
Nelson Mandela asumió la presidencia de su país con casi 76 años; la misma edad a la que Jorge Bergoglio fue elegido Papa. Charles de Gaulle regresó a la política de su país a los 68 años como presidente, cargo que ejerció hasta los 78. Golda Meir fue Premier de Israel a los 70. Deng Xiaoping volvió al poder a los 73 años, tras haber caído en desgracia y estar cancelado durante 8 años.
Son trayectorias que desmienten el prejuicio edadista de que la veteranía es un impedimento para el juicio ponderado, la toma de decisiones trascendentes y la gestión cotidiana y activa de los asuntos de Estado.
Nelson Mandela (1918-2013)
En abril de 1994, tenía lugar en Sudáfrica la elección que cambiaría la historia y coronaría la trayectoria extraordinaria de Nelson Mandela —y su vía crucis—: a los 76 años se convertía en presidente del país en el cual hasta poco antes su raza era considerada inferior y estaba excluida del sistema por el régimen de apartheid.

Abogado de profesión y jefe de la rama militar del Congreso Nacional Africano (ANC), Mandela había sido condenado a cadena perpetua en 1964. Pasó más de 27 años tras las rejas, tiempo durante el cual rechazó todas las ofertas de libertad a cambio de desistir de su lucha.
Fue liberado en 1990 y apoyó la política de reconciliación con el gobierno del presidente Frederik de Klerk. En 1993 compartió con él el Premio Nobel de la Paz y ese año Sudáfrica adoptó una constitución interina, que habilitó las primeras elecciones completamente democráticas que ganó Mandela.
Contra lo que podía esperarse, ningún ánimo revanchista impulsaba al nuevo presidente que declaró que la República pasaba del dominio blanco a los colores del arcoíris.
Durante su mandato, Nelson Mandela siguió adelante con la política de reconciliación.
Se retiró del poder cinco años después, y murió en 2013 a los 95 años.
Hay unanimidad en considerar que una de las mayores victorias de la presidencia de Nelson Mandela fue instaurar la paz interior, en un país amenazado por la guerra civil.
En declaraciones a Radio Canadá, Mamoudou Gazibo, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Montreal, dijo que, en aquel momento, el gran desafío era mantener la paz, la democracia y la unidad nacional. Sólo Mandela podía pilotear esa transición y lo hizo integrando a elementos del antiguo régimen de apartheid a su gobierno. La medida más fuerte en ese sentido fue la designación de Frederik de Klerk, presidente del Estado de la República de Sudáfrica de 1989 a 1994, como vicepresidente de la República de Sudáfrica.

El propio Mandela explicó su política de este modo: “He combatido la dominación blanca, combatiré una dominación negra”.
Generosidad en la victoria: es la gran lección que deja Mandela, y no sólo para los sudafricanos sino para todo el mundo. Su divisa fue vencer pero no humillar. Cuando sus enemigos –los representantes del régimen de apartheid- finalmente debieron negociar con él una salida política, Mandela les tendió la mano, buscó la reconciliación y hasta compartió el poder con ellos. Además, no sólo no se plegó jamás al racismo antiblanco y al espíritu de venganza, sino que combatió esas tendencias dentro de sus propias filas.
Golda Meir (1898-1980)
El mandato de Golda Meir como primera ministra de Israel comenzó durante un período de intensa tensión en Oriente Medio, por lo que debió enfrentar desafíos inmediatos, como la violencia y las disputas territoriales tras la Guerra de los Seis Días.
Golda Meir tenía 70 años cuando asumió la jefatura del gobierno de Israel en 1969, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar ese cargo en el país y en una de las primeras a nivel internacional. Le tocó gobernar el país durante una etapa crítica, marcada por graves tensiones políticas y sociales en Israel y en la región. Como ella misma dijo, ser Premier no era algo que estuviera en sus planes. Las circunstancias y su trayectoria en la construcción del estado de Israel la llevaron a ese lugar.

Nacida en Kiev, Ucrania, en 1898, Meir emigró de niña a Estados Unidos junto a su familia para huir de las persecuciones antisemitas, una experiencia que marcó su vida y su convicción política. En ese país se involucró en el activismo social y político antes de trasladarse a la entonces Palestina bajo mandato británico. Junto a su esposo, se estableció en un kibutz y participó en movimientos sindicales y en la asistencia a refugiados judíos.
Con la creación del Estado de Israel en 1948, Meir fue una de las firmantes de la Declaración de Independencia y ocupó los cargos de ministra de Trabajo y ministra de Asuntos Exteriores. Fue durante su gestión en la cartera laboral que visitó la Argentina, en 1951, donde fue recibida por Juan Domingo Perón y por Eva Duarte y recibió importantes contribuciones en alimentos, medicinas y frazadas para paliar las necesidades sociales del todavía joven país.

