
Frente al río Paraná, en una de las laderas del Parque Urquiza de Rosario, el anfiteatro Humberto de Nito volvió a funcionar como un punto de reunión. El espacio, abierto, escalonado, pensado para escuchar música bajo el cielo, reunió en una noche de verano y luna llena no solo a un público diverso, sino también a distintas capas del tiempo.
Allí, en el marco del Festival Faro, Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale presentaron Bodas de Coral, el proyecto con el que comenzaron a celebrar 35 años de sociedad artística. El concierto, lejos de pensarse como una efeméride, se construyó como un diálogo entre generaciones, géneros y memorias compartidas.
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La escena tuvo, además, un peso particular por el lugar. Rosario no fue solo el marco geográfico sino una presencia activa. Cada regreso de Baglietto reactiva una relación que excede lo musical: hay pertenencia, historia común y una biografía artística que vuelve a leerse en clave local. El anfiteatro, abierto al parque y al río, reforzó esa idea de encuentro ciudadano que el Festival Faro propone como núcleo.

Bodas de Coral se apoya en una selección de canciones románticas y en un recorrido amplio por el cancionero que ambos músicos fueron construyendo juntos desde Postales de este lado del mundo (1991), su primer disco compartido.
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Pero el show no se limitó a ese eje. Aparecieron también clásicos del repertorio de Baglietto que funcionan como marcas generacionales: Mirtha, de regreso y Era en abril fueron recibidas como piezas que siguen activando una memoria colectiva.

En uno de los pasajes más íntimos de la noche, Baglietto quedó solo en el escenario. Antes de tomar la guitarra, recordó el momento en que, desde Rosario, llegaron a Buenos Aires allá por los ochenta. “Se decía que hacíamos rock, pero nosotros cantábamos canciones”.
En ese clima interpretó Carta de un león a otro, la emblemática pieza del rock argentino compuesta por Chico Novarro y popularizada por el propio Baglietto. Escrita en forma de carta, la canción reflexiona sobre la libertad, el poder, la empatía y la condición humana a partir de la metáfora de dos leones en cautiverio, y volvió a resonar en clave contemporánea, sostenida apenas por la voz y la guitarra.
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El cruce generacional no estuvo solo en las canciones, sino en la conformación del grupo. Baglietto y Vitale compartieron escena con músicos jóvenes integrados de manera orgánica a la propuesta. La banda actual reforzó una idea que atraviesa toda la noche: la transmisión generacional como convivencia.
En uno de los pasajes más elocuentes, Vitale introdujo una canción con una frase que funcionó como clave de lectura: “Vamos a hacer canciones que no nos gustaban antes, que criticábamos en nuestra juventud, y que ahora nos encantan”.
Baglietto completó, casi al pasar: “Nos estamos poniendo viejos”. El remate fue Ella ya me olvidó, de Leonardo Favio, asumida sin ironía y desde otro lugar del tiempo. No como concesión, sino como relectura.
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El repertorio avanzó con una composición de Vitale y Cartas amarillas. Antes hubo un bloque donde el folclore ocupó un lugar central. Tonada de un viejo amor, de Falú y Dávalos, remitió directamente a Postales de este lado del mundo, aquel disco en el que ya se insinuaba una forma de abordar los géneros tradicionales desde una sensibilidad atravesada por el rock.

Hubo también referencias explícitas al ADN musical que los formó. Soda Stereo apareció como cita inevitable, y Charly García tuvo su momento cuando Baglietto recordó que, en tiempos en los que no todos podían hablar, hubo alguien que puso palabras y voz. La respuesta fue Canción de Alicia en el país, recibida como una melodía que sigue diciendo algo en presente.
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Antes de interpretar Jugo de tomate frío, Baglietto señaló que no se trataba de una canción escrita para El Eternauta, aunque para los más jóvenes puede haber quedado asociada a esa obra. La versión del clásico de Manal volvió a poner en primer plano una de las capas fundacionales del rock en castellano.

Organizado por Municipalidad de Rosario y Gobierno de la provincia de Santa Fe, el Festival Faro funcionó como mucho más que una grilla de recitales. Concebido como una experiencia en el espacio público, combinó música en vivo con propuestas para todas las edades, con especial énfasis en las infancias.
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El Complejo Astronómico Rosario sumó funciones de planetario, observaciones del cielo y recorridos por el Museo de Ciencias en Movimiento, integrando ciencia, arte y cultura en un mismo circuito. “Esta es la cuarta edición, se ha consolidado con el tiempo. Creció año a año y le hace muy bien a los artistas rosarinos y a la ciudad, 90% de la programación son músicos de acá”, dijo el secretario de Cultura y Educación, Federico Valentini en Radiofónica.
En ese contexto, el show de Baglietto y Vitale operó como uno de los núcleos simbólicos del festival. No solo por la trayectoria del dúo, sino por lo que representó verlos celebrar 35 años de trabajo conjunto sin nostalgia, dialogando con músicos más jóvenes y volviendo a Rosario desde un lugar activo.
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El primer bis llegó con uno de los momentos más celebrados de la noche. El témpano, el clásico del rock argentino escrito por Adrián Abonizio y popularizado por Baglietto, desató una respuesta inmediata del público. La canción, atravesada por la idea de resistencia y perseverancia, volvió a desplegar una de sus imágenes más persistentes: “voy hacia el fuego como la mariposa” y funcionó como cierre expansivo de un concierto que había recorrido la memoria sin quedarse en ella.
El final llegó con un gesto de desborde colectivo. Fue Lito Vitale quien invitó a subir al escenario a un técnico de la banda y lo presentó como “un doble de riesgo de León Gieco”. Y, sin anuncio previo, comenzaron a cantar Pensar en nada, del propio Gieco. La escena, espontánea y celebrada, rompió cualquier distancia entre escenario y público. El anfiteatro respondió de inmediato, sumándose a un coro que transformó el cierre en una celebración compartida.
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Ahora, Rock quedó así como el capítulo previo del dúo, el proyecto con el que se despidieron a fines de 2025. Bodas de Coral abre una nueva etapa. La noche dejó en claro que, más allá de los nombres y las giras, el vínculo con la ciudad sigue siendo el mismo: cercano, persistente, vivo. Y que el cruce generacional es una forma de estar en escena.
Fotos: Guillermo Turin Bootello
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