000 peregrinos. En el Año Santo de 1999, fueron 150 mil peregrinos. Casi 180 mil en 2004, y en 2016, 270 mil.
En 2023, hubo 446 mil peregrinos. Vienen del mundo entero. Ya se registraron peregrinos de 179 naciones distintas.

El fin del Camino
Qué duro es dejar el hotel de Santiago, sobre la plaza Fonseca, a metros de la Catedral...
En la terminal de ómnibus, nos sentamos a tomar un café en una terraza. Al lado nuestro, cuatro señoras rezan el rosario en un idioma que no podemos identificar. Son todas silver.
Bajamos la voz para no molestar. Cuando terminan intercambiamos los saludos de cortesía, where are you from? Eran polacas, venían de Fátima, seguramente haciendo varios santuarios en un mismo viaje. Cuando se enteran de que somos argentinas, nos muestranque en el celular tienen una imagen de la Virgen de Luján...

Como a Roma, también son muchos los caminos que llevan a Santiago.
El mínimo que hay que caminar para ser considerado peregrino son 100 kilómetros. Doscientos, si se lo hace en bicicleta.
Entre los caminos más conocidos están:
El Camino francés, ingresando a España por Somport o por Roncesvalles.
El Camino del Norte, también desde Francia, y bordeando la costa asturiano gallega.
El Camino Primitivo, primer itinerario jacobeo, el que tomó el rey Alfonso II desde Oviedo.
El Camino Portugués, que ingresa a España por Verín y Ourense o por Tui.
El Camino inglés, desde Escandinavia y las islas británicas, inglesa por A Coruña o por Ferrol.
Enterada de que mi proyecto se había hecho realidad, mi amiga francesa me llamó para felicitarme, expresarme su admiración por lo que habíamos hecho y asegurarme que, cuando se lo dije el año pasado, no se lo había tomado en serio.
En Compostela, y en varias capillas del Camino, hicimos otra cosa que los protestantes no suelen hacer: prender velas por alguna intención. En todo el recorrido, tuvimos presentes a dos amigos muy enfermos. Pero también a una larga lista de seres queridos, familia y amistades, por los que también oramos.
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