El acceso de Meir al cargo de primera ministra en marzo de 1969 fue consecuencia directa de la repentina muerte del primer ministro Levi Eshkol. Frente a figuras de peso del laborismo, ella se impuso como candidata de consenso. Aunque fue vista inicialmente como una líder interina, Meir logró la formación de un gabinete de coalición.
En su función, demostró ser una figura decisiva, negociando con socios internacionales y gestionando complejos asuntos nacionales e internacionales. Bajo presión interna y externa respecto a la política sobre los territorios ocupados, se mantuvo firme en no negociar devoluciones sin acuerdos de paz.
Durante el mandato de Golda Meir, Israel vivió episodios críticos: el brutal atentado contra la delegación israelí en los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972 y la Guerra del Yom Kippur en 1973, conflicto en el que Israel fue atacado por Siria y Egipto con apoyo armamentístico de la Unión Soviética. Aunque Israel ganó la guerra, el gobierno de Meir enfrentó fuertes críticas. Ella reconoció públicamente las dificultades y el impacto personal del conflicto, afirmando que “nunca más volvería a ser la persona que era antes de la Guerra del Yom Kippur”.
Uno de los aspectos más destacados de su gestión fue el fortalecimiento de la relación bilateral con Estados Unidos.

El deterioro de su salud y el desgaste político llevaron a Meir a renunciar en abril de 1974, después de cinco años al frente del Ejecutivo. Se retiró de la vida pública y falleció en 1978 a los 80 años. Permanece en la memoria colectiva como una figura significativa en la historia de Israel, por sus contribuciones al establecimiento del Estado y por allanar el camino al liderazgo político a las demás mujeres.
Deng Xiaoping (1904 - 1997)
Militó en el comunismo chino desde muy joven y alcanzó posiciones de relevancia, pero cayó en desgracia y fue relegado. Tenía 73 años cuando llegó a la cumbre del poder tras ser rehabilitado por la crisis.
Hijo de un rico terrateniente del Sichuan, Deng Xiaoping se formó en Francia, país al que viajó en los años 20, donde también trabajó en diferentes fábricas, se unió a la rama europea del Partido Comunista Chino (PCC) y conoció a Zhou Enlai, cuya amistad sería clave en su trayectoria futura.
Al regresar a China, en 1926, se unió a Mao Zedong, y participó de la Larga Marcha. En la guerra civil que estalló a continuación, Deng demostró ser un estratega inteligente.
En 1945 ingresó al comité central del PCC, en el que ascendió rápidamente luego del establecimiento del régimen comunista (1949). Fue vice primer ministro y ministro de economía. Encarnó una línea más pragmática que la de la utopía revolucionaria de Mao.

Entre 1956 y 1966 fue secretario general del PCC y en la práctica el número 3 del régimen, después de Mao Zedong y Liu Shaoqi.
En 1958, Deng se mostró muy crítico del “Gran Salto Adelante”, un desastre económico que provocó más de 30 millones de muertes. Fue poco después, en 1961, cuando pronunció su frase más célebre: “No importa que el gato sea negro o blanco, lo importante es que cace ratones”, clara expresión de su pragmatismo. También se mostró favorable a una ruptura ideológica con Moscú.
Con la finalidad de restaurar la economía, en 1964 elaboró el programa de las “Cuatro Modernizaciones”. Contaba con el respaldo de Liu Shaoqi, pero Mao, volcado hacia la izquierda del partido, lanzó en 1966 la Revolución Cultural, movilizando a las masas para desenmascarar a los capitalistas infiltrados y volver a las esencias del comunismo chino. Liu Shaoqi y Deng Xiaoping estuvieron entre las primeras víctimas de esas purgas.
A los 65 años, Deng fue cancelado, apartado de la escena política, y forzado a someterse a una reeducación.
Pero la Revolución Cultural no hizo sino agudizar la crisis, y en 1973, Mao cedió a las sugerencias de Zhou Enlai y aceptó rehabilitar a Deng. Lo nombró entonces vice primer ministro y jefe del estado mayor.
Se trata de uno de esos sorprendentes giros de la historia: el proscrito de la Revolución Cultural convertido en delfín del líder histórico de la Revolución China.
En 1976, mueren Zhou Enlai y Mao Zedong. Comienzan entonces “los años Deng” y la “desmaoización”.
Estamos en el año 1977, y China, hoy potencia mundial que desafía la hegemonía estadounidense, no representa más que el 3% del PBI mundial. Sacar al país del hundimiento económico en el que se encontraba es el gran desafío que enfrenta Deng y del que saldrá victorioso.

Debe restaurar la economía e integrarla al mundo sin desintegrar socialmente a un país duramente castigado por la crisis. Deng logrará liberalizar el sistema económico sin liberalizar el régimen político. Toda una proeza.
Como partidario de la propiedad privada y de la libre empresa, Deng Xiaoping creó Zonas Económicas Especiales para atraer capitales extranjeros. Estas ZEE o zonas francas fueron la vanguardia del espectacular desarrollo económico de China.
Deng modernizó el país a marchas forzadas. Incorporó a China al FMI y al Banco Mundial.
Fue bajo su gestión que en 1979 se impuso la política del hijo único, brutal decisión destinada a limitar el crecimiento demográfico.
Una sombra en la trayectoria de Deng fue la brutal represión de los disturbios sociales de mayo-junio de 1989, cuya cumbre fue la masacre en la Plaza de Tiananmén.
En 1992, Deng relanza la dinámica de apertura al capitalismo con la doctrina de la “economía socialista de mercado”. Coloca en la presidencia de la República a Jiang Zemin y se retira progresivamente de los asuntos políticos. Muere en 1997.
Bajo las presidencias de Zemin (1993-2003) y Hu Jintao (2003-2013), la economía china creció al 10% anual, algo inédito en la historia de la humanidad: un crecimiento que se prolongó durante tres décadas, hasta 2012. Esta formidable expansión, el ingreso de China a la OMC (Organización Mundial del Comercio), en 2001, el éxito de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 y la llegada de China al segundo puesto en el ránking de potencias económicas mundiales constituyen un triunfo póstumo de Deng Xiaoping, resultado de la obra que emprendió en el ocaso de su vida.
Charles de Gaulle (1890-1970)
Asumió la presidencia el 8 de enero de 1959 con 68 años de edad
Pero Charles de Gaulle ya se había cubierto de gloria con su llamado a la resistencia desde la BBC de Londres: luego de la capitulación del gobierno francés ante los alemanes, el 18 de junio de 1940, el general convocó a los franceses a la lucha. Desde ese momento, encarnó la soberanía de su Patria ocupada y batalló contra el enemigo pero también por el reconocimiento de los Aliados y no paró hasta lograr que su país se sentara en la mesa de los vencedores.

Varios años antes, en 1921, mientras cursaba historia para convertirse en profesor de la Escuela de Guerra, De Gaulle extrajo una lección: “La historia no enseña el fatalismo. Hay horas en que la voluntad de algunos hombres quiebra el determinismo y abre nuevas vías”.
Ese fue exactamente su rol durante la Guerra. Plantó bandera contra el fatalismo y salvó a Francia de la deshonra.
Al concluir la guerra, presidió un gobierno provisional, pero renunció en 1946 porque no encontró eco a su proyecto de nueva constitución.
Se inició entonces lo que él mismo llamó su travesía del desierto, tiempo que aprovechó para escribir sus Memorias y formar un partido político.
Pero en el año 1958 se agudiza la crisis política y la inestabilidad de la IV República. Los franceses de Argelia organizan una gran manifestación exigiendo un “gobierno de Salvación Pública”. El nombre de De Gaulle es evocado por diferentes sectores. Éste dice que no aceptará el poder de manos de facciosos.
Finalmente, el presidente de la República, René Coty, decide recurrir al “más ilustre de los franceses... aquel que, en las horas más oscuras de nuestra historia, fue nuestro jefe para la reconquista de la libertad y que, habiendo logrado la unanimidad nacional a su alrededor, rechazó la dictadura para establecer la República”.
El general forma sin demora un gobierno de unión y se dedica a partir de ese momento a elaborar una nueva Constitución que será aprobada por referéndum el 28 de septiembre de 1958 con un 79,2% de los votos. Esa Constitución consagra un régimen híbrido entre presidencialismo y parlamentarismo que sigue vigente hasta la actualidad.
El 21 de diciembre de 1958, De Gaulle se convirtió en el primer presidente de la Quinta República.

“Charles De Gaulle es al día de hoy el último gigante de la historia de Francia”, decía un artículo de la revista Herodote. Sin embargo, no siempre los franceses han sido agradecidos con él. Muchos historiadores, políticos y analistas se complacen en destacar que casi nadie escuchó el llamado de De Gaulle aquel 18 de junio de 1940… Como si eso disminuyera su mérito, cuando no hace sino engrandecer su actuación. Porque cuando él leyó su mensaje, el porvenir de Francia era sombrío y pocos tuvieron la templanza para vencer el fatalismo.
De Gaulle salvó a Francia no sólo porque la unió en la resistencia sino porque la puso en lo más alto del poder mundial. Cuando volvió al gobierno en 1958 y la presidió por algo más de diez años, logró preservar su estatus de gran potencia, con un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y dotándola de una fuerza de disuasión nuclear.
Muchos años después de la guerra, evocando esos años, dijo: “Sí, en efecto, existió la Francia libre… la Francia libre que yo hice, partiendo de la nada, que creció, y terminó siendo reconocida por el mundo entero [y] que en 1945 se sentó a la mesa de los Grandes, con los vencedores”.
Jorge Bergoglio (1936-2025)
La noche del 13 de marzo de 2013 el mundo asistió asombrado al anuncio de que el nuevo Papa venía de los confines de la tierra y era un hombre prácticamente desconocido para la opinión pública internacional.

Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires, el 17 de diciembre de 1936. Ingresó al seminario de la Compañía de Jesús a los 21 años y fue ordenado sacerdote el 13 de diciembre de 1969, doce años después. En junio de 1973, fue nombrado provincial de la Compañía de Jesús en la Argentina, cargo que ejerció durante seis años. De 1980 a 1986, presidió el Colegio Máximo de San Miguel, un centro universitario jesuita.
Es frecuente que una personalidad excepcional choque en un momento u otro de su vida con la incomprensión de sus contemporáneos, y Bergoglio no fue excepción. En 1991 fue enviado a Córdoba, como confesor en la residencia de la Compañía de Jesús, un cargo que no estaba a la altura de su talento y experiencia. Una “penitencia” quizás motivada por las pujas internas de su orden.
De aquella primera travesía del desierto, lo rescató el entonces Arzobispo de Buenos Aires, cardenal Antonio Quarracino. Así fue como, a comienzos de 1992, el futuro Papa salió de la órbita de la Compañía de Jesús, fue ordenado Obispo por Juan Pablo II, y nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires. En 1998 sucedió a Quarracino al frente de la arquidiócesis de Buenos Aires.
Bergoglio se hizo notar por sus colegas del mundo entero en dos ocasiones, gracias a su capacidad de trabajo, su aptitud para el diálogo, su poder de síntesis, su buena pluma y sus ideas sobre lo que debía ser la renovación de la Iglesia.
La primera vez fue en febrero de 2001, cuando lo designaron expositor del sínodo de los obispos. La segunda vez fue en 2007, en Aparecida, Brasil, donde se encargó de la redacción del documento final -que luego sería el programa de su pontificado- en la Va Conferencia de Obispos Latinoamericanos, a la que asistió el papa Benedicto XVI.

Nadie es profeta en su tierra, dijo Jesús cuando en Nazaret le dieron la espalda. En Argentina, Jorge Bergoglio padeció los embates del poder político. También tenía adversarios internos que, cuando cumplió los 75 años en 2011 y presentó su renuncia a Benedicto XVI, intentaron que ésta le fuese aceptada de inmediato.
Por ese entonces, ya nadie veía papable a Jorge Bergoglio; varios de sus detractores se jactaban de haber frustrado sus chances en 2005, tras la muerte de Juan Pablo II. Su edad, 76 años entonces, también era vista como un impedimento.
Por eso, luego de la fumata blanca, el anuncio de su elección provocó una conmoción mundial. No solo era poco conocido: era el primer Papa americano y el primero jesuita.
Bergoglio cautivó rápidamente a un mundo que hasta entonces ignoraba todo sobre él. Lo hizo con una sucesión de gestos impactantes y con un estilo de comunicación nuevo: un mensaje profundo expresado en lenguaje sencillo y directo. Sus homilías diarias, las audiencias generales de los miércoles en una plaza de San Pedro colmada, una liturgia despojada y un pastor que se dejaba abordar por la gente generaron una sensación de constante cercanía.

Cada gesto suyo contenía un mensaje político. La humildad con la cual se presentó al mundo era un consejo que más de un político haría bien en escuchar: “No hay que creérsela”.
De Lampedusa en 2013 al corazón del África en uno de sus últimos viajes pastorales en enero de 2023, el mundo pudo ver a Francisco hablar en nombre de los refugiados, de los expulsados de sus países por crisis y guerras originadas en decisiones tomadas en las mesas chicas del poder mundial, de los desocupados despojados de la dignidad que da el trabajo, en vigilias de paz, fundido en abrazos interreligiosos, interpelando al G20, al Parlamento europeo o a la ONU, oficiando la misa más multitudinaria de la historia -en Filipinas ante millones de fieles- o tendiendo puentes, como entre Cuba y los Estados Unidos, o a través del mensaje a China, en busca de un acercamiento espiritual y cultural.
Su incansable activismo reflejaba tal vez también la urgencia por transmitir un mensaje, consciente de que su pontificado podía ser breve. El destino, o la Providencia, no lo quiso así.
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